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domingo, 4 de diciembre de 2016

El peor periodista; el mejor escritor

Hay hasta una máquina de ideas, el Plot Robot
o cerebro automático [...] Adquiriendo 
este cerebro automático yo podría, si quisiera,
inundar con mis creaciones [...] todo el 
mercado periodístico e hispanoamericano; 
pero me asusta la perspectiva de dejar sin pan
a las familias de mis compañeros. 

   Hay lecturas, sigue habiéndolas, que te llevan a un lugar imprevisible. Tal vez por eso continúo atrapado en el modelo analógico, sobre todo para aquellas que pasan de cinco páginas. Seguramente siga tontamente enamorado de estos tropezones con un libro que resultan inexplicables para cualquier algoritmo. 
   Cuando uno navega por una estantería tiene encuentros inesperados: hojea algunos libros, los desdeña, continúa buscando y de repente encuentra la pareja perfecta para ese baile. Repito, de forma matemática e informáticamente inexplicable: a veces buscabas algo breve y acabas con un novelón, pretendías leer ficción y acabas con un ensayo, das con un buen poema y te llevas el libro... sí, incluso eso, te lo llevas a la cama.
   Seré pesado, pero esto no me ha ocurrido buscando en la red, donde difícilmente perviven el simple, tirano y caótico orden alfabético de las bibliotecas o el desorden metódico de la librería de casa.
   Así di hace diez días con el único libro de Julio Camba que tengo, La ciudad automática, salvado de un escrutinio que ríete tú del capítulo VI del Quijote y que ya contaré otro día. Bien poco sabía del autor, aunque al vivir a 25 km. de su pueblo natal estaba claro que tenía alguna idea vaga. Pues bien, pasó lo que suele ocurrir en estas raras ocasiones: empecé a leer y no pude parar... hasta acostarme con él.
   A un tipo pervertido como yo le resulta inevitablemente atractivo seguir la mirada de un señor de Vilanova de Arousa que se había convertido en el periodista mejor pagado de su tiempo y que vagabundeaba por Nueva York como Pedro por su casa en época de la II República. Esa época fascinante de entreguerras: de crisis, jazz, huelgas, máquinas, rascacielos, gangsters, ley seca...
   En medio de aquel torbellino andaba tranquilamente Julio Camba después de haberse recorrido medio mundo, de Argentina a Berlín, de Londres a Turquía. Durante esos mismos años turbios que eran los de desclasados como mi querido Joseph Roth: los de los emigrantes irlandeses, eslavos, españoles, italianos...; de los estados que se hundían o creaban de un día para otro; del descrédito de la política (que tanto nos suena). Y este señor ya madurito, de unos cincuenta años, paseando por allí. Esta es la pinta de cosmopaleto que tendría unos años después:


  A priori Camba no es un tipo con el que uno pueda congeniar fácilmente ni en lo político ni en lo ético. Fue más que nada un oportunista que se iba haciendo más pragmático y descreído según se hacía mayor y disponía de más dinero, tanto como para vivir en el Palace. La verdad es que le fue muy bien, pasando de anarquista alborotador a colaborador conformista. 
   Me resulta mucho más sencillo identificarme con otra gente de su generación, como el humanismo conmovedor de Castelao, por ejemplo. Pero no vas a restringir tus lecturas a los tipos que te caen bien, ya que por una u otra razón siempre tendrías que enfadarte con alguien. Considerando, además, toda la arbitrariedad del prejuicio sobre la figura de un autor que no conociste en persona.
   Así que, pese a tus reservas, te pones a leer a Camba y entiendes perfectamente por qué en su época resultó un escritor excepcional. Con una seguridad pasmosa se larga a contar sus propias anécdotas y a lanzar juicios categóricos sin pararse a pensar ni estudiar demasiado. Para qué, si su espíritu es el del diletante, que se entusiasma y aburre súbitamente.  Aunque, todo sea dicho, en este libro hay bastante entusiasmo por la sociedad estadounidense y pasión por sus incongruencias, que, con respecto a Europa, se parecen tanto a las del propio escritor.
   Partiendo de lo obvio ("si las gentes no pudieran arruinarse aquí de la noche a la mañana, tampoco podrían enriquecerse de la mañana a la noche") llega a la observación irónica ("en España [...] si se arruinase alguien [...] tendríamos que esperar hasta que se le rayara el traje y se le torciesen los tacones" para enterarnos). Suelta de improviso el juicio ramplón y generalizador ("si la democracia universal espera alguna aportación del pueblo americano, que no espere una aportación política ni filosófica, sino una aportación mecánica"), pero con una gracia irresistible: "No es que los americanos no sepan cocinar. Es que no quieren hacerlo".
   Se reparten por el libro análisis descuidados pero inteligentes, sobre todo de las diferencias entre EEUU y Europa, como cuando afirma que Europa es analítica y América sintética o que la geografía europea es incomprensible para los americanos porque ellos han creado un país uniforme en un territorio gigantesco. También aparecen intencionadas boutades, como cuando elogia el vino casero que elaboran los ciudadanos de Nueva York frente a las bodegas europeas porque "la química ha desnaturalizado su jugo" o  cuando compara comunismo y capitalismo como modelos similares que conducen a la masificación y estandarización del individuo o cuando habla de la publicidad y la literatura comercial como el espíritu de la época o "la aportación inconfundible del pueblo americano a la literatura universal". Y, sin embargo, es tan agudo como para añadir un par de líneas después que Joyce y el resto de modernist "representan más bien el fin de una época que el principio de otra".
   Todo esto mientras aparecen por sus páginas las calles, los teatros, los barrios y los tipos, la mínima exigencia del cronista y, a ser posible, con el justo toque castizo:
Los cabarets del Broadway, con sus músicas y sus bailes de inspiración evidentemente negra, parecen un anuncio de los cabarets de Harlem. En ellos el irse animando es como si dijéramos ir sintiéndose negro, y hacia la una o dos de la madrugada todo el mundo se siente, por lo menos, cuarterón. Es la hora de Harlem. La hora en que los negros más monstruosos estrechan entre sus brazos a las más áureas anglosajonas. La hora en que el alto profesorado, tipo Wilson, se pone a bailar la rumba con la servidumbre femenina de color. Una vueltecita por Harlem a esa hora le ilustra a uno más que veinte volúmenes sobre la cuestión negra en América.

