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lunes, 15 de mayo de 2017

Un 15M pasado y otro por venir

En la experiencia del absurdo, el 
sufrimiento es individual. A partir
 del movimiento de la rebeldía 
cobra conciencia de ser colectivo, 
es la aventura de todos.
Albert Camus 

   ¿Es el 15M un aniversario que celebrar? Más allá de la costumbre ciertamente inútil de recordar las fechas, ¿tiene sentido?
   Yo, al menos, no puedo dejar de recordar la avenida Constitución de Sevilla abarrotada por grupos de gente que no se conocían. Y, por supuesto, las imágenes de Sol. Cómo nos enterábamos tuit a tuit de lo que ocurría aunque ningún medio estaba allí.  Solidaridad online sería, aunque ahora pueda sonar ridículo.
   A partir de ese día se pusieron muchas iniciativas a andar. Tal vez desordenadamente, pero no tanto como cabría esperar y con entusiasmo. En la plaza del Socorro de Ronda aprendimos bastantes cosas, a pesar de ser unos pocos.
   Lo recuerdo con cariño, sí, pero sé que para otros no significa tanto. Además, la nostalgia y el sentimentalismo no sirven de nada. 
    Repasando mis propias entradas con la etiqueta 15M me encontrado con la historia de estos seis años, puede que mi propia historia. Veo cuáles son los posos de aquella pequeña revolución que generó muchos movimientos, victorias mínimas e importantes.
   Pero, también, cómo las instituciones y los gobiernos se han mantenido en su puesto y han ejercido con paciencia el control necesario sin alterar apenas el plan previsto. Ese plan tan lejano que decía que la economía volvería a crecer en 2015... y que era tan cierto como engañoso, pues escondía cuánto habría que perder para volver a ganar. No eran tan tontos como parecían, ¿verdad? Aún conservan la sartén por el mango. 
   Nuestra sociedad sigue siendo injusta, tanto como el 14 de mayo de 2011, antes de que se hiciera aún más evidente y encontráramos con quién compartir la indignación. No es que haya sido un fracaso, sin embargo. Solo si asumimos las razones que este sistema nos inculca para no pensar la próxima revolución. Esa, siempre, está por venir, como en los versos de Ángel González. Mientras, recordad este cartel: "sin miedo".


sábado, 26 de noviembre de 2016

En contra de nadie; a favor de todos

1
 
   Sabes que eres de un equipo cuando celebras su victoria aunque sea injusta. A veces, incluso, hasta te crea un poco de mala conciencia que se olvida según la necesidad de los puntos en juego. Es que la conciencia, en estos casos, se permite su dosis de arbitrariedad, de irracionalidad. Igual que a la hora de enamorarse, cantar una canción, llorar en el cine o leer un poema. Está bien. No importa.
   Lo que resulta inadmisible, al menos desde el punto de vista filosófico, es que el fanatismo o el relativismo del gusto se extiendan a cualquier actividad. Así, hay quien solo cree a los suyos por ser de su partido, su camiseta, su forma de vestir. Es más, los sigue con fervor, los idolatra.
   Y no hay cosa más estúpidamente adolescente que la idolatría. Todos fuimos sus practicantes en mayor o menor medida, pero no se pueden perpetuar comportamientos de este tipo. Y hoy, especialmente, me parece que estamos lejísimos de la madurez.

2

   No es necesario sentir compasión por la muerte de todo el mundo, pero alegrarse... Lo que sí hace falta es desarrollar comportamientos mucho más valiosos, como la crítica y el razonamiento. Podemos discutir, y mucho, sobre las decisiones de un señor que hasta ayer se llamaba Fidel Castro, pero basta ya de brindis y panegíricos. ¿De verdad somos tan simples? ¿No hemos aprendido nada?
   Parece, entonces, que a los demás debieran importarles nuestras infalibles opiniones sobre gente a la que nunca conocimos. ¿No tenemos otra cosa mejor de la que hablar?
   Si todo vamos a medirlo en followers y haters, más vale que mandemos a la mierda a la civilización. El mundo, ya lo dijo Galdós, está desarreglado, pero desde hace cien años bien se podía suponer un pequeño avance, aunque solo fuera en los términos de la discusión. Pues no, lo que resulta es que ya no hay ni discusión ni términos. Bonito panorama. 

3
 
   La historia de la Revolución cubana o de su Partido Comunista deberá medirse en términos de justicia y según categorías éticas de su tiempo. Sabemos, eso sí, su resultado: este fracaso muy a la larga, de más de 50 años, que siempre ha supuesto el espejo donde el mundo capitalista se ha querido mirar para resaltar sus arrugas. 
   No se puede negar que Cuba es una sociedad mucho más igualitaria que el resto de América (aunque cada vez menos) y suficientemente atendida por los servicios sociales; que no sostiene su nivel de vida sobre la explotación de otros; que ha intentado mantener estoicamente una economía no especulativa contra el criterio de casi todo el mundo, aunque esté haciendo agua. Pero también que es pobre y cada infraestructura o mecanismo costoso ha sido fruto de donaciones, favores poco edificantes o concesiones vergonzantes a esa misma especulación. No se puede ignorar que el sistema ha sido absurdamente cerrado a la discusión o la crítica y que ha tomado represalias que en nada honran los principios de cualquier ideología socialista; que ha mantenido un discurso totalmente alejado de la realidad; que la participación política, incluso a nivel local, ha resultado una farsa; o que ahora es el país del trapicheo y la economía sumergida, donde cada uno se busca las habas como puede, aunque no sea legal. Podéis comprobarlo en películas recientes como estas: Conducta y Esteban. Yo lo he visto.
   Vamos, que la vida allí no es nada fácil y ha obligado durante décadas a los cubanos a mantenerse sobre el filo de una navaja: irse o quedarse, callarse o insistir, cumplir o arriesgarse. Y, en esa tesitura, no ha sido una vida justa. Es posible, sin embargo, que debamos agradecerles el intento de hacer las cosas de otra manera, por mucho que no haya salido mejor que aquí, aunque sí bastante mejor que a sus vecinos de isla.

 y 4

   Pero su historia no es la de Fidel ni la de Raúl ni la del Che, igual que la independencia de 1898 no fue cosa de Martí. Que tuvieran mayor o menor responsabilidad no debería suponer una identificación tan simple. Y que los propios comunistas no renieguen de ella nos da el nivel de su propio comunismo, el mismo que tuvo el arcaico argumentario del propio Fidel.
   El culto a la persona ha llegado a tales niveles que parecemos habernos olvidado de que somos un colectivo. ¡Qué fácil atribuir toda la historia del mundo a una docena de personajes! Como si el resto no hubiera tenido que ver. No quiero ponerme trascendente, pero estamos resultando completamente patéticos. No sé cuál es el porcentaje de culpa de los historiadores, de los periodistas, de los políticos, de los profesores, de los filósofos, de los artistas o de cada hijo de vecino, pero así no hay manera.
   Somos responsables de cada cosa que hacemos o decimos. Y tenemos la obligación moral de pensar cómo hacer mejor la vida de todos. Son unos principios muy básicos que nos estamos saltando sistemáticamente. Y no son fáciles de cumplir porque exigen, sí, razonamiento y autocrítica. Todo lo demás conduce al fracaso que estamos contemplando y que no es, ni mucho menos, el de Cuba. 
   Más allá de este individualismo idiota, en el que hasta los partidos de fútbol los gana un solo jugador, habrá que empezar a plantearse las cosas en serio. A partir de ahí, podemos discutir.

viernes, 19 de junio de 2015

El plan previsto

1

   Hace ya cuatro años de momentos como este, en los que todo el mundo estaba en la calle y no porque quisiera pasear bajo el sol o tomar algo a la sombra. Acababa de hacerse evidente que el sistema político, social y económico se había agotado, pero el poder lo seguían teniendo los mismos. 
   Durante más de dos años se mantuvo esta situación. Las plazas se llenaban. Pero poco a poco el esfuerzo se fue concentrando en propósitos más concretos y cercanos, abarcables. Los triunfos parecen pírricos, pero costaron mucho y significaron más: algunos hospitales, centenares de desahucios, centros sociales, redes de colaboración, un proyecto urbanístico, detenciones...
   No estaba nada mal, aunque esto no hiciera temblar los cimientos de la estructura. Y una legislatura después resulta que cambian gobiernos locales y autonómicos. Muchos con buena intención y algo de decencia, lo cual sorprende en la política a la que estábamos acostumbrados. Algo encomiable, si bien las buenas intenciones no garantizan nada.
   Porque durante este tiempo el PP y el PSOE y otros, sí, pero también la banca, la patronal, la UE y sus lobbys, la élite dirigente de los estados, la ONU, la OCDE, el G7 u 8, el BM, el FMI, los grupos empresariales, la bolsa... continúan con el plan previsto. Y ese plan incluye una revisión de los cimientos de la estructura social, económica y política. Una revisión que conseguirá reforzarlos.
   Siento parecer agorero, pero en gran medida el escenario actual es peor que hace cuatro años. Y no se trata de que circule más o menos dinero o de que trabaje más gente, cosa que hasta algunos economistas ponen en duda. Está claro, por el contrario, de que se trabaja peor y por menos; que se está aún más a merced de los subsidios, la explotación, los abusos, la ilegalidad.

