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jueves, 9 de abril de 2020

Poesía a tiempo

Los poetas bajaron del Olimpo
Nicanor Parra

1

   En tiempos de emergencia la literatura, en general, y la poesía, en particular, pueden parecer un ejercicio frívolo. No lo son. Aunque debe advertirse que también sería injusto lo contrario: no van a salvar a nadie. Entiéndase: claro que la escritura y la lectura confortan, sobrecogen, emocionan, convencen, conminan, dan un cierto sentido. Si no, no existirían. Pero no dan de comer ni libran del contagio por mucho que el propio Decamerón sea una huida. Huir para encerrarse. Contar para pasar el tiempo y, de alguna manera, reír para escapar de la angustia. Es curioso pensarlo. Sobre todo, ahora.
    Pero, ya puestos a pensar, tal vez vendría bien acordarse de Unamuno en Fuerteventura o de Horacio en Grecia, desterrados también. De Espronceda o Jovellanos en sus cárceles respectivas, rodeados de almenas ante fabulosos paisajes. Sin caer en el tópico ni pensar que a los poetas los favorece el encierro. No seamos ingenuos. De este confinamiento saldrán tantos poemas brillantes como en cualquier otro intervalo. Y muchos más malos poemas que de costumbre. No hay más que echar un ojo. Por más que a uno le tiente, el buen poema no es nunca inmediato. Es una vieja lección. Puedes publicar unos versos en Twitter, Instagram o donde sea. También lo he hecho yo. Pero las redes sociales no prestan atención a la métrica, desperdigan palabras como si diera lo mismo, rebajan su alcance, aunque pudiera parecer a primera vista lo contrario. La informática contra la pausa versal. Complejidad de sentido contra aplicaciones. Segundo asalto. Una muestra vergonzante de estos días, ni siquiera disculpable por la urgencia ni por la presencia en la nómina de alguien tan experto como Drexler:

   Y, aun siendo consciente, vas y escribes. Qué temeridad. Con la certeza de que es imposible encontrar oro. Pero también de que el impulso es un ejercicio incomparable. Ya advirtió Pacheco de la ausencia de más gratificación que la propia exigencia y el intento.  Una fiebre minera distinta a la del pionero. "Sin esperanza, con convencimiento", por si os vale como lema este verso de Ángel González. El lema de mi blasón inexistente.

ORO EN POLVO (José Emilio Pacheco)

Desde mi adolescencia busqué oro
en todas las corrientes de la montaña.
La arena removida alcanzaría
para urdir un desierto.

Y nunca hallé el metal.
Sólo monedas de cobre,
piedras, huesos pulidos, baratijas.

Me voy como llegué.
No perdí el tiempo.

La arena que escapó de entre mis manos
me dio el placer interminable:
el intento.


2

    Cuestiones como estas nunca son nuevas. Pero a veces debes renovarte y volver a ellas desde otro lugar. Y este está siendo un curso de regresos. A la ciudad más bella, a la universidad y a la escritura, por resumir bastante. Y, yendo al grano, el reencuentro con la poesía ha sido de los más fructíferos. Incluso una vez llegado el confinamiento, que vaya por dios.
   El vicio lo he tenido siempre. Pero con los años uno empieza a dudar demasiado. Del valor de esos versos, de su pertinencia. Así que es un buen ejercicio contrastar, buscar aliento, leer a otros, escucharlos. Y, como consecuencia, recomenzar, tachar, pensar, volver.
   Para que esto surta efecto no está de más alguna referencia. Quien escribe y reescribe también necesita leer y ser leído. Y criticado, claro. Si lo hace bien puede salir a campo abierto y dar con un paisaje que no esperaba, escapar de lo anunciado y lo previsto. Nada como darse cuenta que lo que escribes hoy no puede ser igual que lo que escribiste hace años, que es imposible mantener el mismo aprecio, la misma conexión con los poemas que leíste deslumbrado. Otro tiempo necesita otra cadencia. Tampoco esto es nuevo: a pesar de la herencia inmensa que carga la poesía como género todos los poetas saben en el fondo que el poema de hoy aún está por escribir. Que hay que seguir cribando arena. Otra metáfora, escribir como sustracción. Y un requisito, la intensidad. Lo dice Morábito en El idioma materno:
Cuando se escribe con intensidad se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más.
3

