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domingo, 4 de diciembre de 2016

El peor periodista; el mejor escritor

Hay hasta una máquina de ideas, el Plot Robot
o cerebro automático [...] Adquiriendo 
este cerebro automático yo podría, si quisiera,
inundar con mis creaciones [...] todo el 
mercado periodístico e hispanoamericano; 
pero me asusta la perspectiva de dejar sin pan
a las familias de mis compañeros. 

   Hay lecturas, sigue habiéndolas, que te llevan a un lugar imprevisible. Tal vez por eso continúo atrapado en el modelo analógico, sobre todo para aquellas que pasan de cinco páginas. Seguramente siga tontamente enamorado de estos tropezones con un libro que resultan inexplicables para cualquier algoritmo. 
   Cuando uno navega por una estantería tiene encuentros inesperados: hojea algunos libros, los desdeña, continúa buscando y de repente encuentra la pareja perfecta para ese baile. Repito, de forma matemática e informáticamente inexplicable: a veces buscabas algo breve y acabas con un novelón, pretendías leer ficción y acabas con un ensayo, das con un buen poema y te llevas el libro... sí, incluso eso, te lo llevas a la cama.
   Seré pesado, pero esto no me ha ocurrido buscando en la red, donde difícilmente perviven el simple, tirano y caótico orden alfabético de las bibliotecas o el desorden metódico de la librería de casa.
   Así di hace diez días con el único libro de Julio Camba que tengo, La ciudad automática, salvado de un escrutinio que ríete tú del capítulo VI del Quijote y que ya contaré otro día. Bien poco sabía del autor, aunque al vivir a 25 km. de su pueblo natal estaba claro que tenía alguna idea vaga. Pues bien, pasó lo que suele ocurrir en estas raras ocasiones: empecé a leer y no pude parar... hasta acostarme con él.
   A un tipo pervertido como yo le resulta inevitablemente atractivo seguir la mirada de un señor de Vilanova de Arousa que se había convertido en el periodista mejor pagado de su tiempo y que vagabundeaba por Nueva York como Pedro por su casa en época de la II República. Esa época fascinante de entreguerras: de crisis, jazz, huelgas, máquinas, rascacielos, gangsters, ley seca...
   En medio de aquel torbellino andaba tranquilamente Julio Camba después de haberse recorrido medio mundo, de Argentina a Berlín, de Londres a Turquía. Durante esos mismos años turbios que eran los de desclasados como mi querido Joseph Roth: los de los emigrantes irlandeses, eslavos, españoles, italianos...; de los estados que se hundían o creaban de un día para otro; del descrédito de la política (que tanto nos suena). Y este señor ya madurito, de unos cincuenta años, paseando por allí. Esta es la pinta de cosmopaleto que tendría unos años después:


  A priori Camba no es un tipo con el que uno pueda congeniar fácilmente ni en lo político ni en lo ético. Fue más que nada un oportunista que se iba haciendo más pragmático y descreído según se hacía mayor y disponía de más dinero, tanto como para vivir en el Palace. La verdad es que le fue muy bien, pasando de anarquista alborotador a colaborador conformista. 
   Me resulta mucho más sencillo identificarme con otra gente de su generación, como el humanismo conmovedor de Castelao, por ejemplo. Pero no vas a restringir tus lecturas a los tipos que te caen bien, ya que por una u otra razón siempre tendrías que enfadarte con alguien. Considerando, además, toda la arbitrariedad del prejuicio sobre la figura de un autor que no conociste en persona.
   Así que, pese a tus reservas, te pones a leer a Camba y entiendes perfectamente por qué en su época resultó un escritor excepcional. Con una seguridad pasmosa se larga a contar sus propias anécdotas y a lanzar juicios categóricos sin pararse a pensar ni estudiar demasiado. Para qué, si su espíritu es el del diletante, que se entusiasma y aburre súbitamente.  Aunque, todo sea dicho, en este libro hay bastante entusiasmo por la sociedad estadounidense y pasión por sus incongruencias, que, con respecto a Europa, se parecen tanto a las del propio escritor.
   Partiendo de lo obvio ("si las gentes no pudieran arruinarse aquí de la noche a la mañana, tampoco podrían enriquecerse de la mañana a la noche") llega a la observación irónica ("en España [...] si se arruinase alguien [...] tendríamos que esperar hasta que se le rayara el traje y se le torciesen los tacones" para enterarnos). Suelta de improviso el juicio ramplón y generalizador ("si la democracia universal espera alguna aportación del pueblo americano, que no espere una aportación política ni filosófica, sino una aportación mecánica"), pero con una gracia irresistible: "No es que los americanos no sepan cocinar. Es que no quieren hacerlo".
   Se reparten por el libro análisis descuidados pero inteligentes, sobre todo de las diferencias entre EEUU y Europa, como cuando afirma que Europa es analítica y América sintética o que la geografía europea es incomprensible para los americanos porque ellos han creado un país uniforme en un territorio gigantesco. También aparecen intencionadas boutades, como cuando elogia el vino casero que elaboran los ciudadanos de Nueva York frente a las bodegas europeas porque "la química ha desnaturalizado su jugo" o  cuando compara comunismo y capitalismo como modelos similares que conducen a la masificación y estandarización del individuo o cuando habla de la publicidad y la literatura comercial como el espíritu de la época o "la aportación inconfundible del pueblo americano a la literatura universal". Y, sin embargo, es tan agudo como para añadir un par de líneas después que Joyce y el resto de modernist "representan más bien el fin de una época que el principio de otra".
   Todo esto mientras aparecen por sus páginas las calles, los teatros, los barrios y los tipos, la mínima exigencia del cronista y, a ser posible, con el justo toque castizo:
Los cabarets del Broadway, con sus músicas y sus bailes de inspiración evidentemente negra, parecen un anuncio de los cabarets de Harlem. En ellos el irse animando es como si dijéramos ir sintiéndose negro, y hacia la una o dos de la madrugada todo el mundo se siente, por lo menos, cuarterón. Es la hora de Harlem. La hora en que los negros más monstruosos estrechan entre sus brazos a las más áureas anglosajonas. La hora en que el alto profesorado, tipo Wilson, se pone a bailar la rumba con la servidumbre femenina de color. Una vueltecita por Harlem a esa hora le ilustra a uno más que veinte volúmenes sobre la cuestión negra en América.