2

   Hay que reconocerlo. Aunque duela. Para salvar a los bancos hubo que hundir a las cajas de ahorros. Hecho. Se acabaron las entidades financieras sin ánimo de lucro, pues. Y ahora saca tu cuenta de esa macroentidad de nombre cambiante si tienes huevos (y si no tienes un préstamo, claro). Y ábrete un plan de pensiones porque la tuya será una mínima parte de lo que recibieron tus padres o tus abuelos. Es un negociazo: lo que tú cotizaste lo ahorra la administración y lo ganan los bancos.
   Para salvar la educación privada había que financiarla y, por supuesto, desprestigiar la pública. Hecho. La LOMCE mantiene el ansia por los conciertos educativos tan obsoletos como la propia transición. Además, promueve equipos directivos serviles, elimina órganos de representación de la comunidad educativa e introduce un cambio de radical de dirección: el propósito es formar a gente que gane dinero y no gente que piense. De ahí la sustitución de todo lo que huela a filosofía o crítica por "emprendimiento"; una salvajada etimológica, un golpe de mando.
   Para salvar la moral había que relanzar los valores religiosos. Hecho. Cabalga como siempre a sus anchas esa rémora llamada asignatura de Religión. Y cuenta para media. Y ahí está relanzada la imagen de las ONG católicas, Cáritas sobre todo, pues al estado le encantan las personas e instituciones caritativas, que asuman sus propias funciones sin cuestionar el orden establecido.
   Para salvar la identidad había que hundir (y esto sí es literal) a los inmigrantes. Hecho. Hay miles muertos; muchos otros detenidos, expulsados o torturados. Y sin rubor, pues ellos no son españoles como dios manda.
   Para salvar a las aseguradoras había que hundir la sanidad pública. Hecho. Muchos acaban por pagar consultas y operaciones que se eternizarían mientras el estado sigue concertando la sanidad de los funcionarios para tenerlos contentos.
   Para salvar el libre mercado había que asegurar bajos impuestos a las empresas y penalizar a los consumidores. Hecho. Sube el IVA, bajan los aranceles, se imponen tratados de libre comercio que acabarán con la forma de vida de millones de personas en Europa. La consagración de la economía, nuestra nueva diosa, y su primer mandamiento: las cosas valen lo que se pague por ellas.
   Para salvar la monarquía había que cambiar al rey. Hecho. Ahora es más alto, más joven, más educado y con idiomas. Quién no lo preferiría. Al menos así lo demuestran todos los minutos que TVE le está dedicando en esta semana en que cumple un año en el trono.

3

   En definitiva, queramos o no se han consolidado los principios que dominan la sociedad: la ambición, el individualismo, el ánimo de lucro, la inversión, la usura, el clasismo, la herencia, la sumisión, la obediencia, la arbitrariedad, el nacionalismo. Habrá nuevos políticos, pero en la misma jaula.
   Por el camino, como tenía que ser, han caído unos cuantos personajes. Unos pasarán algún año en la cárcel, otros simplemente comprobarán que dejaron de tener algunos amigos, que ya no les llaman... Daños colaterales.
   Sé que parece una visión pesimista. Pero tampoco es que estuviera mucho mejor antes. La justicia no cabe, la igualdad es incompatible. No es un futuro halagüeño. Ni lo era. Y a todo esto aún habría que añadirle todas las situaciones de verdadera calamidad por  el mundo que no me atrevo a catalogar. Por vergüenza.
   Puede que, al menos, unos cuantos hayan aprendido cómo reaccionar. Puede ser. Pero no lo hemos hecho los profesores, por ejemplo. Ni muchos otros. Una resistencia demasiado modesta. Cada tanto es inevitable que uno se sienta como este tipo.
   No dejemos de pensarlo, sin embargo. El discurso es viejo y sigue imponiéndose. Hasta ahora. El plan es el previsto, pero no es perfecto.


martes, 21 de enero de 2014

El temporal y el árbol

   No es mal momento, entre la cola y el frente de dos temporales, para hacer diario o, como diría Silvio Rodríguez, un "resumen de noticias":

1

   Miro, veo, escucho y pienso "ya está, consiguieron lo que querían". Resulta que la macroeconomía no para de ir mejor de lo que se esperaba y recuerdo que estamos en 2014. Coño, no se equivocaron, hace tiempo que dijeron que para 2015 o así todos íbamos a seguir jodidos pero estables y que ya si eso se empezaría a notar una "recuperación". Qué jodida es la teoría cuando se confirma. Explota una burbuja, se recoloca el capital, ganan los astutos, un par de trileros van al trullo y a girar la rueda otra vez. Dijeron que con sueldos más bajos; que con peores condiciones; que con menos servicios... Pues todo esto ya pasó y ¿a que no ha sido para tanto? Muchos aún no se dan por enterados. Otros, saben que ya pasó otras veces. Pocos, que no puede ocurrir de otra manera mientras. 
  Dentro de muy poco explotarán viejas burbujas en Brasil y en otros sitios. Y así sucesivamente. El gran capital aprieta pero no ahoga, tira de la cuerda todo lo que puede. Pero no mata. Al menos aquí, que estamos del lado bueno del muro, digo del Mediterráneo.

2

   Leo. Raciono la lectura de Por el bien del imperio, de Josep Fontana. No conviene atracarse porque cada capítulo es un puñetazo y hay que recibirlos entero, de pie, consciente. Su relato de la historia de la segunda mitad del siglo XX es profundamente desagradable, pero muy clarificador, demasiado para este mundo light. No paro de descubrir maquinaciones perversas, planes de guerra estúpidos, cínicas ventas de armas, exterminios, torturas sistemáticas, tráficos interesados y víctimas inocentes, millones que nunca supieron qué pasaba, como nosotros no sabremos hasta que pasen décadas "salvo alguna cosa". Todo dirigido por una panda de arrogantes, no más de 500 tipos en el mundo que se perpetúan como una saga. Perfecto para los ingenuos que pensaban que la última tragedia del mundo había sido la II Guerra Mundial. Últimas raciones: los 80, Líbano y Afganistán. Terrorífico.

3

   Me sorprendo. Resulta que han nombrado la palabra "asamblea" en un informativo y no la han menospreciado. Es el milagro de Burgos. Mientras hace diez días todos daban la cobertura de siempre a las reivindicaciones del barrio de Gamonal (jóvenes encapuchados cometiendo "actos vandálicos") ahora se habla del movimiento vecinal y, aunque sin apoyarla, de su reivindicación de que los detenidos en las manifestaciones no sean denunciados y queden libres de cargos. Están estupefactos. A los ojos de cualquiera, y simplificándolo mucho, ha pasado lo imprevisto y ni siquiera el poderoso aparato de los medios y los partidos se atreve ahora a ponerse en contra de los únicos que en este asunto pueden parecer "los buenos". Además, resulta que saben lo que hacen. Por eso siguen reclamando que las detenciones y las acusaciones de la policía fueron arbitrarias e injustificadas. 
   Y ahora las cámaras tendrán que seguir allí. Fueron a buscar sangre fresca y les vendieron carne cruda. Se temen algo, por ejemplo, que la política ya haya cambiado, que se haga sin ellos. Mientras, los tertulianos se asustan de que algún desesperado rompa cristales y que se siga gritando que "no nos representan". Por mucho que hubieran creído que Luis XVI estaba equivocado, que era injusto, ellos son de los que nunca habrían acompañado a las pescaderas de los mercados de París a asaltar Versalles. Diferencia.

