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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Antes que tú, después de ti

"Apenas unas fotos

que cada tanto miro,

yo, el más ajeno y joven,

último de la tribu."

Fabio Morábito

 

1

 

    Todos somos hijos de alguien. Es una obviedad, lo sé, pero ¿no admira a veces la ligereza con la que lo asumimos? La primera imposición de la vida, su primer peaje, es la dependencia, la obligación de ser hijo. Podemos, más adelante, elegir si ser o no ser padres, pero no a quien nos pare, nos cuida, nos atiende. Podremos ser o no "hijos sin hijos", de ahí el título de aquel libro de cuentos de Vila-Matas, pero hijos lo seremos siempre. Sin escapatoria. Sin remisión. De manera afortunada y fortuita. Desgraciadamente, también, aunque ojalá entonces lo sepamos por las palabras de otros y no en carne propia.

   Viene todo esto a colación de varias lecturas recientes y el final de cierto proceso de escritura. Y, como consecuencia, la siguiente reflexión: que la única manera honrada (y honrosa) de hablar de uno mismo es contar la historia de los otros, aquellos que, forzosamente, te precedieron. Porque ante el aumento desmesurado de la autoficción, de la que ya he hablado últimamente, me parece necesario reivindicar aquellas obras que, al menos, tienen el decoro de situar al autor en un segundo plano y brindar a otro personaje la oportunidad que nunca tuvo de protagonizar un relato, sea ficticio o no. Y quiénes más fascinantes que los padres de uno mismo, tal vez sus abuelos, padres de los tuyos. Quiénes más próximos, más desconocidos.

   Al fin y al cabo ser madre, o padre, es una forma de colocarse al margen, de asumir un definitivo papel secundario. Tanto es así que cuando alcanzas ese estatus dejas de ser hijo de tus padres para convertirte en padre de sus nietos. Quien lo probó, lo sabe. Así debe ser, supongo, pues no puede suceder de otra manera.

   Por esto mismo, tal vez llegue el momento de verse mirándolos, pues quién no se ha preguntado cómo fue que vivieron y llegaron hasta aquí. Será una historia sin brillo, seguro, como corresponde a esos tipos más o menos normales sobre cuya vida adulta apenas te preguntaste nada. Qué hay más corriente que tener hijos, si los tiene todo el mundo, piensas. Y, sin embargo, qué mayor misterio que rastrear en la memoria. 

 

2

 

   Creo, por lo tanto, que resulta más interesante la literatura que recrea la historia de esos otros que no la de uno mismo. Lo digo por experiencia, porque durante estos meses algunas lecturas me han regalado las páginas más emocionantes cuando ellos, los padres, aparecen. Puede ser, quién se atrevería a negarlo, que ahora presto a estos personajes mayor atención. Igual que, según corrobora Olmos, no eres consciente de que existen los carritos de bebé hasta que necesitas uno. Creo, además, que hablar de los padres es, como he dicho más arriba, una mejor manera de representarse. De ponerse en cuestión. De verse a uno mismo, en definitiva, con otros ojos.

   Me sucedió hace un par de años con Ordesa, de Vilas, que amplía la elegía a sus padres muertos que aparecía ya en El hundimiento. Hay en su libro más difundido páginas verdaderamente hermosas que recrean, imaginan, suponen, sospechan, descubren y recuerdan cómo vivieron y por qué. No luce igual su estilo cuando el protagonista es Vilas. Es mejor cuando los mira a ellos. Desde abajo, con los ojos del niño que se sorprende. Desde arriba, con los del adulto que se despide. Cuando el narrador habla de sí mismo, sin embargo, la emoción es diferente y el tono rehuye la ironía que sí funcionaba en otros textos, como Gran Vilas. Por eso me ha dado tanta pereza afrontar Alegría, porque me temo que no es ni una cosa ni la otra.

   He dicho, no obstante, que iba a referirme a lecturas recientes. Precisamente es la ironía la que permite a Rafael Reig contarse a sí mismo, o más bien contarnos el descubrimiento de su propia ineptitud, la llegada y el fracaso de las veleidades de un escritor que tarda más de treinta y cinco años en darse cuenta de qué es lo que debe escribir. El resultado es la historia divertida de un fracaso, como también lo era la de su amigo Orejudo en Los cinco y yo. El narrador Reig se automedica en Amor intempestivo una cura de humildad apabullante. Se dedica a explorar el verdadero valor de sus pretensiones de estudiante que aspira a genio literario y sus aventuras insulsas de joven profesor con una crueldad ejemplar. Y aunque no falta la ternura, sobresale el recuento de errores, de ocasiones perdidas, de daños colaterales, de sufrimientos gratuitos. Hay, además, cuestiones de dinero y bastante sexo, temas ineludibles del resto de su narrativa, como la estupenda Para morir iguales.

   Pero esta inmersión de Reig en la novela autobiográfica, como él mismo ha denominado, sería poco más que un testimonio entretenido cargado de mala leche si no fuera por los padres. En el centro del libro un acontecimiento trastoca, descoloca y transfigura. La de los padres de Reig es una muerte despiadada y sobrevenida, con la misma cantidad  de absurdo y sorpresa que contiene un terremoto. Igual de violenta e inesperada. Contada, no obstante, en el tono más neutral posible. Dejando atónito al lector, casi tanto como lo ocurrido al narrador que se confiesa. 