   Me estoy alargando. Lo importante. Eso. Para continuar con esa búsqueda poco halagüeña y soltar lastre no es poco descubrir que hay poesía que leer que merece la pena. Y que no es la "poesía pop tardoadolescente" (el concepto, tan acertado, es de VL Mora) que ha colonizado los grupos editoriales. Estos buscan libros fáciles y rápidos, que podría escribir cualquiera porque no dicen nada. Y no se trata de que las palabras sean más cultas o poco oídas. El lenguaje en desuso se lee mal siempre porque ya está muerto. Se trata de ambición y alcance, de tensión y mirada, de imaginar las voces capaces de ir más allá de la obviedad. Para descubrir lo obvio nadie necesita leer nada. Le basta vivir.
   El propósito ha sido relativamente simple: poner al día las lecturas, escribir y reescribir sin repetirse y compartir con otros. La provocación de algunos profesores ha sido, también, determinante. Así he podido no recobrar la esperanza sino fortalecer el convencimiento. El lema, otra vez.
   ¿Qué lecturas había dejado de lado en estos años? ¿Por qué no había encontrado apenas poetas nuevos, alguno de mi generación, incluso más joven? El oído, debo reconocer, no estaba atento. El proceso nunca termina, pero ahora puedo decir que me había saltado lecturas imprescindibles: Julia Uceda, Chantal Maillard, Ada Salas, Eduardo García. He leído con placer y admiración a muchos otros, sobre todo en antologías, pero no quiero hacer una lista demasiado extensa.

4

   ¿Cuántos buenos poetas están en activo? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? Quién podría decirlo. Novedades hay muchas, cada vez se publican más, es cierto. Aunque probablemente no varíe el porcentaje de las que merecen la pena. Las exploraré, sin duda. Pero he reservado este espacio para dos. Libros tan diferentes que me han resultado complementarios, que ventilan la casa a la vez que concentran el aire. Sin palabrería ni exhibicionismo. Contundentes y rotundos, cada uno a su manera.
   El primero es La cámara te quiere, de Pablo García Casado (Visor). Pura osadía. Poemas en prosa. Diferentes voces. Un solo tema: el porno. Por qué, para qué, quién, cómo. Y, si hay intensidad, un tema son todos: el dinero, el amor, la muerte, la familia, la enfermedad, el deseo, la violencia. Los poemas perturban porque retratan. El realismo en poesía no consiste en remedar situaciones sino en explorar significados. El resultado es más duro. Ningún punto de vista consuela o satisface. Ni el de las que actúan, los que pagan, los que miran. Un libro descorazonador también hace falta.Van aquí dos muestras:

REALITY
En realidad, no ocurre así. No te abordan dos desconocidos, no sonríes, no quieres hacer un castin para una película. Ni por doscientos euros, ni por trescientos. No quieres subir a ese coche. No quieres hacer el castin, ya sabes para qué es el castin. Pero estás en Gran Vía, y sonríes, y subes a ese coche, sí, por qué no. Y haces el castin. Y sabes qué vas a decir, que has estado con algunos chicos. Con chicas sólo una vez, en una fiesta, con Juani, mi mejor amiga. Que tenías un novio, que lo habéis dejado porque era un poco celoso. No tienes fantasías, bueno sí, las tienes, todo el mundo las tiene. Que te abracen bajo la lluvia. Pero dices trío, gangbang, hacerlo con un negro. Hablas de ello a la cámara, dices que te gustaría con un negro. Y aparece Leroy, con gafas de sol y camisa hawaiana.
ANTONIO, 63
He encontrado a alguien, se parece mucho a ti. Es una morena de ojos negros, italiana, muy racial. Su casa no es como la nuestra, tiene piscina, jardinero. Bueno, es un decorado, vete tú a saber cómo es su casa, dónde vive realmente. Pero en el vídeo lleva un vestido rojo igual que el que te pusiste en la boda de Santiago. Así, con mucho escote. La cámara la sigue al dormitorio, la cama no es como la nuestra, pero a ti te habría gustado, así, grande, con muchos almohadones. Me recuerda mucho a ti. He encontrado fotos tuyas en bikini, de cuando íbamos a Gandía y los niños eran pequeños. Paula me ha dicho que tiene más en su casa. Quiere arreglar lo de tu armario, tirar cosas, yo le he dicho que no hay prisa. Que todo a su tiempo.

