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viernes, 26 de junio de 2020

Mapa para un poeta perdido

No fim tu hás de ver que as coisas mais leves são as únicas
Que o vento não conseguiu levar.
Mário Quintana

1

   La maldición de las palabras. Eterna. Vigente. Agiganta el tamaño de sus páginas, expande su meseta infinita de letras. Nunca es bastante. Se recorre el océano para nunca cruzar la línea donde acaba. El ejercicio cabezota del poeta, incluso cuando sus versos quedan olvidados, traspapelados, ocultos. ¿Quién los necesita? ¿Los ha pedido alguien? ¿Por qué no callarse si todo fue dicho? ¿Todo fue dicho?
   La misma maldición para el lector, con frecuencia agotado por la caminata. Agradecido cuando para ante el caño de la fuente. Desmesura de la herencia, que lo achicharra en la travesía si no encuentra sombra. Perseverancia con insólita recompensa. Un acierto fugaz, botella que libera al destaparse su mismo suspiro.

2

   Sigue habiendo textos perdidos, se encontrarán nuevos, nunca dejarán de revolotear. Acrobacia combinatoria de vencejos, los poemas. 
   He aquí el mapa de su vuelo: la marca de unos puntos, fotogramas sueltos de un poeta que no está, que no esperaba. Nadie contaba con que hubiera ojos dispuestos a descifrar sus garabatos. Pero también las aguas subterráneas un día devienen manantial. 
   No ha habido traducción del improbable discurso de João Alves Silvestre. La otra maldición, la de Babel, atenuada por su cualidad transfronteriza. Apenas un editor que hilvana los saltos de gorrión, que cuenta los segundos entre relámpago y trueno. 
   Poemas dispuestos para ser visitados, carta de navegación de un viaje sin propósito, como lo serán todos.

3

   Este mapa ahora es tuyo, lector, visitante improbable, también, de una aldea perdida, de las ruinas del acueducto que el viento dejó de mirar. Entra en sus líneas, livianas, dudosas, como corresponde, de su propio valor.

jueves, 9 de abril de 2020

Poesía a tiempo

Los poetas bajaron del Olimpo
Nicanor Parra

1

   En tiempos de emergencia la literatura, en general, y la poesía, en particular, pueden parecer un ejercicio frívolo. No lo son. Aunque debe advertirse que también sería injusto lo contrario: no van a salvar a nadie. Entiéndase: claro que la escritura y la lectura confortan, sobrecogen, emocionan, convencen, conminan, dan un cierto sentido. Si no, no existirían. Pero no dan de comer ni libran del contagio por mucho que el propio Decamerón sea una huida. Huir para encerrarse. Contar para pasar el tiempo y, de alguna manera, reír para escapar de la angustia. Es curioso pensarlo. Sobre todo, ahora.
    Pero, ya puestos a pensar, tal vez vendría bien acordarse de Unamuno en Fuerteventura o de Horacio en Grecia, desterrados también. De Espronceda o Jovellanos en sus cárceles respectivas, rodeados de almenas ante fabulosos paisajes. Sin caer en el tópico ni pensar que a los poetas los favorece el encierro. No seamos ingenuos. De este confinamiento saldrán tantos poemas brillantes como en cualquier otro intervalo. Y muchos más malos poemas que de costumbre. No hay más que echar un ojo. Por más que a uno le tiente, el buen poema no es nunca inmediato. Es una vieja lección. Puedes publicar unos versos en Twitter, Instagram o donde sea. También lo he hecho yo. Pero las redes sociales no prestan atención a la métrica, desperdigan palabras como si diera lo mismo, rebajan su alcance, aunque pudiera parecer a primera vista lo contrario. La informática contra la pausa versal. Complejidad de sentido contra aplicaciones. Segundo asalto. Una muestra vergonzante de estos días, ni siquiera disculpable por la urgencia ni por la presencia en la nómina de alguien tan experto como Drexler:

   Y, aun siendo consciente, vas y escribes. Qué temeridad. Con la certeza de que es imposible encontrar oro. Pero también de que el impulso es un ejercicio incomparable. Ya advirtió Pacheco de la ausencia de más gratificación que la propia exigencia y el intento.  Una fiebre minera distinta a la del pionero. "Sin esperanza, con convencimiento", por si os vale como lema este verso de Ángel González. El lema de mi blasón inexistente.

ORO EN POLVO (José Emilio Pacheco)

Desde mi adolescencia busqué oro
en todas las corrientes de la montaña.
La arena removida alcanzaría
para urdir un desierto.

Y nunca hallé el metal.
Sólo monedas de cobre,
piedras, huesos pulidos, baratijas.

Me voy como llegué.
No perdí el tiempo.

La arena que escapó de entre mis manos
me dio el placer interminable:
el intento.


2

    Cuestiones como estas nunca son nuevas. Pero a veces debes renovarte y volver a ellas desde otro lugar. Y este está siendo un curso de regresos. A la ciudad más bella, a la universidad y a la escritura, por resumir bastante. Y, yendo al grano, el reencuentro con la poesía ha sido de los más fructíferos. Incluso una vez llegado el confinamiento, que vaya por dios.
   El vicio lo he tenido siempre. Pero con los años uno empieza a dudar demasiado. Del valor de esos versos, de su pertinencia. Así que es un buen ejercicio contrastar, buscar aliento, leer a otros, escucharlos. Y, como consecuencia, recomenzar, tachar, pensar, volver.
   Para que esto surta efecto no está de más alguna referencia. Quien escribe y reescribe también necesita leer y ser leído. Y criticado, claro. Si lo hace bien puede salir a campo abierto y dar con un paisaje que no esperaba, escapar de lo anunciado y lo previsto. Nada como darse cuenta que lo que escribes hoy no puede ser igual que lo que escribiste hace años, que es imposible mantener el mismo aprecio, la misma conexión con los poemas que leíste deslumbrado. Otro tiempo necesita otra cadencia. Tampoco esto es nuevo: a pesar de la herencia inmensa que carga la poesía como género todos los poetas saben en el fondo que el poema de hoy aún está por escribir. Que hay que seguir cribando arena. Otra metáfora, escribir como sustracción. Y un requisito, la intensidad. Lo dice Morábito en El idioma materno:
Cuando se escribe con intensidad se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más.
3

   Me estoy alargando. Lo importante. Eso. Para continuar con esa búsqueda poco halagüeña y soltar lastre no es poco descubrir que hay poesía que leer que merece la pena. Y que no es la "poesía pop tardoadolescente" (el concepto, tan acertado, es de VL Mora) que ha colonizado los grupos editoriales. Estos buscan libros fáciles y rápidos, que podría escribir cualquiera porque no dicen nada. Y no se trata de que las palabras sean más cultas o poco oídas. El lenguaje en desuso se lee mal siempre porque ya está muerto. Se trata de ambición y alcance, de tensión y mirada, de imaginar las voces capaces de ir más allá de la obviedad. Para descubrir lo obvio nadie necesita leer nada. Le basta vivir.
   El propósito ha sido relativamente simple: poner al día las lecturas, escribir y reescribir sin repetirse y compartir con otros. La provocación de algunos profesores ha sido, también, determinante. Así he podido no recobrar la esperanza sino fortalecer el convencimiento. El lema, otra vez.
   ¿Qué lecturas había dejado de lado en estos años? ¿Por qué no había encontrado apenas poetas nuevos, alguno de mi generación, incluso más joven? El oído, debo reconocer, no estaba atento. El proceso nunca termina, pero ahora puedo decir que me había saltado lecturas imprescindibles: Julia Uceda, Chantal Maillard, Ada Salas, Eduardo García. He leído con placer y admiración a muchos otros, sobre todo en antologías, pero no quiero hacer una lista demasiado extensa.