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   Los hechos así revelan las verdaderas dimensiones de la vida y del tiempo. El del narrador, desde luego, fue otro a partir de entonces, pero no se dio cuenta inmediatamente, le hicieron falta veinte años más, hasta hoy, para reconocerlo:

Lo que ha venido después ya fue otra vida, y nos sucedió a otros, porque ya no fuimos los mismos (p. 66).

   Y, sin embargo, continúa otras cien páginas, en un ejercicio que retuerce la lógica del relato, rebuscando en los años 90 los últimos pecados antes de la conversión. Asumir que todo cambió desde entonces es su propósito descubierto según avanza, en plena marcha. No se intuye al principio. Cuesta creérselo al final. Pero hay testigos. Los objetos, que con su impasibilidad se convierten en los más obstinados supervivientes de la desgracia, que abren la puerta al pasado solo con su presencia, la continuidad de su propia existencia más allá de la de quien los tuvo en sus manos.

Los objetos son peligrosos: duran más que las personas, acumulan tiempo encima que se adhiere a quien los toca (p. 85).

   Este ejercicio de Reig, que procura poner en orden sus propios recuerdos y razones, ha requerido un lapso importante entre lo acontecido y la escritura. También en el caso de Vilas. Entonces, ¿es que resulta imposible comprender el pasado cuando es todavía reciente? ¿Solo podemos pensar con claridad décadas más tarde? Y la pregunta más dolorosa: ¿apenas entendemos a nuestros padres o abuelos cuando ya han muerto?

 

4

 

   Yo mismo he dedicado varios textos a mis abuelos, algunos poemas y un drama recién presentado como TFM. Qué curioso, la necesidad de escribir sobre ellos ha aparecido justo antes de que murieran y, sobre todo, a partir de entonces, con mayor claridad cuanto más tiempo ha pasado. ¿Es esta una forma de sortilegio, de conjuro, de llamada?

   La respuesta, probablemente, tiene poco que ver con términos mágicos como estos. Creo, sinceramente, que lo que hacemos cuando escribimos sobre ellos no es otra cosa que intentar comprendernos a nosotros mismos, que representar a los padres o los abuelos es buscar las razones de nuestro propio pasado para armar mejor el relato azaroso, sin sentido aparente, de nuestras vidas. No creo que fuera otro el propósito de Agustín de Hipona o Rousseau, referentes declarados de Reig en esta última obra, pues afirma que:

La vida no tiene argumento, es lo contrario de una película porque no podemos ver el final. Y hay que vivir intentando crear ese argumento, como si la vida tuviera sentido.

   Creo, de todas formas, que este afán de contarse, aunque sea en otros, es más poderoso cuanto más se asume ficción. La escritura de las escenas que protagonizan mis dos Sombras me lo ha demostrado. Porque entonces el personaje no es solo uno mismo sino todos y cada uno. Así funciona Antes del paraíso, el libro de relatos de Pedro Ugarte. Es un libro lleno de padres (y, por tanto, de hijos), prácticamente un catálogo de las desazones que puede provocar este hecho tan natural y, al mismo tiempo, trascendental en la vida de cualquiera. Un libro maravilloso, absolutamente conmovedor. Que probablemente parta de experiencias personales, pero que al lector ya no importan, trascendidas en la narración.

   Ugarte hila todos sus cuentos mediante un protagonista que se llama siempre Jorge y que, sin embargo, es cada vez un protagonista diferente: el hijo que se esfuerza en entender cómo fue la vida de sus padres; el matrimonio que comprueba cómo se distancia misteriosamente la imagen del espejo, la pareja de vecinos con quienes compartieron todo, que cambian de mundo mientras divergen, también, las vidas de sus hijos; el hijo partícipe de las rarezas de un padre que intenta hacerlo cómplice; el padre huérfano enfrentado a las manías de su abuela heredadas en cadena generacional; el padre divorciado y en barrena, a pesar del amor y las buenas intenciones; el padre que lo es de quienes son de otros; el padre de un hijo arrasado por montañas de regalos de una familia sin descendencia que no sabe amar; y, finalmente, el padre abandonado porque no compró el piso en el lado correcto de su edificio, en el que habría podido alcanzar la felicidad.

 

y 5

 

   Son historias sencillas que transcurren en urbanizaciones, concesionarios, colegios, bloques de viviendas y salas de estar. Historias cuyos Jorges protagonistas, siempre narrando en primera persona, se dan cuenta de lo difícil que es entender a las personas, de lo extraños que son los seres más queridos, de que la verdadera razón, el amor o la felicidad siempre están en otra parte. Es un gran acierto esta repetición del nombre de un protagonista que no puede ser el de todos los relatos, pero que se convierte así en el contenedor perfecto de todas las frustraciones que la paternidad genera. Son historias grises, en efecto, como todo este mundo que precede al paraíso esperado, con la amargura que da saber lo lejos que cada uno estamos de lo pretendido. Historias que, sin embargo, representan de una manera hermosa la fuerza incomprensible con que ciertas formas del amor asumen con cada vida la necesidad de un nuevo intento. Amor a los padres. A los hijos. Nada más viejo. En palabras del Jorge que mira a sus padres en el relato del mismo título que abre el libro:

Los hijos arrastran en la conciencia una porción onerosa de sus padres, y los padres asumen una carga parecida, allá donde nada se ve. Los padres sostienen a sus hijos con una mano invisible, mientras con la otra se sostienen a sí mismos, y esa doble tarea, tan penosa, les ocupa hasta morir. Pero hay un momento en que la identidad de unos y otros se confunde, un momento en que cambian los papeles, o quizás se superponen (p. 22).