   Otros libros del autor comparten alguna de estas sensaciones, aunque ninguno es tan estricto y cerrado como este. Es el poeta que más y mejor está trabajando el poema en prosa. Ahí están Dinero y García, imprescindibles, lo que no quiere decir que los libros anteriores no merezcan la pena. Una poética de profundidad que parte de la degradación de lo corriente, en algún punto entre el Carrefour y tu casa. Y, cómo no, en mi caso, una cercanía generacional y estética,  una familiaridad inspiradora.


y 5

   El segundo es Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar (Hiperión). Veintitrés años más joven, otra generación y, sin embargo, alguna coincidencia. En este caso son poemas de métrica libre pero siempre bajo control, ritmo casi de salmo y de versos muchas veces compuestos y absolutamente despojados, hasta de signos de puntuación y de título, como si fueran fragmentos de un mismo monólogo. Su discurso es contenido y a la vez contundente. El trabajo, la familia, el amor y la distancia articulan el libro. Descarnado, trabaja sobre la decepción. La de los abuelos y padres que ven cómo la siguiente generación no ha recibido las ventajas de su esfuerzo. La de los jóvenes expatriados y precarios, explotados por empresas y organismos, viviendo incómodos lejos de casa y sabiendo que aquí venderían su independencia, si es que existe de una forma que no sea virtual. Transcribo dos ejemplos de todo esto, recordando que me han sido especialmente caros los poemas en que la casa simboliza todo el esfuerzo de la estirpe, la cristalización de un trabajo perdido.

he visto a las mejores mentes de mi generación
destruidas por un contrato basura de cara al público
hombres y mujeres de ciencias emigrados al frío
indefensos sin literatura ante tal paisaje
no puede escribir sobre el fracaso
quien no ha bajado al infierno:
un restaurante donde languidecen los yonquis
se asean los mendigos
y vienen a morir las expectativas
un lugar de luz perpetua
donde algunos tratan de escribir sobre el fracaso y otros
lo copan.

si mi madre sufriera un infarto en mitad de la noche
sería noche solo para uno de sus tres hijos
si los tres decidiéramos que ya no puede vivir sola
tendríamos que evaluar nuestros nuevos países
(la asistencia sanitaria la situación política el clima)
y la primera vez que mi madre volara
sería para llegar al sitio en el que morirá
a miles de kilómetros de la casa del pueblo
la casa donde nació y dio a luz
y que (sin inquilinos de verano)
caerá por el abandono
también las fiestas patronales desaparecerán:
cuando la familia apenas viva en la misma franja horaria
quién se acordará de las vírgenes
que velan por la salud de las mujeres solas. 

   Otra vez el peso de la realidad y el sentido de una vida puesto en cuestión, como no puede ser de otra manera en las obras valiosas. Esta sobrecoge, emociona y deja exhausto a un lector que aprecie mínimamente la capacidad del lenguaje para desvelar las claves de cuanto somos, su potencia.
   En ambos casos se trata de literatura sin superficialidad ni obviedades, pertinente, actual y honesta, porque tiene ambición y conoce sus limitaciones. Desde luego, muy lejos de las propuestas simples de quienes, pagados de sí mismos y engreídos, ni siquiera son capaces de crear una voz original, fuera de los tópicos y de las modas. Leedlos. La poesía, cuando es buena, es insustituible. Y, creedme, llega a tiempo. Siempre. 