4

   Estudio. Preparo el tema sobre la literatura realista en la segunda mitad del s. XIX. Soy tonto y me conmuevo. Encuentro fotos, por ejemplo, de las barricadas de la Comuna de París. Son tan tristes y encantadoras las caras de aquellos desharrapados que probablemente acabaron muertos. Ahí están los adoquines, las zanjas, los cristales rotos... de hace 140 años. Hoy como ayer. Pero con pañuelos de papel y pantallas, muchas pantallas. Recuerdo a mis alumnos que los revolucionarios de entonces consideraban vital que los trabajadores aprendieran a leer para poder pensar libremente. El que diga que ellos no piensan no recuerda las bobadas que hacía cuando tenía 16 años. 

Barricade Voltaire Lenoir Commune Paris 1871

5

   Pongo música. ¿Para qué servirá la música en medio de tanto asco? Pero este es un disco de Lou Reed comprado en el Village de Nueva York con la romantica idea de que eso significaría algo. Una estupidez. Pero es precioso. Definitivamente, el virtuosismo no es el mejor arte. Me quedo con la sutileza torpe de los que aún no sabían lo que hacían, los que huyeron hacia adelante creyendo que lo que tenían entre manos era bueno sin adivinar por qué.

6

   Escribo. Compongo un par de estrofas idiotas e intento corregir unos versos apurados que salieron de una mañana de hospital. No se dejan. Escribo una entrada en el blog como si se la debiera a alguien que me mira como yo. Escribo en el salón, junto a la chimenea. Me siento culpable.

   Cuando pase el temporal prepararé la tierra para plantar un árbol.

   Bonito verso este.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El dinosaurio

   No sé vosotros, pero desde hace tiempo veo al dinosaurio mantenerse en pie a pesar de todas sus enfermedades e incluso seguir el camino previsto, no tan a duras penas como me gustaría. Es verdad que en los últimos años se han hecho mucho más evidentes sus fallos e incongruencias, pero, bueno, aquí estamos, prácticamente igual.
   Resulta, ciertamente, que la crisis financiera le quitó parte del maquillaje al sistema económico y social en que vivimos y que las medidas políticas tomadas para remolcarlo han sido objeto constante de críticas y protestas hasta hoy mismo. Pero seamos sinceros, extendiendo la alegoría de la manifestación de ayer tarde, el enroque está siendo bastante eficaz. El poder apenas ha sentido un cosquilleo.
   Mientras los medios de comunicación van soltando noticias de despidos masivos y gobiernos corruptos que, en el fondo, todo el mundo sospechaba y algunos hasta justifican; mientras se suceden los infantiles desmanes y reproches en el parlamento y las encuestas que revelan siempre lo mismo; mientras Internet rebosa de quejas, insultos y chistes de Rajoy, Merkel, el BM, el FMI y su puta madre, de montajes cutres con frases bienintencionadas y peticiones contra el toro de la Vega y otras salvajadas; mientras estalla el escándalo permanente de los tejemanejes de los gobiernos mundiales y se hace evidente su clasista y anacrónica estructura; mientras tanto, aun con todo este vendaval, el dinosaurio da, casi en silencio, los pasos que lo llevarán a su supervivencia segura. Porque se siente inmortal y sabe que un día sentirá las piernas menos pesadas, que volverá a ser joven.
   Su avance no es firme, pero sí constante y mucho más inteligente de lo que pudiéramos pensar (aunque ya nos estemos dando cuenta). Al fin y al cabo, al dinosaurio lo mueve el dinero, es dinero y, como tal, nunca se destruye. Así que, como siempre, está buscando la manera de volver a casa, de cerrar su círculo, de reproducirse en las manos que siempre lo acogieron. Y empezamos a pensar que todas las "concesiones" que el capital había hecho a quienes no lo gobernaban fueron suficientemente calculadas para que no se produjesen los cambios que alteraran su esencia: la escala de la riqueza, la esclavitud del salario, la arbitrariedad absurda del precio. Incluso cuando parecía que él mismo, anciano gigante con pies de barro, se podía hundir.
   Aquí, por ejemplo, el capital sabía a qué pastos emigrar pasada la burbuja de la construcción y también que los gobiernos siempre le han facilitado las cosas. Una vez eliminada la necesidad de parecerse a la socialdemocracia había llegado el momento de explorar otros nichos de mercado: las pensiones, los servicios públicos, el suelo comunal. Por eso dicen que la economía va a mejorar, pues ya está casi todo listo para el siguiente asalto.
   ¿Sabemos cómo va a acabar? Lo que sí sabemos es cómo ha empezado: leyes para proteger las hipotecas, para favorecer los planes de pensiones y los seguros de salud, para especular con el turismo y explotar las tierras vecinales, para que los gobiernos unten las manos de los amigos y devuelvan los favores que debían mediante conciertos (de obras, de gestión de hospitales, de colegios, de basuras, de telecomunicaciones, de transporte...) Ya se sabe: quien tiene el dinero tiene (directa o indirectamente, que es mucho más cómodo) el poder; el que hace la ley... Y las van a aprobar todas, no os quepa duda.
   Está claro que a mucha gente nos disgustan estas políticas. Y nos quejamos: compartimos fotos y artículos, soltamos improperios en los bares y alguna que otra reunión familiar, acudimos a manifestaciones, colaboramos con centros sociales, formamos asambleas populares o incluso hacemos huelga. Nos hierve la sangre, pero pasa el tiempo y "joder, ¡qué dura es la piel del dinosaurio!", pensamos como si, en el fondo, no lo supiéramos.
   Parecía que no, pero todo estaba (y sigue estando) atado y bien atado. Vamos, que al volver a casa "el dinosaurio todavía estaba allí". 
   Sucede que el chiste, como el carnaval, no es revolucionario, lo revuelve todo para dejarlo tal cual estaba. Y dura poco. Eso sí, desahoga. A veces hasta resulta imprescindible. Lo mismo que la solidaridad en red o los gritos o las marchas o las manifestaciones. Pero eso no va a bastar. Tampoco unos cambios mínimos en ciertas elecciones, porque el problema no es el PP, apenas una rémora. El bicho es mucho más grande, tanto que nadie sabe con certeza si alguna vez lo podremos tumbar, ya que tan remota parece la posibilidad de que caiga solo.
   Hay quien piensa que sí, que toda esta maldita crisis conduce a ello. Ojalá. Perdonad, por el momento, esta falta de entusiasmo, pero a veces se hace duro avanzar "sin esperanza, con convencimiento" (Ángel González).
 
