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viernes, 13 de abril de 2018

El atrevimiento de la ignorancia

La verdad y la razón son patrimonio de todos.
Michel de Montaigne
1

   Hace unos meses, las citas de un ensayo que compartía en la red un antiguo colega llamaron mi atención. Redundaban en la pérdida de los valores de la educación y sobre su cambio de papel en el mundo dominado por la política neoliberal. Casi corrí a buscarlo. Intuía que el tiempo que le dedicara me serviría para tomar distancia o aliento y repensar algunas cuestiones a las que nunca damos el espacio suficiente, pues la enseñanza es una profesión que deja poco margen al reposo. Quien da clases en secundaria lo sabe.
  La lectura, finalmente, ha resultado más que provechosa, casi diría inspiradora, aunque el adjetivo me chirríe un poco. El ensayo se titula, algo provocativamente, Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda. Plantea precisamente las preguntas que aún no había llegado a formularme sobre ciertos temas, como la innovación, y confirma mis sospechas en cuanto a otros, como la legislación educativa o el papel de la pedagogía. Su intención no es otra que nosotros, los docentes, paremos esta maquinaria enloquecida en la que se ha convertido la enseñanza y recuperemos los principios que nos devuelvan la dignidad y nuestro verdadero papel. Casi nada.
   Lógicamente, esto supone atar dos cabos, dos puntos de partida opuestos: por un lado, la situación actual de la educación y los cambios legislativos que la dirigen; por otro, rescatar una visión radical de su función, recordar su esencia y sus principios. El camino entre ambos extremos es extenso y cruza multitud de temas, pero intentaré dar cuenta de las conclusiones más certeras y útiles para cualquier profesor de a pie como yo.
   En primer lugar, un análisis medianamente riguroso de los cambios legislativos nacionales y los marcos educativos supranacionales revela un panorama descorazonador que hace un momento se ha agravado al desestimar el recurso de inconstitucionalidad contra la LOMCE. Pero, claro, dirán los jueces, si es que esta ley no supone apenas una diferencia con lo que ocurría antes. La nueva ley (2013) es constitucional porque, lisa y llanamente, lo mismo ya lo había permitido el partido denunciante, el PSOE, en la LOE y, en parte también, en la LOGSE. Para quien esté poco acostumbrado a estas siglas, lo intentaré sintetizar. Todas las modificaciones de la ley educativa de los últimos veinticinco años (cuatro, una de ellas no llegó a entrar en vigor) se han centrado en un solo propósito: adaptar la educación en España a los planes neoliberales de la UNESCO y, sobre todo, la OCDE, entidades supranacionales financiadas por los estados que exportan una concepción mercantilista de la cultura y la educación, un auténtico lobby que lleva décadas presionando para cambiar la tradición de la educación pública europea y liberalizarla como actividad económica que genere beneficios a los estados, sobre todo los que "importan" alumnos a sus universidades. Así,
los fines que se asignan al sistema educativo se limitan a sus funciones económicas: formación de la mano de obra para optimizar la productividad entendiendo el desarrollo de la personalidad en términos de "capital humano" (pág. 83).
   Esa idea de que el "servicio" educativo, concebido como empresa, tiene la función de acreditar competencias alcanzadas por el estudiante para su introducción en el mundo laboral es claramente perniciosa y atenta, como veremos, contra el principio más sagrado de la educación pública. Varios escándalos actuales lo atestiguan. Los comentaré al final.
   Cualquiera que lea el preámbulo de la LOMCE, por ejemplo, deberá contener su desesperanza como pueda. La ley (lo declara manifiestamente, en esto no engañó a nadie) solo pretende desarrollar
un sistema capaz de encauzar a los estudiantes hacia las trayectorias más adecuadas a sus capacidades, de forma que puedan hacer realidad sus aspiraciones y se conviertan en rutas que faciliten la empleabilidad y estimulen el espíritu emprendedor a través de la posibilidad, para el alumnado y sus padres, madres o tutores legales, de elegir las mejores opciones de desarrollo personal y profesional (el subrayado es mío).
   Y ya. Lo mismo que puede hacer una ETT. O un curso del INEM. ¿Es esto lo que esperamos de un sistema educativo: formar empleados y falsos autónomos? ¿Se puede hacer un mayor elogio de la ignorancia? Pues a todo esto los profesores apenas nos opusimos, todo sea dicho. Unos días de huelga y ya si eso, aunque hubo algunas resistencias meritorias que contribuyeron a desactivar, entre otros, los propios sindicatos mayoritarios. Pero, claro, el caballo de Troya había entrado hace tiempo por la puerta del patio. ¿Quién iba a darse cuenta?