   Sin duda, las columnas de Camba debían ser en su época los mejores textos del periódico. Resulta un columnista perfecto porque no dice, en el fondo, nada más que lo que se le ocurre. Un charlatán exquisito. Divertido, incorrecto y, de alguna manera, paradójicamente sorprendente a pesar de mantener una pose, en el fondo, previsible. Aquí lo explica perfectamente José Antonio Montano.
   Eso sí, a estas alturas del s. XXI no busquéis en él al periodista que os desvele los entresijos de aquella época (por mucho que un premio nacional de periodismo lleve su nombre). Entonces no entenderéis nada. Camba era muy curioso, pero poco impertinente y, realmente, carecía del interés necesario para ser periodista. Nunca descubrió o investigó nada, sino que entretuvo a un montón de lectores con supremas y deliciosas banalidades que aparentaban sacar jugo a la actualidad. Él, desde luego, lo sabía. Lo que no le impidió pasar unos meses divertidísimos en Nueva York, captando al azar retazos de su carácter. Ahí está: la metrópoli art-decó en las palabras de un señor de Vilanova. El lector no solo disfruta de obras maestras.

"Nueva York es, en mi concepto, una ciudad romántica, no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente".


jueves, 27 de octubre de 2016

Profes ridículos y políticos cínicos

1
 
   Este curso voy a tener el dudosísimo honor de organizar por primera vez las pruebas finales de ESO y Bachillerato. Es lo que le toca a cualquier jefe de estudios de instituto que se precie. Puede considerarse un marrón, sí, pero no es eso lo que más me preocupa. 
   Esta semana se convocó una huelga en educación secundada por organizaciones de estudiantes y federaciones de asociaciones familiares. Su objeto principal era precisamente combatir la implantación de las pruebas finales, conocidas como "reválidas" por parecerse tanto al método de examen anterior a la Ley de 1970. Algunos profesores se unieron en unas cuantas comunidades autónomas, en general con poco éxito. En Andalucía, la huelga de profesores fue boicoteada por los sindicatos conniventes con el gobierno regional. En Galicia, por supuesto, no hubo. ¿Para qué?
   La huelga fue ayer. En mi instituto tuvo un seguimiento del 93% (de estudiantes, claro), aunque la Consellería no dio cifras ni hizo ninguna alusión en su web. Sí aparecieron en la prensa, aunque a Román Rodríguez no creo que le gustara. En otros lugares el seguimiento fue similar y con manifestaciones importantes. Pero aún voy más allá.

2

   No me lo podía creer, me frotaba los ojos, pero cuando llegué a casa esta tarde el notición rebotaba por todas partes, de TVE a Antena 3, pasando por La Sexta y Telecinco... ¡Rajoy había hecho su primer gesto! ¡¡¡Había suspendido las reválidas!!! El corazón se me aceleró... hasta que me di cuenta de que el gobierno, el PSOE, Ciudadanos y todas las televisiones estaban ofreciendo información manipulada. Seré yo el único idiota del país, pero he leído el Real Decreto 310/2016 de 29 de julio, de hecho me pagan por ello, y en su Disposición final primera dice tal que así:
Disposición final primera. Calendario de implantación.
1. La evaluación final de Educación Secundaria Obligatoria se implantará en el curso escolar 2016-2017. La evaluación final de Educación Secundaria Obligatoria correspondiente a la convocatoria que se realice en el año 2017 no tendrá efectos académicos. En ese curso escolar sólo se realizará una única convocatoria.
2. La evaluación final de Bachillerato se implantará en el curso escolar 2016-2017. La evaluación final de Bachillerato correspondiente a las dos convocatorias que se realicen en el año 2017 únicamente se tendrá en cuenta para el acceso a la  Universidad, pero su superación no será necesaria para obtener el título de Bachiller.
   No había visto tal ejercicio de cinismo en mucho tiempo, una búsqueda tan ratera y oportunista de la noticia inexistente, de la publicidad institucional solapada. Qué vergüenza. Y ahí sigue publicado...

3

   Así que he ido sacando conclusiones:

   La primera y principal es que el PP se ha salido con la suya y, con ellos, quienes están detrás del modelo educativo de la LOMCE, que en España son principalmente las empresas interesadas en la educación privada y concertada. La ley está en vigor desde 2013, ya está implantada en todos los cursos y todas las enseñanzas y el único detalle que falta, la guinda, son las pruebas de evaluación final que tendrán lugar por primera vez en junio de 2017. Ya lo veréis. Por mucho que sirvan solo como prueba piloto. 
   En junio el daño principal ya estará hecho y la sociedad en general y la comunidad educativa en particular habrán asumido que no pasa nada, que no es para tanto. Y adelante. Y si no, al tiempo. 
   Segunda conclusión: los profesores hemos hecho el ridículo. No solo por no haber secundado esta huelga o habernos planteado otras movilizaciones más serias (solo en Madrid se plantó cara a los recortes y ya sabemos cómo se desmontó su huelga). Hemos hecho el ridículo porque hemos delegado flagrantemente en otros y dejado de preocuparnos por las razones de nuestro trabajo. 
   Llevo meses, incluso un par de años escuchando que la ley no significa nada que ya nos la cambiarán cuando lleguen "los otros", que para qué andar tocando nada. Confiando en el ángel de la democracia representativa. Pero los otros han llegado y son los mismos y no piensan cambiarla porque, creedme, esta ley es una de las más importantes para el partido y su entorno ideológico. Porque solo la LOGSE había supuesto un cambio ideológico semejante en educación, solo que en sentido contrario: hacia la adaptación, la integración... Todo lo que esta ley pervierte y destruye para fomentar... el emprendimiento. Madre mía. Ante eso hicimos huelga, no sé, como tres o cuatro días en tres años. Bien. Y ya.
   La mirada de los profes se ha quedado muy corta. Todo el mundo se preocupa por una guardia a última hora de la mañana, ¿pero quién por la desaparecida diversificación curricular, por la opción de matemáticas en 3º o por los dos tipos de prueba final en 4º?; ¿quién por la optatividad de Filosofía en 4º de ESO y 2º de Bachillerato o por la organización del PMAR y los módulos de FP Básica o por los requisitos de admisión del alumnado en esos programas?
   Cuando hablamos de estas cuestiones encuentro un número importante de compañeros que disiente de las medidas de la ley, pero ni siquiera tengo la seguridad de que seamos una mayoría. De todas formas, el gobierno se ahorró ese problema. Impuso su criterio y basta. Saben que mucha gente prefiere que le manden.

