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jueves, 26 de septiembre de 2019

Valle-Inclán y yo

1

   Debía de ser 1998 o 1999. Sé que era invierno, eso sí. Y que había llovido. Hacía bastante frío la noche que a un grupo de colegas de Filología Hispánica se nos ocurrió montar una fiesta con el pretexto de representar unas escenas de Luces de Bohemia. O tal vez fue al revés. En todo caso, una idea peregrina basada en nuestro concepto de que la literatura no debía quedar solo en los libros.
   En aquella época nos lo tomábamos en serio, así que lo hicimos. Elegimos tres escenas. Repartimos los papeles entre amigos. Los instigadores nos guardamos los de Don Latino y Max. Ensayábamos en el camino de la facultad, con mi viejo ejemplar de Austral heredado de no recuerdo quién.
   La representación tuvo sus momentos, todo sea dicho, mejor el velorio (escena XIII) que la muerte (escena XII), aunque no importó en absoluto. La fiesta, desde luego, fue espectacular. Al fin y al cabo, a eso había ido la mayoría del público itinerante que movimos de la plaza al bar. A vestirse de época y pasarlo bien. Llamamos algo la atención, pero nadie nos recriminó que convirtiéramos una fachada del 1500 en el portal de Max Estrella. Era de admirar aquel entusiasmo adolescente.
   Cada vez que releo esas míticas escenas recuerdo qué palabras de Don Latino de Híspalis se me olvidaron. Lamento, eso sí, no poder subir aquí alguna foto, pero es que, aunque cueste recordarlo, casi nadie tenía entonces teléfono móvil y estos ni siquiera llevaban cámara. Las cámaras eran aparatos independientes que no solías llevar por ahí un sábado por la noche, así que si, improbablemente, alguien sacó alguna foto y lee esto..., quedaría mejor ilustrado.

El escenario era este. G. Villar (CC BY-SA 3.0)


2

   ¿Por qué Luces de Bohemia? Pues porque éramos auténticos fans de la obra (o fanes, como recomienda la RAE). Sí, a lo mejor hoy en día no se entiende, pero esta lectura obligatoria de COU nos convirtió en apasionados del fin de siglo y su parafernalia. Supongo que era un juego para desmodernizarnos, ya que lo moderno no nos iba demasiado. Renegábamos de Harry Potter como hoy lo haríamos de Juego de tronos. Nos anticuamos voluntariamente, combinando con insensatez aquel dandismo, los porrones, los festivales de cine y el rocanrol con pose tanguista. Un despropósito. Y llegamos a llamar a nuestro equipo de fútbol Epígonos del Parnaso, como la tropa de Dorio de Gádex. No pongáis esa cara. Al fin y al cabo éramos aprendices de literatos en un fin de siglo. Y jugamos una final y todo.
   Pero volvamos a Luces. Algo había en aquellos diálogos, entre el casticismo y la cátedra, que nos interpelaba directamente. A nosotros, unos micos que rozaban los dieciocho. La verdad sea dicha, nuestro fin de siglo no se parecía tanto a aquellas dos décadas sincretizadas por Valle con una lucidez irrepetible. Puede que la última, de la crisis para acá, contenga más similitudes que los noventa. Puede que, como obra maestra, siempre encuentre la manera de representar el mundo. Aunque este cambie y la realidad se fugue. Aunque hayan pasado casi casi cien años.
   Probablemente influyera en nuestro entusiasmo el descubrimiento de una forma nueva de escritura, inédita para unos estudiantes que descubrían lecturas un poco por obligación, otro por casualidad y otro por moda (moda a contracorriente, se entiende). La capacidad de Valle para fundir tragedia y humor negro, crítica, dignidad y mezquindad, pienso aún ahora, se mantiene intacta. Deslumbra e impresiona. Aunque la mayoría de los alumnos de Bachillerato ya no lo lean. Fuera como fuera, a nosotros nos volvió locos.