2
 
   El profesorado, de hecho, se ha quejado con frecuencia del empeoramiento de las condiciones de trabajo y de los cambios en la estructura de las programaciones didácticas y en la evaluación. Pero ¿hemos visto venir al toro? En ocasiones nuestra perspectiva es muy corta y está enredada en actividades inmediatas, en problemas cotidianos de convivencia y pormenores de evaluación, asistencia, tutoría... Esa es, creo yo, la causa de que no se estén percibiendo la gravedad y la amplitud de este cambio metodológico, pedagógico y, en fin, ideológico de la educación a la que nos dedicamos.
   No creo que la mayoría de mis compañeros esté de acuerdo con la introducción de la evaluación por competencias y de contenidos vacíos, que no aportan nada a las asignaturas y que hacen crecer el currículo hasta la extenuación y la ridiculez. Para que alguien se haga una idea, los docentes llevamos ocho o nueve años evaluando a final de curso con dos criterios completamente distintos: las competencias clave y los criterios de evaluación, aunque legalmente solo la segunda aparezca en el boletín y haga media (¡¿?!). Y el siguiente paso va a consistir en la evaluación detallada de cada criterio implantado en el currículo que forme parte de cada unidad didáctica, repitiendo este proceso por alumno, tema y trimestre sobre (en el caso de Lengua castellana y Literatura) más de 35 ítems por curso. Y no me quejo de que esto lleve mucho tiempo (cotizamos 37 horas y media como cualquier funcionario), sino porque:
  • Le va a quitar tiempo a tareas mucho más trascendentales y productivas (corrección, orientación, investigación, búsqueda de materiales, elaboración de recursos propios...)
  • Limita hasta un nivel kafkiano la libertad de cátedra.
  • Es un método estúpido.
  • No va a mejorar el nivel académico de los estudiantes (salvo, como siempre, en los entornos privilegiados, protegidos por los conciertos educativos).
  • Va a disfrazar ese bajo nivel académico propiciando mejores resultados globales y mayor porcentaje de promoción de curso y titulación gracias a la sobrevaloración de criterios de evaluación sin trascendencia alguna en el aprendizaje.
  • Limitará las críticas, el razonamiento y el interés por saber.
   Sin embargo, alguien ya pensó por nosotros que debemos hacerlo así porque es mejor y punto. Nos hemos convertido en buena parte en funcionarios atemorizados y resignados, presionados por la nueva consideración de las bajas laborales y atosigados por un montón de tareas administrativas de obligado cumplimiento cuya funcionalidad nunca se nos consultó. Por lo tanto, debemos parar, respirar y pensar: ¿qué sentido tiene todo esto?