Ilustración de Pavel Kuczynski

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Las cartas sobre la mesa

   La manifestación que tuvo lugar ayer en el centro de Madrid y la represión policial que quiso dispersarla han vuelto a hacer evidentes cuáles son las circunstancias en que vivimos. Han vuelto, digo, porque ayer realmente no pasó nada nuevo ni averiguamos nada que no conciéramos, salvo el nivel de violencia que el poder está dispuesto a emplear. Visibles, digo, porque las imágenes han llegado a muchos más que las palabras que tanto leemos y escribimos. Para bien y para mal. Así que creo que es buen momento para poner en claro cuál es la situación. Así todos sabrán a qué atenerse y nadie podrá llamarse a engaño.
   Por si alguien lo dudaba, la policía se encargó de recordar que puede atizar aún más porrazos de los que daba e ir mucho más allá de la "fuerza mínima necesaria" del reglamento. Su actuación fue desmedida y escandalosa pero, y esto creo que es importante, sin ningún pudor. Ya admiten que no se identifican aunque sea ilegal, que utilizan infiltrados para provocar actos violentos que excusen las cargas y que pegan porque es jodido que te insulten. Es decir, que vale atizar por la espalda y en el suelo, identificar arbitrariamente, hacer la vida imposible a los periodistas, disparar (balas de goma, de momento) a discreción incluso en una estación de tren, acusar en falso y de delitos muy graves (sedición, traición, conspiración, desacato...) a gente que simplemente se reúne en la calle. Buena muestra de ello hay en los vídeos que se han subido a la red.
   Si lo hacen es porque se lo indican y/o se lo permiten sus jefes, que ahora se jactan, sin rubor ninguno, de que es así como se actúa contra quienes atacan el sistema, aunque su ataque sea de consignas y pancartas. Jefes que tienen una consigna muy clara: amedrentar a quienes pretendan saltarse tanta norma injusta ocupando solares vacíos o que nunca se venderán, reuniéndose en la calle para hacer política, molestando en los controles racistas. Están dejando claro que molestan porque temen que el movimiento social se amplíe, aunque (y esta parece también una consigna muy clara) ejercen una presión brutal sobre Madrid, apenas en las provincias.
   También se acabó el disimulo del gobierno y los cargos políticos, que presumen de actuar según el deber supremo que les marca un ser superior (a veces UE, FMI, BCE, BM y cuantas siglas se quieran). Así que no tienen más remedio que hacer lo que hacen aunque no sepan para qué o vislumbren que aun así no van a mejorar nada. Hasta reconocen lo injusto de sus leyes, las vigentes y las por venir, mientras repiten como un mantra Y si no te gusta, vota dentro de unos años a los otros para que hagan lo mismo. No hace falta argumentar cuánto se parece al Antiguo Régimen.
   Por supuesto, este despotismo implica que las reivindicaciones de cualquier manifestación, protesta o huelga nunca van a ser atendidas, pues cualquier modificación del sistema desde fuera del sistema es considerada un ataque a la democracia. Ni las dos últimas huelgas indefinidas (la minería en ámbito estatal y la educación en Madrid) han conseguido que los gobiernos correspondientes se retracten. Solo ellos, los altos dignatarios de los partidos, reunidos con los grandes empresarios, pueden hacerlo. Eso sí, bajo la premisa de no tocar la estructura de reparto y acumulación del capital.
   Hablando de manifestaciones, hay que reconocer que sigue teniendo un gran valor que grupos pequeños nacidos del 15M sean capaces de convocar a miles de personas sin medios ni carteles ni banderas ni ninguna parafernalia de la que hacen gala partidos y sindicatos subvencionados. Llevan muchos meses trabajando en la calle al margen de cualquier institución u organismo, comiéndose la cabeza y organizando la base de una sociedad que no existía. Aunque sepan que nunca será suficiente y sigan sufriendo desalojos, detenciones y la manipulación de los medios de comunicación. El desencanto los acecha constantemente, pero siguen.
Policías guardando un congreso que nunca fue asaltado. Más fotos aquí.
   Porque, de todas formas, uno de los grandes misterios del prominente estado llamado España es cómo es posible que con los niveles de paro y empobrecimiento actuales no se produzca un movimiento verdaderamente masivo, de millones, que pueda forzar un cambio. Es duro admitirlo, pero la última (o más bien la única) vez que ocurrió algo así fue en 1931. Los estamentos de poder lo tuvieron que solventar con una guerra, pero desde entonces... Desde entonces, nada. Se marchó contra la OTAN y llegó, contra la guerra de Irak y se hizo, contra la reconversión y...
   Tampoco es fácil de entender que la clase low cost (antes conocida como "media") aún no se haya dado cuenta de que el país está arruinado definitivamente y que la deuda de un estado o la pagan ellos o no la paga nadie (opción que aterroriza a los titiriteros del tinglado mundial). No hace falta ser economista para darse cuenta de que si el estado va a gastarse el año que viene 38000 millones de euros para pagar la deuda y sigue pidiendo prestado o rescatado la bola de nieve no va a hacer más que crecer. Que nadie piense que esto se acabará, pues los especuladores ya no pueden negociar con otra cosa que no sea la propia deuda. Siempre fue un círculo vicioso que nadie en el poder se atreve a romper. Van a hinchar el globo hasta que explote otra vez y así sucesivamente...
   Porque el capitalismo ha dejado de disfrazarse. O qué pensaban ¿que alguna vez intentó ser justo, equitativo...? ¡Paparruchas! Quien lo dude puede consultar alguno de los blogs sobre economía de la columna derecha.
   No quiero extenderme más. El desastre es más que evidente y tiene inmensas proporciones. Afecta a los derechos ciudadanos, los servicios públicos, el reparto de la riqueza, la libertad de expresión... Cada uno ha de saber, pues, dónde situarse. Puede decidir seguirle el juego a los propietarios del capital y sus representantes políticos. O no.
   En este sentido, el pliego de condiciones de las manifestaciones de ayer me parece lo suficientemente escueto y contundente: dimisión, convocatoria de elecciones constituyentes y auditoría de la deuda. A estas alturas no se puede pedir menos. Esa es la baza que merece jugarse.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Jugársela o...

"Nadie es tan esclavo como quien se cree libre sin serlo", 
 J. W. Göethe

   "Que se lixe a troika, queremos as nossas vidas" (a la mierda la troika, queremos nuestras vidas) fue el lema de las movilizaciones de ayer en Portugal. Claro que es mucho más políticamente incorrecto de lo que se podría esperar en este país tan aborregado. ¿Por qué? Probablemente porque los portugueses acaban de comprender a quién se enfrentan; ya han apuntado al enemigo, como pasó en Grecia. 

Basta de roubar o povo!
     Por el contrario en España aún no se tiene claro. No hay más que comparar aquel con el lema de la manifestación de Madrid: "¡Vamos! Quieren arruinar el país. ¡Hay que impedirlo!". Más allá de la odiosa sintaxis de este segundo, la diferente intención de los convocantes y de la mayoría de los participantes en cada una resulta patente: mientras el portugués se dirige a quienes controlan efectivamente su economía y, en consecuencia, gobiernan injusta e ilegítimamente, el de los sindicatos timoratos de España parece sacado de un libro de autoayuda. Lo mismo se puede decir de la única reivindicación: que el gobierno convoque un referéndum ¡para que se voten las leyes que ellos mismos han aprobado ya con su mayoría en el congreso! ¿De verdad puede haber un mayor disparate? Además de que el referéndum en cuestión nunca se daría, ¿no es una forma pacata de legitimar a la aristocracia política?
   El resultado de la manifestación, aunque sin carga policial, se acercó mucho al de la que apoyó la huelga de la minería el 11 de julio: envío de autobuses más o menos subvencionados, gritos y discursos protocolarios, mercadotecnia sindical y puntualidad británica a la hora de disolverse, de tal forma que quienes se unieron a la protesta en el llamado "bloque antideuda" (asambleas de barrio, sindicatos no subvencionados y otros colectivos) asistieron, otra vez perplejos, a un verdadero paripé de protesta, como refleja Enrique Flores en sus anotaciones.
   La verdad es que hace un año no parecía tan difícil de asumir una explicación coherente de la situación que provocara una verdadera movilización masiva y, al menos, pusiera en dificultades al gobierno, la UE y su maraña de instituciones y la clase alta. Podía suponerse que a estas alturas estaba claro que los partidos políticos mayoritarios estarían completamente deslegitimados, al igual que los sindicatos que no defendieron a los trabajadores; que la gente comprendería que no había que seguirles el juego a los poderosos, que el sistema capitalista había fracasado estrepitosamente y que, para solucionarlo, había que darle a todo una vuelta como de calcetín.
   Pero, sin embargo, no está pasando nada, como recordé en una entrada anterior: el gobierno cada vez toma medidas más injustas a favor de los dueños del capital y la inexistente clase media es más low cost que nunca y aún suspira "virgencita, virgencita...". El único acto de rebeldía ha sido comprar menos porque... no se puede, mientras el ensayo de sociedad que quería tender a la igualdad, la justicia, etc., se va deshaciendo como la capa de hielo del océano ártico.
   No quiero decir que nadie esté haciendo nada, solo que son pocos, muy pocos quienes verdaderamente están dando guerra a los dirigentes del desastre: hay unos miles de personas en un país de 45 millones que han propuesto movilizaciones mucho más reivindicativas y exigentes (las acampadas, manifestaciones no autorizadas, la próxima iniciativa de "Rodea el Congreso"...), han denunciado controles policiales, impedido desahucios...
   Lo suyo les cuesta, pues ha habido cientos de detenciones y miles de identificaciones y multas desde la primavera pasada, las últimas el sábado y precisamente bajo la consigna de eliminar cualquier referencia a la movilización del 25S, que es la que verdaderamente preocupa a los poderosos y su policía (incluso han identificado a los participantes en la asamblea que la organiza como posibles conspiradores sediciosos). Se la están jugando y, sin embargo, nadie parece entenderlo, tal es la falta de solidaridad.
   Y, de forma muy valiente, unos profesores madrileños se han atrevido a convocar una huelga indefinida sin el apoyo de la corte sindical (UGT, CCOO, STEM, ANPE, etc.) porque saben que con sus métodos no se consigue nada. Hoy no van a empezar el curso en secundaria. Y si estos profesores fueran suficientes, el caos y la presión serían tales que la Comunidad de Madrid tendría obligatoriamente que reconsiderar la situación y retroceder en sus propósitos.
   Este es el ejemplo. O nos la jugamos de alguna manera o puede darse todo por perdido. Lo siento si duele, pero veo mucha más gente resignada que rebelde y muy poca conciencia de la gravedad de lo que está sucediendo. 
   Ojalá las próximas movilizaciones funcionen, reúnan a tantos como para que el resto se replantee su actitud y sirvan de ayuda a otras por venir. Ojalá la huelga que empieza hoy, aunque ignorada por los medios, empiece a cambiar mentalidades asustadas. Ojalá no se recuerden estos años por la desaparición de la solidaridad y la capa de hielo del Ártico. Ojalá, porque no tengo nada claro que escribir esto sea hacer verdaderamente lo que es necesario.