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   Y no fue porque el personaje se nos hiciera simpático. Valle-Inclán era un tipo raro. Tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza por eso. No pasaría ninguno de los filtros de la corrección moral y política actuales, al igual que resultó polémico en su época. Cultivaba la contradicción más que aspiraba a resolverla. Una actitud muy típicamente artística y bohemia, precisamente, que fue siendo desdeñada según el avance del siglo provocaba que los artistas se hicieran partidarios y dejaran de ser "almas libres". Valle, sin embargo, era muy moderno, en el sentido plenamente contemporáneo que asociaba esta palabra a la renovación y la vanguardia; de ahí su visión del arte y la literatura, sus lecturas, su búsqueda de un estilo para cada texto. Pero, de la misma manera, destacaba la ejemplaridad de los ancestros en contrapunto a la banalidad de su época y, como descendiente de hidalgos, añoraba su grandeza.
   De ahí sus posiciones ambiguas sobre la aristocracia, la tradición, la religión y la política. Por un lado, descuartiza el sistema económico, político y social por la miseria que genera y su falta de moralidad; por otro, ensalza los valores de las épocas pasadas y sospecha del progreso. Por un lado, ataca la ignorancia y la falta de cultura; por otro, aprecia las tradiciones seculares, la supervivencia de un folclore que parece retratar la esencia del pueblo. Por un lado, acusa a la iglesia y su jerarquía de la degeneración de la sociedad, de su reticencia al cambio; por otro, asume la religiosidad como una guía moral.
   Un descreído, un escéptico, en fin, que solo encuentra coherencia en un arte, que, por su propia búsqueda, se hace extraño, cambiante y sumamente original. Como tal, no pudo ser más que un escritor minoritario, que despistaba a toda la crítica y ha traído a muchos filólogos de cabeza. Es mucho más difícil categorizar su obra que disfrutarla, siempre que seas de los que disfruta los tragos amargos, fuertes, secos.

y 4

   Poco a  poco he ido leyendo gran parte de su obra, incluso algunos de los libros menos conocidos. En estos últimos veinte años he vuelto a él intermitentemente y he aprovechando cada oportunidad para ver representado cualquier montaje suyo, desde la Farsa y licencia de la reina castiza a Divinas palabras y Martes de carnaval, pasando por cuatro Luces distintas, pues esta sigue siendo una de las obras emblemáticas del teatro contemporáneo. He paseado por sus novelas, cuentos y poemas, hasta por algunos de sus artículos, aún sin afán de abarcarlo entero. Puedo decir, pues, que nuestra relación, sin ser sistemática, ha resultado muy fecunda. Para mantenerla me he servido también del contacto con la Asociación Amigos de Valle-Inclán de Vilanova de Arousa y su revista Cuadrante. De ella han surgido nuevos datos, textos, interpretaciones, lecturas. 
   Desde luego, creo entender su obra ahora mucho mejor que en aquel COU 95-96 en el que dramatizábamos Luces en clase y que aquel invierno en el que medio improvisamos semejante representación bohemia en la plaza de Federico Wattenberg. El proceso ha sido lento, paulatino, y no acabará aquí. Ciertas ideas sobre la estética de Valle-Inclán han tardado mucho en clarificarse, pero finalmente me han llevado a analizar más en serio sus palabras, las que, como lector, me siguen fascinando. ¿Para qué? Para entenderlas yo mismo; para que otros, ojalá, lleguen a ellas, incluso mis alumnos gallegos de secundaria (aunque esto es otra historia).
   En este artículo he querido rascar dos textos magistrales de Valle y resulta que, al chocar, de entre las Comedias bárbaras y los esperpentos saltan chispas. Ha salido publicado en el número 37 de la revista Cuadrante, pero, por si acaso, aquí está también. Se titula: Dos madres, un hidalgo y un poeta.
   Gracias por anticipado.