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   Es así que, bajo estos auspicios, se han visto pervertidos los principios de la educación, sobre todo los de la educación pública. Los autores del ensayo, profesores de filosofía, lo saben bien. Los tres realizan una justa reivindicación del papel de la filosofía en la historia de la educación y en la creación de la educación pública, una de las mayores conquistas de la modernidad. Todos debemos reconocer cuánto debemos a los filósofos en este sentido, desde Sócrates a Kant. No hay mejor táctica que la radicalidad para volver al punto de partida y eso plantean Carlos, Olga y Enrique cuando recurren al espíritu de la Ilustración. 
   El tremendo esfuerzo de los filósofos ilustrados, menospreciado con frecuencia, no solo permitió establecer las bases de la igualdad jurídica de los ciudadanos, sino que propuso algo igual de revolucionario, si no más: entender que la libertad solo podría alcanzarse por medio de la educación. Y una vez garantizada la emancipación de quien fuera a la escuela, el siguiente paso sería hacer llegar esa escuela a todos y cada uno de los futuros ciudadanos, convertir su educación en un derecho, garantizar su universalidad. Por eso la educación básica debe ser siempre pública, obligatoria y autónoma. Por eso el profesorado debe ser funcionario, intocable por el poder, independiente como la judicatura, capaz de ejercer responsablemente su libertad de cátedra. Aunque parezcan tópicos, son estos principios los que permitieron que la ciencia llegara hasta aquí, más lejos que nunca.
   Escuela o barbarie contiene, en este sentido, un reproche importante a los agentes políticos de izquierda, que han asimilado desde mediados del siglo XX la idea de escuela a la de un aparato ideológico del estado y, por tanto, una institución puramente represiva. El papel de la escuela es, sin embargo, el contrario. Solo un pueblo ilustrado puede superar los mitos, las supersticiones, la ignorancia, en fin; solo una escuela pública puede garantizar la emancipación de los ciudadanos por medio del razonamiento y la ciencia (capítulo II).
   El alcance de este logro es incomparable, pero en las últimas décadas nos hemos alejado bastante del espíritu que lo propició. ¿Por qué? Nada más simple: el poder no se siente seguro con ciudadanos realmente libres, con acceso al bien más revolucionario, el conocimiento. Así, la tendencia de este tiempo en que nos ha tocado primero estudiar y después ejercer es la de despreciar la sabiduría y encumbrar la ignorancia. Por eso la OCDE concibe a los alumnos como futuros emprendedores o trabajadores que deben adaptarse a las circunstancias, no como ciudadanos libres que pueden aprender a razonar sobre el mundo.

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   La escuela, por supuesto, cambia con los años y se sirve de las nuevas tecnologías, faltaría más. Aquí no se trata de discutir si es mejor el tren a vapor que el AVE, la plumilla o el ordenador. Pero la legislación actual impone metodologías cuyo propósito no es aprender, acceder al conocimiento, algo que, de hecho, puede realizarse de múltiples formas, dependiendo de las circunstancias, de la naturaleza de las materias o de las virtudes del profesorado y del alumnado. Se proponen, por el contrario, técnicas que adaptan estas materias a los intereses de la sociedad (y las empresas) en una "perversión de lo que significa aprender" (pág. 197), porque
el aprendizaje no tiene sentido en sí mismo en esta dinámica de trabajo: lo tiene en función de lo que se adapte a un reto concreto con interés social: no es el conocimiento de una materia ni la reflexión crítica de sus contenidos (pág. 198, el subrayado es mío).
   En definitiva, no se entiende la propia curiosidad por saber como un fin en sí mismo, lo que, además de pernicioso y retrógrado, desviste al profesorado de su única autoridad posible: la del conocimiento, la de su especialidad, algo imprescindible de la etapa secundaria en adelante. Se entiende como "metodología definitiva" el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), un concepto que los autores asocian a teorías educativas de hace un siglo y que abunda en
los tópicos y dogmas del pragmatismo: la ludificación y la infantilización asociadas a una falsa libertad donde lo emocional prevalece sobre lo racional (pág. 209).
   Los profesores, según esta visión, tenemos un papel de meros motivadores dedicados al coaching, basándonos en teorías absurdas como la inteligencia emocional y el pensamiento positivo, necesarias, eso sí, para que las generaciones futuras se adapten perfectamente al entorno neoliberal de la empresa, donde el individuo está supeditado al beneficio y debe aprender a ser feliz sin reclamar sus derechos. Un papel muy moderno, a la vista está, pero irresponsable y éticamente insostenible.