   Tercera conclusión: los propios medios de comunicación  no se preocupan en absoluto de la educación, hasta el punto de que un periodista ignore los textos ya aprobados o desconozca los aspectos más generales de la ley. Ni siquiera tratan con objetividad los temas más básicos y les encanta hacer reportajes en coles concertados o privados porque molan más. Manipulan y difunden información tergiversada que no hace más que confundir a las familias. ¿O creen que después de hoy la mayoría de padres y madres sabe si sus hijos van a hacer o no el examen, cuándo, dónde, para qué va a servir, qué nota puede sacar o quién se lo va a corregir? Aventuro otro episodio parecido a este cuando el/la nuevo/a ministro/a publique el diseño de las pruebas antes del 30 de noviembre. Va a ser divertido cuando los chavales sepan por fin de qué van a examinarse y cómo después de tres meses de curso. Y aún faltarán las instrucciones de cada comunidad autónoma...
   En ningún estado medianamente razonable, como le gusta decir a Rajoy, puede un estudiante empezar un curso sin saber los criterios de evaluación. Pues ahí estamos nosotros, con dos cojones, poniéndolos en diciembre. Y los profes, admitiendo semejante desvarío, no podemos ser sino cómplices. Aunque luego no pasará nada. Casi todo el mundo aprobará como siempre y santas pascuas.
   Claro que, en ningún estado razonable habría políticos de tres partidos distintos adjudicándose el mérito de una decisión tomada hace tres meses por el ministro y recogida ya en el decreto de primaria y en la propia LOMCE.

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   Iré a clase una vez más, mañana mismo, abrumado por una situación tan vergonzosa; impotente, indignado y algo rabioso. Sé que para llegar aquí he hecho tanto como la mayoría de mis compañeros, que me he fijado en las tareas a corto plazo y me he olvidado de ver más allá. Qué complicado plantearse cualquier otra cosa, ¿verdad? Seguimos un ritual tan establecido... Timbre, puerta, patio, sala, pizarra, ordenador, libro...
   Al menos ayer los chavales faltaron a clase. A lo mejor llegan a plantearse medidas diferentes y llegan más lejos. Seguro que más que los profes y sus sindicatos. A poco. A alguien le escuché que se planteaban dejar todos los exámenes en blanco. Me encantaría. Sería precioso. Un 0 para todos. Hasta para nosotros.


jueves, 27 de agosto de 2015

Refugiados vs. inmigrantes

   Da vergüenza el cinismo de los grandes medios de comunicación, que ni en cuestiones morales básicas (o de derechos humanos, como se suelen llamar) contemplan unos principios.
   Hoy, ayer, esta semana y tal vez la que viene o incluso durante un mes hay unos nuevos héroes en Europa: los "refugiados" sirios. A la mayoría nadie les ha dado asilo legal, pero ya son refugiados. Tuvieron premio. ¿Por qué? Esa pobre gente ha escapado de su propio país en guerra, de una lucha de poder difícil de reducir a los parámetros habituales, pues ya no sabe uno quién es más terrorista o sanguinario: el gobierno dictatorial, quienes se opusieron a él o los que después fueron conquistando medio país aprovechando la coyuntura, el ejército del Estado Islámico. No estamos hechos a entender de guerras a tres bandos (o más). Los medios de comunicación lo entienden aún peor.
   Es terrible ver cómo una revuelta contra un gobierno injusto acaba transformándose en excusa para que insospechados ejércitos intenten asaltar el poder o, en su defecto, sacar provecho de la situación provisional de caos para enriquecerse, financiarse e imponer su propia ley. Véanse Egipto, Libia, Siria...
   No estoy suficientemente informado como para tratar estos despropósitos. Por eso me quiero centrar en las noticias recientes sobre sus víctimas. Su situación es tan alarmante que al menos merecen esa palabra de consuelo: refugiado. No como otros de quienes ni siquiera debemos compadecernos.
   Supongo que no soy el único que ha notado un replanteamiento del punto de vista en las noticias sobre los sirios que escapan de su país en las últimas semanas. En este caso se ha impuesto el tratamiento de "refugiados", mientras que antes eran tan inmigrantes como los demás, es decir, igual de despreciables. No es una cuestión léxica. De alguna manera alguien ha decidido que esa gente tiene derecho a huir de su propia guerra, pues sería injusto que fueran asesinados como otros vecinos suyos por los malos malísimos del cuento: los islamistas perversos que hacen bueno al dictador que hace meses era un tirano. Hay ejemplos del uso de la palabra en El mundo, ABC y la inmensa mayoría de medios de comunicación, si bien El país intenta ser más preciso y habla de "refugiados e inmigrantes" en el cuerpo de la noticia.
   Aún hay más; la portada de hoy de El mundo convierte a los sirios en desterrados en busca de redención, víctimas de un sacrificio sin artífice. Aquí la tenéis: 

Atención a la metáfora y la composición en plan Sagrada Familia

   En cualquier caso, todas las palabras e imágenes que recibiremos como público en las próximas semanas redundarán en la miseria y la desgracia de las víctimas, en sus penurias, sus esfuerzos, su odisea, su coraje... En algún momento, también, se hablará de lo hospitalaria que es la UE, Alemania incluida, de que el problema humanitario, etc. Pero nadie tratará de arreglar nada, de averiguar causas y razones, de buscar soluciones a un país donde ya solo quedan las ruinas de las ruinas. Triste, ¿verdad? Prensa amarilla, en el fondo. Puro dramatismo. Cero análisis. Caridad, sí; de solidaridad, nada. La solidaridad implicaría sentirse iguales a ellos, concebir sus derechos como tuyos. Es mucho pedir.
   Además, todo esto va a suceder mientras sigan apareciendo en los titulares y en la redacción de los mismos medios escritos o audiovisuales los "inmigrantes", esos otros que se van de su país por capricho. Pues no, no todos los que emigran tienen derecho a hacerlo. Tendrán que recordar cada día que hay emigrantes buenos y malos, regulares e irregulares, ricos y pobres, víctimas de la guerra o ambiciosos portadores del ébola con alma demoníaca.
   ¿Quién juzga esa diferencia? ¿Quién se siente con la soberbia suficiente como para decidir si es justo que alguien escape de la guerra o del hambre, de la pobreza o de la represión? ¿De verdad los medios de comunicación y las instituciones de Europa deben decidir sobre eso? ¿Nosotros lo hacemos? ¿Lo hicimos (juzgar o emigrar, para el caso es lo mismo)? 
   Este mundo de la ribera norte del Mediterráneo lleva siglos adjudicándose una superioridad moral inaceptable. Y lo peor es que sigue funcionando así, sin rubor ninguno.
   Mientras los sirios se hacinan en las fronteras del este hasta llamar a la puerta del señor Schengen o atraviesan penosamente Turquía, otros, mucho peores personas, se quedan sin tarjeta ni recetas para ir al médico incluso cuando viven y pagan su IVA aquí, se pegan contra una valla de siete metros, desembarcan en pateras o se ahogan en tierra de nadie, mejor dicho, en el mar de todos, que es lo mismo.
   Mira tú, hasta en la miseria y la desgracia hay clases, como ya mostraban las novelas realistas del s. XIX. Si te tocó ser más oscuro o pasar por determinada frontera o llevar determinado pasaporte alguien decidirá por ti si es aceptable que estés escapando de tu propio país, ya sea Senegal, Libia, Mauritania, Nigeria, Siria, Marruecos o Mali. Si tienes suerte, alguien será caritativo contigo. Pero, en cualquier caso, lo que no debes esperar de los maniáticos de las fronteras es justicia. A tal nivel de cinismo han llegado estas sociedades con dinero.