4

   ¿Cuántos buenos poetas están en activo? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? Quién podría decirlo. Novedades hay muchas, cada vez se publican más, es cierto. Aunque probablemente no varíe el porcentaje de las que merecen la pena. Las exploraré, sin duda. Pero he reservado este espacio para dos. Libros tan diferentes que me han resultado complementarios, que ventilan la casa a la vez que concentran el aire. Sin palabrería ni exhibicionismo. Contundentes y rotundos, cada uno a su manera.
   El primero es La cámara te quiere, de Pablo García Casado (Visor). Pura osadía. Poemas en prosa. Diferentes voces. Un solo tema: el porno. Por qué, para qué, quién, cómo. Y, si hay intensidad, un tema son todos: el dinero, el amor, la muerte, la familia, la enfermedad, el deseo, la violencia. Los poemas perturban porque retratan. El realismo en poesía no consiste en remedar situaciones sino en explorar significados. El resultado es más duro. Ningún punto de vista consuela o satisface. Ni el de las que actúan, los que pagan, los que miran. Un libro descorazonador también hace falta.Van aquí dos muestras:

REALITY
En realidad, no ocurre así. No te abordan dos desconocidos, no sonríes, no quieres hacer un castin para una película. Ni por doscientos euros, ni por trescientos. No quieres subir a ese coche. No quieres hacer el castin, ya sabes para qué es el castin. Pero estás en Gran Vía, y sonríes, y subes a ese coche, sí, por qué no. Y haces el castin. Y sabes qué vas a decir, que has estado con algunos chicos. Con chicas sólo una vez, en una fiesta, con Juani, mi mejor amiga. Que tenías un novio, que lo habéis dejado porque era un poco celoso. No tienes fantasías, bueno sí, las tienes, todo el mundo las tiene. Que te abracen bajo la lluvia. Pero dices trío, gangbang, hacerlo con un negro. Hablas de ello a la cámara, dices que te gustaría con un negro. Y aparece Leroy, con gafas de sol y camisa hawaiana.
ANTONIO, 63
He encontrado a alguien, se parece mucho a ti. Es una morena de ojos negros, italiana, muy racial. Su casa no es como la nuestra, tiene piscina, jardinero. Bueno, es un decorado, vete tú a saber cómo es su casa, dónde vive realmente. Pero en el vídeo lleva un vestido rojo igual que el que te pusiste en la boda de Santiago. Así, con mucho escote. La cámara la sigue al dormitorio, la cama no es como la nuestra, pero a ti te habría gustado, así, grande, con muchos almohadones. Me recuerda mucho a ti. He encontrado fotos tuyas en bikini, de cuando íbamos a Gandía y los niños eran pequeños. Paula me ha dicho que tiene más en su casa. Quiere arreglar lo de tu armario, tirar cosas, yo le he dicho que no hay prisa. Que todo a su tiempo.

   Otros libros del autor comparten alguna de estas sensaciones, aunque ninguno es tan estricto y cerrado como este. Es el poeta que más y mejor está trabajando el poema en prosa. Ahí están Dinero y García, imprescindibles, lo que no quiere decir que los libros anteriores no merezcan la pena. Una poética de profundidad que parte de la degradación de lo corriente, en algún punto entre el Carrefour y tu casa. Y, cómo no, en mi caso, una cercanía generacional y estética,  una familiaridad inspiradora.


y 5

   El segundo es Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar (Hiperión). Veintitrés años más joven, otra generación y, sin embargo, alguna coincidencia. En este caso son poemas de métrica libre pero siempre bajo control, ritmo casi de salmo y de versos muchas veces compuestos y absolutamente despojados, hasta de signos de puntuación y de título, como si fueran fragmentos de un mismo monólogo. Su discurso es contenido y a la vez contundente. El trabajo, la familia, el amor y la distancia articulan el libro. Descarnado, trabaja sobre la decepción. La de los abuelos y padres que ven cómo la siguiente generación no ha recibido las ventajas de su esfuerzo. La de los jóvenes expatriados y precarios, explotados por empresas y organismos, viviendo incómodos lejos de casa y sabiendo que aquí venderían su independencia, si es que existe de una forma que no sea virtual. Transcribo dos ejemplos de todo esto, recordando que me han sido especialmente caros los poemas en que la casa simboliza todo el esfuerzo de la estirpe, la cristalización de un trabajo perdido.

he visto a las mejores mentes de mi generación
destruidas por un contrato basura de cara al público
hombres y mujeres de ciencias emigrados al frío
indefensos sin literatura ante tal paisaje
no puede escribir sobre el fracaso
quien no ha bajado al infierno:
un restaurante donde languidecen los yonquis
se asean los mendigos
y vienen a morir las expectativas
un lugar de luz perpetua
donde algunos tratan de escribir sobre el fracaso y otros
lo copan.

si mi madre sufriera un infarto en mitad de la noche
sería noche solo para uno de sus tres hijos
si los tres decidiéramos que ya no puede vivir sola
tendríamos que evaluar nuestros nuevos países
(la asistencia sanitaria la situación política el clima)
y la primera vez que mi madre volara
sería para llegar al sitio en el que morirá
a miles de kilómetros de la casa del pueblo
la casa donde nació y dio a luz
y que (sin inquilinos de verano)
caerá por el abandono
también las fiestas patronales desaparecerán:
cuando la familia apenas viva en la misma franja horaria
quién se acordará de las vírgenes
que velan por la salud de las mujeres solas. 

   Otra vez el peso de la realidad y el sentido de una vida puesto en cuestión, como no puede ser de otra manera en las obras valiosas. Esta sobrecoge, emociona y deja exhausto a un lector que aprecie mínimamente la capacidad del lenguaje para desvelar las claves de cuanto somos, su potencia.
   En ambos casos se trata de literatura sin superficialidad ni obviedades, pertinente, actual y honesta, porque tiene ambición y conoce sus limitaciones. Desde luego, muy lejos de las propuestas simples de quienes, pagados de sí mismos y engreídos, ni siquiera son capaces de crear una voz original, fuera de los tópicos y de las modas. Leedlos. La poesía, cuando es buena, es insustituible. Y, creedme, llega a tiempo. Siempre. 


domingo, 5 de marzo de 2017

Flaubert o no Flaubert

Prefiro rosas, meu amor, à pátria,
E antes magnólias amo
Que fama e que virtude.

Ricardo Reis
 
   Ha sido leer Madame Bovary y hacerme flaubertiano. Así de fácil. No me ha hecho falta esa rara pasión de filólogo por los estilos antiguos, en especial los decimonónicos y finiseculares, para entusiasmarme. Solo tuve que dejarme llevar por su cadencia perfecta, regodearme con cada sutileza, cada ironía, disfrutar de su cruel exactitud. Creo que a cualquiera le pasaría lo mismo.
   Madame Bovary es una máquina impecable, minuciosa, milimétrica, la novela por excelencia de la era de la novela. Supongo que no hace falta que yo lo diga, pero insisto: cada párrafo, cada capítulo reflejan la enorme voluntad de construir el mejor relato posible. Y tanto esfuerzo precisamente por una historia terrible, más que por su conocido final, por las calculadas sensaciones que provoca: la falta de escrúpulos y compasión, la estrechez de cualquier expectativa, lo ilusorio de la esperanza, en fin, la absoluta mediocridad del mundo. El verdadero final es el desamparo de la hija de Charles y Emma, Bérthe, otra generación desechada. Como todas.
   Flaubert, aunque aquí no se diga mucho, es el Cervantes del s. XIX, afirmación que probablemente le enorgulleciera. El efecto desmoralizador de su novela acaba con el Romanticismo como el Quijote lo hizo con el Renacimiento. Y en España no es que se lea demasiado, con esta historia literaria tan rancia de los currículos que uno, modestamente, intenta evitar. Habrá que seguir leyéndolo. Más Flaubert y menos Bécquer, aunque a los filólogos este nos parezca tan divertido.