   Somos obligatoriamente un hilo de la cuerda que generación tras generación soporta el peso del mundo. Un mundo a menudo incomprensible, bien es cierto, o cuando menos desconcertarte. Normal que en ciertos momentos necesitemos agarrarnos a algo, lo que sea. A veces se tensa demasiado, corre el peligro de deshilacharse. Pero es que, nos advierten estos libros, es el único lazo del que pendemos, al que, además, tal vez también otros acaben asiéndose. Y así sucesivamente. Mientras seguimos esperando, qué remedio, un paraíso.




martes, 27 de diciembre de 2016

El escritor, la imaginación y el premio

Lo puramente imaginario no existe,
Albert Camus

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    ¿Y si el sueño se hiciera realidad? Cualquier escritor o escritora, por mediocre que sea, habrá soñado alguna vez que lo reconozcan por su nombre y que le den un premio, tal vez el mayor posible. Ya veo que no os lanzáis a tirar piedras. Pecados de adolescencia, supongo. El caso es... ¿de dónde viene un escritor?; ¿cómo se hace? Pero también ¿de dónde salen sus obras?; ¿y las ideas?; ¿cuál es “la parte inventada”? ¿En la literatura se imagina, se copia, se exagera, se traslada o se imita?
    Estas preguntas articulan la película El ciudadano ilustre, que representa el viaje de un reciente y, por supuesto, aclamado premio Nobel de Literatura al pueblo miserable y recóndito de la provincia de Buenos Aires donde nació y vivió hasta los veinte años: Salas. Algo que podría sonar idílico, pero que no lo resultará. Ese viaje, núcleo de la película, aparece enmarcado entre un prólogo en el que el protagonista, incapaz de crear varios años después del premio, siente el impulso de volver a sus orígenes, y un epílogo en el que presenta su nueva novela como el relato del viaje que él mismo supuestamente ha realizado.
    Esa es la clave. ¿Supuestamente? Sí, porque, a pesar de una puesta en escena realista y simple su interpretación es confusa: ¿fue verdaderamente al pueblo?; ¿soñó el viaje?; ¿lo inventó?; ¿lo exageró? Las imágenes que hemos visto ¿son su viaje real, su sueño o su nueva novela (con todo lo que la ficción implica)? En todo caso, un reto complicado en la idea, pero llevado al guión y la imagen de la forma más sencilla y efectiva.

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    El ciudadano ilustre comienza con una ocurrencia más que meritoria: simular la escena en la que se concede por primera vez el premio Nobel de Literatura a un argentino. Un momento comparable a la aparición del lehendakari negro en Airbag. Ahí está toda la ironía de la nación que siempre se creyó más culta de toda Latinoamérica tomándose en broma sus propias frustraciones de civilización europeísta y occidentalizadora. Solo por esa idea la película vale la pena.
    Pero ¿quién es ese primer argentino, un tal Daniel Mantovani, ganador de semejante honra? La película nos lo presenta como un estereotipo del intelectual latinoamericano (y argentino) emigrado a Europa que ha conseguido éxito con sus novelas (o sus artículos, sus clases, sus conferencias, sus colaboraciones...) y mantiene una pose descreída del mundo, incluso después de haberse hecho millonario y famoso (o por eso mismo). Tan famoso que en su propio pueblo, tras treinta y tantos años sin saber de él, lo invitan a representar su papel de prócer y recibir los halagos y parabienes dignos de su categoría. Así que decide aceptar.
    A partir de ahí la historia se hace deliciosamente ambigua. Por un lado, el protagonista sufre una terrible cura de humildad. Todo lo que encuentra en su pueblo es exactamente tan zafio, hortera e ignorante como ya sabía, aunque tal vez no lo esperara. Precisamente las escenas mantienen un calculado equilibrio entre el desprecio y el encomio, el ridículo y la ternura. Casi hasta el final.

El prócer entre los bárbaros

    Por otro lado, él mismo sabe que todo lo que ha conseguido crear no es más que la versión corregida, aumentada y efectista de lo que conoció en ese mismo pueblo durante veinte años, justo cuando se fue para no volver... hasta ahora. No ha sido más que el civilizado que cuenta la historia del bárbaro, el intelectual que desde su atalaya cree interpretar mejor que nadie el significado de los actos de los demás, de la vida de todos. ¿Tenía razón?
    Por eso los brutos se rebelan contra su prócer. Llegan a abuchearlo, tirarle huevos, insultarlo... Se dan cuenta de que el prócer nunca dio una imagen positiva del pueblo, aunque fuera falsa. Tal vez todo el mundo necesite alguna vez imaginarse mejor de lo que es para aspirar a serlo y las novelas de Mantovani no hacían más que redundar en su desgracia.
    No hay nada deslumbrante en esta película. Seguramente porque no debe haberlo. El guión juega delicadamente con el estatus de la ficción pero, curiosamente para una película, a partir de la literatura, no del cine. La metaficción es la de la película con respecto a la novela que nunca vamos a leer. En este juego todas las escenas resultan tan escuetas como sugerentes, pues están sucediendo a la vez en varios planos: el mundo de la literatura, la vida del escritor-protagonista, su última novela y su imaginación. Este irónico viaje a los orígenes puede interpretarse en estos cuatro planos o mezclarlos como uno quiera. No me digáis que no es interesante.