viernes, 13 de febrero de 2015

Travajar / Vibir

Cuántas horas gratis de mis 17, 18, 19 años;domingos y feriados y Semanas Santas, trabajando a full, regalando horas en pos de un progreso de empleado, en pos de un crecimiento empresarial que nosotros nunca veíamos. [...] Yo siempre dije a todo que sí, sí, qué me costaba quedarme tres o cuatro horas gratis después de horario y ver qué pasaba. Había que quedarse, era el auge comercial, todo el país consumía sin parar como un monstruo comilón de porquerías hasta que obeso, empachado, explotó manchándonos con su mierda nuestras vidas. ¡Ya les dije, qué iba a hacer! Estábamos todos en la misma.

Washington Cucurto, Las aventuras del Sr. Maíz
 
 
1

   Demasiadas veces nos dejamos llevar por ideas preconcebidas. Usamos en nuestra vida cotidiana un enorme bagaje de conceptos generalmente aceptados, asimilados o impuestos porque resulta imposible pararse a pensarlo todo con detenimiento y porque nos han enseñado así nuestras familias, amigos, compañeros, profesores y, por supuesto, las instituciones sociales y los medios de comunicación. Uno no suele pararse a pensar de qué habla en realidad cuando se refiere al sexo, el dinero, la maldad, el arte, dios... O el trabajo. Y mucho menos ahora que la filosofía está siendo apartada de la educación. Simplemente aplicamos los parámetros adquiridos y a otra cosa.
   Afortunadamente, el significado virtuoso de la palabra especular (no el mezquino) es un sinónimo de filosofar. Así que hagamos el esfuerzo y practiquémoslo.
   ¿Qué es el trabajo? ¿Es bueno? ¿Qué significan tantas horas cubriendo un puesto en determinada empresa? ¿En qué consiste un salario? ¿Es justa la remuneración? ¿Es deseable?  ¿Y la jubilación? ¿Y el paro?

2

   Salta a la vista que las personas nos ocupamos en muchas cosas. Realizamos multitud de actividades (no necesariamente físicas) que consideramos necesarias y otras que, de alguna manera, no. Esta diferencia podría servir para separar los trabajos del ocio.
   En principio todo esto no supone un problema, a no ser que haya ciertas actividades que uno no sepa, pueda o quiera realizar. Entonces hay que organizarse. Y, claro, ha habido muchas formas diferentes de llevar a cabo este propósito. Pero ¿qué ocurre con los trabajos en una sociedad mercantilizada? ¿Qué pasa en realidad cuando uno cobra por lo que hace? ¿Cómo se mide ese dinero?
   No quiero restringirme aquí, como veis, a una definición puramente económica, sino intentar destacar cómo esta ha invadido su dimensión antropológica. Dicho de otra manera, resulta que solemos entender el trabajo como un empleo. Y como el empleo es una necesidad acuciante (salvo para los rentistas), suele seguirse el refrán haciendo de la necesidad, virtud. Así que acaba por sublimarse la idea de que tener un empleo no solo es bueno, sino lo mejor que te puede pasar y lo único a lo que debes aspirar. Al menos, hasta que tengas la edad suficiente (si es que llegas). Y seamos sinceros: la inmensa mayoría de los empleos no satisfacen a los empleados, ni, por supuesto, les hacen felices (si alguien quiere un bonito ejemplo literario aquí tiene los Poemas de la oficina, de Benedetti).
   La paradoja es curiosa, pero terrible. En el sistema capitalista, que necesita del desempleo para contener los salarios por aquello de la oferta y la demanda de la fuerza del trabajo, el empleo acaba resultando casi un privilegio y, en ocasiones, una condena. Se puede entender que en las circunstancias actuales cualquiera que cobre pongamos el doble del salario mínimo sería un privilegiado. Se puede considerar que el trabajo en una fábrica textil asiática es un callejón sin salida muy similar a lo que le ocurría a cualquier obrero europeo hace cien años, un trabajo de esos que no puedes dejar porque te proporciona el dinero justo para el inmediato futuro que solo podrás vivir si sigues dejándote la piel para que otros ganen y tú te quedes como estás. Sí, lo habéis pillado, las dos son estrategias para sostener el sistema y maximizar beneficios: que unos vean que los hay que aún están peor y que otros cubran el puesto por mera supervivencia, no vaya a ser que se les ocurra que el reparto no es justo.
   Lo mismo podría decirse de la jubilación, que en el discurso económico predominante se considera un lujo, un privilegio e incluso una especie de capitulación, un signo de vagancia y debilidad. Como si jubilarse, que ya etimológicamente significa liberación, supusiera dejar de hacer cosas mucho más gratificantes. O como si fuera deseable estar empleado toda la vida. Supongo que quienes razonan así no se habrán pasado un par de décadas reponiendo baldas de supermercados.
   Y todo esto, para colmo, décadas después de que las Naciones Unidas aprobaran que el trabajo (es de suponer que se refieren al empleo) es ¡un derecho! Eso sí que es darle la vuelta completa al calcetín. Visto así, casi que los empleos miserables son deseables porque están garantizándote un derecho. Tócate los pies.