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   Para que este cambio nefasto tenga sentido el terreno se ha ido abonando durante los últimos años con una campaña de desprestigio de la escuela y, en particular, de la escuela pública. Con este propósito ha diseñado la OCDE las pruebas que dan lugar a la clasificación torticera y malintencionada de las evaluaciones del informe PISA, inútiles tanto para el diagnóstico de las dificultades como para la evaluación de los estudiantes. Sin embargo, invaden las noticias de unos medios de comunicación corresponsables en la pérdida de valor de la educación ilustrada y sus profesionales, sobre todo si son funcionarios. El ataque a la función pública está siendo, de hecho, demoledor en todos los ámbitos, fomentando la liberalización y la privatización de los bienes comunes a todos. No obstante, no hay mayor garantía de la solvencia e independencia de un profesional y, por supuesto, de un profesor o un maestro, que el hecho de que sea propietario de su puesto de trabajo, con toda la responsabilidad que ello implica y todas las mejoras que se puedan establecer en los métodos de acceso o en su desempeño laboral.
   Se tiende, sin embargo, a justificar y hasta elogiar los conciertos educativos, que contratan a dedo, seleccionan alumnado e imponen ideología con la connivencia de la supuesta "clase media", es decir, aquellos sectores sociales que hipócritamente no quieren mezclarse con los excluidos ni permitir que funcionarios con libertad e independencia pongan en cuestión su propia ideología. A esta contradicción alude Alberto Olmos en su artículo de esta semana. Recordemos: esta sociedad aún conserva el tremendo valor de que la educación de todos los niños se pague con el dinero de todos, seamos padres o no. No hay mayor gesto de fraternidad, a no ser que, en el declive del aprecio por lo que nos es común, lo desvirtuemos.
   De la misma manera que los conciertos, que en algunos lugares ya absorben a más de la mitad del alumnado, se justifican atrocidades como la idea de impartir materias en una lengua que no es la materna, como si la comprensión, el aprendizaje y los contenidos de una asignatura no se vieran afectados y, lógicamente, degradados. En los programas bilingües se ha impuesto, con una lógica absurda, la idea descabellada de que se puede aprender Geografía, Historia, Biología, Música, Matemáticas e incluso Filosofía en inglés en lugar de aprender inglés. ¿Por qué están teniendo éxito semejantes barbaridades? Pues porque sirven para segregar al alumnado según su procedencia socioeconómica dentro de un mismo centro. ¿Puede haber mayor inconsciencia e insolidaridad?
   Los autores de este ensayo no paran de recordarnos que no hay nada más revolucionario que una escuela pública obligatoria, financiada por todos e impartida por funcionarios elegidos por sus propios conocimientos, responsables con su función e independientes de la ideología que agentes externos quieran imponer. Tal vez una utopía de la que no estuvimos tan lejos.

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   Pero Escuela o barbarie encuentra muy buenos ejemplos de la deriva neoliberal y antiilustrada de la educación también en la universidad, que fue pionera en esta visión privatizadora y liberalizadora desde que en torno al cambio de siglo se gestaron las transformaciones que después fructificaron en el plan Bolonia. Aunque, por supuesto, también ha generado un movimiento de resistencia que, en su tiempo, fue también despreciado y ninguneado por los medios de comunicación mayoritarios y por los políticos progresistas, rendidos a la magia de la palabrería del mundo empresarial y las directrices del BM, la OMC, la OCDE, etc.
   La universidad, desde entonces, no solo ha perdido la autoridad del conocimiento, sino que se ha convertido en un mero mecanismo de acreditaciones con fines económicos y empresariales. Las titulaciones, en efecto, no dependen ya solo del rigor científico (puede impartirse hasta homeopatía) sino de la posibilidad de colocación que ofrecen a los estudiantes. La consecuencia en un sistema económico como el español, bien definido como capitalismo de amiguetes, es la vinculación necesaria entre títulos, instituciones privadas, empresas, prácticas, becas y empleo, fomentando el servilismo de los pobres estudiantes, obligados por la estructura del mercado de trabajo a obtener un título de especialización, los másteres dichosos que antes servían para acceder a la tesis doctoral en una trayectoria meramente científica o académica y que, por lo tanto, no absorbían intereses espurios. Obvia decir que uno de los másteres más populares es el de formación del profesorado, que sustituyó al CAP, en cualquier caso la etapa formativa más inútil de mi vida y de una buena parte de los docentes actuales. Hecha la ley, hecha la trampa.
  Los movimientos estudiantiles consiguieron, con todo en contra, que al menos las titulaciones de grado duraran cuatro años en lugar de tres, lo que habría encarecido muchísimo su formación. De todas formas, aun con la estructura del 4+1, la educación superior ha dado todo un vuelco. Cuando yo me licencié en el 2000 la matrícula de licenciatura (grado) costaba menos de la mitad, las universidades privadas eran anecdóticas y hasta los alumnos y profesores de la pública las menospreciábamos, los convenios con las empresas eran raros y unos pocos profesores, asociados. Actualmente las universidades, sin recursos públicos, no han parado de subir tasas y sí de ofertar plazas de oposición; contratan en precario, delegan funciones en instituciones académicas privadas, firman convenios con empresas interesadas en ahorrar costes de investigación y dirigen sus estudios y titulaciones según los vaivenes del mercado. Creo que no hace falta decir cómo en este periodo han prosperado las universidades privadas y se ha desatado la fiebre de los másteres.
   Y todo esto ¿habrá sido para mejorar su nivel académico y científico? Los escándalos que han saltado a las noticias en las últimas semanas evidencian que no, que el propósito no ha sido ni académico ni científico. El caso de Cristina Cifuentes es paradigmático por varios aspectos: primero, porque revela que la estructura de los estudios superiores actuales está encaminada a acreditar competencias en virtud de su empleabilidad; segundo, porque demuestra cómo las universidades, incluso las públicas, crean estudios ad hoc, de manera oportunista; tercero, porque visibiliza las relaciones de la universidad con el poder político, su sonrojante falta de autonomía, financiación e independencia; cuarto, porque exhibe el cinismo de esa casta que lleva mucho tiempo aprovechándose del dinero público en su beneficio; quinto, porque evidencia la segregación y la desigualdad de oportunidades entre estudiantes según su procedencia y relaciones sociales; y sexto y, por si fuera poco, aún más alarmante, porque supone una sublimación de la ignorancia, la mayor enemiga de la educación, un desprecio absoluto por el esfuerzo y la dedicación al estudio y la ciencia, que tanto progreso han procurado a la humanidad, cuya evolución en todos los campos es indiscutible. ¿Puede imaginarse un panorama más desolador?

