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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Antes que tú, después de ti

"Apenas unas fotos

que cada tanto miro,

yo, el más ajeno y joven,

último de la tribu."

Fabio Morábito

 

1

 

    Todos somos hijos de alguien. Es una obviedad, lo sé, pero ¿no admira a veces la ligereza con la que lo asumimos? La primera imposición de la vida, su primer peaje, es la dependencia, la obligación de ser hijo. Podemos, más adelante, elegir si ser o no ser padres, pero no a quien nos pare, nos cuida, nos atiende. Podremos ser o no "hijos sin hijos", de ahí el título de aquel libro de cuentos de Vila-Matas, pero hijos lo seremos siempre. Sin escapatoria. Sin remisión. De manera afortunada y fortuita. Desgraciadamente, también, aunque ojalá entonces lo sepamos por las palabras de otros y no en carne propia.

   Viene todo esto a colación de varias lecturas recientes y el final de cierto proceso de escritura. Y, como consecuencia, la siguiente reflexión: que la única manera honrada (y honrosa) de hablar de uno mismo es contar la historia de los otros, aquellos que, forzosamente, te precedieron. Porque ante el aumento desmesurado de la autoficción, de la que ya he hablado últimamente, me parece necesario reivindicar aquellas obras que, al menos, tienen el decoro de situar al autor en un segundo plano y brindar a otro personaje la oportunidad que nunca tuvo de protagonizar un relato, sea ficticio o no. Y quiénes más fascinantes que los padres de uno mismo, tal vez sus abuelos, padres de los tuyos. Quiénes más próximos, más desconocidos.

   Al fin y al cabo ser madre, o padre, es una forma de colocarse al margen, de asumir un definitivo papel secundario. Tanto es así que cuando alcanzas ese estatus dejas de ser hijo de tus padres para convertirte en padre de sus nietos. Quien lo probó, lo sabe. Así debe ser, supongo, pues no puede suceder de otra manera.

   Por esto mismo, tal vez llegue el momento de verse mirándolos, pues quién no se ha preguntado cómo fue que vivieron y llegaron hasta aquí. Será una historia sin brillo, seguro, como corresponde a esos tipos más o menos normales sobre cuya vida adulta apenas te preguntaste nada. Qué hay más corriente que tener hijos, si los tiene todo el mundo, piensas. Y, sin embargo, qué mayor misterio que rastrear en la memoria. 

 

2

 

   Creo, por lo tanto, que resulta más interesante la literatura que recrea la historia de esos otros que no la de uno mismo. Lo digo por experiencia, porque durante estos meses algunas lecturas me han regalado las páginas más emocionantes cuando ellos, los padres, aparecen. Puede ser, quién se atrevería a negarlo, que ahora presto a estos personajes mayor atención. Igual que, según corrobora Olmos, no eres consciente de que existen los carritos de bebé hasta que necesitas uno. Creo, además, que hablar de los padres es, como he dicho más arriba, una mejor manera de representarse. De ponerse en cuestión. De verse a uno mismo, en definitiva, con otros ojos.

   Me sucedió hace un par de años con Ordesa, de Vilas, que amplía la elegía a sus padres muertos que aparecía ya en El hundimiento. Hay en su libro más difundido páginas verdaderamente hermosas que recrean, imaginan, suponen, sospechan, descubren y recuerdan cómo vivieron y por qué. No luce igual su estilo cuando el protagonista es Vilas. Es mejor cuando los mira a ellos. Desde abajo, con los ojos del niño que se sorprende. Desde arriba, con los del adulto que se despide. Cuando el narrador habla de sí mismo, sin embargo, la emoción es diferente y el tono rehuye la ironía que sí funcionaba en otros textos, como Gran Vilas. Por eso me ha dado tanta pereza afrontar Alegría, porque me temo que no es ni una cosa ni la otra.

   He dicho, no obstante, que iba a referirme a lecturas recientes. Precisamente es la ironía la que permite a Rafael Reig contarse a sí mismo, o más bien contarnos el descubrimiento de su propia ineptitud, la llegada y el fracaso de las veleidades de un escritor que tarda más de treinta y cinco años en darse cuenta de qué es lo que debe escribir. El resultado es la historia divertida de un fracaso, como también lo era la de su amigo Orejudo en Los cinco y yo. El narrador Reig se automedica en Amor intempestivo una cura de humildad apabullante. Se dedica a explorar el verdadero valor de sus pretensiones de estudiante que aspira a genio literario y sus aventuras insulsas de joven profesor con una crueldad ejemplar. Y aunque no falta la ternura, sobresale el recuento de errores, de ocasiones perdidas, de daños colaterales, de sufrimientos gratuitos. Hay, además, cuestiones de dinero y bastante sexo, temas ineludibles del resto de su narrativa, como la estupenda Para morir iguales.