viernes, 22 de agosto de 2014

Las vacaciones del escritor

   (O la novela que querría haber escrito)

   ¿Qué se puede sacar en claro de unas vacaciones? La mayoría de las veces se hacen tantos planes para ellas que al final resultarían decepcionantes si no las recordáramos con cierta condescendencia. Supongo que lo mismo se puede decir del pasado de cada uno, aunque quizá sea mejor dejar esto para más adelante. 
   La verdad es que las vacaciones acaban consistiendo principalmente en unas cuantas celebraciones de la amistad, unos pocos días de viaje estimulante y/o regreso melancólico al origen, un par de buenos conciertos y algunos ratos sumamente agradables dedicados a nada en concreto. Siempre y cuando se sepa contener la posible ansiedad que generarían todos esos planes que quedarán irremediablemente en suspenso, como, por otra parte, suele suceder el resto del año: montones de páginas por leer o escribir, típicas tareas domésticas aplazadas indefinidamente de fin de semana en fin de semana, lugares por visitar o gente con la que nunca quedas.
   Así que para conjurar un poco los demonios de la materia pendiente, me he decidido a escribir un poco de mi libro de estas vacaciones. Porque siempre aparece ese libro que las salva de alguna manera y compensa tantos recados sin hacer, tanto dolce far niente. Así llevo desde los 14 o los 15 años, aunque, todo sea dicho, en aquella época leía bastante más. Los de mi generación sabemos desde Verano azul y Grease que cada verano hay un descubrimiento y que es obligatorio sentirse un poquito adolescente para poder volver a empezar el curso contándolo.
   Pues bien, ahí voy.

   Por alguna casualidad he encadenado algunas lecturas (sin contar las de trabajo, claro) que transcurren en vacaciones. Ya hablé en la entrada anterior de Fuera de juego, de Miguel Ángel Ortiz, que transcurre durante "el puente", y ahora ando en el Ferragosto de Tristano muere, pero mi libro del verano es Alabanza, de Alberto Olmos. Ahora me toca explicar por qué.
   Si leer te ha gustado lo suficiente sabrás a qué me refiero cuando das en el momento perfecto con el libro perfecto, cuando te das cuenta de que precisamente esa estúpida ficción refiere con exactitud las emociones y pensamientos que te andan rondando, lo que convierte esa lectura en algo fundamental, importantísimo. Lógicamente, este sentimiento es bastante propio de la adolescencia y no suele mantenerse más que unas semanas, meses o, en casos de fanatismo, algunos años. Con el tiempo uno se hace menos entusiasta y deja de identificarse con una obra con tanta facilidad y le pone pegas a todo. En eso consiste la madurez, supongo. Por eso me sentí extrañado mientras leía Alabanza y la encontraba cada vez más hecha para mí, por decirlo de alguna manera.
  Hay en este sentimiento, seguro, algo generacional pero que hasta ahora no me había ocurrido con autores contemporáneos y obras recién publicadas. Será porque ahora mi edad se equipara a la de los "jóvenes" escritores y no a la de los deportistas de élite. El caso es que encontré en Alabanza la representación exacta de lo que había pensado o querido decir. Incluso aunque tengo reticencias a las historias con un escritor de protagonista y, a priori, la trama no me interesaba. Al grano.