3

   Después de un par de siglos de implantación paulatina de este sistema la sociedad ha asumido de forma bastante sorprendente estos principios: cada persona debe tener una profesión; conseguir un empleo es indispensable para obtener dinero; el trabajo de uno es una contribución necesaria para la sociedad; hay que elegir los estudios en función de las salidas laborales; el trabajo produce beneficios; los puestos se distribuyen según el mérito (y los sueldos); el trabajo se mide, se cuantifica, se factura (en horas, jornales) y un largo etcétera. De ahí su éxito.
   Sin embargo, hay multitud de situaciones que los contradicen, incluso en un mundo como este, comercializado hasta la saciedad. No todo acaba con el ánimo de lucro. Pensemos en tantas tareas que se hacen en casa, en el tiempo que se pasa con los familiares, los conocidos o los vecinos, en cómo se les cuida o educa, en la mayor parte de la ciencia, el arte, la artesanía y los deportes.
   ¿Qué hacemos con todos esos no-empleos? ¿Y con los que son moralmente cuestionables (por basarse en el uso de la violencia, por ejemplo)? ¿Y los trabajos ilegales? ¿Y con los puestos cubiertos por quien no debería trabajar (niños, ancianos...)?
   A demasiada gente se le llena la boca con preceptos como la flexibilidad laboral, la movilidad, la alta cualificación, el éxito profesional, la cultura del esfuerzo, el reconocimiento social, la especialización... Pero en todo esto no hay ninguna preocupación por la forma de vida de las personas, sino por la economía. La dignidad, la decencia o la felicidad quedan fuera de estos planteamientos. ¡Ay, la explotación, esa vieja palabra olvidada!

y 4

  Esa dicotomía absurda de "trabajar para vivir o vivir para trabajar" queda francamente en evidencia si consideramos las actividades humanas fuera del intercambio comercial. Pensar que cada persona se define por su empleo (aunque lo odie) es una reducción malintencionada. Creer que ese empleo es la única forma de vivir dignamente, una aberración.
   Para quien tenga estómago suficiente recomiendo ver unos minutos del programa más visto de los miércoles. En él unos empresarios siempre virtuosos controlan con cámaras el trabajo de unos empleados que acaban llorando bien porque su jefe acaba recompensándolos, bien porque los acaba despidiendo. Se me hace difícil imaginar una situación más denigrante ni un mayor ejemplo de banalización.
   Pero la costumbre no embellece ni sostiene la flagrante injusticia del reparto de salarios, de beneficios o de poder. Solo la disimula.
   Para no caer en ella, pensemos: en cómo, cuánto, por qué, para qué y para quién trabajamos. Y, por supuesto, en cómo esto afecta al resto de nuestra vida. No son preguntas cómodas. Nunca lo fueron, pero evitarlas solo ayuda a quien pretende controlarnos.
   Está claro. Ya lo dijo Albert Pla: hay que organizarse.

Dumpinnicaragua

lunes, 19 de enero de 2015

Bajo el ruido de los disparos

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.

Roque Dalton

1

   Estas dos últimas semanas las hemos pasado en los medios mainstream, telediarios, radios y periódicos de toda la vida, oyendo hablar de Charlie Hebdo por aquí y por allá como si sus redactores fueran, en términos quijotescos, adalides y campeones de la libertad y los valores "occidentales". Pero cuídate de quien te halaga, sobre todo después de haberte despreciado durante tanto tiempo. Vergüenza dan tantas y tantas alabanzas de quien nunca comprendió sus bromas ni compartió su forma crítica e inteligente de mirar la realidad. Acordaos de la zorra, el cuervo, etc.
   Sin embargo, como esos tipos de la revista francesa son dibujantes, artistillas, pero no tontos, les dio por decir, otra vez, incluso después de muertos, cosas bastante incómodas. Por supuesto, hasta para ellos mismos, como el título y la portada que ya todos conocéis. La ironía, siempre, tan cervantina ella, empieza por uno mismo. "Parece que no han aprendido", debieron pensar, en el fondo, los Hollande, Merkel, Obama, Cameron y, en definitiva, cuantos se tragan, difunden o fomentan el discurso oficial, que desprecia profundamente las virtudes de esta y otras publicaciones: inteligencia, crítica, irreverencia, libertad..., tan revolucionarias como inasumibles por el propio sistema que nos rige, que debe marginarlas para continuar.
   Mientras toda la élite europea está pensando en vengarse de los asesinos (y hechos no faltan para corroborarlo) estos infames dibujantes no quieren participar de semejante desatino irracional. Recordemos que si algo tiene de bueno la tradición republicana francesa es, desde Voltaire, la manía de pensar las cosas sin poner a dios, a cualquier dios, al principio, por medio o al final de dicho razonamiento. Sin embargo, hasta el mismo Papa, tan campechano, ha dejado ver que, en realidad, por mucho que quieran aparentar los gobiernos del mundo "libre" (risas), ninguno defendería a los cómicos si en vez de caricaturizar a Mahoma los hubieran asesinado por dibujar un cristo o un príncipe follando o a cualquier presidente degollando extranjeros. Pregunten si no a Pasolini, Scorsese o Saramago, blasfemos también con muy diferente resultado.




2

   Me molesta muchísimo esta actitud tan hipócrita, sobre todo porque en buena parte procede de quien se supone que debe analizar la realidad actual de forma crítica para que los miembros de una sociedad puedan pensar con libertad y juzgarla construyendo su propio criterio: los periodistas.  Esos mismos tan sorprendidos de que el mensaje de la portada más reciente de Charlie sea irónico y ambiguo, ofendidos por no tener claro qué decir, por no poder reproducir un comunicado, porque el propio dibujante asegurara sencillamente que interpretarla es el trabajo de cada lector (periodistas incluidos). Ellos son quienes primero deberían cuestionarse las actitudes y declaraciones de los poderosos.
   Cuando quienes se otorgan el derecho y el deber de la transmisión de información banalizan, prejuzgan, ocultan, simplifican, generalizan, son parciales o interesados pierden toda autoridad y carecen de sentido. Al desinformar se convierten en instrumentos de alienación. No es, por supuesto, nada nuevo. Lo que no impide que aumente la rabia de quien presencia cotidianamente tanta falsedad.
   Porque, en fin, el periodismo puede resultar tan mezquino como para vivir instalado en la hipocresía, alimentándonos de disparates supuestamente racionales que transmiten una imagen manipulada del mundo.