   Pero esta inmersión de Reig en la novela autobiográfica, como él mismo ha denominado, sería poco más que un testimonio entretenido cargado de mala leche si no fuera por los padres. En el centro del libro un acontecimiento trastoca, descoloca y transfigura. La de los padres de Reig es una muerte despiadada y sobrevenida, con la misma cantidad  de absurdo y sorpresa que contiene un terremoto. Igual de violenta e inesperada. Contada, no obstante, en el tono más neutral posible. Dejando atónito al lector, casi tanto como lo ocurrido al narrador que se confiesa. 


3


   Los hechos así revelan las verdaderas dimensiones de la vida y del tiempo. El del narrador, desde luego, fue otro a partir de entonces, pero no se dio cuenta inmediatamente, le hicieron falta veinte años más, hasta hoy, para reconocerlo:

Lo que ha venido después ya fue otra vida, y nos sucedió a otros, porque ya no fuimos los mismos (p. 66).

   Y, sin embargo, continúa otras cien páginas, en un ejercicio que retuerce la lógica del relato, rebuscando en los años 90 los últimos pecados antes de la conversión. Asumir que todo cambió desde entonces es su propósito descubierto según avanza, en plena marcha. No se intuye al principio. Cuesta creérselo al final. Pero hay testigos. Los objetos, que con su impasibilidad se convierten en los más obstinados supervivientes de la desgracia, que abren la puerta al pasado solo con su presencia, la continuidad de su propia existencia más allá de la de quien los tuvo en sus manos.

Los objetos son peligrosos: duran más que las personas, acumulan tiempo encima que se adhiere a quien los toca (p. 85).

   Este ejercicio de Reig, que procura poner en orden sus propios recuerdos y razones, ha requerido un lapso importante entre lo acontecido y la escritura. También en el caso de Vilas. Entonces, ¿es que resulta imposible comprender el pasado cuando es todavía reciente? ¿Solo podemos pensar con claridad décadas más tarde? Y la pregunta más dolorosa: ¿apenas entendemos a nuestros padres o abuelos cuando ya han muerto?

 

4

 

   Yo mismo he dedicado varios textos a mis abuelos, algunos poemas y un drama recién presentado como TFM. Qué curioso, la necesidad de escribir sobre ellos ha aparecido justo antes de que murieran y, sobre todo, a partir de entonces, con mayor claridad cuanto más tiempo ha pasado. ¿Es esta una forma de sortilegio, de conjuro, de llamada?

   La respuesta, probablemente, tiene poco que ver con términos mágicos como estos. Creo, sinceramente, que lo que hacemos cuando escribimos sobre ellos no es otra cosa que intentar comprendernos a nosotros mismos, que representar a los padres o los abuelos es buscar las razones de nuestro propio pasado para armar mejor el relato azaroso, sin sentido aparente, de nuestras vidas. No creo que fuera otro el propósito de Agustín de Hipona o Rousseau, referentes declarados de Reig en esta última obra, pues afirma que:

La vida no tiene argumento, es lo contrario de una película porque no podemos ver el final. Y hay que vivir intentando crear ese argumento, como si la vida tuviera sentido.

   Creo, de todas formas, que este afán de contarse, aunque sea en otros, es más poderoso cuanto más se asume ficción. La escritura de las escenas que protagonizan mis dos Sombras me lo ha demostrado. Porque entonces el personaje no es solo uno mismo sino todos y cada uno. Así funciona Antes del paraíso, el libro de relatos de Pedro Ugarte. Es un libro lleno de padres (y, por tanto, de hijos), prácticamente un catálogo de las desazones que puede provocar este hecho tan natural y, al mismo tiempo, trascendental en la vida de cualquiera. Un libro maravilloso, absolutamente conmovedor. Que probablemente parta de experiencias personales, pero que al lector ya no importan, trascendidas en la narración.

   Ugarte hila todos sus cuentos mediante un protagonista que se llama siempre Jorge y que, sin embargo, es cada vez un protagonista diferente: el hijo que se esfuerza en entender cómo fue la vida de sus padres; el matrimonio que comprueba cómo se distancia misteriosamente la imagen del espejo, la pareja de vecinos con quienes compartieron todo, que cambian de mundo mientras divergen, también, las vidas de sus hijos; el hijo partícipe de las rarezas de un padre que intenta hacerlo cómplice; el padre huérfano enfrentado a las manías de su abuela heredadas en cadena generacional; el padre divorciado y en barrena, a pesar del amor y las buenas intenciones; el padre que lo es de quienes son de otros; el padre de un hijo arrasado por montañas de regalos de una familia sin descendencia que no sabe amar; y, finalmente, el padre abandonado porque no compró el piso en el lado correcto de su edificio, en el que habría podido alcanzar la felicidad.