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   Así que no se trata ahora de revisar currículums sino de recuperar principios e ideas que deberían estar por encima de cualquier consideración economicista. Que la escuela está perdiendo frente a la barbarie debido a la estrategia de largo recorrido que el neoliberalismo se vio en situación de implantar en el último cuarto del siglo XX y, sobre todo, en el XXI, es la tesis de este espléndido ensayo, que ha recibido elogios inesperados, incluso de Juan Manuel de Prada en la revista nacional de mayor tirada. Ojalá alguien le haya hecho caso, pero no creo que a sus autores les preocupe tanto la repercusión de su propia obra sino la concienciación sobre los problemas a los que los docentes nos estamos enfrentando y su dimensión ideológica, que hemos obviado con demasiada facilidad.
   Pero ¿a qué barbarie nos enfrentamos? Cuando los autores del ensayo retoman los principios ilustrados y el propósito de la filosofía nos desvelan su contrario: verdad, justicia, belleza. Ahora que los ignorantes exhiben sin pudor su atrevimiento y se permiten dar lecciones desde su puesto de poder, recordemos: hemos llegado a ser lo que somos gracias al pensamiento, la razón, la curiosidad y la ciencia; hemos alcanzado cotas impensables de libertad sobre la religión, la superstición, la clase social o la ideología gracias a ellas. No perdamos el norte.

Blackboard, de Winslow Homer, 1877,

sábado, 26 de noviembre de 2016

En contra de nadie; a favor de todos

1
 
   Sabes que eres de un equipo cuando celebras su victoria aunque sea injusta. A veces, incluso, hasta te crea un poco de mala conciencia que se olvida según la necesidad de los puntos en juego. Es que la conciencia, en estos casos, se permite su dosis de arbitrariedad, de irracionalidad. Igual que a la hora de enamorarse, cantar una canción, llorar en el cine o leer un poema. Está bien. No importa.
   Lo que resulta inadmisible, al menos desde el punto de vista filosófico, es que el fanatismo o el relativismo del gusto se extiendan a cualquier actividad. Así, hay quien solo cree a los suyos por ser de su partido, su camiseta, su forma de vestir. Es más, los sigue con fervor, los idolatra.
   Y no hay cosa más estúpidamente adolescente que la idolatría. Todos fuimos sus practicantes en mayor o menor medida, pero no se pueden perpetuar comportamientos de este tipo. Y hoy, especialmente, me parece que estamos lejísimos de la madurez.