NOTA: Aquí están disponibles en acceso libre algunos de los números de la revista.

domingo, 19 de febrero de 2017

Enterrar mal

Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista.
Joan Manuel Serrat

1

   Puede que en Hespaña se cocine bien, pero se entierra mal, muy mal. Por lo que sea, más allá de que vivas mejor o peor, cuando llegue el momento no des nada por sentado. Se desvanecerá tu conciencia, pero no terminará tu periplo. A saber dónde acabas. O cómo. Y da igual que te hayas hecho un nombre o seas un don nadie. Prepárate, porque décadas después lo mismo ya no estás donde creías, aunque es probable que eso ya no te importe una mierda.
   El último caso que se ha sumado a la proverbial negligencia de los entierros hispánicos es, por supuesto, el enterramiento más célebre de todo el s. XX. Dicen los investigadores que Lorca, sí, el poeta, estuvo donde han buscado, pero que se debieron llevar los cuerpos de sus compañeros de ejecución y de él mismo a otra parte poco tiempo después de asesinarlos. Menuda locura de asunto. Es posible que a los fascistas de Granada no les interesara que apareciera y que alguien se esté guardando la información como una carta al cinquillo. Una actitud muy hespañola y mucho hespañola.
   Los hombres ilustres de Hespaña están acostumbrados, no obstante. Llevan siglos de trajín mortuorio y saben que sería improbable que el velatorio, el entierro y el homenaje sean cabales, atiendan a sus deseos o cumplan unos requisitos mínimos de dignidad. Fijaos en Cristóbal Colón: muerto y velado en Valladolid, pero enterrado al menos tres veces más. En Sevilla, Santo Domingo, La Habana y Sevilla otra vez. Y seguro que él creía que ya había dejado de viajar. ¿Os acordáis de la película Los tres entierros de Melquíades Estrada? Al menos Tommy Lee Jones lo dejó solucionado en pocos días, y eso que se le puso bastante complicado, mientras que a Colón la broma le llevó cuatro siglos.
   Cuatro siglos justitos lleva enterrado Cervantes en un recoveco de un convento de Madrid. Él no quiso viajar, prefirió quedarse cerca de casa, no molestar. Y, sin embargo, alguna mente iluminada pensó en 2015 que era el momento de rescatar ese polvillo de huesos y darle un bello homenaje, un pelotazo de cuarto centenario, un monumento moderno que saliera, no sé, en tripadvisor o Lonely Planet. Yo sé que quedó anonadado con la noticia, me lo dijo en un poema. Vaya papelón. Andar sacando tanto hueso para no saber de quién es cada uno. Ya dijo Paco Rico que era una tontería.
   El mismo Cervantes parodió en el Quijote (I,XIX) otro largo entierro típicamente hispánico: el de San Juan de la Cruz, nada menos; y nada menos que de Úbeda a Segovia. Sin avión ni AVE ni nada, que era 1591. Tal vez intuía lo que se les venía encima a los mayores literatos de Hespaña, aquello de no parar quietos ni después de muertos. Pero lo cuenta mejor aquí Nieves Concostrina. 
   Otro de los entierros más famosos de la historia de la literatura hespañola es, por supuesto, el de Max Estrella. Y también es una parodia. "La tragedia nuestra no es tragedia", ya se ve. Parece que no hay manera de tomarse esto en serio, llegando al extremo de la procesión que todos los jueves santos se celebra en León: el entierro de Genarín, el borracho que fue atropellado por el primer camión de basura en 1929. Alucinante.


   Aquel Juan de Yepes que cruzó La Mancha y algo más para acudir a su segundo entierro acabó siendo santo, lo que nos lleva al otro gran deporte post-mortem: ¿qué hacer con los cuerpos de los santos, de tanto santo inscrito en la historia de Hespaña? Esos cadáveres, a los que dios tanto estimó, no se podían dejar tirados por ahí. Hay multitud de ejemplos de las dos soluciones más comunes, algo paradójicas por cierto, como todo en este tema: o bien se embalsama el cadáver para que no se corrompa o bien se reparten trocitos suyos por doquier en forma de reliquias. No sé cuál es peor, la verdad. Echad un vistazo al relicario del necrófilo Felipe II. "Relicario", qué palabra.