 

y 5

 

   Son historias sencillas que transcurren en urbanizaciones, concesionarios, colegios, bloques de viviendas y salas de estar. Historias cuyos Jorges protagonistas, siempre narrando en primera persona, se dan cuenta de lo difícil que es entender a las personas, de lo extraños que son los seres más queridos, de que la verdadera razón, el amor o la felicidad siempre están en otra parte. Es un gran acierto esta repetición del nombre de un protagonista que no puede ser el de todos los relatos, pero que se convierte así en el contenedor perfecto de todas las frustraciones que la paternidad genera. Son historias grises, en efecto, como todo este mundo que precede al paraíso esperado, con la amargura que da saber lo lejos que cada uno estamos de lo pretendido. Historias que, sin embargo, representan de una manera hermosa la fuerza incomprensible con que ciertas formas del amor asumen con cada vida la necesidad de un nuevo intento. Amor a los padres. A los hijos. Nada más viejo. En palabras del Jorge que mira a sus padres en el relato del mismo título que abre el libro:

Los hijos arrastran en la conciencia una porción onerosa de sus padres, y los padres asumen una carga parecida, allá donde nada se ve. Los padres sostienen a sus hijos con una mano invisible, mientras con la otra se sostienen a sí mismos, y esa doble tarea, tan penosa, les ocupa hasta morir. Pero hay un momento en que la identidad de unos y otros se confunde, un momento en que cambian los papeles, o quizás se superponen (p. 22).

   Somos obligatoriamente un hilo de la cuerda que generación tras generación soporta el peso del mundo. Un mundo a menudo incomprensible, bien es cierto, o cuando menos desconcertarte. Normal que en ciertos momentos necesitemos agarrarnos a algo, lo que sea. A veces se tensa demasiado, corre el peligro de deshilacharse. Pero es que, nos advierten estos libros, es el único lazo del que pendemos, al que, además, tal vez también otros acaben asiéndose. Y así sucesivamente. Mientras seguimos esperando, qué remedio, un paraíso.




miércoles, 6 de noviembre de 2019

Cuando llegué, Buñuel ya estaba allí

El Guernica no me gusta nada,
aunque ayudé a colgarlo.
Luis Buñuel

1

   Hay libros de memorias fascinantes, que igualan el poder de sugestión de las mejores ficciones. No pertenecen al discurrir del arte literario ni transforman su historia. Constituyen sus márgenes, como tantos textos limítrofes, y completan su dimensión configurando la intersección entre la historia como experiencia individual y el relato, estructura universal de la vida en cuanto recuerdos.  Son la prueba de que construimos nuestra propia historia con la relevancia de acontecimientos minúsculos que, no obstante, no dejan de pertenecer al entramado azaroso de la historia de todos, esa que, con mayúscula, también nos obligamos a interpretar. Y ya sabemos con cuánta dificultad, pues requiere hacer categoría de la acumulación de experiencias insignificantes por sí mismas.
   Como narrativa, sus piezas son comunes a las del arte de novelar. De ahí la confusión y el exceso con el que se publican supuestas novelas sobre la vida de uno mismo bajo el amparo de la etiqueta "autoficción". Sabemos que la experiencia personal puede ser origen de relatos maravillosos. Pero también pésimos, literariamente hablando. Sucede que se recuerdan, claro, los primeros: el Mississippi de Twain o el París de Bryce Echenique, por poner dos ejemplos bien distantes.
   Como en estos casos, salirse de la autoficción implica, básicamente, usar la imaginación. Porque la novela adquiere un sentido más allá del relato de una vida "real". Llegar a la memoria, como subgénero, supone apenas un intento de reparar la pérdida de todo aquello que uno cree que ha conformado su vida, sus recuerdos, en fin, de ahí el nombre. Las memorias, pues, concebidas no como una elevación de lo particular a lo general ni como ejemplo de la Historia, difícilmente pueden alcanzar cierta importancia. Solo algunas lo hacen.  Para ello, no obstante, deben afrontar el relato desde la humildad, no dar más importancia a los hechos que los que tendría la vida de cualquiera. Si lo hicieran estaríamos hablando de autobiografías de héroes y notables, apenas útiles para los historiadores; muchas veces, pura propaganda.