lunes, 13 de agosto de 2012

Todo está bajo control

   No me canso de repetir que la crisis económica, pese a no haber sido provocada conscientemente por inteligencias sibilinas, está sirviendo a los dueños del capital para imponer unas condiciones a su medida y que favorezcan aún más sus beneficios. Básicamente, lo ocurrido estos últimos años supone que al inflar los precios de determinados bienes (como las casas, por ejemplo) y así generarse un unos enormes agujeros en las cuentas de los ambiciosos prestamistas, son los propietarios del capital restante los que han tomado las riendas.
   Por supuesto, los gobiernos de los estados han aceptado un pacto tácito: a cambio de seguir recibiendo el dinero suficiente para que la rueda siga girando y la máquina no se pare deben reconstruir el sistema económico, social y político del que son responsables para favorecer aún más sus intereses. Y si no, pues ya saben: ni un duro. Cada una de las "reformas" del sistema que se implantan tiene esa intención. No son tan eufemísticas como parecen: cuando hablan de reformar se refieren realmente a hacer cambios en el sistema existente, aunque nunca reconocerán ante los ciudadanos que esos cambios nunca les beneficiarán ni tendrán el valor de negarse a hacer lo que les mandan.
   Los capitalistas, es decir, los grandes propietarios, empresarios e inversores tienen la sartén por el mango. Nunca, en todo este tiempo, han perdido el control, solo que se vieron obligados a ofrecer en ciertos estados, como este, unas contraprestaciones que ahora, sintiéndose imprescindibles, sería estúpido conceder según su principio moral. Toda actividad susceptible de negocio, por ejemplo, debe formar parte de sus dominios. Incluso aquellas con las que no se atrevieron los antiguos y mojigatos capitalistas paternales. Llevan desde entonces tirando de la cuerda, apretando, pero sin ahogar. Sí, amigos, ellos también saben utilizar la moral conservadora y pacata de los refranes.
   Y no llegarán a ahogar a la mayoría. Es importante entender esto: la mayoría de la población seguirá perdiendo, pero no tanto como para quedar destrozada. La máquina puede frenar, pero no pararse, pues todo el sistema económico se hundiría de golpe. Así que el método es sencillo: hay que tirar poco a poco, milímetro a milímetro de la cuerda, sin que nadie perciba en realidad propósitos ni horizontes ni cambios radicales con su situación anterior.
   Evidentemente, también está previsto que algunos protesten, incluso que se quejen bastante, organicen movilizaciones sociales más o menos simbólicas, aparezcan lemas y hasta se pongan en huelga. Ha habido cientos de manifestaciones contra las políticas de los gobiernos, huelgas generales, en educación, sanidad y otros servicios públicos, quejas de colectivos sociales (familias de alumnos y personas dependientes, afectados por hipotecas y estafas...), actos de protesta de todo tipo, aquí y en muchos otros lugares. 
   ¿Y qué ha pasado? Casi nada. Un cambio mínimo en la conciencia de los participantes en muchas de estas movilizaciones. Un principio de unión y organización de pequeños grupos. Un puñado de acciones de éxito llevadas a cabo por muy pocos.
   Demasiado previsible. Ni siquiera una huelga indefinida que ha llegado a los ¡dos meses! sirvió para los trabajadores de la minería. Precisamente su manifestación del 11 de julio fue un triste ejemplo de qué es lo que el poder teme: mientras los sindicalistas protocalarios comenzaban su discurso protocolario la policía se llevó por delante a miles de personas porque algunos estaban tirando petardos y basura al ministerio de industria. Quisieron cortar de raíz cualquier protesta que se saliera del guion, pasando por encima de quien fuera. Lo consiguieron, pues a la hora pactada la zona de la manifestación había quedado desierta, dirigida la dispersión por aquellos sindicalistas que recomendaban "irse a casa".
   La dureza de la represión es directamente proporcional al miedo que inspiran los actos a los poderosos: lo único que no se pueden permitir es perder el control (y si no, ¿cómo se explica que bajando la estadística de delitos se convoquen más plazas de policía?). No soportan que las manifestaciones se salgan del recorrido. Que se paren los trenes. Que se ocupen las calles; las casas. Que se pongan en evidencia controles racistas. Que se colapse un aeropuerto; una autopista. Que se lleven las cosas sin pagar (y lo hagan público). Que un secretario judicial no pueda ejecutar un embargo.
   Para su alivio, de momento estos actos de desobediencia e indisciplina son escasos, la policía los reprime y los medios de comunicación los acallan. Si no fuera así podría llegar el más temido momento: que no supieran a dónde se puede llegar, qué baza jugarse; que alguien tuviera que escapar en helicóptero; que fueran intervenidas cuentas y posesiones.
   Pero para ganarles la mano e invertir el proceso hay que arriesgar, no esperar a tener la jugada perfecta que nunca llegará. Hay que echar un órdago al que casi nadie está dispuesto porque aún siente que en algún momento se puede acabar la mala racha. 
   Desengañémonos. Si el partido sige así, ya sabemos cuál será el final.

sábado, 12 de mayo de 2012

Tomar Madrid

"O povo é quem mais ordena
dentro de ti, ó cidade"
Zeca Afonso
   No solo en términos estratégicos, sino también simbólicos, Madrid ha adquirido una importancia fundamental. Lo ha hecho varias veces en la historia y lo está haciendo ahora. Lo fue el dos de mayo, lo fue en la guerra. En los últimos años, baste recordar, se ha convertido en el símbolo de las infraestructuras modernas construidas a base de deudas enormes, en símbolo de la especulación inmobiliaria y del suelo, en símbolo del aumento de la inmigración (tanto del extranjero como de provincias), de la contaminación desmedida, de la corrupción, de la riqueza, la pobreza, la ostentación, la necesidad.
   Además de ser la mayor ciudad del país, es la ciudad de las élites política, cultural, mediática... Luego todo lo que sucede en ella obtiene una mayor repercusión. Por eso los acontecimientos de hace un año, sobre todo la toma de la plaza de Sol, supusieron un logro fundamental: la visibilidad del trabajo de los colectivos que luchan contra la injusticia, la posibilidad de coordinarlos y la concienciación de una buena porción de ciudadanos que, a pesar de sentirse engañados y ofendidos, no habían buscado o encontrado una forma de rebelión. Lo sucedido en otros lugares no habría sido suficiente.
   Lo que ha ocurrido desde entonces vuelve a subrayar la importancia de lo que sucede en la capital. El poder, sorprendido por la reacción del pueblo, ha ido tomando medidas cada vez más injustas, violentas y denigrantes. La policía se ha lanzado masivamente a aumentar las detenciones, ha extendido su mala costumbre de acusar en falso, ha multiplicado las redadas racistas. Los gobiernos, a su vez, han ninguneado a la población, legislando contra sus programas, protegiendo a las élites, recalificando derechos fundamentales, escamoteando servicios. 
   Todo ello, claro, sobre todo en Madrid, dirigido desde allí, porque piensan que combatiendo a las asambleas populares y a los grupos de acción constituidos, el resto no sobrevivirá. Su estrategia es clara y por eso están atacando como en ninguna otra parte a los ciudadanos. Quieren cortar de raíz cualquier intento de revertir o transformar el sistema. No soportarían perder el laboratorio de sus experimentos, su estandarte.
   Esta es una lucha, cada vez menos disimulada, de quienes detentan el poder en el sistema económico, político y social contra quienes exigen justicia e igualdad. Y Madrid es su centro. Hace tiempo que dejó de ser una cuestión de simpatía. Importa, y mucho, tomar Madrid; reclamarlo para quien vive allí, pero también para los que no, pues lo que pase estos días nos implica a todos.
   Gente de Madrid, gracias por el esfuerzo enorme que habéis hecho y haréis durante este tiempo. El resto también pondrá de su parte, pero, cuidado, que acaba de empezar.