3

   No quiero llenar esta entrada de citas sobre la utilización simplista y partidaria de estos días de conceptos morales y religiosos como la libertad de expresión, la ofensa, la blasfemia, la justicia o el derecho ni de su postura acrítica sobre los hechos y declaraciones de los gobernantes. Cualquier noticiario, informativo o titular valdría. Comprobadlo.
   Pero hay mucho más. Acordaos, por ejemplo, de la "simpática" campaña del Secretariado Gitano sobre la estigmatización prejuiciosa de su pueblo. Algo que la mayoría de medios presentó como una trivialidad, sin extraer una pizca de autocrítica.
   Pensemos también en otros pueblos estigmatizados: los extranjeros, esos emigrantes por los que ningún titular siente empatía alguna mientras están vivos, tan amables cuando son compatriotas en paro volando a los cinco continentes, tan indeseables cuando asaltan vallas fronterizas, escupen ébola, se quejan cuando son recluidos por no tener la documentación en regla o trabajan en negro. Tanto han retorcido el significado de la palabra que inmigrante y delincuente resultan sinónimos para según qué redactor, como en la reciente noticia de la muerte de un policía en la estación de Embajadores, en Madrid, cuyo texto, claramente extraído del informe policial, es grotescamente desmentido por las imágenes.
   Pensemos en cómo cada palabra utilizada justifica el sistema económico, político y social en que vivimos, en cómo legitima las injusticias. La lista es interminable: rey, deuda, banco, trabajo, pensión, líder, elecciones, juzgar, terrorismo, policía, constitución...
   Trampas a la razón y robos al pensamiento que siguen ocurriendo continuamente. Palabra a palabra el periodismo de masas intenta corregir nuestro lenguaje para que la moral antidemocrática, patriota, xenófoba y capitalista nos cale.
   Afortunadamente, aún conocemos a gente (y seguro que son más de los que creemos) que dedica mucho tiempo a lo contrario, que rebusca a contracorriente en cada palabra y cada imagen un significado sobre el que poder pensar con libertad, sin condiciones. Como los redactores de Charlie Hebdo o como sus admiradores, estos insensatos viñetistas que montaron su propia revista hace unos meses porque no les dejaban dibujar ciertas cosas sobre el jefe del estado.




lunes, 24 de marzo de 2014

El prócer

Prócer: Persona de alta calidad o dignidad.

Un país entero está llorando a su prócer y todos los ridículos honores que se le puedan rendir son insuficientes.
Por primera vez una parafernalia semejante se pone en marcha en la Hespaña de las generaciones del boom y del paro. La demostración es anticuada e impresionante. La liturgia, perfecta, incluye candelabros dorados, niños recitando versículos de los santos evangelios de la transición, periodistas abrumados, agradecimientos populares, flores en las rotondas, salvas de artillería, poderes fácticos compungidos y muchos, muchos lugares comunes.
Por primera vez semejante ceremonia. Y por última.
Ha muerto el héroe, el primero, el único indiscutible. Al principio fueron el rey y Suárez, que se hicieron carne y acamparon entre nosotros. Después, ya se sabe, el pueblo traicionó a sus próceres y deambuló por el desierto, fue esclavizado, rescatado, creyó en dioses falsos...
De hecho el propio rey se hizo Caín y se manchó. Los homenajes no borrarán su estigma.
Pero el principio, ah, el principio permanecerá siempre puro, inmaculado. Y al principio fue Adolfo Suárez, que bajó de la montaña con la constitución impresa en piedra y fuego, imborrable. Él lo hizo todo, pues todo estaba por hacer. Construyó este magnífico templo, elevó hasta las alturas el inmenso trampantojo. Y lo hizo solo, piedra a piedra, obstinado como Cristo ante todos los que dudaban de él.
Ahora nos recuerdan que no debe pasar un solo día sin que se lo agradezcamos. Puedes dejar de creer en dios, pero no te olvides de rezar a Adolfo Suárez, pues la vida misma le debes. Amó inconmesurablemente este país donde ahora te hundes y tu desgracia actual lo hace aún más grande.
Lo sacrificaron porque los héroes no pueden tener finales felices, pero la palabrería hueca de estos días nos reconforta. ¿Qué sería de nosotros sin panegíricos, estatuas, monumentos, dioses o esperanza?
No, no es retórica. Responde: ¿qué sería?
Adolfo Suárez González

lunes, 28 de mayo de 2012

Policías y Periodistas (que nunca estuvieron allí)

TIROS Y OTRAS BARBARIDADES

   El simple hecho de que un policía municipal haga uso de su arma, apuntando a varias personas y disparando al aire en una calle de escasos tres metros de ancho es más que alarmante. La acción tiene su origen en el intento de detención de alguien que estaba vendiendo en la calle sin permiso, tal y como ocurre en multitud de lugares, mercados y mercadillos sobre todo. Evidentemente no parece justo ni proporcionado (palabra muy importante en el reglamento policial) que agentes de paisano persigan denodadamente a esa persona, la fuercen y la apresen, ni menos aún que ante la protesta de quien parece un conocido suyo y otros compañeros los amenacen y apunten por mucho que uno de ellos, uno solo, llegue a golpear al policía con una zapatilla. Como he dicho, es espeluznante y terrible. Pero no quiero quedarme ahí.
   En Lavapiés especialmente, pero en todo el centro de Madrid, las policías (municipal y nacional) llevan años aumentando progresivamente el acoso a sus habitantes mediante desalojos de lugares públicos, redadas racistas o detenciones y controles absolutamente arbitrarios. Está claro que para ellos el centro de Madrid es una plaza fuerte que hay que defender, un símbolo que conquistar a las malas gentes: vecinos, asociaciones, colectivos culturales, inmigrantes que "parecen" ilegales porque son negros o asiáticos o...
   Muchas de sus tácticas son francamente ilegales, pero en todas sus acciones hay una coincidencia fatal: su versión de los hechos, la de sus atestados e informes, llega sin filtro alguno a la mayoría de medios masivos de comunicación, sobre todo portales de noticias y periódicos, tanto digitales como tradicionales, que los publican sin contrastar. A esto se suman, para colmo, las denuncias por agresiones a los propios detenidos y las mentiras flagrantes sobre las causas de su detención, que son las únicas valoradas por los jueces, pues tienen presunción de veracidad.