   Sin duda, las columnas de Camba debían ser en su época los mejores textos del periódico. Resulta un columnista perfecto porque no dice, en el fondo, nada más que lo que se le ocurre. Un charlatán exquisito. Divertido, incorrecto y, de alguna manera, paradójicamente sorprendente a pesar de mantener una pose, en el fondo, previsible. Aquí lo explica perfectamente José Antonio Montano.
   Eso sí, a estas alturas del s. XXI no busquéis en él al periodista que os desvele los entresijos de aquella época (por mucho que un premio nacional de periodismo lleve su nombre). Entonces no entenderéis nada. Camba era muy curioso, pero poco impertinente y, realmente, carecía del interés necesario para ser periodista. Nunca descubrió o investigó nada, sino que entretuvo a un montón de lectores con supremas y deliciosas banalidades que aparentaban sacar jugo a la actualidad. Él, desde luego, lo sabía. Lo que no le impidió pasar unos meses divertidísimos en Nueva York, captando al azar retazos de su carácter. Ahí está: la metrópoli art-decó en las palabras de un señor de Vilanova. El lector no solo disfruta de obras maestras.

"Nueva York es, en mi concepto, una ciudad romántica, no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente".


martes, 20 de marzo de 2012

¿Te suena?

   Piensa en un lugar en el que los políticos corruptos obedecen a los intereses de quienes les han promovido en su puesto o quienes se lo garantizarán después con la promesa de no ser juzgados o, en el peor de los casos, eludir sentencias condenatorias; en el que la pobreza se extiende rápidamente y las vacas empiezan a pasar hambre aunque solo sea por solidaridad; en el que el trabajo es, en lugar de un derecho, una obligación económica, un motivo de explotación y un imposible práctico; en el que los patronos (aka empresarios, aka emprendedores) coaccionan a sus trabajadores; en el que la justicia es arbitraria y paradójica, tanto que llegará a sobreseer su propio caso; en el que se premia al adulador y se margina al crítico, se esconde la verdad y se levantan impresionantes trampantojos que disimulen los destrozos en la fachada y la estructura del edificio en el que aún malvives; en el que la mayor tarea de un enorme dispositivo de instituciones, empresas, grupos, partidos y sindicatos es que no tomes conciencia de la situación real; en el que la información es mayoritariamente propaganda; en el que (last but not least) todos estos comportamientos no conllevan ningún tipo de reproche, condena, castigo. Más bien al revés. Incluso aunque haya muchos papeles escritos que dicen que esto no debería ser así. Será que a alguien se le derramó el café encima de ellos y ahora justo no se pueden consultar.
   ¿Te suena?
   Espera, no te oigo bien.
   O sea que sí, que mucho. Ah, que se te parece mucho a lo que pasa aquí.
   ¿Seguro? Piénsalo, que luego te podemos acusar de demagogia. Al fin y al cabo esto es un país civilizado.
   ¿Cómo que es aún peor? ¿Que viene de lejos? ¿Que crees haberlo leído en algún sitio? 
   Bueno, hay muchos...
   ¿Que se te parece a la historia de un libro viejo que leíste en COU? ¿Luces de qué?
   Ah, Luces de bohemia. Sí, el escenario de aquella historia no podía ser más decadente: un país empobrecido, cutre, plagado de injusticias.
   O sea, que según dices si cogiéramos cualquiera de sus escenas podríamos buscarle un paralelo con la situación actual. Pero hace casi cien años.
    Ya, el ministro corrupto, los enchufes en los cargos de la administración, la insolidaridad, la violencia policial, la persecución política, detenciones ilegales...
   Sí, es muy triste. ¿Y este mismo fin de semana? ¿En Madrid? 
   Había oído que llevaban tiempo haciéndolo.
   Vamos, como en aquella escena...
   Sí, es muy emocionante... y terrible.
   Sí, fue una de las que añadió Valle-Inclán en la segunda versión.
   ¿Que por qué? No sé, se daría cuenta de algo...  