martes, 1 de mayo de 2012

Obstinación

"Entonces vino la primavera amiga de los pobres",
José Martí (1886)
   La realidad es obstinada. La historia es obstinada. El dinero es obstinado. Y el poder.
   Como la naturaleza, todas las creaciones humanas han desarrollado una impresionante capacidad de adaptación; lo cual no quiere decir que hayan cambiado, pues mantienen su esencia. ¿Cómo es posible si no que un día como este el recuerdo de las huelgas que hace 126 años reivindicaban la jornada de 8 horas sonrojen a cualquiera? Si existe el progreso, ¿cómo es que no ha servido para evitar la explotación de los demás en todas sus despreciables variantes?
   Tal paradoja solo admite dos respuestas: o el progreso, el cambio y la revolución son, en realidad, imposibles; o aún están muy lejos.
   Así, parece lógico que una gran parte de la humanidad crea que la superación es inalcanzable, que todo está consumado como en una inquietante profecía. Piensan que las formas de explotación y humillación evolucionarán, pero que para salvarse no tendrán más remedio que arrimarse a las faldas de los poderosos, reírles los chistes, agachar la cabeza y confiar en que sus hijos tengan así alguna ventaja en la carrera. Como siempre. Y que tengan suerte, claro.
   Y es que acaban de sufrir el mayor golpe de la historia en su conciencia: esto no tiene por qué ir para mejor. La razón, ella también, es obstinada.
   Sin embargo, hay muchos otros obstinados, incluso cabezotas, que les intentarán convencer de que las cosas no son necesariamente así, pues tienen ideas descabelladas que alterarían su orden inmanente. "Repartamos el trabajo", dicen; "y el dinero", añaden; "suprimamos fronteras y privilegios", proponen; "ayudémonos, que la tierra -concluyen- se utilice en beneficio de todos". 
   Se resisten a admitir que los generadores de la desgracia son inmunes y creen que el resto los apoyará. Lo dicho, cabezotas.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Es el momento

   Cierta pardoja de la lengua inglesa hace que se use la misma palabra para expresar el tiempo como transcurso o como instante. Sin embargo, no es tan descabellado. Al fin y al cabo, a partir de instantes se conforma la historia.
   El 29 de marzo es uno de estos momentos, ahora mismo el momento más importante. Más allá de las cuestiones dudosas que puedan surgir sobre los sindicatos subvencionados, la huelga sigue siendo el arma reivindicativa básica de quien trabaja. No hay otra. Parar las máquinas es la única manera de oponerse a los patronos y al mayor de todos ellos, el estado.
   La clase privilegiada, la burguesía financiera, tiene claro que la gente debe trabajar más, cobrar menos (y, por tanto, generar más paro), perder libertad y derechos y acomodarse en su lugar al fondo de la pirámide. Están en contra del derecho de huelga, del subsidio de paro, de la pensión suficiente, de la renta básica, de las ayudas por renta, la educación y sanidad públicas... Si cualquiera de estas cosas te importa algo, es el momento. 
   La opción, para ellos, nunca será redistribuir la riqueza. Valgan como ejemplo las palabras ofensivas y denigrantes de los dirigentes de la CEOE y el Banco de España. Su postura está clara. ¿Y la tuya?
  
   Recuerda:

   No boicotees la huelga de los demás.
   No hagas compras.
   Reivindica lo que es justo (para ti y para los demás).
   Toma la calle.

   Es el momento.

   Me permito incluir aquí una traducción de la canción de Lou Reed a la que estaba aludiendo. Es básica, rasgada, dura, hermosa. Y, por supuesto, la mía no es más que una interpretación.


No es momento para estrechar
las manos ni celebrar.
No es momento para aplaudir
a la banda municipal.

No es momento para el optimismo
ni momento de dilucidar
si mi país está bien o mal.
Recuerda lo que ha pasado.

No queda tiempo.
No queda tiempo.
No queda tiempo.
No queda tiempo.

No es hora de dar la espalda.
No es hora de felicitar.
Ni de andarse por las ramas
o ponerse a recitar.

No es momento para beneficios
ni mandarte comer y callar.
Tampoco para santiguarse;
no volverá a ser así jamás.

No queda tiempo.
No queda tiempo.
No queda tiempo.
No queda tiempo.

No es momento de olvidar el odio
ni para contener la ira.
No es momento para ser frívolo
porque el tiempo no se estira.

No es momento para la venganza
ni para averiguar quién eres.
Es peligrosa la libertad
de quien llega a conocerse.

No es hora de ignorar alarmas.
No es  hora de lavar los platos.
No pidamos perdón después.
Destino es cambiar el pasado.

No queda tiempo.
No queda tiempo.
No queda tiempo.
No queda tiempo.

No es momento de darse la vuelta,
tomar copas o pillar crack.
Va siendo hora de unir fuerzas,
apuntar y disparar.

No es hora de recibimientos
o de poner banderitas.
No es tiempo de "ser o no ser"
porque el futuro está al caer.

No es momento para la retórica.
No es momento para los discursos.
Es momento para la acción,
porque el futuro ya llegó...

Es el momento.
Es el momento.
Es el momento
porque no queda tiempo.

sábado, 24 de marzo de 2012

Los viajes en el tiempo del señor Galdós

   ¿Por qué me pasarán siempre este tipo de cosas? Uno se pone a leer tranquilamente un rato una tarde cualquiera y... zas, se topa con ciertas palabras que parecen escritas a la medida del momento. Por un instante da la sensación de que tuvo que intervenir alguna instancia metafísica, incorpórea o divina en semejante revelación. Pero no, ya sabemos que el mundo es prosaico por muchas vueltas que le demos a los versos y que el azar es cabezota pero solo eso: azar, bonito nombre.
   Así que ahí van las susodichas, encontradas en el capítulo I de La fontana de oro, de Galdós (obviamente, la negrita es mía):
   Durante los seis inolvidables años que mediaron entre 1814 y 1820, la villa de Madrid presenció muchos festejos oficiales con motivo de ciertos sucesos declarados faustos en la Gaceta de entonces. Se alzaban arcos de triunfo, se tendían colgaduras de damasco, salían a la calle las comunidades y cofradías con sus pendones al frente, y en todas las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado más, añadido a la lista de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel que la etiqueta le prescribía.
   Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20 al 23, en que ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no existía, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designación de puestos impresa en la Gaceta; y sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas, ni escudos, ponía en movimiento a la villa entera; hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado por una burla de la historia, y solía agruparse con sordo rumor junto a las puertas de Palacio, de la casa de Villa o de la iglesia de Doña María de Aragón, donde las Cortes estaban.
   Más allá de elucubraciones estériles sobre el intertexto, ¿no es impresionante que, tal y como quise hacer ver en la entrada anterior, sintamos décadas después la misma rabia o rebeldía?
   Ya se sabe que la historia, de alguna manera, anda repitiéndose, pero por alguna razón (tal vez cierta inclinación sentimental) me emocionan estas correspondencias con el pasado y con las ocurrencias de gente que se supone tan distante, habida cuenta de lo mucho que hemos cambiado desde entonces (o eso nos han dicho).
   Los hechos históricos o novelescos contados en este libro, se refieren a uno de los períodos de turbación política y social más graves e interesantes en la gran época de reorganización [...]. Mucho después de escrito este libro [...] me ha parecido de alguna oportunidad en los días que atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos sucesos aquí referidos y algo de lo que aquí pasa; relación nacida, sin duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable período de 1820-23.
   Esto dice Galdós en el prólogo de 1870, mientras se preparaba la llegada de la I República, refiriéndose al escaso periodo de vigencia de la Pepa (bicentenaria esta semana, ¿otra casualidad?). Y, salvando las distancias gracias a nuestra indomable inteligencia, ¿no será que volvemos a estar en las mismas?

¿Las dos caras de la moneda?

   Ejercicio: 
  1. Reescriba el segundo párrafo de la primera cita adaptando los nombres del rey, el periódico y algunos elementos ornamentales.
  2. Relea el resultado con suspicacia.
  3. Rodee las semejanzas entre ambas imágenes.
  4. Sonría /suspire.
  

domingo, 13 de noviembre de 2011

PP, PSOE, Madrid, Barça

"El tiempo está a favor de los pequeños"
Silvio Rodríguez

   La política cada vez se parece más al fútbol. Aquella ha perdido toda capacidad de acción y transformación y se ha acabado convirtiendo en la mera gestión del sistema único, en el que se simula el enfrentamiento como en tiempos de Cánovas. Pura ficción con un solo propósito: desviar la atención. Un trampantojo sobre la fachada de la casa medio derruida de las sociedades actuales.