   Y es que el asunto santo es capital en la historia patria. Pensad si no en cómo se montó el asunto aquel de la tumba del apóstol Santiago, que ni está ni se le espera (como es lógico) en su magna iglesia catedral. Pues allí sigue el arcón de marras, con supuestos restos de un palestino ajusticiado en el s. I, trasladado a Galicia en barco unos cuantos miles de millas y enterrado, vaya por dios, en un sitio donde no había nada más que prados desde los que, cuando cuadraba un anticiclón, se veían de puta madre las estrellas. Y que si Compostela y el ermitaño que lo descubrió, etc. Si no fuera por sus intervenciones en la Reconquista y la Guerra Civil y su papel fundamental de patrón de Hespaña,  no me lo creería.
  
2

   Pero dejemos ya a los muertos famosos, tengan o no una rotonda dedicada. A los don nadie, según las épocas, se les ha ido enterrando o desenterrando también de mala manera. En este gran país eso no supone una distinción de clase. Recordad a Lorca, acompañado por otros tres desenterrados. Por ejemplo, no hay manzana de ciudad que no esté construida sobre kilos y kilos de huesos. Es lógico, pues hace tres siglos era más difícil pisar mierda de perro que suelo sagrado. Hasta tal punto estaban las ciudades abarrotadas de iglesias y conventos. Mirad los planos de entonces si no me creéis. Y, claro, la desamortización, primera operación urbanística a gran escala de la historia, lo convirtió todo en edificable. Y ya se sabe qué hacen las mentes preclaras cuando se dispone de terrenos recientemente recalificados por muy artísticas que sean las construcciones anteriores y muchas tumbas que hubiera dentro.
   Y, después, claro, la guerra y las represalias de los vencedores, que dejaron a media generación de pobres hespañoles en la cuneta. Las carreteras de la península son un osario gigantesco, mucho más que el granítico Valle de los Caídos, en el fondo una mámoa descomunal que pretendía servir para esconder el polvo debajo de la alfombra o los cadáveres dentro de la montaña. Un poco de hormigón, dos palmadas y aquí no ha pasado nada. Se lo merecían. "Dejar en la cuneta", menuda frase hecha. Pensadla ahora...
   Y qué significativo también lo que les pasó a aquellos soldados muertos en el accidente del avión aquel del que Trillo no se acuerda. Todo lo cual demuestra que lo de enterrar mal no es una cosa del pasado. Muy hespañol y mucho hespañol recoger las piezas de los cuerpos y embalarlas de cualquier manera, así, a la buena de dios y cruzando los dedos para que nadie se diera cuenta de que era imposible identificar los cadáveres en dos días. A quién le iban a importar entonces los cachos que se enterraban cuando los generales temían que saltara todo el tinglado montado para contratar esos aviones low cost. Más frases hechas: "escurrir el bulto"; "colgar el muerto".
   De hecho, no sé si esto de enterrar mal es tan hespañol. Puede que, como en tantas otras cuestiones, se trate de una costumbre peninsular, ibérica. Fijaos que en Portugal ni siquiera pudieron encontrar el cuerpo de Dom Sebastião, tal vez por solidaridad fraterna, y vaya lío que se montó por ello. Que Inês de Castro fue enterrada dos veces e incluso, dicen, sacada de la tumba para ser coronada, leyenda digna del premio al desentierro más bizarro. Y que, puestos a dejar a los muertos en ridículo, el único que supera al osario de Wamba es, por supuesto, la Capela dos Ossos de Évora, del más extravagante barroquismo.