   La historia es la de un joven escritor y su pareja que se van a un pueblo medio abandonado durante los dos meses de verano para que aquel recupere, de algún modo, la inspiración, pues hace dos años que su best-seller acabó con la Literatura Entendida Como Tal. Estamos en 2019 y no hay nada futurista salvo este concepto: ya no existe el campo literario, "ya nadie ganaba nunca, ya nadie era tan famoso o tan prestigioso; ya nadie tenía algo que decir que mereciera la pena escucharse. Todo era ruido; todo era origen" (pág. 78). 
   Sebastian, sin embargo, tiene la bonita idea de volver a cultivarse en el arte de enlazar palabras y cree que tiene un magistral libro de cuentos por escribir como hacía cuando pensaba que la literatura valía algo. La primera parte de la novela, "Broma", alterna el punto de vista de Claudia y Sebastian. Ella anda medio aburrida explorando ese pueblo minúsculo cuyo significado desconoce y él, absorbido a partes iguales por los pensamientos sobre su propia situación como escritor (he aquí la parte metaliteraria, crítica y paródica, con reseñistas, agentes y editores supuestamente geniales) y la representación de la historia de los cuentos que nunca escribirá. Cuentos que intentan averiguar el origen o el sentido del amor desde un punto de vista desapasionado, que no llevan a nada durante días. Hasta que...
   La segunda parte está constituida por el paseo que Sebastian da por el pueblo en plan Walser. En él 
prefiere ir encontrándose con su pasado según camina, que las imágenes, frases y las canciones afloren a su sabor, democráticamente, sin jerarquías dramáticas ni encadenados narrativamente impecables; no lineal, discontinuo, como un collage, un montaje; así es su paseo (pág. 210). 
   Quizá pueda parecer tópico este carrusel de recuerdos de la infancia y la adolescencia, pero a mí me ha resultado especialmente delicioso (repito, seguro que influido por la coincidencia generacional y otras circunstancias personales). Aun así no es solo lo que aparenta: la narración, a retazos y alternando el tiempo de Sebastian y el de Miguel (su pasado), acaba llegando al meollo del asunto, al recuerdo del momento en que cambió una vida.
   Así que ese pueblo no era uno cualquiera... Solo que para entenderlo todo, para volver a la vida de Claudia, también hace falta saber quién fue Sebastian antes de ella, así que decide escribírselo. Tal vez ese verano vaya a ser para él aquel en el que lo descubre. Tal vez es que los escritores solo piensan las cosas cuando las están escribiendo. En la tercera parte se mezcla este otro relato, definitivo y personal, de Sabastian, con la narración de los siguientes días de Claudia y él en pueblo, más bien anodinos si no fuera por lo que como lector uno ya sabe mientras la pobre Claudia debe esperar. Vuelve también el episodio del escritor que llega a serlo por fin y lo es contra toda la parafernalia estúpida del mundillo.
   
   Ahora que lo escribo parece poca cosa, pero qué va. Podría hacer unos cuantos elogios e inconvenientes "alabanzas" de las que tiempo después me podría arrepentir, pero esto no viene a ser más que una recomendación, así que para ir resumiendo me quedaré con lo que, sinceramente, me ha emocionado e impresionado:
  • Un tratamiento del significado de la literatura tan profundo como desencantado.
  • Una sensibilidad exquisita que convierte en pasado y presente de los personajes todo lo que podrían ser simples episodios y pensamientos convencionales.
  • La revelación de una clave envuelta en nimiedades; la tensión creada por esas nimiedades aunque parezca inconcebible.
  • La sensación de haber sabido dar forma a lo vivido por uno mismo, se llame identidad o no, de haberlo hecho literatura, arte, por poco que eso sea para tanta gente.
  • La gran habilidad necesaria para contar varias cosas a la vez o una sola cosa de varias maneras, esa extraña habilidad de la escritura que ya no vale nada.

   Me habría encantado escribir algo así, de verdad, porque con los años noto que los recuerdos están más  presentes de lo que creía y no sería malo contarlos. Menos mal que alguien ha sabido hacerlo.

   Perdonad, pero tengo mucho que hacer antes de que acaben las vacaciones.

lunes, 1 de abril de 2013

Lo que quisiste ser

Estaban hundidos hasta el cuello en un pastel
del que jamás tendrían sino las migajas.
Georges Perec 
   Probablemente sea cierto, como afirma Leopoldo María Panero en El desencanto, que desplegamos en el otro los rasgos que detestamos de nosotros mismos. Es una vieja técnica de supervivencia, la del viejo refrán, que permite obviar las incongruencias, la falta de voluntad y los defectos propios, pues no se puede ser feliz con el remordimiento de haber traicionado lo que quisiste ser. Pero no siempre funciona. El olvido, en ocasiones, no puede con la conciencia del fracaso. 