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   No es necesario sentir compasión por la muerte de todo el mundo, pero alegrarse... Lo que sí hace falta es desarrollar comportamientos mucho más valiosos, como la crítica y el razonamiento. Podemos discutir, y mucho, sobre las decisiones de un señor que hasta ayer se llamaba Fidel Castro, pero basta ya de brindis y panegíricos. ¿De verdad somos tan simples? ¿No hemos aprendido nada?
   Parece, entonces, que a los demás debieran importarles nuestras infalibles opiniones sobre gente a la que nunca conocimos. ¿No tenemos otra cosa mejor de la que hablar?
   Si todo vamos a medirlo en followers y haters, más vale que mandemos a la mierda a la civilización. El mundo, ya lo dijo Galdós, está desarreglado, pero desde hace cien años bien se podía suponer un pequeño avance, aunque solo fuera en los términos de la discusión. Pues no, lo que resulta es que ya no hay ni discusión ni términos. Bonito panorama. 

3
 
   La historia de la Revolución cubana o de su Partido Comunista deberá medirse en términos de justicia y según categorías éticas de su tiempo. Sabemos, eso sí, su resultado: este fracaso muy a la larga, de más de 50 años, que siempre ha supuesto el espejo donde el mundo capitalista se ha querido mirar para resaltar sus arrugas. 
   No se puede negar que Cuba es una sociedad mucho más igualitaria que el resto de América (aunque cada vez menos) y suficientemente atendida por los servicios sociales; que no sostiene su nivel de vida sobre la explotación de otros; que ha intentado mantener estoicamente una economía no especulativa contra el criterio de casi todo el mundo, aunque esté haciendo agua. Pero también que es pobre y cada infraestructura o mecanismo costoso ha sido fruto de donaciones, favores poco edificantes o concesiones vergonzantes a esa misma especulación. No se puede ignorar que el sistema ha sido absurdamente cerrado a la discusión o la crítica y que ha tomado represalias que en nada honran los principios de cualquier ideología socialista; que ha mantenido un discurso totalmente alejado de la realidad; que la participación política, incluso a nivel local, ha resultado una farsa; o que ahora es el país del trapicheo y la economía sumergida, donde cada uno se busca las habas como puede, aunque no sea legal. Podéis comprobarlo en películas recientes como estas: Conducta y Esteban. Yo lo he visto.
   Vamos, que la vida allí no es nada fácil y ha obligado durante décadas a los cubanos a mantenerse sobre el filo de una navaja: irse o quedarse, callarse o insistir, cumplir o arriesgarse. Y, en esa tesitura, no ha sido una vida justa. Es posible, sin embargo, que debamos agradecerles el intento de hacer las cosas de otra manera, por mucho que no haya salido mejor que aquí, aunque sí bastante mejor que a sus vecinos de isla.

 y 4

   Pero su historia no es la de Fidel ni la de Raúl ni la del Che, igual que la independencia de 1898 no fue cosa de Martí. Que tuvieran mayor o menor responsabilidad no debería suponer una identificación tan simple. Y que los propios comunistas no renieguen de ella nos da el nivel de su propio comunismo, el mismo que tuvo el arcaico argumentario del propio Fidel.
   El culto a la persona ha llegado a tales niveles que parecemos habernos olvidado de que somos un colectivo. ¡Qué fácil atribuir toda la historia del mundo a una docena de personajes! Como si el resto no hubiera tenido que ver. No quiero ponerme trascendente, pero estamos resultando completamente patéticos. No sé cuál es el porcentaje de culpa de los historiadores, de los periodistas, de los políticos, de los profesores, de los filósofos, de los artistas o de cada hijo de vecino, pero así no hay manera.
   Somos responsables de cada cosa que hacemos o decimos. Y tenemos la obligación moral de pensar cómo hacer mejor la vida de todos. Son unos principios muy básicos que nos estamos saltando sistemáticamente. Y no son fáciles de cumplir porque exigen, sí, razonamiento y autocrítica. Todo lo demás conduce al fracaso que estamos contemplando y que no es, ni mucho menos, el de Cuba. 
   Más allá de este individualismo idiota, en el que hasta los partidos de fútbol los gana un solo jugador, habrá que empezar a plantearse las cosas en serio. A partir de ahí, podemos discutir.