   Qué distinto era esto en otras épocas aún más lejanas. Antes de que la península fuera cristianizada los entierros eran, como cantaría Krahe, "harina de otro costal". Entonces sí que se hacían las cosas bien, y no porque lo mandara dios, al menos no este dios de ahora. Mámoas, necrópolis y dólmenes certifican que el buen enterramiento es una cualidad perdida de esa entelequia que algunos denominaron raza ibérica. En aquella época las tumbas se veían bien, eran robustas y nadie edificaba sobre ellas. Qué tiempos... Aunque ahora anden sus piedras conformando paredes de galpones o queden disimuladas no sea que a alguien se le ocurra catalogarte un bien de interés cultural en medio de la finca.

y 3

   Pero vayamos concluyendo. ¿Qué se puede deducir de este fenómeno? Se me ocurren dos posibles interpretaciones, a cual más espeluznante y, cómo no, contradictorias. La primera es que, por idiosincrasia o carácter, a los hespañoles nos van la chapucería o la deshonra. Sueltas o combinadas. A veces con ciertos agravantes: la envidia, la inquina o la venganza.
   La segunda posible interpretación es que vivimos en la civilización más avanzada de la Tierra, la primera que ha dejado, desde hace siglos, de darle importancia a los enterramientos. Una civilización de escépticos racionalistas, toda una vanguardia, que pronto prescindió de aquello de la "resurrección de la carne" y otros apocalipsis zombis; una civilización para la que no se debe honrar a los muertos ni con la losa ni el epitafio y, ya puestos, ni con la verdad ni con la memoria. Apurad los recuerdos de los muertos, que tal vez sea lo único que nos quede.

miércoles, 13 de enero de 2016

Comer carne...

   La España de hace cincuenta años... Eso enseña la película Un millón en la basura. Lejos del revival amable de Cuéntame, conviene acercarse al pasado con los ojos de ahora, pero la mirada de entonces. Y el pasado no es precisamente una antología de bonitos recuerdos. El país que enseña Forqué en su película es bastante miserable. Pero no es culpa suya. Sin ninguna intención tremendista, plano a plano, uno va tomando conciencia casi sin querer: Madrid es una ciudad desarreglada de barriadas de albero y sin alcantarillado de cuando el único adorno posible eran las fotos de la boda o de la mili; de cuando el aguinaldo y el servicio; donde los pavos pasean como en un tebeo de Carpanta y los perros andan flacos, sueltos y con mal humor; donde se trabaja por un sueldo escasísimo que no cubre las letras ni los alquileres; donde todo se fía y se debe; donde, en definitiva, la supervivencia depende de la compasión, la lotería o el milagro. Y si hay un milagro será como este, mucho más prosaico que el de Frank Capra. Florituras, las justas.
   Nada que, en teoría, no supiera. Nada que no haya leído en Aldecoa o en Delibes, pero con la fuerza directa de la imagen, a la vez poderosa e indolente. Y sí, a veces puede utilizarse un poeta ciego o un aspirante sin abrigo como protagonista, pero qué hay más simbólico que un barrendero. Quién si no podía encontrarse un millón de pesetas en un cubo de basura. Cuando se lo muestra a su mujer comienza a imaginarse lo que podría hacer con él: los juguetes de los hijos, la casa, una nevera, una lavadora y... comer carne.

  No sé si en su momento alguien pudo reírse en el cine durante esa escena. Su tono es cómico, pero hoy yo no he podido reírme. Me pareció terrible, de una ingenuidad proverbial. Y ese barrendero, durante los dos días que mantiene el dinero en su poder, topa constantemente con escaparates ostentosos y ambientes de lujo que le recuerdan lo que casi nadie puede llegar a tener y unos pocos desprecian. Porque dinero hay. Y mucho. Pero nunca será para Pepe, al que solo le quedan Consuelo y su conciencia. ¡Lo que tiene ser bueno!
   Seguramente esta película valga mucho más ahora que cuando se rodó. Ya no es una digna y austera comedia dramática, es un pedazo de esa historia que tanto jode revivir, la que nunca se acabó de arreglar, pues continúan la ostentación y los desahucios, la especulación, la explotación laboral, la usura... Solo que con asfalto, alcantarillas, neveras, lavadores, coches, teléfonos y menos animales sueltos. El progreso...
   El relato de la pobreza virtuosa sustituyó al del pícaro, pues este ya se había enriquecido, convertido en especulador siglos después. La misma historia de Misericordia, Las ratas o Seguir de pobres. El paradigma: la triste honradez del pobre, que no puede vislumbrar más horizonte que la injusticia porque parece eterna. Cuánto tenemos de esto todavía.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Comedia negra