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    Entonces, ¿cómo funciona la imaginación? Aunque a menudo se la relaciona demasiado con la fantasía, imaginar, igual que en el caso de la película, no supone inventar mundos fantásticos, seres, objetos ni palabras mágicas; ni siquiera simular el pasado o el futuro. La ficción se crea a partir de lo vivido y observado. Nada surge de la nada. La imaginación, en el fondo, no es más que la capacidad de figurarse situaciones y de creerse otros. Así que todo eso suele suceder muy cerca de quien escribe la historia. 
   De hecho, los únicos relatos de ciencia-ficción o fantasía interesantes son los que revelan su relación con lo ya existente. Porque la imaginación más perturbadora no es la más exuberante, sino la que introduce en nuestra propia realidad monstruos posibles. Y, creedme, estos sí que acojonan.
    De esto trata precisamente Guardar las formas, el libro de relatos publicado hace meses por Alberto Olmos, de quien ya había hablado aquí. Todo pasa cerca de ti, escritor, lector, por inquietante que sea. Lo único necesario para contarlo es encontrar una voz que lo haga. Una voz imaginada, claro. Y en un libro de relatos con un requisito esencial: una para cada historia. De ahí su riqueza literaria y su posible torpeza también. Su riesgo.



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   El libro está compuesto de situaciones inquietantes pero muy corrientes: alguien que se queda sin llave para abrir la puerta de casa, una cinta de vídeo sin rebobinar, manuscritos guardados sin publicar, llamadas en las que no se dice una sola palabra, botellas que no están donde deberían, vecinos que dicen que han ganado la lotería, la manía de observar ventanas desde la calle, una niña asustada por un perro... Vamos, que a priori no llaman la atención. ¿Cómo lo consiguen? ¿Cómo se transforman en historias?
   Pues siguiendo dos sencillos pasos:
  1.  Añadir a cada situación un elemento que resulte perturbador: la puerta que no se abre está cerrada por fuera y no es la de tu casa, los manuscritos son de tu padre muerto, quien deja la cinta sin rebobinar es el novio de tu hermana, la niña asustada es tu hija, a quien Adela no habla es a su madre.
  2. Elegir el punto de vista y el narrador adecuados para que la historia vaya avanzando al ritmo pretendido y su misterio no se desvele antes de tiempo o, precisamente, para que todo quede sugerido u obligar al lector a situarse donde se siente incómodo, del lado del criminal, por ejemplo. Así, el que envidia a los agraciados del sorteo, el amante encerrado, el hermano discapacitado, el hijo del escritor inédito o tú mismo, viajero morboso, son las voces de estos cuentos.
    Inventarse el narrador es el trabajo más difícil para cualquiera que escriba. Quien lo probó lo sabe. Solo hay una forma "perfecta" para cada historia tal y como el inventor la ha concebido y todo depende de esa voz. Ahí está el misterio de la ficción y de la literatura en general. Si este paso no sale bien, todo se va al traste, nadie se pondrá (literalmente) en situación y el relato será un fracaso o algo completamente insulso, que es lo mismo.
   El propio Alberto Olmos ha insistido varias veces, también hablando del último Nobel, precisamente, que para ser escritor hay que currárselo. Hay que inventar, imaginar, crear algo. No es algo que pase en veinte minutos. Olmos reivindica a los escritores profesionales porque cree que la literatura no es la misma si pasa de profesión a ocio.
   Esta discusión da para otra entrada. Pero lo que interesa ahora son los relatos de Guardar las formas. Un ejemplo perfecto de cómo se crean las historias, por modestas que parezcan. Y de cómo pueden jugar con el miedo, el resentimiento, la envidia, el amor, la nostalgia o la locura hasta que el golpe te alcanza, el crimen sucede o la historia estalla. Y es bastante duro a veces. Valgan para ello "VHS", "Por dentro", "768.786 euros" o "Tantas veces criminal". Leedlos.

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   En las novelas la imaginación está aún más restringida. En ellas es mucho más difícil sostener la ilusión de un mundo fantástico. Por ello tal vez las mejores estén tan apegadas al suelo, al escenario reconocible y habitual de las vidas que comprendemos.
    El realismo, visto así, sería como el grado cero de la imaginación. Y nada más realista que la historia de un barrio de tu ciudad, de personajes cercanos y situaciones contemporáneas. Este es el punto de partida de Lainmensa minoría, de Miguel Ángel Ortiz: adolescentes de la Zona Franca de Barcelona durante el 2010 y 2011. ¿Será que en ella no hay imaginación?
    Jugadores de fútbol que nunca llegarán a profesionales, alquileres, hipotecas, separaciones, trapicheo, mercadillos, asignaturas suspensas, líos y noviazgos, calles feas, veranos bochornosos, Extremoduro, trabajos mal pagados, casi miserables, desahucios... Es decir, la vida de la inmensa mayoría de jóvenes que no suele salir en las novelas.
   Así que el propósito está claro: no será épica, pero la historia de estos chicos (y de tantos otros) merecerá la atención de alguien, al menos de Miguel Ángel y sus lectores, igual que Mark Twain y Dickens hicieron con sus chavales cuando la literatura se ocupaba, también, de otras cosas. Puede sonar ingenuo y hasta decimonónico, en efecto, aunque no es algo que el cine no siga intentando algunas veces (si leéis esto, futuros directores, ya podéis ir comprando los derechos).