El calabozo. Sótano mal alumbrado por una candileja. En la sombra se mueve el bulto de un hombre. Blusa, tapabocas y alpargatas. Pasea hablando solo. Repentinamente se abre la puerta. MAX ESTRELLA, empujado y trompicando, rueda al fondo del calabozo. Se cierra de golpe la puerta.

MAX: ¡Canallasl. ¡Asalariados! ¡Cobardes!
VOZ FUERA: ¡Aún vas a llevar mancuerna!
MAX: ¡Esbirro!

Sale de la tiniebla el bulto del hombre morador del calabozo. Bajo la luz se le ve esposado, con la cara llena de sangre.

EL PRESO: ¡Buenas noches!
MAX: ¿No estoy solo?
EL PRESO: Así parece.
MAX: ¿Quién eres, compañero?
EL PRESO: Un paria.
MAX: ¿Catalán?
EL PRESO: De todas partes.
MAX: ¡Paria!... Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto. Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora.
EL PRESO: Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo.
MAX: ¿Eres anarquista?
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes.
MAX: Pertenecemos a la misma Iglesia.
EL PRESO: Usted lleva chalina.
MAX: ¡El dogal de la más horrible servidumbre! Me lo arrancaré, para que hablemos.
EL PRESO: Usted no es proletario.
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño.
EL PRESO: Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos.
MAX: Yo soy un poeta ciego.
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!... En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.
MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.
EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!
MAX: ¡Barcelona es cara a mi corazón!
EL PRESO: ¡Yo también la recuerdo!
MAX: Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos... Eso consuela.
EL PRESO: No cuenta usted los obreros que caen...
MAX: Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva.
EL PRESO: Mi nombre es Mateo.
MAX: Yo te bautizo Saulo. Soy poeta y tengo el derecho al alfabeto. Escucha para cuando seas libre, Saulo. Una buena cacería puede encarecer la piel de patrono catalán por encima del marfil de Calcuta.
EL PRESO: En ello laboramos.
MAX: Y en último consuelo, aun cabe pensar que exterminando al proletario también se extermina al patrón.
EL PRESO: Acabando con la ciudad, acabaremos con el judaísmo barcelonés.
MAX: No me opongo. Barcelona semita sea destruida, como Cartago y Jerusalén. ¡Alea jacta est! Dame la mano.
EL PRESO: Estoy esposado.
MAX: ¿Eres joven? No puedo verte.
EL PRESO: Soy joven. Treinta años.
MAX: ¿De qué te acusan?
EL PRESO: Es cuento largo. Soy tachado de rebelde... No quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón, cumplí condena, recorrí el mundo buscando trabajo, y ahora voy por tránsitos, reclamado de no sé qué jueces. Conozco la suerte que me espera: Cuatro tiros por intento de fuga. Bueno. Si no es más que eso...
MAX: ¿Pues qué temes?
EL PRESO: Que se diviertan dándome tormento.
MAX: ¡Bárbaros!
EL PRESO: Hay que conocerlos.
MAX: Canallas. ¡Y ésos son los que protestan de la leyenda negra!
EL PRESO: Por siete pesetas, al cruzar un lugar solitario, me sacarán la vida los que tienen a su cargo la defensa del pueblo. ¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas!
MAX: Los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime.
EL PRESO: ¡Todos!
MAX: ¡Todos! ¿Mateo, dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?
EL PRESO: Señor poeta que tanto adivina, ¿no ha visto usted una mano levantada?

Se abre la puerta del calabozo, y EL LLAVERO, con jactancia de rufo, ordena al preso maniatado que le acompañe.

EL LLAVERO: Tú, catalán, ¡disponte!
EL PRESO: Estoy dispuesto.
EL LLAVERO: Pues andando. Gachó, vas a salir en viaje de recreo.

El esposado, con resignada entereza, se acerca al ciego y le toca el hombro con la barba. Se despide hablando a media voz.

EL PRESO: Llegó la mía... Creo que no volveremos a vernos...
MAX: ¡Es horrible!
EL PRESO: Van a matarme... ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?
MAX: Lo que le manden.
EL PRESO: ¿Está usted llorando?
MAX: De impotencia y de rabia. Abracémonos, hermano.

Se abrazan. EL CARCELERO y el esposado salen. Vuelve a cerrarse la puerta. MAX ESTRELLA tantea buscando la pared, y se sienta con las piernas cruzadas, en una actitud religiosa, de meditación asiática. Exprime un gran dolor tacíturno el bulto del poeta ciego. Llega de fuera tumulto de voces y galopar de caballos.
La obra completa, aquí.
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