*  *  *

   Hacerme flaubertiano, aparte de estas reflexiones, tuvo una consecuencia inmediata: lanzarme a buscar en las bibliotecas aquel en su día famoso El loro de Flaubert de Julian Barnes. Lo encontré (quinta edición, 1989) aquí al lado y, como en cualquier biblioteca de pueblo, tuvieron que ponerle un papelito para anotar la fecha límite del préstamo, pues a saber desde cuándo estaba allí el pobre, agachadito en el estante, esperándome.
   El libro está conformado por las impresiones de un médico inglés en retirada y viudo, aficionadísimo a Flaubert, un verdadero fan. Geoffrey Braithwhaite viaja a Rouen para encontrar los vestigios de su héroe, todo cuanto queda del escritor: la casa, las estatuas, la tumba, los objetos, las calles, el museo... Todo lo que cualquier admirador rastrea por si alguna comunicación fuera posible entre los dos. Al menos una fuera de la convencional, tan unidireccional y condicionada, dependiente de la crítica y los vaivenes de la historia, que dista de ser equitativa, justa y cercana.
   Entonces se pregunta (el subrayado es mío):
"¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert quería que bastasen; pocos escritores han creído con tanta firmeza en la objetividad del texto escrito y la insignificancia de la personalidad del escritor; y aun así, seguimos desobedientemente a nuestro aire. La imagen, el rostro, la firma; la estatua con un noventa y tres por ciento de cobre y la fotografía de Nadar; el pedacito de ropa y el rizo. ¿Cómo es que las reliquias nos ponen tan cachondos? ¿No tenemos la fe suficiente en las palabras? ¿Creemos que los restos de una vida contienen cierta verdad auxiliar?"
   No hace falta que levanten la mano todos los que se reconozcan en esta actitud necrofílica. Es así, admiras a los muertos y en determinadas circunstancias te dejas llevar por esta manía, que es agradecimiento, reconocimiento, aplauso, pero al mismo tiempo un intento, tan vano como soberbio, de comprender la vida toda de quien no conociste. Piensa que tal vez sea mejor así, no obstante. Da la sensación de que ellos lo preferirían.
   El loro de Flaubert no es más que la figuración del agotamiento de esta manía y, a pesar de llevar treinta años publicado, mantiene un discurso contradictorio y vigente. Por un lado, proporciona multitud de datos e interpretaciones sobre la vida, el carácter y las ideas de Flaubert. En el libro se tratan sus amores, sus fobias, sus anécdotas, sus amistades... Están en sus propias cartas, en los testimonios de familiares, amigos, compañeros y amantes y en los comentarios, por supuesto, de algún filólogo. Pero por otro lado, la novela genera la sensación, simbolizada en el famoso loro, de que cualquier juicio es aventurado y la comprensión completa, imposible.
   ¿Tiene sentido entonces visitar las casas-museo, las bibliotecas, las fundaciones? ¿Para qué levantar estatuas, poner placas, bautizar calles, colegios, institutos, parques, plazas? ¿Servirán de algo a la posteridad esas imágenes, esos objetos, tantas honras oficiales?

*  *  *

   Terminé el libro de Barnes en el tren camino de Lisboa. Y allí otra vez ese oscuro fanatismo me llevó a la casa de Fernando Pessoa. Bueno, más que su casa, su cuarto. De sus cosas no queda apenas nada: una máquina de escribir, una cómoda, un carné... De él, ya sabemos. Y un montón de libros. Parece mentira que sus hermanastros no vendieran semejante cantidad de libros en 1935. La lección es clara: lo que queda de un escritor son sus obras, no sus anteojos. El resto es lo mismo que conserva cualquier familia de su bisabuelo. Vamos, lo que dedujo Barnes a partir de los loros de Flaubert, apócrifos o no.
   He visto esos pocos objetos personales, como la nota que Mário de Sá-Carneiro le envió el día de su suicidio para despedirse. He pisado el suelo de su cuarto, he visto su ventana, aquella "janela do meu quarto" desde la que se abre todo un mundo en ese inmenso poema que es Tabacaria. He visto algunas anotaciones de sus libros, como ese "great!" al margen de unos versos de Whitman. Incluso he estado en los mismos bares. ¿Y?

Recreación del cuarto de Pessoa en su casa de Campo de Ourique (1920-1935)

   Son notables los esfuerzos que hacemos por entender el pasado y sus habitantes. Intentamos imaginar la vida de los otros que admiramos. Debe de ser algo muy humano. Como contar las peripecias de los antepasados. En el fondo sabemos que es innecesario, pero ¿nos vale de algo? Creo que sí. Lo mismo que al leerlos. A los antepasados, quiero decir. La certeza de que nunca estamos solos del todo. Esa ficción imprescindible por la que sabemos que alguien, tras las palabras, nos entiende a nosotros. Que antes otro supo lo que te pasaba. Y lo dijo de esa manera suya, tan certera.

Prefiro rosas, meu amor, à pátria,
E antes magnólias amo
Que fama e que virtude.

Logo que a vida me não canse, deixo
Que a vida por mim passe
Logo que eu fique o mesmo.

Que importa àquele a quem já nada importa
Que um perca e outro vença,
Se a aurora raia sempre,

Se cada ano com a Primavera
As folhas aparecem
E com o Outono cessam?

E o resto, as outras coisas que os humanos
Acrescentam à vida,
Que me aumentam na alma?

Nada, salvo o desejo de indiferença
E a confiança mole
Na hora fugitiva.

Prefiero las rosas a la patria,
amor mío, y las magnolias
a la fama y la virtud.

Siempre que la vida no me canse,
dejo que ella pase por mí
y me deje como estoy.
¿Qué le importa a quien ya nada importa,
que uno gane y otro pierda,
si vuelve siempre la aurora,

si cada año con la primavera
aparecen las hojas
que en el otoño caen?

¿Y todas las demás cosas que los humanos
añaden a la vida
qué suponen a mi alma?

Apenas deseo de indiferencia
y una ligera confianza
en la hora fugitiva.
Ricardo Reis. 1 de junio de 1916 (traducción: Salvador de Anta).

domingo, 8 de mayo de 2016

Poesía peligrosa

Lo que le acontece a un hombre no es sino lo que había pronosticado su pasado.

   Me permito parafrasear el título de otro libro de Juan Tallón para reseñar brevemente Fin de poema (Alrevés, 2015; Sotelo Blanco, 2013). ¿Puede efectivamente la poesía resultar un artefacto peligroso? Los personajes de la novela de Tallón no son distintos a cualquier contemporáneo suyo. Pero todos se matan. Si se distinguen del resto es por ser poetas, por su relación especial con la literatura. Así que una deducción sencilla sería esta: sí, algo peligroso debe haber en ella.
   Solo que Tallón no pretende colocarla en el centro del relato. Al fin y al cabo, se narran las últimas horas de cuatro poetas y en ellas son más importantes los desengaños sentimentales, el cansancio, la soledad, el aburrimiento o la desidia. No, lo último que hace un poeta no es poetar, escribir o como se diga. Lo último que hace, como cualquiera, es beber, sudar, charlar, leer el periódico o una carta, pedir otra, llamar por teléfono, desesperarse, tomar pastillas...
   La idea, como la trama, es sencilla, pero tan bien resuelta como precisan ciertos ejercicios rutinarios pero sutiles. Simplemente, las horas discurren. No es necesario que ocurran cosas, solo que entendamos en ese pequeño intervalo cómo llega cada uno al borde del precipicio. De dónde viene. Al borde. Nada más. El resto es historia.
   Los cuatros poetas del libro (Pavese, Pizarnik, Sexton y Ferrater) desesperan porque, paradójicamente, ya no esperan nada. Así que para qué. Estas últimas horas, según pretende Tallón, son una muestra de vida anodina y, sin embargo, primordial, definitiva.  Todo en ellas es muy corriente, por supuesto, y prosaico, qué ironía: Pavese yendo solo a un hotel, Pizarnik en casa sin nadie con quien hablar, Sexton y Ferrater entrando y saliendo de los bares. Turín, Buenos Aires, Boston, Sant Cugat. Cada uno en un sitio que podría ser otro. La vida de los poetas, y su muerte, no son nada excepcional. Fracasan. Como todos. Por muy buenos poetas que fueran.
   Llegados a este punto no hay nada que escribir. Lo constata el propio Pavese con estas últimas palabras de su diario El oficio de vivir (fragmentos del 17 y 18 de agosto de 1950). Todas las palabras de ese año tienen el peso de una sentencia. Ya no es poesía, pues resultan abrumadoras, ciertas:
No tengo nada que desear en este mundo, salvo lo que quince años de fracasos excluyen ahora.
Éste es el balance del año no acabado, que no acabaré.
¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto? [...]
Siempre sucede lo más secretamente temido. [...]
Basta un poco de valor.
Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de vivir, y se debilita la idea de suicidio.
Parecía fácil, al pensarlo. Y sin embargo hay mujercitas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo.
Todo esto da asco.
No palabras. Un gesto. No escribiré más.