   Plácido. Atraco a las tres. Familia. ¡Ay, Carmela! El bosque animado. La comunidad. El verdugo. Luces de Bohemia. El Quijote. La Celestina. Miau. Todo Lope... La lista es interminable. Sea lo que sea la idiosincrasia peninsular, tiene aire de comedia amarga, de tragedia risible. Y, además, lo ha dicho Vilas: 
"Ha ganado el caos cómico de los españoles inteligentes.
Es decir, no ha ganado nadie.
Es la coña del pueblo español: ahora no vais a ganar ninguno".
   Vamos,  que ayer hubo elecciones y el resultado es tan tragicómico que solo puede tomarse con humor y solo puede salir mal, como, por otra parte, lleva pasando siempre. Hespaña es un país más realista que los demás porque sabe cuál es la mentira fundacional del sistema, entiende que toda la vida va a funcionar igual y se ríe de sí mismo.
   Que para ello sirvan el partido x, y o h, o incluso el recientemente creado Partido Mortadelista Filemonero Español, tanto da. No podemos ser ingenuos. Primero recordad qué bien siguen funcionando los filtros de representatividad:
  • No votan los extranjeros residentes en el país, legales o ilegales, por lo menos cuatro millones.
  • Se obstruye la votación de los emigrados.
  • No cuenta el número de abstenciones y votos nulos, algo más de una cuarta parte del total.
  • Se vota, si se hace, después de semanas o incluso de meses de bombardeo absurdo de consignas mentirosas, opiniones dirigidas y debates sin fondo. Esto mella la moral de cualquiera, claro.
  • Una vez encaminada la votación por los medios de comunicación y las instituciones oficiales, se pone en marcha el propio sistema electoral: la circunscripción provincial limita las posibilidades de terceros, cuartos o quintos puestos.
  • El reparto de escaños se hace por medio de la ley d'Hont para favorecer al primero, aunque sea por un voto, así que la proporcionalidad se hace escabrosa. Otro par de millones de votos o tres que no sirven para conseguir diputados, que quedan fuera en el reparto o no llegan al 3%.
  • Por supuesto, tu representante final (si la candidatura que votaste ha pasado los filtros anteriores) no tendrá ninguna obligación para contigo ni te consultará nunca nada de nuevo hasta su cese. Hará lo que le dé la gana o lo que le digan, que normalmente será lo mismoy apenas coincidirá con alguna cosa que aseguró que haría antes de votar. Haberte presentado tú, ¿no te jode?
  • Y, por último, ahí está el senado, la cámara aparentemente inútil, solo diseñada para casos como este, en el que un partido que queda primero por unos miles de votos es capaz de bloquear cualquier iniciativa de los demás. Y si no, atentos a los próximos meses.
  Demencial, ¿eh? Ya, pero no sorprendente, pues todos lo sabíamos. Nada de lamentos falsamente ingenuos ahora, por favor. ¡Vivan la democracia representativa y la monarquía constitucional! ¡Vivan la paradoja del estado y la ironía resabiada de los parlamentos! (Perdón, me estoy yendo...)
   Evidentemente, todas estas cuestiones morales, políticas o filosóficas importan un bledo a los dueños de todo, que harán bajar la bolsa y subir los intereses del préstamo ante la terrible incertidumbre.  Qué miedo, ¿verdad? Ellos ya saben que todo va a seguir prácticamente igual mientras dejan que los voceros de lo banal llenen páginas y páginas de tontas elucubraciones. 
   Sin embargo, el pueblo lo sabía. De forma inconsciente, como intuyen los niños tantas cosas. Y propició la parodia. Una parodia triste, desde luego, protagonizada por ridículos personajes caricaturizados hasta la saciedad (la viñeta es el subgénero periodístico nacional). Ya que de momento no va a llegar algo mejor, por lo menos riámonos un rato. No disimulemos, hagamos evidente el paripé. Que salgan los guiñoles y comience el espectáculo. Mientras seguimos a nuestras cosas. Mientras no pasa nada en el país esperpéntico; en la tierra donde los burros roban la zanahoria que los tienta para no tirar más de la noria. Estoicismo con retranca. Y al tajo.