EL CONTUBERNIO

   Se impone, pues, analizar cuál es la verdadera postura de los medios cuando se producen este tipo de hechos en los que se ve implicada la "fuerza del orden", ya que un buen ejercicio del periodismo se basa en la objetividad a la hora de relatar, el contraste de las fuentes, la investigación de campo... Y precisamente en estos casos de detenciones, identificaciones, manifestaciones, cargas y controles el buen periodismo brilla por su ausencia.
   Y ¿por qué será? Puede servirnos para ello el análisis, muy agudo, que hace Ignacio Ramonet de la agonía del periodismo en estos últimos años (La explosión del periodismo; Clave intelectual, 2011). Resulta que uno de los rasgos del periodismo actual es su falta de crítica al poder, ya que está "en permanente complicidad y consanguinidad con la clase política". El periodismo se ha hecho ritual, previsible e inofensivo y es recompensado por ello. Ha perdido la capacidad de convertirse en un contrapoder. Además, entran en el contubernio lo que él llama las tres P: policía, políticos y periodistas. ¿Una consecuencia? Censura con apariencia democrática (pág. 54). ¿Otra consecuencia? Esas prácticas están haciendo que su credibilidad se hunda, ya que los ciudadanos descubren su pervertido método gracias a otros medios de comunicación menores o alternativos o incluso por mensajes de gente conocida (incluyo una entrevista a Ramonet en el siguiente enlace, a partir del minuto 12 aproximadamente).


 
NUNCA ESTUVIERON ALLÍ

   Pero volvamos ahora al espeluznante caso que nos ocupa, la noticia del mediodía del domingo 27 de mayo. ¿Cómo han reflejado los medios un hecho tan grave e insólito?
   El propio buscador Google de noticias te advierte al realizar la búsqueda que hay varios artículos pero que no merece la pena leerlos porque se parecen demasiado. Aunque, si quieres, pulsas y te los lista todos. La búsqueda daba ayer 12 resultados y hoy, 52, pero mañana serán más. ¿Qué ocurre entonces? Pues que hay muchos medios, sí, muchas maneras de acceder a una misma información. Esta abunda, pero repetida hasta la saciedad. Es lo que Ramonet conoce como "información contaminada" (págs.66-68).
   Y claro, las noticias se parecen porque ningún periodista estuvo allí ni puede contarlo, así que los medios usan todos una misma versión procedente de una agencia, EFE en este caso. Pero ¿de dónde sale la versión de EFE? Pues de "fuentes municipales", es decir, del atestado o informe que los policías elaboraron. De ahí que aparezcan clonadas las noticias de La Razón, El Correo y un largo etcétera. En todas ellas se mencionaba que había un detenido y que los agentes habían sido agredidos.
    Hasta aquí nada extraño, pues los medios suelen publicar como ciertas todas estas transcripciones de los atestados o comunicados de la policía. Nada raro, salvo que El País publicó que fue la Asamblea Popular del barrio la que protestó y agredió a los policías, noticia que ya no aparece obtenida de EFE sino firmada por FJB. Podría suponerse que este medio era el único que cubrió verdaderamente la noticia y obtuvo la información de manera directa. Podríamos pensarlo, hasta que lo contrastamos con las imágenes de la realidad, obtenidas por ABC, de las que deducimos que, evidentemente, FJB no estaba allí:




   Gracias a este vídeo podemos tener una noticia exacta de lo ocurrido, ver la reacción de la persona que intenta agredir al policía porque pierde los nervios o está desesperada y comprobar la presencia de unas cuatro o cinco personas más que los insultan y otro par que pasaban por allí. También se ve cómo el mayor peligro para la policía habría sido llegar a recibir un golpe y la desproporción y nerviosismo con que actuaron.
   Pues bien, aun así las noticias que se pueden leer ahora sobre el suceso intentan desmentir a las imágenes. En La Razón hablan de "decenas de personas de rasgos subsaharianos" que "llegaron en segundos como salidos de debajo de las piedras" (temblad, ciudadanos, son hordas negras), palabras que me abstengo de comentar pues se califican por sí solas.
   En Libertad Digital o Madrid diario se miente descaradamente sobre el vídeo y se habla también de "decenas de personas", así como en El Mundo, que lo relaciona con la ocasión del verano pasado en que los vecinos consiguieron, ocupando la calle, que una redada racista se suspendiera (algo que, evidentemente, no tiene relación alguna), como también hace 20 minutos. Mientras, algún otro intenta elaborar una redacción más detallada y menos servilista, aunque no cita el vídeo del que extrae la foto.
   E incluso después de todo esto, el caso más grave y llamativo sigue siendo el de El País, que publicaba así la noticia firmada por FJB (el hombre que nunca estuvo allí, recordemos):
https://twitter.com/ffynnongarw/status/206865121547526144/photo/1/large
   Vamos, que como ha aparecido en algunos blogs y pequeños medios horas después, el periodista se inventa una agresión de los miembros de la Asamblea Popular del barrio, datos que añade al mismo informe que reproducen sus colegas. Una vez publicado el vídeo en ABC, el hombre que nunca estuvo allí no tuvo más remedio que rectificarla y citar esta nueva fuente. Y ¿a qué se debe esta maniobra? ¿Por qué no conformarse como los demás con publicar sin contrastar la versión policial? ¿Afán de protagonismo? ¿De ganar la mano a los otros? Tal vez sea el exceso de celo de defensor convencido de la ley y el orden, como lo demuestra el hecho de que la policía lo condecorara recientemente por su trabajo al difundir sus actuaciones. Sí, el mismo FJB, Francisco Javier Barroso, el hombre que nunca estuvo en el lugar donde sucedieron las noticias que redacta. ¿No es sospechoso?

NO BASTA

   Sé que he sido prolijo, pero creo que esta vez era necesario para partir de un punto de vista suficientemente documentado. En cualquier caso, debe agradecerse, y mucho, el valor de la persona autora del vídeo difundido, única prueba de lo que realmente ocurrió (ya que cualquier otro testimonio sería desestimado). Es también reflejo de un importante cambio en la información que menciona Ramonet en su ensayo: donde no llega el periodismo tradicional por su cerrazón o incompetencia, su puesto es reemplazado por informantes espontáneos. En los últimos años su papel está haciéndose imprescindible, como el de los medios que sí están realizando la cobertura de hechos de este tipo. 
   Sin embargo, la gravedad de situaciones como esta es imagen de un sistema corrupto e inmoral contra el que no basta que un día, por casualidad, suerte o audacia, pueda desmontarse el entramado de mentiras a partir de un vídeo o una foto que alguien pueda enviar o colgar en la red. Porque ¿pueden consentirse la publicación continua de información no contrastada, la manipulación racista, la imprecisión, la arbitrariedad? ¿Pueden no sentir vergüenza los autores de semejantes despropósitos? ¿Pueden seguir ejerciendo esta profesión? Y los policías, ¿serán sancionados o juzgados por sus mentiras? Y si lo son ¿serán indultados?