Portada de Julio César Pérez Martín. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

La gran elegía

   Manuel Vilas es un poeta extraño, fuera de lo común. Ningún otro escribiría la palabra España tantas veces, hasta quemarla, o titularía así uno de sus libros. Debe de estar loco este Vilas. Qué osado hablar de ella. Con lo noventayochista que suena. Y cursi. Y en primera persona del plural, además. Nada más políticamente incorrecto que nombrar tanto a España, sobre todo cuando ella es insignificante, triste, pobre, mezquina. No es una patria, pero sí un pasado nostálgico y un presente cutre al que se quiere porque es familia.

Es un país de carniceros, de levantadores de cuchillas sin filo.
Lo fue, lo es y lo será.
Tal vez hasta el Mediterráneo acabe harto
de nuestras malas voluntades, de nuestra ordinariez histórica.
La maledicencia nos pone a mil.
Yo amé y amo este país, pero es maligno.
Hay algo en él que acaba destruyendo a la inteligencia.

Yo lo amo, sí, amo este país llamado España.
Lo amo bien, intento darle besos, intento salir adelante.
No me quedó otro remedio.
Hasta los alcohólicos tienen hijos que aman a sus padres. ("España, un poeta inglés te odió")

   Pero, a pesar de mentar tanto a la pobre España y su democracia derruida y su pasado tristón, la poesía de Vilas desdeña la Historia. Sus motivos son otros. El amor, el pasado y la muerte, todos sus intermedios, nada original. Aunque sí lo son su tono, de un Whitman medio clásico medio castizo, y la poco habitual tendencia a autoparodiarse, como en Gran Vilas, su penúltimo libro:




   Su último poemario, El hundimiento, es, por el contrario, una gran colección de elegías, un libro doloroso que conviene dosificar y, no obstante, un homenaje a todas las vidas y todos los fracasos, lo cual -no nos engañemos- viene a ser lo mismo. Puede parecer un homenaje esnob y cultureta porque aparecen Lou Reed y Elvis, Keith Moon y John Entwistle, Bob Marley y Kevin Ayers, pero Vilas tiene la habilidad de hacer humanos los mitos. Lo mismo a ellos que a Buñuel, Cernuda o Scott Fitzgerald. Hay muchos nombres en sus versos, un catálogo inmenso de pasiones juveniles tipo fan. Pero la cita intrascendente se convierte en imagen conmovedora, a veces incluso de una forma demasiado directa, exagerada, como es su escritura siempre: 

 Tu elegante y envidiable fracaso,
 tu ascensión a las nubes cristalinas
 del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido hacia la destrucción,
 pero no la destrucción común a muchos hombres,
 (porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos
 -tú lo sabías- se hunden igual).
 No la destrucción común -digo- a miles de hombres
 y miles de mujeres,
 sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe,
 su ceremonia inmemorial,
 la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente,
 mandorla calcinada del dolor insoportable.

 Duerme, duerme en paz,
 hijo del viento último de la tarde áspera,
 de los grandes veranos de Long Island
 y de sus crepúsculos agudos. ("Francis Scott Fitzgerald")

   Parte de la rareza de Vilas está en la exhibición de este tono inocente, de imágenes que parecen la traducción de canciones en inglés y que, sin embargo, enternecen de forma sincera, tal vez como les ocurre a las propias canciones.
   Hay otras fantásticas elegías en el volumen anterior, Gran Vilas, unas irónicas (a los personajes de la transición, por ejemplo) y otras solemnes (al poeta Miguel Ángel Velasco, a su propio perro en "Solos ante el peligro", la vuelta de tuerca perfecta a la elegía con visita de fantasma). Pero ese libro tenía otro tono, más desenfadado y ligeramente paródico. Resumiendo: un tanto de elegía y otro tanto de sátira, pero el doble de oda.
   El estilo de Vilas es grandilocuente, desmesurado en la métrica, que tiende a la letanía y al versículo (y, por lo tanto, al hipnotismo), y exagerado en la expresión. Exaltado. Hiperbólico. En ninguna escuela de escritores recomendarían escribir así. Recuerdo desde el primer verso suyo que leí haberme sentido sorprendido por la emoción de un lenguaje que en cualquier otro lugar me habría parecido facilón o burdo. Y creo que las elegías de El hundimiento son un ejemplo espléndido. 
   Al padre ("1980"), a la madre ("974310439"), a los amores perdidos, pasados o inconsistentes ("El animal moribundo", "Think It Over", "Forever in blue jeans"), a una prostituta ("Tres sargentos"), a un borracho de Zaragoza ("El hundimiento"), a una mujer despechada y despedida ("Orange"), al alcohol y a los ya mencionados Fitzgerald, Cernuda, The Who o Lou Reed, por supuesto.
No estuve en la muerte de Dante.
No estuve en la muerte de Cervantes.
No estuve en la muerte de Mozart.
No estuve en la muerte de Rimbaud.
No estuve en la muerte de Van Gogh.
No estuve en la muerte de Kafka.
Eh, pero he estado en la muerte de Lou Reed. ("Príncipe de Aquitania")
***
Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.
[...] No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno [...]
Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo ahora si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra. ("974310439")
   La muerte, en todo el libro, prevalece. Hasta a veces se hace deseable, heroica en el caso de los alcóholicos o los suicidas, y siempre inevitable:

La gente se acaba.
Un hombre se acaba.
Tal vez ese sea el mayor espectáculo del Universo:
Un hombre que se hunde, porque la destrucción
de la vida inteligente contiene la solución final
de nuestros baratos enigmas. ("Bajo el volcán")

   Mucho dijo Poe sobre el poder purificador de la tristeza. Y mira cómo acabó. Pero en los poemas de Vilas hay algo que prevalece más allá del desconsuelo, de la pérdida, del hundimiento de tantos personajes nombrados aquí y allá. A Vilas le pueden dos cosas: el amor y la vida, que también son lo mismo. Algún tipo de redención debe de haber ahí:

EL ÚLTIMO ELVIS

No fear, no envy, no meanness
LIAM CLANCY


Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraban tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quién hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquello
que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Lección de literatura: Larras y Zorrillas