2

   Puede que de alguna manera yo, que no era asiduo de estos textos, haya pretendido escapar de la moda de esa autoficción más reciente con la lectura de un par de libros de memorias estrictamente concebidas como tales. Tal vez todo provenga de la perplejidad que me produjo la denominación de la exitosa Ordesa, de Vilas, como "novela". Tanto en el propósito como en la confección del relato, proceso que el propio Vilas explicó en varias ocasiones en el propio libro, las presentaciones y las entrevistas, yo no veo nada más (y nada menos) que la respuesta a la necesidad de contarse a uno mismo su propia historia, interpretar su propio papel en los hechos particulares de una vida como tantas. Por mucho que los protagonistas sean, durante buena parte de las páginas, sus propios padres. La cualidad de la obra de Vilas, más allá de su estilo, es precisamente hacer sentir al lector que él también ha vivido experiencias semejantes. La emoción de algunas de ellas ya estaba, sin embargo, en los poemas de El hundimiento, de los que ya hablé aquí. Por eso incluyó algunos al final de aquel, aun a sabiendas de que el sentido de esos versos correspondía a otra dimensión.
   No hay nada que objetar a que un escritor decida contar sus memorias. De hecho uno de los libros que más me ha emocionado nunca es A criação do mundo (La creación del mundo), las memorias en seis volúmenes de Miguel Torga. Entonces comprobé que no es imprescindible la imaginación para lograr el relato prácticamente perfecto, pero sí que es dificilísmo, en cuanto a que requiere ajustarlo a una concepción totalmente distanciada de la vida de uno mismo, saberse ya otro cuando escribe. La excepcionalidad de la obra de Torga proviene, con toda probabilidad, de que su proceso de creación fue paralelo a su vida: cada volumen daba el portazo a una etapa pasada con el escepticismo de no concebir aún su correlato futuro. Su dureza, en este sentido, es abrumadora.
   Quiso la casualidad que el propio Vilas escribiera un artículo sobre el pudor en la literatura española cuya tesis aseguraba que poco a poco los escritores estaban liberándose de la necesidad de guardar su intimidad, abogando en la actualidad por desvelarla. Alababa algunas obras que habían servido para afianzar esa trayectoria: de Laforet a Aramburu y Del Molino pasando por Umbral, Millás y Landero. Por cierto, de Sergio del Molino no he leído La hora violeta, pero sí La memoria de los peces. Y, bueno, en fin.
   Incluye en ese listado a Delibes, pero, a pesar de considerar extraordinaria Señora de rojo sobre fondo gris,  le pone una pega: que al autor le dio vergüenza nombrarse a sí mismo y a su esposa, escondiéndose en la ficción. Un tiempo después de la publicación del artículo la versión teatral de José Sacristán llegaría de gira a mi provincia. Era una excusa perfecta, si es que a uno le hacen falta excusas para volver a Delibes y más siendo vallisoletano. La novelita es, en efecto, cruda y deliciosa. Sin embargo, no es Delibes alguien sospechoso de no querer utilizar la primera persona o al que, en su momento, le cohibiera utilizar sus experiencias personales. Ahí están sus días de caza, fútbol y bicicleta, por ejemplo, repartidos por unos cuantos libros. Así que a lo mejor hay que preguntarse si, como seguro que él mismo lo hizo, sería pertinente asumir que es una historia real o si ganaría algo el relato con otros nombres. De hecho, y por mucho que tenga en común con su vida, ¿es "exactamente" la historia de lo que les sucedió a él y su mujer? ¿Tiene sentido que lo sea?
   Como sugiere Vicente Luis Mora en su último ensayo, La huida de la imaginación, creo que la literatura actual está descartando con excesiva displicencia el poder que la palabra tiene de evocar y emocionar, su capacidad para crear una historia con su propio y precario material: el lenguaje mismo. Como lectores, saber que detrás de la enfermedad de la protagonista está la de Ángeles de Castro, mujer real de Delibes, no nos hace mejores intérpretes de la obra ni nos desvela un sentido oculto. Igual que no nos preguntamos si ocurrieron en realidad la tragedia de Antígona o las desgracias de Emma Bovary. Según Vilas, Señora le emocionó menos ahora que cuando se publicó porque la narrativa actual demanda "espacios autobiográficos" que no se disimulen y enmascaren, aunque el término de autoficción no le convenza. Precisamente porque no es ficción.  Parece, pues, que exhibirse a uno mismo es cool, trending, cae bien en el público y en el mercado, que no es lo mismo, ¿verdad? Por cierto, la adaptación de Sacristán es fantástica.