   Y aún hay más: este sentimiento de desencanto, que Jaime Chávarri desarrolla en su película sobre un caso familiar concreto, puede ser también colectivo e, incluso, generacional. 
   Todos hemos oído hablar de las épocas históricas que, desde el punto de vista sesgado que nos mostraron, son ejemplo de ello: el fin de los imperios, el siglo XVII o, sobre todo, el periodo finisecular, a caballo entre el ochocientos y el novecientos. Curiosamente, se suelen considerar esas mismas épocas terribles como ejemplos de esplendor estético y artístico, edades "de oro". Como si el agotamiento de un paradigma fuera asociado siempre con el genio que, más o menos inconscientemente, permite que otros lo acaben por superar. Ellos, los epígonos de una estética en crisis, a quien después todo el mundo admira, pero cuya vida nadie querría haber tenido: Cervantes o Kafka.
   Sin embargo, no esperaba encontrar nada parecido en Las cosas (1965), la primera novela de Georges Perec. Además, resulta una expresión del desencanto completamente diferente a cualquiera que haya conocido. Es el de una generación que, para colmo, vive los "gloriosos" años 60 en un país occidental desarrollado, algo envidiable desde nuestro limitado imaginario pop. Me sorprendió, sobre todo, el que la novela discurriera a contracorriente en al menos dos sentidos: el histórico (o sociológico, si prefieren, ya que analiza su propia época) y el estético. Su mérito consiste en que ambos propósitos confluyen perfectamente, impresionando a cualquier lector atento con la historia más banal del mundo.
   En el primero de estos sentidos, el texto narra la vida absolutamente corriente de una pareja, Jerôme y Sylvie, que va descubriendo, capítulo a capítulo, que no van a poder tener la vida que quisieron (la casa, el trabajo, el dinero, los amigos, las películas, el tabaco, los libros, la comida: las cosas, en definitiva). De hecho, es tan banal que ni siquiera cuenta alguna anécdota de las que se acostumbra sobre su vida amorosa y nunca llega a relatar unos hechos suficientemente concretos.
   Vivían en París, en una de las ciudades más atractivas del mundo, en un apartamento de 35 m., pero "les habría gustado ser ricos" y, además, "creían que habrían sabido serlo". He aquí el problema, que el mundo les había educado para eso: 
"Eran «hombres nuevos», jóvenes técnicos que todavía no habían echado todos sus dientes, tecnócratas a medio camino del éxito. [...] Eran, por consiguiente, de su época. Estaban perfectamente en su papel. No eran, decían ellos, completamente víctimas. Sabían mantener sus distancias. Eran despreocupados o, por lo menos, intentaban serlo. Tenían humor. Estaban muy lejos de ser estúpidos. [...] Se sentían enamorados de su libertad. Les parecía que el mundo entero estaba hecho a su medida; vivían al ritmo exacto de su sed, y su exuberancia era inextinguible; su entusiasmo no conocía ya límites. Habían podido caminar, correr, bailar, cantar toda la noche. [...] Les parecía que todo era perfecto, [...], la expresión evidente, inmediata, de una felicidad inagotable".
    Sin embargo, "sabían [...] que todo esto era falso, que su libertad no era más que un señuelo". Descubren, entonces, el mecanismo perverso, el mito capitalista, que, por cierto, puede que se esté desmoronando justo ahora una vez más:
"En nuestro tiempo y en nuestros ambientes, cada vez hay más gente que no es ni rica ni pobre: sueñan con la riqueza y podrían enriquecerse, y de aquí nacen sus desgracias".
"A veces lo económico los devoraba por completo". 
   Pero la novela no narra la vida de esta pareja de una forma convencional. El primer rasgo que destaca es que los personajes apenas son individuos. La inmensa mayoría de los verbos están en tercera persona del plural, pues lo que hicieron o hacían normalmente era cosa de los dos o, incluso, de todo su grupo de amigos, pues todos "eran cinéfilos" o "de L'Express", frecuentaban los mismos lugares, compartían aficiones y dilemas. El resultado de esta manera de narrar la historia está íntimamente ligado con lo anterior: el lector obtiene un completo retrato de la generación que se iba a comer el mundo.
   Iba, porque ya se encarga el primer capítulo de provocar la inquietud del lector con una descripción en la que los verbos son condicionales y no porque el narrador dude, sino porque expresa (lo sabremos inmediatamente) los deseos inalcanzables de los protagonistas, la casa con la que sueñan, la vida que querrían tener: "todo sería marrón, ocre, leonado, amarillo".
   Al final de la primera parte, Jerôme y Sylvie tocan fondo:
"Y de esta especie de búsqueda desenfrenada de la felicidad, de esta sensación maravillosa de haber sabido casi, por un instante, entreverla, adivinarla, de este viaje extraordinario, de esta inmensa conquista inmóvil, de estos horizontes descubiertos, de estos placeres presentidos, de todo lo que había, acaso, de posible bajo este sueño imperfecto, de este impulso, aunque torpe y frenado, y sin embargo ya cargado, acaso, hasta el límite de lo indecible de emociones nuevas, de exigencias nuevas, no quedaba nada".
   En esto se basa la trampa: debe estar terriblemente cerca, sentir que el paraíso se toca con las manos. Pero hay aún una segunda parte sorprendentemente breve y un epílogo, pues semejante dilema tiene, sí, una solución. Después de pasar unos meses en Túnez, de "huir" literalmente en un último intento de lograr su sueño, regresan a Francia cansados "de esa búsqueda indecisa que no les había llevado a ninguna parte, que no les había enseñado nada". 
   Llegarán al final en unas páginas que narrarán su destino en un perfecto futuro, pues vuelve a cambiar el tiempo verbal para llevarlos a un destino inevitable que, como el de sus amigos, estaba marcado; será típico y, desde luego, "no será verdaderamente la fortuna" sino sus "migajas". Perec logra un efecto devastador de la manera más simple posible.