1

   Las anécdotas literarias suelen ser territorio de filólogos orgullosos de su conocimiento, condición sine qua non, como las locuciones latinas, de pertenencia a un club, el de hacerse los interesantes. Un esnobismo cualquiera, vamos. Reconozco que durante bastante tiempo anduve fascinado por semejante ejercicio de pedantería, sintiéndome integradísimo en la liturgia (tertulias, revistas, conferencias, premios...) Pero es que parecía tan lógico... Como lo de firmar una hipoteca, por ejemplo.
   Sin embargo, ahora que la literatura, sea lo que sea lo que haya aprendido, la tengo que enseñar yo, reniego de tantas inútiles biografías que, no obstante, siguen retumbando en mi cabeza por culpa del equipo de redactores de aquel libro de Lázaro Carreter. Al fin y al cabo, los datos están ahí, a golpe de clic. Aprender literatura no debería ser más que descubrir las claves para leer tanto lo antiguo como lo moderno o lo actual. Porque los textos son millones y otras tantas las vanidades enterradas ya desde que esto se entiende como arte. Así que ya me diréis de qué sirve recordar que Calderón (el otro, no yo) murió en 1680, el papel de Andrea Navaggiero en la difusión del endecasílabo o que fue el Conde de Lemos quien finalmente propició la publicación del Quijote. (No sé para qué digo nada, a ver a si los abogados de la casa de Alba se les va a ocurrir ahora reclamar los derechos de propiedad intelectual, que para eso está la herencia).
   En estas estaba cuando leí el Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig, al que estoy añadiendo ahora dosis de Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo, aunque ya había leído antes artículos suyos en un tono semejante y hay que reconocer que todo esto estaba también, sin que al principio me diera mucha cuenta, en Luces de Bohemia. No es que estas novelas de, por supuesto, filólogos, me hayan hecho cambiar de idea con respecto a la enseñanza de la literatura, sino que creo que dan una herramienta más: la vuelta de tuerca, el tour de force para los esnobs. He deducido de ellas que puedo aprovechar la pedantería literaria que ocupa parte de mi memoria en proponer relaciones, analogías, ejemplos, modelos o esquemas y retorcer el chascarrillo hasta encontrarle alguna utilidad.

2

   Empecemos por uno: el momento estelar del romanticismo en España. Resulta que el 15 de febrero de 1837 enterraron a Larra en Madrid y el evento se convirtió en todo un acontecimiento social. El postureo literario se convocó en masa y hubo mucha solemnidad, incluso muchos versos y el debut aclamadísimo de un desconocido, José Zorrilla.
   La historia, hasta contada por el propio Zorrilla, es genial: ni siquiera conocía a Larra más que de oídas cuando fue a la iglesia el día anterior a ver el cadáver; ni siquiera tuvo él la idea de escribir el poema que, además, era para publicar en algún periódico en plan oportunista y ganar algo por fin; lo compuso en un rato esa misma noche en condiciones bastante precarias; lo leyó como por accidente, aprovechando un incómodo silencio y venciendo una lógica vergüenza; y, para colmo, ni siquiera pudo acabar de recitarlo (dice que de la emoción, para mí que de los nervios).
   El poema, además, era malo de solemnidad, estaba lleno de tópicos, calcaba esquemas métricos de la Canción del pirata de Espronceda y tenía la poca delicadeza, la mala suerte o la torpeza de usar como metáfora la flor y su aroma delante de un cadáver que llevaba día y medio tieso. Por el frío o por lo que fuera nadie le dio mucha importancia a esto, sin embargo, y Zorrilla triunfó así, de rebote, se hizo un nombre y hasta le dieron trabajo, ¡oh, ironía!, en el periódico en el que Larra había causado baja. Transcribo dos estrofas para que se note la falta de gusto y tacto (el subrayado es mío):
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.

Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
    En fin, qué momentazo. No sé cómo nadie se ha planteado hacer la película.

3

   Ahí lo tenéis, un instante que resume una época, la explosión, el agujero negro, el aleph (queridos filólogos). Aunque a mí me parece más curioso como punto de partida para plantearse cómo surge la literatura, de dónde sale un texto, de qué forma caprichosa se hace un autor y en qué circunstancias azarosas, como las de cualquier vida, desarrolla ese material maleable, vendible y propagable que hemos llamado arte.
   Así, lo interesante del entierro de marras me parece ese cruce perversamente casual de dos tipos tan diferentes en personalidad y creatividad que, sin embargo, se recitan juntos y se aprenden a la vez. De hecho, es como si tuviéramos dos modelos y pudiéramos dividir a los escritores decimonónicos en Larras y Zorrillas aunque, en el fondo, esto solo es una manera de explicarse.
   La literatura era en la primera mitad del siglo XIX un arte económica y culturalmente elitista, de la que se interesaba como mucho un 5% o un 10% de la población, es decir, no más de un cuarto millón de personas en España, que eran las que tenían capacidad lectora y acceso a los libros y las revistas (siendo optimistas). Menos seguidores que Julián López, Alberto Garzón o Jorge Drexler en Twitter. Así que ni Larra ni Zorrilla fueron pobres, claro. Como ninguno de los que creía que debía estar en ese entierro.
   Pues de todos los que estaban allí eran, de alguna manera, los más distantes. Larra, que siempre había vivido de lujo, que había estado en la pomada de la élite cultural desde la adolescencia, que a los 20 ya era conocido y había hecho de todo, hasta hijos y viajes, acababa de pegarse un tiro al más puro estilo Werther. Él, que siempre estaba por encima de los demás, que criticaba al ciudadano medio por inculto, vago y maleducado, resulta que era depresivo. Ahora que se había hecho liberal... Porque también le había dado tiempo a eso, a cambiar de bando y tocar todos los géneros. Él, puntilloso, culto, exquisito, inconformista, obsesivo en los temas y elegante en las formas, un fracasado. Salvo que su verdadera obra maestra fuera su suicidio, aunque hay que ser muy ingenuo para pagar ese precio por la posteridad literaria. ¿Leeríamos hoy sus artículos si los hubiera seguido publicando hasta, digamos, 1855, si hubiera muerto de pulmonía o de gripe?
   Zorrilla era, por el contrario, el prototipo de provinciano, que se había escapado de casa y de las clases envalentonado por las primeras lecturas, entre ellas, para que os hagáis una idea, El último mohicano. Para él, algo torpe y poco espabilado, el mundo de sus Esproncedas quedaba lejísimos y se dedicaba a hacer versos y pasar hambre un poco por cabezota y porque nunca se sabe. Y mira tú.
   Él, que no era más que un versificador, bastante poco original e imaginativo, que aprovechaba versiones, temas, metros de otros y los reciclaba, cuya máxima aspiración era que su padre leyera una nota en un periódico firmada con su apellido.
   Él, mindundi que no tenía preocupación política alguna, que no sabía vestir bien y era incapaz de no resultar cursi, un triunfador, el autor de la obra más representada de la historia del teatro español. Récord Guinness. Hay que ver. Si hasta le habían parecido demasiado chungas sus famosas décimas de Don Juan y quiso prescindir de ellas.
   Pues bien, ahí los tenéis: la genialidad y la inteligencia, la sensibilidad y la perspicacia, la desgracia y la oportunidad, la enfermedad y la salud, la pretensión y el conformismo, la exquisitez y la tosquedad, el criterio y la indeterminación. ¿Quién da más?
   Pero ¿quién se atreve  a proclamar un vencedor? ¿Debe haberlo? ¿Alguien está dispuesto a juzgarlos? Yo sus poemas, sí, pero ¿a ellos? No creo que haya que admirar o proscribir a los escritores. Con lo muertos que están. Puede que leerlos sirva para entender algo. O no.