   El fútbol, por su parte, ha perdido su carácter de juego y casi de deporte porque, como en muchos otros, importa básicamente el dinero. Esta situación se ve agravada en España, ya que el sistema de gestión de los clubes se basa en el capital y el capital solo lo tienen dos. Evidentemente hay una consecuencia: es como si no hubiera competición, igual que se restringen hasta el mínimo las posibilidades de cambio real o de intervención de la ciudadanía en unas elecciones como las del próximo domingo. El poder solo es de dos y ambos mantendrán el status quo mientras les beneficie. Lo suyo carece de mérito.
   El fútbol y la política actuales son injustos, aunque, por supuesto, más grave lo es en el caso de la política, mucho más importante, mucho más desvirtuada e impotente más allá de las pequeñas pero crecientes muestras de cambio reflejadas en las movilizaciones de todo tipo organizadas en el último año desde fuera del sistema.
   La esperanza de un cambio político y social está ahora mismo ahí, en esos pequeños equipos amateur que representan mucho mejor las ideas que el resto. Lo poco que de hermoso le queda al fútbol lo ponen los equipos que saben que les va a ser casi imposible ganar, pero que juegan como si no fuera así.
   Nunca he votado a PP ni PSOE ni he animado a (torcido por) Madrid o Barça, así que sé de lo que hablo. Mi equipo, más que probablemente, nunca ganará un campeonato, pero alguna vez dinamitará las reglas y las costumbres adquiridas. Merecerá la pena acordarse de ello, como sobreviven mucho mejor en mi memoria las victorias contra pronóstico y los resultados imposibles a priori.
   En un futuro nadie recordará cuántas ligas ganaron el Barça o el Madrid en los 90, pero sí que el Atleti ganó una. ¿Y cuando Uruguay ganó a Brasil en Río en 1950, cuando el Numancia eliminó a dos equipos de primera en la copa y empató con el Barça, cuando el Valladolid goleó al Barça 3-1 y el Alcorcón al Madrid 4-0, cuando Italia ganó la semifinal de la Eurocopa a Holanda jugando 100 minutos con uno menos, cuando el Liverpool ganó la copa de Europa al Milan perdiendo 3-0, cuando Jamaica ganó su único partido en un mundial a Japón?
    Es triste, pero hasta en el aburrido panorama actual del fútbol hay más posibilidades de sorpresa que en las elecciones. Ahora, cada día hay muchos otros partidos por jugar, imprescindibles para tumbar a los grandes.


lunes, 17 de octubre de 2011

Cabezabajo; patasarriba

   Ya no sé si el mundo está al revés / o soy yo el que está cabeza abajo
Fito Cabrales
   
   O, como el título de Alberti, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.  Vamos, que hay que poner mucho empeño para encontrar algún sentido a muchos de los acontecimientos más recientes o, tal vez, tomar conciencia de que dirige el mundo una lógica perversa.
   Para dejar perplejo a cualquiera, por ejemplo, es la jugada a dos bandas del P(SO)E: el candidato promete lo que no hizo estando en el gobierno a pesar de que promovió todo lo que critica (lo hace porque sabe que no va a ganar y quiere minimizar la pérdida de diputados en las elecciones, a ver quién se traga tanta mentira) mientras ZP sigue inmolándose (porque va a desaparecer del mapa) tomando decisiones que traicionan cualquier principio exhibido ante sus bases o en su programa. Semejante hipocresía resulta  hiriente, pero es que además los últimos pasos, dirigidos por grandes instancias del poder económico y político más retrógrado, parecen un mal chiste: reformar la constitución a marchas forzadas, colaborar con los bancos agrandando deudas públicas y enriqueciendo a sus gerentes y, la penúltima, ¡formar parte del absurdo y pretencioso escudo antimisiles de los USA! Es una actitud despreciable e inmoral, que no hace sino confirmar la peor de las sospechas sobre la verdadera calaña del partido que, en un pasado muy muy lejano, pudo parecer socialista. ¡Y queda tiempo para comprobar si el presidente guarda alguna otra carta que lo empeore aún más!
   Aunque la palma se la lleva el primer ministro portugués, no por traidor (estaba claro a quién pretendía favorecer) sino por lo evidente que resulta en su caso que las medidas contra la crisis económica dictadas por el neoliberalismo solo son medidas para salvar al sistema financiero y no mejorar la situación de los ciudadanos. De hecho ni siquiera son decisiones buenas para el sistema económico capitalista de su país, como demuestra este enlace. ¿Alguien puede creerse que trabajando más horas por el mismo sueldo se puede reducir el paro? Al haber menos días festivos y más tiempo trabajado ¿qué se hará con la sobreproducción de las empresas? ¿Quién podrá asumir el coste de unos productos cuyo IVA sube de forma disparatada? En Portugal subirá el paro y empeorarán aún más las condiciones de vida, no hay que ser adivino para darse cuenta. Y cuidado, que cuando las barbas de tu vecino veas cortar...
   También está este supremo disparate del ABC, que engaña miserablemente al asociar una foto de los "disturbios" de Roma con todas las actividades del 15-O, o este otro de La Razón, que califica las manifestaciones de ese día como un "caos global". Y, por supuesto,  muchas cosas más (y lo que te rondaré, morena).
   Afortunadamente creo que no es solo cosa mía. Somos muchos. 


   Ya no les creemos. Sabemos más de lo que les gustaría y no van a engañarnos. 
   Será difícil. Llevará tiempo. Pero la única manera de arreglarlo es ponerlo todo patas arriba.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Los jacobinos y la nueva aristocracia

   Antes de ayer algunos quedaban estupefactos ante esta imagen:

Bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas (con perdón) todavía

   Deben ser los únicos ingenuos que quedan todavía sobre esta rugosa península. ¿Acaso no se habían dado cuenta todavía de que la clase política comparte objetivos, intereses, dedicaciones y ambientes, que sus relaciones con los dueños de los medios de comunicación y los grupos empresariales y bancarios no son nunca desinteresadas? Aquí está otra prueba, por si acaso.
   Pero analicemos un poco este último asunto. Resulta que Pedro J. Ramírez (más conocido en Twitter como PedroJeta) invitó a los mayores representantes de la nueva aristocracia de la democracia a la presentación de su último ensayo histórico. Sí, es él y no un historiador de pacotilla que ha perdido media vida entre los archivos quien ha descubierto por fin las claves del acontecimiento más importante de toda Francia: la Revolución. Tate.
   Su interpretación de los hechos, como se explica en el enlace anterior, es que la época del terror desvirtuó los logros democráticos de la Revolución, que los jacobinos se cargaron la posibilidad de un liberalismo republicano y tranquilo. Y aún va más allá: asimila la situación española a esa democracia liberal idílica cual balsa de aceite en la que a unos quinquis les ha dado por meter las narices, donde unos desclasados e irrespetuosos han venido a ¡pedir un sistema más justo!
   El título del libro, El primer naufragio, exhibe una metáfora clarísima: los liberales no triunfaron por culpa del exceso de los revolucionarios, que, como los mendigos de Viridiana, querían todo lo que había en la mesa. Y lanza una petición: ahora que sí controlamos la situación (los demócratas, los liberales..., en fin, los buenos) no vayamos a estropearlo; nada de cambios y, menos, radicales, por dios. Atacar a esta clase triunfadora, como dice Esperanza Aguirre, sería un golpe de estado. 
   Quizá sí, pero me da que también se están equivocando a la hora de elaborar la alegoría: ese golpe de estado no sería contra la Asamblea Nacional, sino contra la Corte, que es el papel equivalente a los políticos de ahora. Porque ellos no son los girondinos, sino la nobleza cortesana: pululan por los pasillos de palacio buscando un cargo, cambian de parecer continuamente para mantenerse en el poder (algunos llevan mucho más tiempo de lo que duró cualquier consejero de un rey Luis), sirven a los más poderosos y esperan sus favores. Ellos no discuten qué medidas debe tomar la República, sino que quedaron obsoletos en 1789.
   Puede que los jacobinos no acertaran en algunas de sus decisiones y que finalmente no consiguieran sus objetivos, pero ¿quién puede reprochárselo? Ellos fueron la base de la Revolución partiendo del simple hecho de haberse dado cuenta de la estafa de la sociedad estamental, de que muchos de ellos estaban mejor capacitados que aquellos aristócratas sebosos para dirigir el país y, de paso, cambiarlo por completo y abolir sus privilegios.
   Durante las últimas décadas son los políticos los que se han introducido en una burbuja de privilegios, el Versalles de Luis XVI. ¿Cómo van a acceder a cambiar nada?
   Estos son una muestra de los jacobinos de ahora, a los que teme esa élite:



   Desde luego, quieren revolucionar el sistema, pero no han hablado todavía de cortar cabezas. Soy de la opinión de que la Revolución Francesa habría sido mucho menos importante si los ciudadanos no hubieran condenado a muerte a su propio rey, pero nadie ha agredido en estos últimos meses a ningún responsable político. No es a la guillotina a lo que deben temer. Y eso que tenemos la misma rabia que entonces. O más, porque sabemos qué cosas se pueden conseguir y cuáles son las que nos están quitando.
   Vista la soberbia e incomprensión de nuestra nueva aristocracia, ¿a quién no le dan ganas de gritar, al más puro estilo Espartaco, "yo también soy jacobino"?

jueves, 16 de junio de 2011

Un palo entre los radios

   La expresión no es mía. He leído algo parecido en el blog Carnet de paro. Se refiere a que el movimiento 15M está consiguiendo trabar el mecanismo de propaganda que disponen los medios masivos y que tergiversan sitemáticamente la realidad, sobre todo cuando no llega por los canales a los que están acostumbrados y que les sirven directamente en el plato.
   Desde luego no se trata de algo fácil. No hay más que echar un vistazo a los informativos de televisión y los periódicos de los últimos días: los mismos cortes de un ataque a los furgones policiales se repiten hasta la saciedad y no aparece ni siquiera una imagen de una sentada que duró más de doce horas. Por supuesto, no se hace mención al propósito de la movilización y mucho menos a la actuación de la policía secreta infiltrada entre los manifestantes.
   No se puede esperar que los medios masivos den un trato justo y equitativo. Hemos visto ya muchas veces cómo describen las huelgas como actos violentos y sin sentido o cómo desacreditan cualquier movilización en cuanto se producen altercados. Los análisis de los problemas de la sociedad actual son muy superficiales y nunca llegan al fondo del asunto. Nunca se pronuncian contra injusticias que avergonzarían a los grupos de comunicación que los mantienen: la falta de vivienda y la especulación con ella, la pérdida de derechos laborales, la precarización de los servicios públicos, la desigualdad económica que crece en progresión geométrica... Nunca se analizan sus posibles causas ni medidas alternativas a las que proponen PPSOE, BM, FMI, UE, G20 y un largo de etcétera de siglas que representan a la oligarquía de los negocios, la nueva aristocracia que hay que tumbar. 
   Demuestran una gran cobardía con esta actitud, de tal forma que una noticia espeluznante como la visita del presidente del gobierno a Kazajistán acompañado por grandes empresarios se convierte en algo que celebrar. Importa menos que esos empresarios no generen empleo ni riqueza en su propio país, utilicen como comercial al listillo de ZP, que cobra dietas de nuestros impuestos (porra para ver en qué consejo de administración acaba el año que viene), y exploten a los trabajadores de otros por no ser capaces de hacer disminuir sus beneficios (ni hablemos de asumir pérdidas).
   Tampoco está de moda tocar temas sensibles, como la culpabilidad demostrada del presidente de Telefónica en un delito económico (prescrito) o la que se acabará demostrando (también después de haber prescrito; seguro) de Emilio Botín, Carlos Fabra y otro largo etcétera de millonarios. Prefieren que no sepamos, que estemos tranquilos, no vaya a ocurrírsenos cualquier idea descabellada. Como averiguar la verdad y difundirla, por ejemplo.
   Y más aún: ¿alguien ha visto en algún medio nacional información sobre la protesta del domingo contra el pacto del euro o sobre las medidas económicas que ese pacto va a suponer? La búsqueda en Google deja pistas claras: más allá de la información local solo Qué y 20 minutos lo han hecho. Al resto de prensa, radios y televisiones está claro que no les parece un tema interesante.
   Sin embargo, hemos crecido. La gente no es tonta: toma fotos, graba imágenes y edita vídeos. Sabe cómo compartirlos. Escribe mensajes y blogs. Y así consigue llegar a miles de personas. Para convencer al resto ya solo queda la calle. Cualquier persona que no ostente un cargo o no tenga una posición de poder solo dispone de dos medios claros para pronunciarse: un ordenador y la calle. Es ahí donde se puede meter un palo entre los radios para detener la rueda que nos aplasta.
   Va a costar mucho vencer la inercia. Hay que dar pedales hacia atrás hasta romper la cadena. La oportunidad más cercana está aquí mismo. Es este domingo. Yo no me pienso quedar en casa.

viernes, 3 de junio de 2011

Un tipo decente

   Hago un hueco aquí para este poema que escribí hace unos tres años y que, por casualidades del destino, parece ir ganando actualidad en vez de perderla.

UN TIPO DECENTE 

Seguramente usted pueda considerarse
si no un buen ciudadano, un ejemplo,
sí uno decente que cuida de sus hijos,
atiende a las personas que le solicitan ayuda,
se interesa por sus compañeros y amistades,
cumple eficientemente en el trabajo,
respeta las leyes, paga los recibos,
se interesa en cierta medida por los grandes problemas de
la humanidad,
se ofende ante la injusticia,
siente lástima por los desgraciados
y la responsabilidad, de tiempo en tiempo,
de decidir su voto según lo que estima
ser el bien común.

Hasta que un día se pregunte –quizá
primero inocentemente, después
con verdadera curiosidad-
por qué su bondad o su decencia
no se ven recompensadas.
Porque usted ve las noticias, lee
un periódico o escucha
la radio y comprueba
que el gobierno al que votó
no cumple el programa;
que cada vez tiene el deber de sentir más lástima
porque aumenta en progresión geométrica el número
                de desgraciados;
que las empresas con mayor margen de ganancias cada
                vez le pasan facturas más costosas;
que al hacer un bonito regalo a su familiar más querido
le está siguiendo el juego a grandes almacenes, grupos logísticos
                e importadores
que escamotean salud, tiempo y dinero a sus empleados;
que al acabar de colocar una teja del alero de su casa
un chaval boliviano resbaló y murió aplastado contra el suelo
porque el capataz le había insistido que no había tiempo de
                ponerse el arnés que eso tiene que terminarse antes
                del almuerzo o te corto los huevos;
que el tipo que pagaba a aquel chaval 500 euros menos que a sus
compañeros legalmente contratados
había soltado al alcalde de su pueblo otro sobre más voluminoso
para obtener la concesión de la obra de aquellas viviendas
pensadas para familias como la de usted,
perjudicada por el mercado
y la inmoralidad de aquellos
que no usan las casas que poseen.

Entonces reflexiona.
Analiza su propia responsabilidad en los procesos
que tienen como consecuencia tales calamidades
nunca debidamente sancionadas
y descubre
que la única manera honrada que conoce de sacarle algún
                 beneficio a su dinero
son productos financieros que respaldan la actuación de
                 empresas públicas y privadas
que especulan con la energía y los alimentos
y colonizan países llenos de desgraciados;
y que si renuncia a ese beneficio se verá obligado a prescindir
                 de ciertos lujos insignificantes;
y que si, por el contrario, gasta todo lo que tiene, o lo quema,
no podrá cuidar de quien ama;
y que si intenta ahorrar por su cuenta un poco más,
el descenso del gasto y del consumo provocarán
una menor actividad y quizá el cese de negocio
y quién sabe si un número importante de despidos
en los servicios e industrias para las que usted mismo trabaja.
Y su pareja.
Y sus amigos.
La gente del barrio.
Sus compañeros.

O sea, que usted que se creía, si no bueno,
alguien decente, educado, responsable y amoroso
está de mierda hasta el cuello.
Y piensa en lo triste
que es que las cosas funcionen así.
Se siente decepcionado, traicionado por toda
la parafernalia que alimenta sin descanso
este "áspero mundo" que conoce
desde que nació.
Finalmente siente asco, náuseas y tiene
ganas de llorar porque se da cuenta
de que mañana seguirá siendo decente, educado, responsable 
                y amoroso 
porque no le queda más remedio.
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