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   Debe haber algún truco: inventar una historia que precisamente es la misma que podía haberle ocurrido a cualquiera. ¿Para qué? ¿Imaginar los detalles de la vida de cuatro amigos entre los quince y los dieciséis? ¿Lo que hacen en el instituto, en la calle, en el parque, en el bar de la esquina? ¿Sus conversaciones, partidos, discusiones y preocupaciones? ¿Dónde está su interés?
   La respuesta es sencilla: M.A. Ortiz no quiere que se pase de largo. Estos años duros tienen su historia y el Retaco, el Chusmari, el Peludo, el Pista, Laia, Mari Luz y hasta el Legis son parte de ella, aunque los haya inventado. La historia de un país hundido es también la de unos chavales intentando mantenerse a flote. Qué ironía. Como ganar por primera vez un Mundial en semejantes circunstancias.
   El Retaco cuenta su vida sin pretensiones. Vemos lo que pasa en su barrio, a sus amigos, a él. No es una historia bonita ni espectacular. No puede serlo. Y, sin embargo, vale lo que toda una vida metida en cuatrocientas páginas. Eso es, en el fondo, una novela. Se pongan como se pongan.
    El "truco" nos lo explica Camus: el artista, ante la realidad, siempre muestra "un mínimo de interpretación y arbitrariedad", la transforma con su lenguaje y redistribuyendo sus elementos; es ese "estilo" el que "da al universo recreado su unidad y sus límites" (El hombre rebelde. Rebeldía y arte).
  O sea, que siempre damos nuestra versión del mundo sin podernos librar de él. Hasta cuando nos creemos otros y nos imaginamos una vida distinta, un relato alternativo. La ficción es la eterna expresión de esta paradoja. Bendita sea. O como dice el Retaco:
Las letras del Robe eran únicas porque hablaban de lo que él llevaba dentro. De lo bueno y de lo malo. Contaban su historia. Porque todos somos las historias que podemos contar, y solo podemos contar las que tenemos dentro. La nuestra hablaba del barrio porque nos habíamos criado en sus aceras.


viernes, 12 de junio de 2015

El último libro

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   El último libro de Rodrigo Fresán es el último libro. No el más reciente, sino el último libro posible. No es que se haya retirado ni es una obra póstuma. No es que sea producto de la vejez, la enfermedad o la desesperación (por lo que sé Fresán sigue viviendo con normalidad en Barcelona y va a cumplir 52). Parece, simplemente, que ya no queda más. Al terminar de leerlo viene esa sensación: ya está; se acabó.
   No sé si recuerdan, pero eso también ocurría, de cierta manera, con Alabanza, de Alberto Olmos, en la que se anticipaba el final de la Literatura Entendida Como Tal. Así que el tema no es baladí. O, al menos, me parece una coincidencia significativa. En ambas novelas el protagonista es un escritor que ya no escribe, agotado artísticamente y ahogado por la parafernalia del mundo editorial (la industria, más bien) y el campo literario. Algo apocalíptico, desde luego. ¿Real? Ya veremos.
   Si bien en la novela de Olmos el relato contiene una trama mucho más reconocible, con pocos pero algunos determinantes sucesos de la vida de ese escritor (Sebastian) y su pareja, se suma otro elemento en común muy interesante: el pasado, los recuerdos, todo aquello que ha hecho de cada uno lo que ahora puede reconocerse. Se observa en ambos, pues, una especie de determinación: uno escribe por algo, porque algo lo ha convertido en escritor más allá de la definición sociológica del término. Es decir, un escritor es alguien que escribe porque se ve encaminado a ello.
   Parece un concepto de vocación romántica, ¿verdad? Pues un poco sí, pero no tanto. Es romántico en cuanto que no es razonable ni se valora en términos profesionales, económicos, intelectuales o morales. Pero hasta aquí. Porque tampoco es una misión. Estos personajes no son escritores porque crean que deben serlo, porque piensen que hay una necesidad social o una capacidad de intervención sobre el mundo. Son conscientes de que esa función de la literatura hoy en día resulta nostálgica. Pero escriben. En buena parte para explicarse a sí mismos. Y, además, por alguna extraña razón otros (nosotros) lo siguen leyendo.

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   Pero la solución literaria a planteamientos tan semejantes en autores de estilo, formación, edad y circunstancias tan diferentes es, lógicamente, muy distinta. La de Olmos ya fue comentada en una entrada anterior. La de Fresán, como suele ocurrir con el resto de su obra, ni siquiera es una novela al uso. 
   La parte inventada es un libro escrito, como Mantra o La velocidad de las cosas, por acumulación y no por descarte. Uno de los rasgos más característicos de la narrativa de Fresán es precisamente la  construcción de un libro a partir de materiales dispersos que, sin embargo, van reconociéndose como partes de algo que es más una idea que una historia. ¿Cómo lo hace? Repitiendo motivos, trazando autorreferencias y alusiones, fundando lugares (como Canciones Tristes) u objetos insólitos, elevando la anécdota a dimensiones míticas (una nevada, una playa, una piscina, una noche que duran decenas de páginas, que se convierten en El Relato). Todos ellos elementos que, a través de digresiones, conforman más un mapa sentimental que geográfico o temporal. Fresán da cuenta de estados, no de argumentos (y mucho menos de procesos históricos). Su estética se parece a la de las interminables canciones de Dylan que cierran algunos de sus discos (Desolation Row, Sad-Eyed Lady of the Lowlands, Highlands...), más cercanas a la construcción de un símbolo que a la narración.