   Siguiente episodio: Borges y Ribeyros. O Cervantes y Lopes o...

martes, 21 de enero de 2014

El temporal y el árbol

   No es mal momento, entre la cola y el frente de dos temporales, para hacer diario o, como diría Silvio Rodríguez, un "resumen de noticias":

1

   Miro, veo, escucho y pienso "ya está, consiguieron lo que querían". Resulta que la macroeconomía no para de ir mejor de lo que se esperaba y recuerdo que estamos en 2014. Coño, no se equivocaron, hace tiempo que dijeron que para 2015 o así todos íbamos a seguir jodidos pero estables y que ya si eso se empezaría a notar una "recuperación". Qué jodida es la teoría cuando se confirma. Explota una burbuja, se recoloca el capital, ganan los astutos, un par de trileros van al trullo y a girar la rueda otra vez. Dijeron que con sueldos más bajos; que con peores condiciones; que con menos servicios... Pues todo esto ya pasó y ¿a que no ha sido para tanto? Muchos aún no se dan por enterados. Otros, saben que ya pasó otras veces. Pocos, que no puede ocurrir de otra manera mientras. 
  Dentro de muy poco explotarán viejas burbujas en Brasil y en otros sitios. Y así sucesivamente. El gran capital aprieta pero no ahoga, tira de la cuerda todo lo que puede. Pero no mata. Al menos aquí, que estamos del lado bueno del muro, digo del Mediterráneo.

2

   Leo. Raciono la lectura de Por el bien del imperio, de Josep Fontana. No conviene atracarse porque cada capítulo es un puñetazo y hay que recibirlos entero, de pie, consciente. Su relato de la historia de la segunda mitad del siglo XX es profundamente desagradable, pero muy clarificador, demasiado para este mundo light. No paro de descubrir maquinaciones perversas, planes de guerra estúpidos, cínicas ventas de armas, exterminios, torturas sistemáticas, tráficos interesados y víctimas inocentes, millones que nunca supieron qué pasaba, como nosotros no sabremos hasta que pasen décadas "salvo alguna cosa". Todo dirigido por una panda de arrogantes, no más de 500 tipos en el mundo que se perpetúan como una saga. Perfecto para los ingenuos que pensaban que la última tragedia del mundo había sido la II Guerra Mundial. Últimas raciones: los 80, Líbano y Afganistán. Terrorífico.

3

   Me sorprendo. Resulta que han nombrado la palabra "asamblea" en un informativo y no la han menospreciado. Es el milagro de Burgos. Mientras hace diez días todos daban la cobertura de siempre a las reivindicaciones del barrio de Gamonal (jóvenes encapuchados cometiendo "actos vandálicos") ahora se habla del movimiento vecinal y, aunque sin apoyarla, de su reivindicación de que los detenidos en las manifestaciones no sean denunciados y queden libres de cargos. Están estupefactos. A los ojos de cualquiera, y simplificándolo mucho, ha pasado lo imprevisto y ni siquiera el poderoso aparato de los medios y los partidos se atreve ahora a ponerse en contra de los únicos que en este asunto pueden parecer "los buenos". Además, resulta que saben lo que hacen. Por eso siguen reclamando que las detenciones y las acusaciones de la policía fueron arbitrarias e injustificadas. 
   Y ahora las cámaras tendrán que seguir allí. Fueron a buscar sangre fresca y les vendieron carne cruda. Se temen algo, por ejemplo, que la política ya haya cambiado, que se haga sin ellos. Mientras, los tertulianos se asustan de que algún desesperado rompa cristales y que se siga gritando que "no nos representan". Por mucho que hubieran creído que Luis XVI estaba equivocado, que era injusto, ellos son de los que nunca habrían acompañado a las pescaderas de los mercados de París a asaltar Versalles. Diferencia.

4

   Estudio. Preparo el tema sobre la literatura realista en la segunda mitad del s. XIX. Soy tonto y me conmuevo. Encuentro fotos, por ejemplo, de las barricadas de la Comuna de París. Son tan tristes y encantadoras las caras de aquellos desharrapados que probablemente acabaron muertos. Ahí están los adoquines, las zanjas, los cristales rotos... de hace 140 años. Hoy como ayer. Pero con pañuelos de papel y pantallas, muchas pantallas. Recuerdo a mis alumnos que los revolucionarios de entonces consideraban vital que los trabajadores aprendieran a leer para poder pensar libremente. El que diga que ellos no piensan no recuerda las bobadas que hacía cuando tenía 16 años. 

Barricade Voltaire Lenoir Commune Paris 1871

5

   Pongo música. ¿Para qué servirá la música en medio de tanto asco? Pero este es un disco de Lou Reed comprado en el Village de Nueva York con la romantica idea de que eso significaría algo. Una estupidez. Pero es precioso. Definitivamente, el virtuosismo no es el mejor arte. Me quedo con la sutileza torpe de los que aún no sabían lo que hacían, los que huyeron hacia adelante creyendo que lo que tenían entre manos era bueno sin adivinar por qué.

6

   Escribo. Compongo un par de estrofas idiotas e intento corregir unos versos apurados que salieron de una mañana de hospital. No se dejan. Escribo una entrada en el blog como si se la debiera a alguien que me mira como yo. Escribo en el salón, junto a la chimenea. Me siento culpable.

   Cuando pase el temporal prepararé la tierra para plantar un árbol.

   Bonito verso este.

jueves, 25 de abril de 2013

El jornalero en la plaza

   No hace falta redundar en datos. Nadie consigue trabajo, otros aún lo están perdiendo y, lo que es peor, es casi imposible que ni unos ni otros trabajen (al menos legalmente) en mucho tiempo. 
   El resultado es más que trágico y visible. Probablemente a España (o Hespaña o Expaña, como prefieran) le esperan más de 10 años con un paro superior al 20%. Incluso más. Pongamos hasta el 2025, cuando ninguno de los que hayan estado tanto tiempo en paro tenga posibilidad de acceder a una pensión digna cuando envejezca porque: a) no cotizará nunca lo suficiente; b) no pudo ahorrar para un plan de pensiones. Da vértigo.
   Así que solo quiero recordar, para aquellos que crean que las soluciones aún están en cambios menores, reformas varias, leyes nuevas o ministerios audaces, que el problema es otro.
   Que la actividad más importante de una vida humana tenga que ser un trabajo remunerado es un axioma falso, delirante, pero inseparable de nuestro sistema socio-económico. El solo concepto del trabajo pagado como mercancía aterra, sobre todo de tan asumido.
   Aun aceptando este disparate, el trabajo nunca será igual entre la clase asalariada y la propietaria, llámenlos proletariado y burguesía o como quieran. Sus diferencias se perpetúan en el tiempo pues solo la clase que dirige tiene propiamente capacidad de decisión y siempre legislará en su propio beneficio.
   Y, por último, el "sistema de libre empresa" (aka capitalismo) necesita que haya paro. Desde los tiempos más remotos los patrones o sus capataces debían elegir a quién contratar y si había muchos dispuestos a trabajar y pocos jornales, pagarían menos, ergo los beneficios aumentarían.
   Es verdad que durante unos años se intentó controlar el paro para que el gasto en ayudas sociales no perjudicase a su vez a los propietarios. Pero ya no pasará. Saben que es imposible reducirlo sin cambiar el negocio y a eso se van a negar siempre. Para ahorrar en el control del paro solo hay otra opción: suprimir los gastos que una vez, hace mucho tiempo, hicieron pensar a quienes trabajaban que no estaban completamente a merced del dedo que los señalaba en la plaza, al amanecer, para ir al campo. El dedo que, sin saber por qué, unas pocas veces los escogía.