viernes, 13 de febrero de 2015

Travajar / Vibir

Cuántas horas gratis de mis 17, 18, 19 años;domingos y feriados y Semanas Santas, trabajando a full, regalando horas en pos de un progreso de empleado, en pos de un crecimiento empresarial que nosotros nunca veíamos. [...] Yo siempre dije a todo que sí, sí, qué me costaba quedarme tres o cuatro horas gratis después de horario y ver qué pasaba. Había que quedarse, era el auge comercial, todo el país consumía sin parar como un monstruo comilón de porquerías hasta que obeso, empachado, explotó manchándonos con su mierda nuestras vidas. ¡Ya les dije, qué iba a hacer! Estábamos todos en la misma.

Washington Cucurto, Las aventuras del Sr. Maíz
 
 
1

   Demasiadas veces nos dejamos llevar por ideas preconcebidas. Usamos en nuestra vida cotidiana un enorme bagaje de conceptos generalmente aceptados, asimilados o impuestos porque resulta imposible pararse a pensarlo todo con detenimiento y porque nos han enseñado así nuestras familias, amigos, compañeros, profesores y, por supuesto, las instituciones sociales y los medios de comunicación. Uno no suele pararse a pensar de qué habla en realidad cuando se refiere al sexo, el dinero, la maldad, el arte, dios... O el trabajo. Y mucho menos ahora que la filosofía está siendo apartada de la educación. Simplemente aplicamos los parámetros adquiridos y a otra cosa.
   Afortunadamente, el significado virtuoso de la palabra especular (no el mezquino) es un sinónimo de filosofar. Así que hagamos el esfuerzo y practiquémoslo.
   ¿Qué es el trabajo? ¿Es bueno? ¿Qué significan tantas horas cubriendo un puesto en determinada empresa? ¿En qué consiste un salario? ¿Es justa la remuneración? ¿Es deseable?  ¿Y la jubilación? ¿Y el paro?

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   Salta a la vista que las personas nos ocupamos en muchas cosas. Realizamos multitud de actividades (no necesariamente físicas) que consideramos necesarias y otras que, de alguna manera, no. Esta diferencia podría servir para separar los trabajos del ocio.
   En principio todo esto no supone un problema, a no ser que haya ciertas actividades que uno no sepa, pueda o quiera realizar. Entonces hay que organizarse. Y, claro, ha habido muchas formas diferentes de llevar a cabo este propósito. Pero ¿qué ocurre con los trabajos en una sociedad mercantilizada? ¿Qué pasa en realidad cuando uno cobra por lo que hace? ¿Cómo se mide ese dinero?
   No quiero restringirme aquí, como veis, a una definición puramente económica, sino intentar destacar cómo esta ha invadido su dimensión antropológica. Dicho de otra manera, resulta que solemos entender el trabajo como un empleo. Y como el empleo es una necesidad acuciante (salvo para los rentistas), suele seguirse el refrán haciendo de la necesidad, virtud. Así que acaba por sublimarse la idea de que tener un empleo no solo es bueno, sino lo mejor que te puede pasar y lo único a lo que debes aspirar. Al menos, hasta que tengas la edad suficiente (si es que llegas). Y seamos sinceros: la inmensa mayoría de los empleos no satisfacen a los empleados, ni, por supuesto, les hacen felices (si alguien quiere un bonito ejemplo literario aquí tiene los Poemas de la oficina, de Benedetti).
   La paradoja es curiosa, pero terrible. En el sistema capitalista, que necesita del desempleo para contener los salarios por aquello de la oferta y la demanda de la fuerza del trabajo, el empleo acaba resultando casi un privilegio y, en ocasiones, una condena. Se puede entender que en las circunstancias actuales cualquiera que cobre pongamos el doble del salario mínimo sería un privilegiado. Se puede considerar que el trabajo en una fábrica textil asiática es un callejón sin salida muy similar a lo que le ocurría a cualquier obrero europeo hace cien años, un trabajo de esos que no puedes dejar porque te proporciona el dinero justo para el inmediato futuro que solo podrás vivir si sigues dejándote la piel para que otros ganen y tú te quedes como estás. Sí, lo habéis pillado, las dos son estrategias para sostener el sistema y maximizar beneficios: que unos vean que los hay que aún están peor y que otros cubran el puesto por mera supervivencia, no vaya a ser que se les ocurra que el reparto no es justo.
   Lo mismo podría decirse de la jubilación, que en el discurso económico predominante se considera un lujo, un privilegio e incluso una especie de capitulación, un signo de vagancia y debilidad. Como si jubilarse, que ya etimológicamente significa liberación, supusiera dejar de hacer cosas mucho más gratificantes. O como si fuera deseable estar empleado toda la vida. Supongo que quienes razonan así no se habrán pasado un par de décadas reponiendo baldas de supermercados.
   Y todo esto, para colmo, décadas después de que las Naciones Unidas aprobaran que el trabajo (es de suponer que se refieren al empleo) es ¡un derecho! Eso sí que es darle la vuelta completa al calcetín. Visto así, casi que los empleos miserables son deseables porque están garantizándote un derecho. Tócate los pies.