3

   Así llegué la pasada primavera a Mi último suspiro, de Buñuel, y este verano a El mundo de ayer, de Zweig. Estas memorias se corresponden al apremio que el exitoso autor sintió al comprobar cómo su vida se deshacía al mismo tiempo que se transformaba la sociedad europea de entreguerras. Se esfumaban sus ideales y se atropellaban los valores con los que se había identificado y por los que había abogado ya desde el 14: concordia, pacifismo, multiculturalidad. Todos los propósitos por evitar el sacrificio de Europa habían fracasado. La obra tiene mucho de testimonio, pues intenta mostrar cómo cambian las personas concretas empujadas por los acontecimientos y la necesidad. Toda la miseria del ser humano está en esas páginas en que el autor vuelve a encontrarse con quien apreciaba en su juventud y ya es otro. Envilecimiento. Desencanto. El libro tiene también la virtud de asumir su propia prosperidad como un contrasentido ante la evolución de su país, en plena decadencia social, económica e identitaria. Curiosamente es más la historia de una frustración que de un éxito, pues da la impresión de que es consciente de la contingencia de su propia obra mientras no deja de angustiarse por los signos que, poco a poco, encaminaban Europa a una destrucción asegurada. Quien busque en este libro la experiencia de un escritor apenas encontrará alusiones dispersas a su proceso de creación. Lo que sí se encuentra, sobre todo en los dos últimos capítulos, es el derrumbe de toda una moral y la perplejidad ante el advenimiento del desastre anunciado, algo que no puede admitir ni comprender, ante el que huye con tremenda tristeza y escepticismo. Inolvidables su última visita a su madre o la espera de la debacle en Londres, por ejemplo.
   He completado su lectura con Adiós a Berlín, de Isherwood, que encaja las vivencias personales del extraño (y extranjero) en el marco de una historia que fatalmente desemboca en la ruina de una ciudad, símbolo de toda una época. Se descubren muchos puntos en común con el libro de Zweig, pues la locura colectiva en que se va convirtiendo el nazismo se evidencia en detalles cotidianos tanto en este Berlín como en aquella Viena. Sí, el fascismo se construye fuera de los grandes discursos, según dan a entender ambos. El proceso creativo de Isherwood, sin embargo, escapa de la intención de la memoria como tal: exagera, sintetiza e imagina. Cada una de las partes de sus libros es un relato que poco dice de él mismo, ni pretende, salvo las últimas páginas en forma de diario. Se trata, maś bien, de mantener la postura del espectador, un flâneur en situación delicada.
   Pero, permitidme la boutade buñuelesca, Mi último suspiro es mucho más interesante y bien distinto. Primero, por la técnica, ya que Buñuel supo apartarse de la redacción final del libro y confiársela a un verdadero escritor: Jean-Claude Carrière. Las memorias están construidas a partir de los apuntes del propio Buñuel y de las conversaciones que mantuvieron. Huyen tanto del formato de la entrevista como del relato novelesco y, por lo tanto, de la búsqueda de un sentido y coherencia que otro tipo de narración no puede esquivar. El material, supongo, debía de ser ingente, pero si algo demuestran el propio Buñuel y Carriérre es capacidad de síntesis, aunque esto signifique cierta sequedad: las anécdotas son justas, medidas y breves; no hay parafernalia ni entrada en situación. Nada es prolijo, nada sobra, las reflexiones son directas. Puro recuerdo y reconstrucción de un pasado al que no se le da demasiada importancia, que Buñuel va comentando casi con desgana, apenas con cierto entusiasmo al tratar algunos sueños, ideas, personas. 