jueves, 16 de junio de 2011

Un palo entre los radios

   La expresión no es mía. He leído algo parecido en el blog Carnet de paro. Se refiere a que el movimiento 15M está consiguiendo trabar el mecanismo de propaganda que disponen los medios masivos y que tergiversan sitemáticamente la realidad, sobre todo cuando no llega por los canales a los que están acostumbrados y que les sirven directamente en el plato.
   Desde luego no se trata de algo fácil. No hay más que echar un vistazo a los informativos de televisión y los periódicos de los últimos días: los mismos cortes de un ataque a los furgones policiales se repiten hasta la saciedad y no aparece ni siquiera una imagen de una sentada que duró más de doce horas. Por supuesto, no se hace mención al propósito de la movilización y mucho menos a la actuación de la policía secreta infiltrada entre los manifestantes.
   No se puede esperar que los medios masivos den un trato justo y equitativo. Hemos visto ya muchas veces cómo describen las huelgas como actos violentos y sin sentido o cómo desacreditan cualquier movilización en cuanto se producen altercados. Los análisis de los problemas de la sociedad actual son muy superficiales y nunca llegan al fondo del asunto. Nunca se pronuncian contra injusticias que avergonzarían a los grupos de comunicación que los mantienen: la falta de vivienda y la especulación con ella, la pérdida de derechos laborales, la precarización de los servicios públicos, la desigualdad económica que crece en progresión geométrica... Nunca se analizan sus posibles causas ni medidas alternativas a las que proponen PPSOE, BM, FMI, UE, G20 y un largo de etcétera de siglas que representan a la oligarquía de los negocios, la nueva aristocracia que hay que tumbar. 
   Demuestran una gran cobardía con esta actitud, de tal forma que una noticia espeluznante como la visita del presidente del gobierno a Kazajistán acompañado por grandes empresarios se convierte en algo que celebrar. Importa menos que esos empresarios no generen empleo ni riqueza en su propio país, utilicen como comercial al listillo de ZP, que cobra dietas de nuestros impuestos (porra para ver en qué consejo de administración acaba el año que viene), y exploten a los trabajadores de otros por no ser capaces de hacer disminuir sus beneficios (ni hablemos de asumir pérdidas).
   Tampoco está de moda tocar temas sensibles, como la culpabilidad demostrada del presidente de Telefónica en un delito económico (prescrito) o la que se acabará demostrando (también después de haber prescrito; seguro) de Emilio Botín, Carlos Fabra y otro largo etcétera de millonarios. Prefieren que no sepamos, que estemos tranquilos, no vaya a ocurrírsenos cualquier idea descabellada. Como averiguar la verdad y difundirla, por ejemplo.
   Y más aún: ¿alguien ha visto en algún medio nacional información sobre la protesta del domingo contra el pacto del euro o sobre las medidas económicas que ese pacto va a suponer? La búsqueda en Google deja pistas claras: más allá de la información local solo Qué y 20 minutos lo han hecho. Al resto de prensa, radios y televisiones está claro que no les parece un tema interesante.
   Sin embargo, hemos crecido. La gente no es tonta: toma fotos, graba imágenes y edita vídeos. Sabe cómo compartirlos. Escribe mensajes y blogs. Y así consigue llegar a miles de personas. Para convencer al resto ya solo queda la calle. Cualquier persona que no ostente un cargo o no tenga una posición de poder solo dispone de dos medios claros para pronunciarse: un ordenador y la calle. Es ahí donde se puede meter un palo entre los radios para detener la rueda que nos aplasta.
   Va a costar mucho vencer la inercia. Hay que dar pedales hacia atrás hasta romper la cadena. La oportunidad más cercana está aquí mismo. Es este domingo. Yo no me pienso quedar en casa.

sábado, 19 de marzo de 2011

Arriba, abajo, izquierda y derecha

   Nada que ver con el supersticioso signo de la cruz. El miércoles estuve en Málaga en la presentación de la nueva novela de Rafael Reig, que ha ganado el Premio Tusquets y acaba de publicarse. El acto fue muy sencillo y casi familiar. Resulta que al comentar algunos aspectos de la trama de la novela (ese mundo de acciones y personajes levantado apenas con palabras) destacaba un significado político. Él mismo lo reconoce y relata aquí.
   Aún me quedan tres cuartas partes por leer, así que no voy a hacer ahora un análisis de ese ni de otros posibles significados. Solo quiero constatar varias inquietudes compartidas durante (y después) de la charla, que, desde luego, fue bastante fructífera y duró más de hora y media.
   La primera es bastante evidente: el arte, la literatura en este caso, tiene intrínsecamente un significado político, incluso por defecto. Son palabras públicas y, por tanto, nunca puede esquivarla completamente, aunque alguna vez lo pretenda. El autor escoge cada palabra, acción o emoción, y sería ingenuo pensar que su elección es fortuita.
   La segunda está relacionada con la historia reciente de España. Es evidente que la evolución de nuestra política desilusiona a un buen número de ciudadanos que, además, rebuscando en los anales, se están dando cuenta de que la nuestra es una democracia construida a base de renunciar a muchos principios; de que el relato (o cuento) de la transición democrática y el fin de la dictadura, que hace poco parecía tan bonito, tiene mucho de chapuza, de cambios de criterio y de conformismo.
   La tercera es que el estado de las cosas en el que nos movemos requiere verdaderos cambios y que quien los propone desde una perspectiva de izquierda, es decir, de igualdad y justicia, se topa con un entramado preparado para obviarla. Ese entramado empieza, por supuesto, por los medios de comunicación, que, como los artistas, también son intrínsecamente políticos, ya que escogen temas, hechos y perspectivas a la hora de informar. Desde luego en la mayoría nunca aparece cuestionado, por ejemplo, el reparto actual de riqueza (que es poder).
   El panorama, visto así, desilusiona a cualquiera, pero Reig recordó, al hilo de una viñeta de El Roto, que si bien los medios y el establishment político pretenden anular la diferencia entre izquierda y derecha, no van a poder ocultar la que se está ampliando entre arriba y abajo. Seguimos divididos en clases y condicionados por el dinero: los de abajo se mueren antes, viven peor, trabajan más, disfrutan menos y sufren para sostener el edificio. Los de abajo, como la famosa novela de Mariano Azuela sobre la Revolución Mexicana.
   Esta es la viñeta. Impagable. Dura y seca como un buen bofetón en el que se lanza un guante.


    A ver quién se agacha para recogerlo.
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