   Y, a pesar de la distancia, ¿cómo no sentirse identificado ahora con tantas incongruencias y contradicciones? ¿No nos suenan familiares palabras como estas: "las generaciones anteriores [...] habían logrado tener, sin duda, una conciencia más precisa a la vez de ellas mismas y del mundo en que vivían; [...] la tensión era demasiado fuerte en aquel mundo que prometía tanto y no daba nada?".
   Anda rondando nuestras cabezas la sospecha de que esta es una nueva época de desencanto, en la que varias generaciones jóvenes están tomando conciencia de que su mundo no será el que vivieron sus padres,  sino otro peor en el que prácticamente nadie que conozcan podrá lograr lo que pretendía. Para ellos (y nosotros) "el futuro es un país extraño", en el que pesará "lo que pudo haber sido y no fue".
   Es lógico que los sueños, como tales, nunca se realicen y que no se llegue a ser exactamente lo que uno imaginó. La realidad es obstinada y la sociedad, enrocada, suele decepcionar. Pero entre la simple nostalgia y el desencanto hay diferencia: al nostálgico le pueden la vejez, el tiempo; al desencantado, el fracaso, pues admite, como canta Silvio Rodríguez, que se nos "ha arruinado la canción".


martes, 8 de enero de 2013

La fuga del tiempo, según Buzzati

   Si no existiera la mínima posibilidad de que unas palabras fueran capaces de expresar lo indecible no existiría la literatura. Perdería toda razón de ser. Porque se dedica precisamente a dar con aquellos pensamientos, que, a pesar de haberlos sentido, permanecen aparentemente intraducibles. Y, de repente, zas. De ningún otro sitio proviene la emoción que alguien puede sentir al leer estas dos páginas de El desierto de los tártaros:

   "Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo lo asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche -oh, si lo hubiera sabido, quizá no habría sentido ganas de dormir-, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
   Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
   ¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor y se reanuda sin pensar el camino.
   Así se continúa andando en medio de una espera confiada, los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
   Pero a cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también. 
   Cierran a cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños".