martes, 20 de marzo de 2012

¿Te suena?

   Piensa en un lugar en el que los políticos corruptos obedecen a los intereses de quienes les han promovido en su puesto o quienes se lo garantizarán después con la promesa de no ser juzgados o, en el peor de los casos, eludir sentencias condenatorias; en el que la pobreza se extiende rápidamente y las vacas empiezan a pasar hambre aunque solo sea por solidaridad; en el que el trabajo es, en lugar de un derecho, una obligación económica, un motivo de explotación y un imposible práctico; en el que los patronos (aka empresarios, aka emprendedores) coaccionan a sus trabajadores; en el que la justicia es arbitraria y paradójica, tanto que llegará a sobreseer su propio caso; en el que se premia al adulador y se margina al crítico, se esconde la verdad y se levantan impresionantes trampantojos que disimulen los destrozos en la fachada y la estructura del edificio en el que aún malvives; en el que la mayor tarea de un enorme dispositivo de instituciones, empresas, grupos, partidos y sindicatos es que no tomes conciencia de la situación real; en el que la información es mayoritariamente propaganda; en el que (last but not least) todos estos comportamientos no conllevan ningún tipo de reproche, condena, castigo. Más bien al revés. Incluso aunque haya muchos papeles escritos que dicen que esto no debería ser así. Será que a alguien se le derramó el café encima de ellos y ahora justo no se pueden consultar.
   ¿Te suena?
   Espera, no te oigo bien.
   O sea que sí, que mucho. Ah, que se te parece mucho a lo que pasa aquí.
   ¿Seguro? Piénsalo, que luego te podemos acusar de demagogia. Al fin y al cabo esto es un país civilizado.
   ¿Cómo que es aún peor? ¿Que viene de lejos? ¿Que crees haberlo leído en algún sitio? 
   Bueno, hay muchos...
   ¿Que se te parece a la historia de un libro viejo que leíste en COU? ¿Luces de qué?
   Ah, Luces de bohemia. Sí, el escenario de aquella historia no podía ser más decadente: un país empobrecido, cutre, plagado de injusticias.
   O sea, que según dices si cogiéramos cualquiera de sus escenas podríamos buscarle un paralelo con la situación actual. Pero hace casi cien años.
    Ya, el ministro corrupto, los enchufes en los cargos de la administración, la insolidaridad, la violencia policial, la persecución política, detenciones ilegales...
   Sí, es muy triste. ¿Y este mismo fin de semana? ¿En Madrid? 
   Había oído que llevaban tiempo haciéndolo.
   Vamos, como en aquella escena...
   Sí, es muy emocionante... y terrible.
   Sí, fue una de las que añadió Valle-Inclán en la segunda versión.
   ¿Que por qué? No sé, se daría cuenta de algo...  


El calabozo. Sótano mal alumbrado por una candileja. En la sombra se mueve el bulto de un hombre. Blusa, tapabocas y alpargatas. Pasea hablando solo. Repentinamente se abre la puerta. MAX ESTRELLA, empujado y trompicando, rueda al fondo del calabozo. Se cierra de golpe la puerta.

MAX: ¡Canallasl. ¡Asalariados! ¡Cobardes!
VOZ FUERA: ¡Aún vas a llevar mancuerna!
MAX: ¡Esbirro!

Sale de la tiniebla el bulto del hombre morador del calabozo. Bajo la luz se le ve esposado, con la cara llena de sangre.