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   El relato, como en las obras citadas, es mínimo y, además, aparece desmenuzado (deconstruido sería el término más cool) en cada una de los cinco capítulos de la parte central, más uno introductorio ("El personaje real") y otro final ("La persona imaginaria"). Aunque empieza por el principio, claro. Y el principio es la anécdota de El Niño, que casi se ahoga en la playa mientras sus padres discuten sobre el nombre de la que será su hermana en la arena. Pero no se ahoga. Y El Niño que se convertirá en El Escritor desde entonces es distinto y hará algo distinto, porque:
El Niño se ríe, pero no con risa sino haciendo un ruido raro, fuerte. La risa única y nueva [...] con la que se ríe alguien que ha ido y regresado desde muy lejos. [...] La risa de quien ha vuelto de la muerte y ha vivido para contarlo, para pasarlo en limpio y, entonces, alterarlo, mejorarlo, añadiéndole la parte inventada. La parte inventada que no es, nunca, la parte mentirosa, sino lo que realmente convierte algo que apenas sucedió en algo como debió haber sucedido. Algo [...] mucho más auténtico y valioso y puro que la simple y vulgar y a menudo tan poco ocurrente y desprolija verdad. (pág. 52) 
   Y todo el libro arranca de aquí, de esta sensación de que la ficción y la vida están realmente intrincadas y que un escritor, al menos un tipo de escritor como los personajes de Fresán y Olmos,  no puede obviar esta circunstancia, sino que, de hecho, gran parte de lo que invente partirá de ahí. Y esta nueva definición de inventar en el párrafo citado es absolutamente pertinente para ello.

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   Y después del niño, del personaje real, la parte central del libro empieza con un capítulo en el que un joven periodista aspirante a escritor (El Chico) va a la casa de El Escritor, que ha desaparecido, enviado por el editor de las obras de este para aprovechar el morbo mediático de la situación rodando un documental y acompañado de la sobrina del mismo editor (La Chica), que es fan incondicional de aquel. Resulta que, por fin, después de un tiempo sin historias, "el Escritor se ha convertido en, sí, una buena historia". Así que andan compilando información sobre él, por lo que una buena parte del capítulo consiste en el compendio de sus declaraciones en entrevistas: sobre escribir, escritores y referencias (la música de A Day in the Life de The Beatles, 2001, Vonnegut, Dylan y, por supuesto, Tender Is the Night, de F. S. Fitzgerald).
   Hay tiempo y espacio (en el libro siempre lo hay) para incluir la historia delirante de La Hermana Loca de El Escritor, Penélope. La historia de cómo se casó con un miembro de una absurda familia rica, los Karma, y cómo convivió con ellos mientras su marido estaba en coma.
   Y después aparece el hombre solo, protagonista del siguiente capítulo, un escritor en la sala de urgencias de un hospital pensando en las historias que aún no escribió mientras le angustia la posibilidad de que todo se estropee, de que ya esté mal. Y muera. Y todo acabe.
   Y un largo capítulo más sobre la relación entre los Murphy (Sara y Gerald) y la novela de Fitzgerald Suave es la noche. Los Murphy descubriendo que la parte de su historia inventada en la novela era más hermosa y explicaba mejor su vida que la realidad, una realidad, la de Fitzgerald también, y la de su mujer, y la de su hija, mucho menos brillante y tierna. Tal vez sea esta digresión el ejemplo menos autorreferencial del tema clave de todos los relatos: de qué es capaz la ficción, en qué consiste, para qué sirve. No es un ejemplo bonito precisamente. Si la obra es lo único que se salva, alguien debería preocuparse.
   En el siguiente capítulo toma protagonismo un antiguo novio de Penélope, Tom Vader, hombre separado y con un hijo, Fin, al que ve de vez en cuando pero con el que comparte dos de los motivos hipnóticos del relato: Pink Floyd y las series de ciencia-ficción relevan a Fitzgerald.
   Y en el siguiente serán The Kinks y volverá El Chico, pero esta vez con Tantor, un amigo suyo, en un relato puramente repetitivo, un ensayo de variantes de situación narrativa que comienzan por "mientras tanto, otra vez, bajo las escalinatas del museo..." Aquí la historia se hace cúmulo de tentativas que lo único que llegan finalmente a contar es cómo El Chico conoció a El Escritor.

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   Pero hasta un relato desmesurado necesita un cierre, sí, un cierre más que un final, pues los pocos rastros de una trama que el lector va encontrando apenas dibujan un mapa congruente de personajes y relaciones.
   Y al final vuelve El Escritor. Pero antes de haber desaparecido. Cuando quiso desaparecer desintegrado en el colisionador de partículas del CERN después de intervenir en uno más de los aburridos debates sobre libro digital o de papel en una aburrida feria del libro europea a la que solo le invitan por un limitado prestigio. El de quien ya no vende apenas libros y al que ya no se le ocurre nada. Un tipo de prestigio que nos suena, ¿verdad?
   Estallar en el CERN habría sido un final tan sci-fi...
   Y, claro, El Escritor, durante su viaje en avión y su estancia en la feria, va recordando todo lo que piensa sobre la literatura. Y ve que, como él, también se está agotando. Que ya no tiene sentido "su cada vez más desgraciada vocación" porque "ahora, también, para ser escritor había que cantar y bailar y actuar". Que "el animal lector ha alcanzado su cenit evolutivo y rebota ahora contra la cúpula de su perfección y límite y marcha atrás, hacia una suerte de involución disfrazada de mutación high-tech". Esto es, que las nuevas tecnologías están cambiando el ritmo y la soledad necesarios para leer y acabando con "la forma en que se ocurren las ideas". Que poseer miles de títulos digitales en un dispositivo o compartirlo todo instantáneamente como si fuera trascendente no es más que banalizarlo. Y lo banal no es nada. Que se ve obligado últimamente a "distraer el miedo que cada vez asustaba menos de pensar que tal vez no haya más que poner por escrito, que todo fue puesto, y que lo siente mucho si no fue suficiente". En otras palabras, que después de este libro no venga ninguno más.
   Un verdadero apocalipsis.
   En el que hace falta, también, un antagonista, un trepa, un antiguo admirador convertido en figura de enorme éxito, componedor de best-sellers, que, en esa misma feria, le revela la clave de la supervivencia del escritor a partir de una táctica sencilla: hacer que el lector se sienta inteligente. Y, para ello, todo lo que hace El Escritor no sirve porque "la gente se pone nerviosa si cuando lee descubre que escribir es difícil".
   Entonces, ¿para qué insistir? Y El Escritor encuentra el principio en las primeras palabras que un niño escribe al volver de la playa en la que casi se ahoga.