3

   Después de un par de siglos de implantación paulatina de este sistema la sociedad ha asumido de forma bastante sorprendente estos principios: cada persona debe tener una profesión; conseguir un empleo es indispensable para obtener dinero; el trabajo de uno es una contribución necesaria para la sociedad; hay que elegir los estudios en función de las salidas laborales; el trabajo produce beneficios; los puestos se distribuyen según el mérito (y los sueldos); el trabajo se mide, se cuantifica, se factura (en horas, jornales) y un largo etcétera. De ahí su éxito.
   Sin embargo, hay multitud de situaciones que los contradicen, incluso en un mundo como este, comercializado hasta la saciedad. No todo acaba con el ánimo de lucro. Pensemos en tantas tareas que se hacen en casa, en el tiempo que se pasa con los familiares, los conocidos o los vecinos, en cómo se les cuida o educa, en la mayor parte de la ciencia, el arte, la artesanía y los deportes.
   ¿Qué hacemos con todos esos no-empleos? ¿Y con los que son moralmente cuestionables (por basarse en el uso de la violencia, por ejemplo)? ¿Y los trabajos ilegales? ¿Y con los puestos cubiertos por quien no debería trabajar (niños, ancianos...)?
   A demasiada gente se le llena la boca con preceptos como la flexibilidad laboral, la movilidad, la alta cualificación, el éxito profesional, la cultura del esfuerzo, el reconocimiento social, la especialización... Pero en todo esto no hay ninguna preocupación por la forma de vida de las personas, sino por la economía. La dignidad, la decencia o la felicidad quedan fuera de estos planteamientos. ¡Ay, la explotación, esa vieja palabra olvidada!

y 4

  Esa dicotomía absurda de "trabajar para vivir o vivir para trabajar" queda francamente en evidencia si consideramos las actividades humanas fuera del intercambio comercial. Pensar que cada persona se define por su empleo (aunque lo odie) es una reducción malintencionada. Creer que ese empleo es la única forma de vivir dignamente, una aberración.
   Para quien tenga estómago suficiente recomiendo ver unos minutos del programa más visto de los miércoles. En él unos empresarios siempre virtuosos controlan con cámaras el trabajo de unos empleados que acaban llorando bien porque su jefe acaba recompensándolos, bien porque los acaba despidiendo. Se me hace difícil imaginar una situación más denigrante ni un mayor ejemplo de banalización.
   Pero la costumbre no embellece ni sostiene la flagrante injusticia del reparto de salarios, de beneficios o de poder. Solo la disimula.
   Para no caer en ella, pensemos: en cómo, cuánto, por qué, para qué y para quién trabajamos. Y, por supuesto, en cómo esto afecta al resto de nuestra vida. No son preguntas cómodas. Nunca lo fueron, pero evitarlas solo ayuda a quien pretende controlarnos.
   Está claro. Ya lo dijo Albert Pla: hay que organizarse.

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