4

  ¿Qué se descubre en este libro? ¿Por qué me parece una lectura fascinante? Me explico. Para muchos Luis Buñuel no es más que un director de cine algo excéntrico al que aprecian más los franceses, pero sin trascendencia. Poco culto se le ha rendido, cosa que a él le iba a dar exactamente igual, en comparación con otros compañeros de generación o artistas cualesquiera del s. XX. Sin embargo, Buñuel es el s. XX en sí mismo y no hay ningún español que pueda dar testimonio de ello de mejor manera. De ahí el valor de sus memorias, pero, también, la sorpresa y admiración de los lectores, boquiabiertos al poder reconstruir a partir de este libro una trayectoria única, vital y artística, reflejo de todas las tensiones, contrariedades y amarguras del arte y la historia de España, casi del mundo. Por sus páginas pasan las guerras y el exilio, la República, el surrealismo, París, el comunismo, Hollywood, dios, la nada, el cine, los festivales, la URSS, la literatura.
   Porque resulta que Buñuel estaba en París cuando llegaron Hemingway y Fitzgerald, que fue probablemente el mayor autor del grupo surrealista y llegó mucho más lejos que Breton y que vivió seis meses en Los Ángeles en 1930 a costa de la Metro Goldwin Mayer. Eso, a los 30 años, antes de que la República y la Guerra lo cambiaran todo; antes de que se exiliara y viviera en América el resto de su vida, unos años en Nueva York y treinta  y cinco en México; después de haber fabricado las dos películas más sorprendentes de toda la filmografía europea de su época; en el 50, con Los olvidados, cambiaría también, para siempre, el cine latinoamericano.
   Según uno va leyendo tiene la impresión de que se narran varias vidas y no una sola. Tal vez por conocer unas circunstancias tan complejas, una época de cambios radicales en la Historia esa que lleva mayúscula. El lector no deja de sorprenderse: daba igual lo que ocurriera, Buñuel estaba allí ya antes de que lo pensaras. Como muchos otros autores de su generación trabajó para la República, pero en cargos importantes y con gran responsabilidad durante la Guerra, cuando unas pocas páginas de estas memorias se convierten en una novela de espías en el París nublado de ambiente prebélico. En la embajada más importante de la República Española, en plena Guerra, era Buñuel quien estaba metido en cada operación, misión secreta o acto de propaganda. Y lo dice, el tío, como si nada.
   De la misma manera hace repaso de su filmografía, la mexicana, la estadounidense, la española, la francesa. Ningún director ha alcanzado semejante trascendencia en filmografías nacionales tan dispares; en varias lenguas; en color y en blanco y negro; con un cine comercial y artístico. Tal vez solo Picasso llegó a ser tan revolucionario en su arte (y tengo serias dudas de ello, aunque no lo domino en modo alguno). Pero seguramente solo él lo revolucionó contando con tan poco, con las limitaciones de los estrenos comerciales del México de los 50, sus actores y sus medios; o rodando con tres amigos el documental más famoso de la filmografía española: Las Hurdes: tierra sin pan, tal y como cuentan la novela gráfica y la película de animación Buñuel en el laberinto de las tortugas.
   Ligando a Lorca con Cukor, Man Ray, Octavio Paz, Sartre y, por supuesto, Dalí, Buñuel va desgranando la historia de sus películas, lo que aún aprecia en ellas, reconociendo errores. La impresión es fulminante: Buñuel estaba orgulloso de poder haber hecho cada una de esas películas, aunque algunas fueran malas, pues le costó mucho rodarlas. Destaca una mentalidad más de artesano que de artista: presume de que era capaz de hacerlas, de que cobraba poco y cumplía plazos. No siente más cariño por aquellas que recibieron premios. No está resentido por las que no pudieron ser.




y 5

   Yo, al menos, tuve la suerte de descubrir su cine gracias a un puñado de fanáticos cinéfilos que se juntaban en un bar pequeñísimo. Os lo recuerdo: se trata de una obra tan dispar como sorprendente, siempre estimulante. Escenas de sus películas permanecen en mi memoria veinte años después. Algunas producen escalofríos; otras, inquietan o hasta hacen reír. Leer Mi último suspiro me ha devuelto parte de lo que supuso entonces descubrir que el cine, el arte, se puede hacer de otra manera. Veo ahora, a partir de los ojos de Buñuel, que hay grandeza en las obras más humildes; que la vanidad del autor es inútil; que la dignidad es estética; que la más poderosa imaginación enfoca al suelo o entra en un cuarto miserable. Hay autores más cercanos de lo que parecen indicar la distancia y el tiempo. Así que no leáis tanto a Zweig, sino a Buñuel. Y, sobre todo, ved o revisad sus películas.

miércoles, 28 de octubre de 2015

La gran elegía

   Manuel Vilas es un poeta extraño, fuera de lo común. Ningún otro escribiría la palabra España tantas veces, hasta quemarla, o titularía así uno de sus libros. Debe de estar loco este Vilas. Qué osado hablar de ella. Con lo noventayochista que suena. Y cursi. Y en primera persona del plural, además. Nada más políticamente incorrecto que nombrar tanto a España, sobre todo cuando ella es insignificante, triste, pobre, mezquina. No es una patria, pero sí un pasado nostálgico y un presente cutre al que se quiere porque es familia.

Es un país de carniceros, de levantadores de cuchillas sin filo.
Lo fue, lo es y lo será.
Tal vez hasta el Mediterráneo acabe harto
de nuestras malas voluntades, de nuestra ordinariez histórica.
La maledicencia nos pone a mil.
Yo amé y amo este país, pero es maligno.
Hay algo en él que acaba destruyendo a la inteligencia.