EL PRESO: ¡Buenas noches!
MAX: ¿No estoy solo?
EL PRESO: Así parece.
MAX: ¿Quién eres, compañero?
EL PRESO: Un paria.
MAX: ¿Catalán?
EL PRESO: De todas partes.
MAX: ¡Paria!... Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto. Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora.
EL PRESO: Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo.
MAX: ¿Eres anarquista?
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes.
MAX: Pertenecemos a la misma Iglesia.
EL PRESO: Usted lleva chalina.
MAX: ¡El dogal de la más horrible servidumbre! Me lo arrancaré, para que hablemos.
EL PRESO: Usted no es proletario.
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño.
EL PRESO: Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos.
MAX: Yo soy un poeta ciego.
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!... En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.
MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.
EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!
MAX: ¡Barcelona es cara a mi corazón!
EL PRESO: ¡Yo también la recuerdo!
MAX: Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos... Eso consuela.
EL PRESO: No cuenta usted los obreros que caen...
MAX: Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva.
EL PRESO: Mi nombre es Mateo.
MAX: Yo te bautizo Saulo. Soy poeta y tengo el derecho al alfabeto. Escucha para cuando seas libre, Saulo. Una buena cacería puede encarecer la piel de patrono catalán por encima del marfil de Calcuta.
EL PRESO: En ello laboramos.
MAX: Y en último consuelo, aun cabe pensar que exterminando al proletario también se extermina al patrón.
EL PRESO: Acabando con la ciudad, acabaremos con el judaísmo barcelonés.
MAX: No me opongo. Barcelona semita sea destruida, como Cartago y Jerusalén. ¡Alea jacta est! Dame la mano.
EL PRESO: Estoy esposado.
MAX: ¿Eres joven? No puedo verte.
EL PRESO: Soy joven. Treinta años.
MAX: ¿De qué te acusan?
EL PRESO: Es cuento largo. Soy tachado de rebelde... No quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón, cumplí condena, recorrí el mundo buscando trabajo, y ahora voy por tránsitos, reclamado de no sé qué jueces. Conozco la suerte que me espera: Cuatro tiros por intento de fuga. Bueno. Si no es más que eso...
MAX: ¿Pues qué temes?
EL PRESO: Que se diviertan dándome tormento.
MAX: ¡Bárbaros!
EL PRESO: Hay que conocerlos.
MAX: Canallas. ¡Y ésos son los que protestan de la leyenda negra!
EL PRESO: Por siete pesetas, al cruzar un lugar solitario, me sacarán la vida los que tienen a su cargo la defensa del pueblo. ¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas!
MAX: Los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime.
EL PRESO: ¡Todos!
MAX: ¡Todos! ¿Mateo, dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?
EL PRESO: Señor poeta que tanto adivina, ¿no ha visto usted una mano levantada?

Se abre la puerta del calabozo, y EL LLAVERO, con jactancia de rufo, ordena al preso maniatado que le acompañe.

EL LLAVERO: Tú, catalán, ¡disponte!
EL PRESO: Estoy dispuesto.
EL LLAVERO: Pues andando. Gachó, vas a salir en viaje de recreo.

El esposado, con resignada entereza, se acerca al ciego y le toca el hombro con la barba. Se despide hablando a media voz.

EL PRESO: Llegó la mía... Creo que no volveremos a vernos...
MAX: ¡Es horrible!
EL PRESO: Van a matarme... ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?
MAX: Lo que le manden.
EL PRESO: ¿Está usted llorando?
MAX: De impotencia y de rabia. Abracémonos, hermano.

Se abrazan. EL CARCELERO y el esposado salen. Vuelve a cerrarse la puerta. MAX ESTRELLA tantea buscando la pared, y se sienta con las piernas cruzadas, en una actitud religiosa, de meditación asiática. Exprime un gran dolor tacíturno el bulto del poeta ciego. Llega de fuera tumulto de voces y galopar de caballos.
La obra completa, aquí.
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