En la lectura, de André Kertesz

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   Fin del círculo: el final es el principio y viceversa. Porque, se comprende:
Las situaciones más trascendentes ocurren en el pasado pero recién suceden en el futuro, cuando somos verdaderamente conscientes de su importancia, influencia y peso sobre todo lo que vino y vendrá. (pág. 49)
   Y, además:
Toda ficción es finalmente y en principio autobiográfica porque le sucede al escritor, porque es parte de su vida real. (pág. 473)
   Y, claro, ¿cómo no pensar en las partes del propio Rodrigo Fresán repartidas en el niño que va a la playa con sus padres, se pone a escribir, aprende a contar mientras trabaja en un periódico, conoce a sus maestros, publica unos primeros libros muy bien recibidos, continúa buscando y rehaciendo historias, llega a los cincuenta, siente la necesidad de transmitir sus fetiches a su hijo para sobrevivir de alguna manera, va a urgencias al hospital y no se le ocurre nada que escribir salvo este libro en el que, a partir de su obsesión heredada de una novela de F. S. Fitzgerald, construye un escenario enorme en el que dar vueltas a la idea del sentido que pueda tener la escritura?
   Rodrigo Fresán a.k.a. El Niño a.k.a. El Chico a.k.a. El hombre solo a.k.a. Tom Vader a.k.a. El Escritor. El Escritor, esa "persona imaginaria".
   Rodrigo Fresán obsesionado con A Day in the Life, Wish You Were Here, Big Sky, La otra realidad...
   Rodrigo Fresán citándose a sí mismo cuando El Escritor piensa en sus otros libros, que en realidad son Historia argentina, La velocidad de las cosas, Vidas de santos o Mantra.
   Y muchas otras enumeraciones que él mismo escribiría pero que no caben en este blog porque ya basta de imitar su estilo.
   El estilo de siempre, sea dicho, digresivo hasta llegar al trance, repetitivo a la manera de las canciones de rock progresivo, retomando motivos y notas en medio de solos de guitarra interminables, embaucador e hipnótico, abusivo y repleto (de listas, enumeraciones, referencias), agotador en fin. Pero esta vez en medio de la angustia de sospechar que el final (de la Lectura y la Escritura Entendidas Como Tales y de todo lo demás) está cada vez más cerca como, en realidad, todos sabemos. La misma angustia de Roberto Bolaño apurando horas de vida para terminar 2666. ¿Valió la pena?
  Volviendo al principio, ¿cuánto Alberto Olmos hay en ese Sebastian de Alabanza, que comienza yéndose del pueblo a la ciudad, publicando en una editorial bienintencionada y desastrosa y llegando finalmente al sello del Editor del país por antonomasia?
   Exacto. La ficción es el sitio donde eso no importa porque la parte inventada siempre es mejor, tiene sentido. La literatura seguirá existiendo en ese filo siempre, dando cuenta de pasados recreados, presentes figurados y futuros presentidos.
   Coming soon. Atentos a sus pantallas.

viernes, 22 de agosto de 2014

Las vacaciones del escritor

   (O la novela que querría haber escrito)

   ¿Qué se puede sacar en claro de unas vacaciones? La mayoría de las veces se hacen tantos planes para ellas que al final resultarían decepcionantes si no las recordáramos con cierta condescendencia. Supongo que lo mismo se puede decir del pasado de cada uno, aunque quizá sea mejor dejar esto para más adelante. 
   La verdad es que las vacaciones acaban consistiendo principalmente en unas cuantas celebraciones de la amistad, unos pocos días de viaje estimulante y/o regreso melancólico al origen, un par de buenos conciertos y algunos ratos sumamente agradables dedicados a nada en concreto. Siempre y cuando se sepa contener la posible ansiedad que generarían todos esos planes que quedarán irremediablemente en suspenso, como, por otra parte, suele suceder el resto del año: montones de páginas por leer o escribir, típicas tareas domésticas aplazadas indefinidamente de fin de semana en fin de semana, lugares por visitar o gente con la que nunca quedas.
   Así que para conjurar un poco los demonios de la materia pendiente, me he decidido a escribir un poco de mi libro de estas vacaciones. Porque siempre aparece ese libro que las salva de alguna manera y compensa tantos recados sin hacer, tanto dolce far niente. Así llevo desde los 14 o los 15 años, aunque, todo sea dicho, en aquella época leía bastante más. Los de mi generación sabemos desde Verano azul y Grease que cada verano hay un descubrimiento y que es obligatorio sentirse un poquito adolescente para poder volver a empezar el curso contándolo.
   Pues bien, ahí voy.