   Se imponen, pues, poemas de urgencia:

El jornalero espera
en la plaza como tú
ante las pantallas del
ordenador o el teléfono
que el mismo dedo
arbitrario lo salve
momentáneamente
de la indecencia
para mayor gloria
de los dueños 
del tinglado.

martes, 13 de noviembre de 2012

No contéis conmigo

Aviso: mañana no contéis conmigo. No iré al trabajo, no daré mis clases y, por supuesto, no quedaré como un estúpido poniendo películas al tuntún a un grupo pequeñísimo de niños a los que sus padres han obligado a ir y que apenas se enteraron de qué pasaba en la calle vacía. No caeré tan bajo por 80 euros. Cualquier día los quemo. Y santas pascuas.
Pero no me quedaré en casa preparando material, corrigiendo o descansando. Hasta dejaré sin funcionar los cursos del aula virtual. Prohibido estudiar.
Perderé un dinero que nunca llegué a ganar y no me quejaré como los fariseos que se hacen los ofendidos cuando cobran como mínimo 1600 euros. Qué lejos están de la realidad a pesar de estar tratando cada día con chavales. No me puedo imaginar entonces a aquellos grandes capitalistas en sus torres de marfil o en sus hoteles de lujo en el desierto.
No cobraré porque dedicaré el día a otras cosas, principalmente a una: a hacer más fácil la huelga de los demás. Adiós a la tele y a la radio y al súper y a la panadería y a la gasolinera y al estanco y a las tiendas... Los cajeros automáticos y los autobuses pueden esperarme en vano. Igual los camareros. Son muy amables pero ya los veré otro día. El vino no se acaba fácilmente.
Puede que parezca niñería o patochada, pero aún me anima saber que se puede parar y ralentizar la maquinaria perfecta de este reloj universal a punto de estallar.
Les jode. También lo sé, aunque tal vez no tanto como debería si entendieran la verdadera magnitud que supone un quinto, un cuarto o un tercio de los trabajadores que dejan de hacer aquello por lo que les pagan, que suspenden al menos una de las funciones de la farsa.
Será nostálgico pero aún me parece hermoso: dejar de hacer aquello por lo que te pagan. Ahí se queda sin hacer, sin colocar, sin conectar.
Sé también que un día es poco, que si fueran más el asunto cambiaría. No me conformo, pero al menos este día no contéis conmigo. Si os atrevéis, llamad a los tibios. Si no los reconocéis, Pepe Hierro os los señala:
LOS TIBIOS
Lo teníais todo: las almas
Sin dolor, la vida apacible.
Alrededor, los huracanes
Os sabían inconmovibles.
Como torres, os levantabais.
Como chopos de hondas raíces,
Como viejas sabidurías
Que iluminaban los confines.
Aves fuertes de altanería.
Aguiluchos de vuelo firme.
Os despegasteis de la tierra,
Volasteis por los cielos grises.
No llorasteis con los que lloran,
Ni cantasteis con los que cantan,
Ni reísteis con los que ríen.
Nos dejasteis, de cara al cielo,
Frente al signo de lo imposible. [...]

martes, 24 de abril de 2012

Incorrección

   Sí, amigos, sí. La literatura, la política y otros muchos espacios dejaron hace tiempo de estar ocupados por la aristocracia. Pero esto no quiere decir que las cosas hayan ido a mejor. Ahora los responsables son los pequeños burgueses, tal vez la peor subespecie humana. Se han creído coronados como nueva nobleza, pero, evidentemente, no han entendido nada. A esto se dedican. Y a "tragar cantidades de saliva".
   Parra lo sabe. Hace mucho. Por ello resulta tan irónico que hoy el coronado sea él. Y aún más que lo sea en un acto (la entrega del Cervantes) hecho por y para pequeños burgueses, aquellos para los que la incorrección es odiosa (a menos que algún mecanismo permita convertirla en cool y, por tanto, desmontarla). 
   Pero no será así. Es triste ver a tanto cabeza hueca bien vestido elogiando versos que no entiende. Porque si alguna vez se hubieran acercado a su significado, no les habría quedado otra que sonrojarse o salir corriendo. Porque no saben lo que hay debajo.
   Se debe haber reído bastante el viejo con todo esto y una botella de vino, pues ya decía sobre las condecoraciones:

La fortuna no ama a quien la ama:
Esta pequeña hoja de laurel
Ha llegado con años de retraso.
Cuando yo la quería
Para hacerme querer
Por una dama de labios morados
Me fue negada una y otra vez
Y me la dan ahora que estoy viejo.
Ahora que no me sirve de nada.

 Ahora que no me sirve de nada.
Me la arrojan al rostro
Casi
        como
                 una
                        palada
                                   de
                                        tierra...

   Porque la obra de Nicanor Parra, aunque muchos quisieran,  no se puede enterrar. Su vigencia mueve más allá de la rabia, condena a los complacientes. Y si no, comprobad: 

Actuamos como ratas
en circunstancias de que somos dioses
bastaría con abrir un poco las alas
y pareceríamos seres humanos
pero preferimos andar a la rastra

Al parecer no tenemos remedio
Fuimos engendrados y paridos por tigres
Pero nos comportamos como gatos.
 
    Ellos no lo entenderán. A Parra nunca le bastó ser incorrecto. El tajo es más profundo. Mientras, así acabará este pequeño homenaje, como todos:


miércoles, 1 de febrero de 2012

Sin esperanza, con convencimiento

   Creo que este título del poemario de Ángel González explica bastante bien la situación. Ha pasado un año  desde que este blog se abrió y, desde luego, han ocurrido muchas cosas. Nada buenas, la mayoría. Los golpes recibidos han trastocado su conciencia. Así que lo que iban a ser más bien apuntes sobre la literatura y sus alrededores se ha transformado mayoritariamente en un conjunto de críticas y artículos sobre el presente.
   Pero ha resultado imposible superponer lecturas interesantes a la urgencia de los gritos. ¿Cómo dedicar el tiempo a compartir mis impresiones sobre Watchmen, Aire nuestro, Luces al atardecer o la poesía de Nicanor Parra cuando es tan necesario aventar las miserias? 
   Cuento lo que veo, sobre todo lo que me parece injusto. Algo así les ha llegado a pasar a otros. Y el viernes dos tipos que tienen un programa de radio a una hora bastante anodina se vieron obligados a hacer lo mismo: rompieron el guión porque no había estómago que soportase cambiar de tema, seguir como si nada, dejar colgadas a las personas que llamaban para compartir su desgracia:


   ¿Oportunismo periodístico? No, sinceramente hay veces que las cosas pasan así. Será por algo. A lo mejor porque la acumulación de esas desgracias precisa ya de una nueva catarsis. Mucha gente llora en sus casas de rabia e impotencia. Y, a veces, se cuela en la radio o en otro lugar. Escuchadlos.
    No. No ha bastado nada de lo sucedido hasta ahora, pues lo peor aún está por venir. No hay  esperanza, pues en todas partes advierten que cada vez menos gente podrá trabajar durante los próximos años. Habrá otros momentos para discutir sobre el trabajo como modelo de relación económica, pero no es eso lo que está destrozando a medio país.
   Así que, ¿cómo no sentir la misma rabia y dejar de lado otros asuntos, como si fueran frívolos?
   Y aun así, siempre aparecen las coincidencias. Como por casualidad. Para bien o para mal desde aquí se ve todo con estas gafas, a través de poemas como este. Tendrá que bastar:
 
El invierno
de lunas anchas y pequeños días
está sobre nosotros. Hace tiempo
yo era niño y nevaba mucho,
mucho. Lo recuerdo
viendo a la tierra negra que reposa,
apenas por el hielo
de un charco iluminada.
Es increíble: pero todo esto
que hoy es tierra dormida bajo el frío,
será mañana, bajo el viento,
trigo.
          Y rojas
amapolas. Y sarmientos…

Sin esperanza:
la tierra de Castilla está esperando
-crecen los ríos-
con convencimiento.
 Ángel González

viernes, 3 de junio de 2011

Un tipo decente

   Hago un hueco aquí para este poema que escribí hace unos tres años y que, por casualidades del destino, parece ir ganando actualidad en vez de perderla.

UN TIPO DECENTE 

Seguramente usted pueda considerarse
si no un buen ciudadano, un ejemplo,
sí uno decente que cuida de sus hijos,
atiende a las personas que le solicitan ayuda,
se interesa por sus compañeros y amistades,
cumple eficientemente en el trabajo,
respeta las leyes, paga los recibos,
se interesa en cierta medida por los grandes problemas de
la humanidad,
se ofende ante la injusticia,
siente lástima por los desgraciados
y la responsabilidad, de tiempo en tiempo,
de decidir su voto según lo que estima
ser el bien común.