Yo lo amo, sí, amo este país llamado España.
Lo amo bien, intento darle besos, intento salir adelante.
No me quedó otro remedio.
Hasta los alcohólicos tienen hijos que aman a sus padres. ("España, un poeta inglés te odió")

   Pero, a pesar de mentar tanto a la pobre España y su democracia derruida y su pasado tristón, la poesía de Vilas desdeña la Historia. Sus motivos son otros. El amor, el pasado y la muerte, todos sus intermedios, nada original. Aunque sí lo son su tono, de un Whitman medio clásico medio castizo, y la poco habitual tendencia a autoparodiarse, como en Gran Vilas, su penúltimo libro:




   Su último poemario, El hundimiento, es, por el contrario, una gran colección de elegías, un libro doloroso que conviene dosificar y, no obstante, un homenaje a todas las vidas y todos los fracasos, lo cual -no nos engañemos- viene a ser lo mismo. Puede parecer un homenaje esnob y cultureta porque aparecen Lou Reed y Elvis, Keith Moon y John Entwistle, Bob Marley y Kevin Ayers, pero Vilas tiene la habilidad de hacer humanos los mitos. Lo mismo a ellos que a Buñuel, Cernuda o Scott Fitzgerald. Hay muchos nombres en sus versos, un catálogo inmenso de pasiones juveniles tipo fan. Pero la cita intrascendente se convierte en imagen conmovedora, a veces incluso de una forma demasiado directa, exagerada, como es su escritura siempre: 

 Tu elegante y envidiable fracaso,
 tu ascensión a las nubes cristalinas
 del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido hacia la destrucción,
 pero no la destrucción común a muchos hombres,
 (porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos
 -tú lo sabías- se hunden igual).
 No la destrucción común -digo- a miles de hombres
 y miles de mujeres,
 sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe,
 su ceremonia inmemorial,
 la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente,
 mandorla calcinada del dolor insoportable.

 Duerme, duerme en paz,
 hijo del viento último de la tarde áspera,
 de los grandes veranos de Long Island
 y de sus crepúsculos agudos. ("Francis Scott Fitzgerald")

   Parte de la rareza de Vilas está en la exhibición de este tono inocente, de imágenes que parecen la traducción de canciones en inglés y que, sin embargo, enternecen de forma sincera, tal vez como les ocurre a las propias canciones.
   Hay otras fantásticas elegías en el volumen anterior, Gran Vilas, unas irónicas (a los personajes de la transición, por ejemplo) y otras solemnes (al poeta Miguel Ángel Velasco, a su propio perro en "Solos ante el peligro", la vuelta de tuerca perfecta a la elegía con visita de fantasma). Pero ese libro tenía otro tono, más desenfadado y ligeramente paródico. Resumiendo: un tanto de elegía y otro tanto de sátira, pero el doble de oda.
   El estilo de Vilas es grandilocuente, desmesurado en la métrica, que tiende a la letanía y al versículo (y, por lo tanto, al hipnotismo), y exagerado en la expresión. Exaltado. Hiperbólico. En ninguna escuela de escritores recomendarían escribir así. Recuerdo desde el primer verso suyo que leí haberme sentido sorprendido por la emoción de un lenguaje que en cualquier otro lugar me habría parecido facilón o burdo. Y creo que las elegías de El hundimiento son un ejemplo espléndido. 
   Al padre ("1980"), a la madre ("974310439"), a los amores perdidos, pasados o inconsistentes ("El animal moribundo", "Think It Over", "Forever in blue jeans"), a una prostituta ("Tres sargentos"), a un borracho de Zaragoza ("El hundimiento"), a una mujer despechada y despedida ("Orange"), al alcohol y a los ya mencionados Fitzgerald, Cernuda, The Who o Lou Reed, por supuesto.
No estuve en la muerte de Dante.
No estuve en la muerte de Cervantes.
No estuve en la muerte de Mozart.
No estuve en la muerte de Rimbaud.
No estuve en la muerte de Van Gogh.
No estuve en la muerte de Kafka.
Eh, pero he estado en la muerte de Lou Reed. ("Príncipe de Aquitania")
***
Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.
[...] No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno [...]
Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo ahora si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra. ("974310439")
   La muerte, en todo el libro, prevalece. Hasta a veces se hace deseable, heroica en el caso de los alcóholicos o los suicidas, y siempre inevitable:

La gente se acaba.
Un hombre se acaba.
Tal vez ese sea el mayor espectáculo del Universo:
Un hombre que se hunde, porque la destrucción
de la vida inteligente contiene la solución final
de nuestros baratos enigmas. ("Bajo el volcán")

   Mucho dijo Poe sobre el poder purificador de la tristeza. Y mira cómo acabó. Pero en los poemas de Vilas hay algo que prevalece más allá del desconsuelo, de la pérdida, del hundimiento de tantos personajes nombrados aquí y allá. A Vilas le pueden dos cosas: el amor y la vida, que también son lo mismo. Algún tipo de redención debe de haber ahí:

EL ÚLTIMO ELVIS

No fear, no envy, no meanness
LIAM CLANCY


Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraban tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quién hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquello
que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.

jueves, 28 de abril de 2011

Vilas, Terranova y la casualidad

   El mes pasado leí dos novelas que permiten trazar ciertos paralelismos interesantes para la evolución de la literatura actual en castellano. Sin embargo, ninguna era reciente: España, de Vilas (DVD, 2008), lleva casi tres años publicada y acaban de sacar una segunda edición visto que se ha agotado la primera (salvo el ejemplar que yo encontré en la FNAC de Sevilla); El caníbal, de Terranova (Baladí, 2010), es del 2002, pero ha sido publicada hace un año en España. Prometo que no puse ninguna intención especial en secuenciar esas lecturas, pero las casualidades que se provocan al leer son parte, seguro, del placer que se siente cuando se descubre cómo un libro te lleva a otro y este a su vez...
   Bien, el caso es que en ambas se cruzan ciertos elementos propios de la narrativa actual: la aparición de recortes, fotos, hiperenlaces, la brevedad de los capítulos... Pero me interesa más destacar sus dos puntos en común: la representación de la realidad y la ironía.
   En el caso del primero debe considerarse que ambas novelas llegan a una misma meta partiendo de presupuestos prácticamente contrarios. La mezcla de realidad y ficción de Vilas consiste en dar por perdida una apariencia de realidad convencional mezclando referencias temporales futuristas y alusiones al presente ("la España de los viajes en trenes de Alta Velocidad" es la de Juan Carlos II, por ejemplo) o desarrollando historias delirantes cuyos protagonistas son personajes reales, incluidos el propio Vilas y su editor.
   En El caníbal, la realidad está conformada por una serie de recortes de periódico reales (la mayoría noticias de sucesos) que son propuestos por un escritor veterano (Villegas) al Terranova personaje como la verdadera literatura que merece la pena leer, pasando a ser el escritor un mero editor de lo que ya forma parte de la realidad aunque cueste creerlo (cualquiera lo diría al leerlos, desde luego, y ahí está la gracia). Aquí, evidentemente, aparenta ser más real la ficción de los personajes que la narración de los periódicos.
   En ambos casos, pues, lo real pierde sentido porque deja de ser creíble, pero también la ficción compuesta de esta manera deja de parecer una simple invención. Evidentemente este juego adquiere cierto valor al burlarse a la vez de la no-ficción y de la ficción tradicional y desenvolverse entre distintos materiales, datos, referencias y alusiones con total libertad, lo que nos lleva a un componente fundamental: la ironía que ambas narraciones despliegan hacia esa realidad difícil de creer o demasiado basta como para querer que sea cierta. Llama la atención, además, que esa ironía aluda tanto al mundillo literario (metaficcionalizando la publicación de los dos libros que tienes entre las manos) como a la realidad cultural, social y hasta política de los dos países en los que fueron escritas. Sobre todo en el caso de España, hay un humor muy fino y mal intencionado que aún no había encontrado en la literatura española y que, desde luego, la hace original y divertidísima.
   Como muestra, dos párrafos:
"España es un país de un cierto nivel alto de prosperidad, a la vez que es un país mediocre. La literatura del Escritor no era consciente de eso. Se comportaba esa literatura como si el Escritor hubiera nacido en Estados Unidos, o en Inglaterra, o en Francia. Su literatura pertenecía a las sociedades en combustión, en ebullición, no a sociedades conspirativas, grises, acabadas, llenas de instituciones, pero no de vida, llenas de oficialidad, pero no de inteligencia crítica."
"Era verdad. Era mentira. La Argentina existe, pero en los diarios. En el lenguaje, en la idea, en el mito. El mito Argentino. ¿Dónde está? ¿Qué quedó de ese mito? El mito de la especulación, el mito del pecado original, el mito de la pampa, el mito del dorado, el cuento del tío, el chanta, el negrero, el que se quiere salvar, el reventado, la plata dulce, la patria viva, viva la patria, viva la pepa, la patria financiera, la patria capicúa, la tierra de los padres, Pedro de Mandoza, Mariano Moreno, San Martín, Sarmiento, Facundo, Martín Fierro, Don Segundo Sombra, los inmigrantes, Perón, mil veces Perón, un millón de veces Perón, el trabajo, el laburo, el yugo, yo no hice la plata trabajando, hacerse la América, hacerse la Europa, hacerse la paja. La muerte. Alfonsín. Menem. De la Rúa. La hiperinflación. La convertibilidad. La deuda. ¿Qué carajo me importa?"
   ¿No es casualidad?
Símbolo del progreso nacional

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