   Por alguna casualidad he encadenado algunas lecturas (sin contar las de trabajo, claro) que transcurren en vacaciones. Ya hablé en la entrada anterior de Fuera de juego, de Miguel Ángel Ortiz, que transcurre durante "el puente", y ahora ando en el Ferragosto de Tristano muere, pero mi libro del verano es Alabanza, de Alberto Olmos. Ahora me toca explicar por qué.
   Si leer te ha gustado lo suficiente sabrás a qué me refiero cuando das en el momento perfecto con el libro perfecto, cuando te das cuenta de que precisamente esa estúpida ficción refiere con exactitud las emociones y pensamientos que te andan rondando, lo que convierte esa lectura en algo fundamental, importantísimo. Lógicamente, este sentimiento es bastante propio de la adolescencia y no suele mantenerse más que unas semanas, meses o, en casos de fanatismo, algunos años. Con el tiempo uno se hace menos entusiasta y deja de identificarse con una obra con tanta facilidad y le pone pegas a todo. En eso consiste la madurez, supongo. Por eso me sentí extrañado mientras leía Alabanza y la encontraba cada vez más hecha para mí, por decirlo de alguna manera.
  Hay en este sentimiento, seguro, algo generacional pero que hasta ahora no me había ocurrido con autores contemporáneos y obras recién publicadas. Será porque ahora mi edad se equipara a la de los "jóvenes" escritores y no a la de los deportistas de élite. El caso es que encontré en Alabanza la representación exacta de lo que había pensado o querido decir. Incluso aunque tengo reticencias a las historias con un escritor de protagonista y, a priori, la trama no me interesaba. Al grano.

   La historia es la de un joven escritor y su pareja que se van a un pueblo medio abandonado durante los dos meses de verano para que aquel recupere, de algún modo, la inspiración, pues hace dos años que su best-seller acabó con la Literatura Entendida Como Tal. Estamos en 2019 y no hay nada futurista salvo este concepto: ya no existe el campo literario, "ya nadie ganaba nunca, ya nadie era tan famoso o tan prestigioso; ya nadie tenía algo que decir que mereciera la pena escucharse. Todo era ruido; todo era origen" (pág. 78). 
   Sebastian, sin embargo, tiene la bonita idea de volver a cultivarse en el arte de enlazar palabras y cree que tiene un magistral libro de cuentos por escribir como hacía cuando pensaba que la literatura valía algo. La primera parte de la novela, "Broma", alterna el punto de vista de Claudia y Sebastian. Ella anda medio aburrida explorando ese pueblo minúsculo cuyo significado desconoce y él, absorbido a partes iguales por los pensamientos sobre su propia situación como escritor (he aquí la parte metaliteraria, crítica y paródica, con reseñistas, agentes y editores supuestamente geniales) y la representación de la historia de los cuentos que nunca escribirá. Cuentos que intentan averiguar el origen o el sentido del amor desde un punto de vista desapasionado, que no llevan a nada durante días. Hasta que...
   La segunda parte está constituida por el paseo que Sebastian da por el pueblo en plan Walser. En él 
prefiere ir encontrándose con su pasado según camina, que las imágenes, frases y las canciones afloren a su sabor, democráticamente, sin jerarquías dramáticas ni encadenados narrativamente impecables; no lineal, discontinuo, como un collage, un montaje; así es su paseo (pág. 210). 
   Quizá pueda parecer tópico este carrusel de recuerdos de la infancia y la adolescencia, pero a mí me ha resultado especialmente delicioso (repito, seguro que influido por la coincidencia generacional y otras circunstancias personales). Aun así no es solo lo que aparenta: la narración, a retazos y alternando el tiempo de Sebastian y el de Miguel (su pasado), acaba llegando al meollo del asunto, al recuerdo del momento en que cambió una vida.
   Así que ese pueblo no era uno cualquiera... Solo que para entenderlo todo, para volver a la vida de Claudia, también hace falta saber quién fue Sebastian antes de ella, así que decide escribírselo. Tal vez ese verano vaya a ser para él aquel en el que lo descubre. Tal vez es que los escritores solo piensan las cosas cuando las están escribiendo. En la tercera parte se mezcla este otro relato, definitivo y personal, de Sabastian, con la narración de los siguientes días de Claudia y él en pueblo, más bien anodinos si no fuera por lo que como lector uno ya sabe mientras la pobre Claudia debe esperar. Vuelve también el episodio del escritor que llega a serlo por fin y lo es contra toda la parafernalia estúpida del mundillo.
   
   Ahora que lo escribo parece poca cosa, pero qué va. Podría hacer unos cuantos elogios e inconvenientes "alabanzas" de las que tiempo después me podría arrepentir, pero esto no viene a ser más que una recomendación, así que para ir resumiendo me quedaré con lo que, sinceramente, me ha emocionado e impresionado:
  • Un tratamiento del significado de la literatura tan profundo como desencantado.
  • Una sensibilidad exquisita que convierte en pasado y presente de los personajes todo lo que podrían ser simples episodios y pensamientos convencionales.
  • La revelación de una clave envuelta en nimiedades; la tensión creada por esas nimiedades aunque parezca inconcebible.
  • La sensación de haber sabido dar forma a lo vivido por uno mismo, se llame identidad o no, de haberlo hecho literatura, arte, por poco que eso sea para tanta gente.
  • La gran habilidad necesaria para contar varias cosas a la vez o una sola cosa de varias maneras, esa extraña habilidad de la escritura que ya no vale nada.

   Me habría encantado escribir algo así, de verdad, porque con los años noto que los recuerdos están más  presentes de lo que creía y no sería malo contarlos. Menos mal que alguien ha sabido hacerlo.

   Perdonad, pero tengo mucho que hacer antes de que acaben las vacaciones.

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