Hasta que un día se pregunte –quizá
primero inocentemente, después
con verdadera curiosidad-
por qué su bondad o su decencia
no se ven recompensadas.
Porque usted ve las noticias, lee
un periódico o escucha
la radio y comprueba
que el gobierno al que votó
no cumple el programa;
que cada vez tiene el deber de sentir más lástima
porque aumenta en progresión geométrica el número
                de desgraciados;
que las empresas con mayor margen de ganancias cada
                vez le pasan facturas más costosas;
que al hacer un bonito regalo a su familiar más querido
le está siguiendo el juego a grandes almacenes, grupos logísticos
                e importadores
que escamotean salud, tiempo y dinero a sus empleados;
que al acabar de colocar una teja del alero de su casa
un chaval boliviano resbaló y murió aplastado contra el suelo
porque el capataz le había insistido que no había tiempo de
                ponerse el arnés que eso tiene que terminarse antes
                del almuerzo o te corto los huevos;
que el tipo que pagaba a aquel chaval 500 euros menos que a sus
compañeros legalmente contratados
había soltado al alcalde de su pueblo otro sobre más voluminoso
para obtener la concesión de la obra de aquellas viviendas
pensadas para familias como la de usted,
perjudicada por el mercado
y la inmoralidad de aquellos
que no usan las casas que poseen.

Entonces reflexiona.
Analiza su propia responsabilidad en los procesos
que tienen como consecuencia tales calamidades
nunca debidamente sancionadas
y descubre
que la única manera honrada que conoce de sacarle algún
                 beneficio a su dinero
son productos financieros que respaldan la actuación de
                 empresas públicas y privadas
que especulan con la energía y los alimentos
y colonizan países llenos de desgraciados;
y que si renuncia a ese beneficio se verá obligado a prescindir
                 de ciertos lujos insignificantes;
y que si, por el contrario, gasta todo lo que tiene, o lo quema,
no podrá cuidar de quien ama;
y que si intenta ahorrar por su cuenta un poco más,
el descenso del gasto y del consumo provocarán
una menor actividad y quizá el cese de negocio
y quién sabe si un número importante de despidos
en los servicios e industrias para las que usted mismo trabaja.
Y su pareja.
Y sus amigos.
La gente del barrio.
Sus compañeros.

O sea, que usted que se creía, si no bueno,
alguien decente, educado, responsable y amoroso
está de mierda hasta el cuello.
Y piensa en lo triste
que es que las cosas funcionen así.
Se siente decepcionado, traicionado por toda
la parafernalia que alimenta sin descanso
este "áspero mundo" que conoce
desde que nació.
Finalmente siente asco, náuseas y tiene
ganas de llorar porque se da cuenta
de que mañana seguirá siendo decente, educado, responsable 
                y amoroso 
porque no le queda más remedio.

domingo, 10 de abril de 2011

Lágrimas de Portugal

Cabo Sao Vicente
Ó mar salgado, quanto do teu sal
Sao lágrimas de Portugal!
Quem quer passar além do Bojador
Tem que passar além da dor. (1)
    Mar português. Fernando Pessoa.

   No puedo evitar que entre las noticias de los últimos días una me haya afectado mucho más: la bancarrota de Portugal. No son tiempos para equiparar desastres, pues hay de sobra, pero el sentimiento apremia.
   Portugal es mi casa. Realmente mi patria, si es que existe, ocuparía una buena parte de su territorio. Sé que estoy volviendo a ella cuando paso su frontera, esa raya que apenas separa nada, y sigo sintiendo al hacerlo una emoción particular. A pesar de haberla cruzado más de cincuenta veces. Da igual que sea a través del Duero, el Tajo, el Miño o el Guadiana. Cuando la mayoría solo percibe un cambio en la tipografía de la señalización, las matrículas y el precio de los carburantes yo noto que vuelvo a mi tierra, tanto como cuando veo después de meses los álamos de las riberas del Duero y el Pisuerga.
   ¿Una explicación? Puedo dar razones más o menos comprensibles: allí aprendí a vivir por mi cuenta, me enamoré, y asumí una segunda lengua. Pero hay algo más. Conecto con su literatura, con cierta estética y forma de ser o de comer, con sus palabras... Quizá sea difícil de entender, no lo niego, pero en esto tuvo que haber alguna predestinación o una familiaridad genética perdida: desde que llegué me sentí así. Allí todo parecía más hermoso. Vaya a saber por qué.
   Siento, eso sí, que es un país que la mayoría no valora como debiera, sobre todo en España e incluso en Galicia, con quien la relación es tan estrecha. Una tierra que los extranjeros no han intentado comprender y que los españoles olvidan nada más cruzar esa raya imprecisa entre los montes. Recordarán todos vagamente lo buenos que estaban el pescado y el vino, la arena magnífica o las visitas monumentales, pero poco más.
   Sin embargo, y aparte de la mitomanía a lo Kafka que ahora se despliega con Pessoa, sin duda el mejor poeta de la historia, ¿qué sabemos de José Afonso, de la Revolución de los claveles, de los viajes oceánicos del s. XV, de Eça de Queiroz, de Salazar y su dictadura, de Gil Vicente, de los partidos que tienen representación en su parlamento, de Miguel Torga, de la pronunciación de sus palabras?
   Ahora recorre los diarios el temor de que los bancos españoles se vean afectados por la quiebra del estado portugués. De hecho, el préstamo usurero que va a desangrar a los portugueses servirá en gran parte para cubrir sus fallos. Preocupa que pierdan las mismas empresas españolas que han comprado un buen pedazo de las portuguesas para ampliar mercado. Pero no nos engañemos. Si Portugal ha quebrado ha sido con el empujoncito necesario de todos los demás y, sobre todo, de aquellos a los que beneficia que Portugal sea hoy un país bastante más desigual (y, por lo tanto, empobrecido) que hace veinte años.
   Portugal ya intuía hace tiempo que Europa no los consideraba dignos de su club. Nadie se interesaba por ellos y por eso buscaron el mar, el horizonte. Armaron ruido, pero no fue suficiente. Y eso que sufrieron una de las dictaduras más duras de las que surgieron con el fascismo de entreguerras (que por cierto detuvo y entregó a muchos españoles) y supieron acabar con ella mediante una revuelta de las capas bajas del ejército apoyada por ciudadanos hartos. Ya nadie comenta ese valor único en la historia, como toda la cultura desarrollada de espaldas al continente. 
   Sin embargo, como España, se fue empequeñeciendo y asumiendo los mazazos de los siglos. Desde luego, por culpa de la soberbia e incapacidad de sus dirigentes. Como España, creyó despertar varias veces, a principios y a finales del XX. Pero todo, una vez más, era mentira. Como en España.
   Nuestras fatalidades son hermanas.
A Deus as maos alçamos.
Mas Deus nao dá licença que partamos.
Há doenças piores que as doenças. (2)

sábado, 19 de febrero de 2011

La gran paradoja

   Si hay una paradoja que merezca ser tenida en cuenta por encima de las demás es la que configura nuestra propia vida.
   Recorrer el tiempo es la esencia de la vida, porque si no, no valdría para nada, no existiría como tal; pero ese mismo tiempo supone que, tarde o temprano, se acabará.
   Qué voy a contar que no sepáis. A partir de ahí nacen la inmensa mayoría de las preguntas filosóficas, religiosas, morales... que cualquiera pueda imaginar. Pero no quiero redundar en el vértigo que produce esta difícil posición. 
   Por eso a veces conviene tener en cuenta un punto de vista menos melancólico. Atendiendo a esta necesidad añado este poema de José Emilio Pacheco a la sección "Pequeños hurtos". Para quienes necesitan resarcirse de Manrique y su "cualquiera tiempo pasado / fue mejor".

The river flows (to the sea) 
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