   ¿Dónde se perdió esta confianza? ¿Quién no ha oído el golpe frío de esa verja al cerrarse? Metafóricamente hablando, claro.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Rituales, tiempo y espiral

   Más allá de cualquier consideración religiosa, supersticiosa o astrológica hay alguna razón que hace de los días finales del año la época más ritualizada de nuestras vidas. Proliferan reuniones, celebraciones, mensajes. Hay, también, alguna obligación a la alegría, el perdón, el desahogo, la generosidad, el dispendio. Se convierten en trending. Y no nos engañemos. Que esto pase no es por Jesús, el Papa, los reyes, el solsticio o El Corte Inglés. Algo de eso hay, evidentemente, pero la tradición absorbe cualquier nuevo elemento que se presente, hasta las uvas de fuera de temporada. 
   Sea como sea, en ningún momento del año tanta gente se dedica exactamente a hacer el mismo tipo de cosas. Y celebran ¿el qué? Lo primero que se supone objeto de una celebración así es que uno está en ella, allí, con el resto. Y no es poco. En el fondo cualquier fiesta tiene un significado parecido, no es más que una especie de aviso o de llamada al infinito: "¡Eh, que estoy (o estamos) aquí todavía!".
   De todo el ritual que rodea los últimos días de diciembre se desprende la idea de que se cierra un círculo y lo que pasó no importa. Que el agobio de las preocupaciones debe suspenderse porque es pasado. Que aún se conserva lo esencialmente importante: la familia, los amigos, los compañeros, los conocidos, el vínculo con el pueblo o el barrio donde uno se crió. Que vendrá algo nuevo que no será seguramente demasiado distinto pero en lo que se puede confiar. Una cursilada, vamos. Ñoñerías. 
   Pero de alguna manera estas sensaciones no resultan tan falsas como pudieran parecer. Es cierto que se finge para quedar bien, para no romper con las formas o mantener relaciones o contentar a terceros o por puro interés. Sin embargo, el ritual exige un esfuerzo por sentirse verdaderamente así: un poco en paz con el pasado, un tanto condescendiente, simpático y biempensante por obligación. Porque, al fin y al cabo (del año, del ciclo), ha de demostrarse que algo valió y/o valdrá la pena.
   Cierto instinto animal de conservación debe andar detrás de este comportamiento. La repetición nos salva, como al resto de bichos a los que tanto nos parecemos. Si concibiéramos el tiempo (y la vida) como una simple línea recta todo se haría más difícil. No habría regresos ni vueltas. Solo una huida hacia adelante que a cada paso supondría renunciar a todo lo anterior.
   Volver, sin embargo, da una gran seguridad. Perdidos en un mundo gigantesco cuyo tiempo es inconmensurable, la vuelta (del frío o del calor, de la oscuridad o de la luz, de la nieve o la lluvia, de los pájaros; la vuelta a cierto lugar, a estar con alguien) es un asidero irrenunciable. La repetición del ritual nos proporciona un sitio, un punto en el ciclo, que, más que un círculo, resulta una espiral. Pasamos prácticamente por lo mismo, pero un año después. Somos prácticamente los mismos, pero algo ha cambiado. Y, según la perspectiva que se nos ofrece desde aquí, somos capaces de percibirlo. Siempre desde el siguiente giro.
   De otro modo, si el tiempo fuera el trazo de una flecha, el pasado carecería de importancia, no habría referencias ni razones. Así que los rituales repetidos resultan imprescindibles. Quizá sea una esclavitud necesaria para elaborar un mapa reconocible de la vida y, solo entonces, creer que se comprende algo. Aunque sea frágil, tanto como un globo con cristales dentro, que, lo sabemos, va a estallar más tarde o más temprano.
   Y cuando a alguien le ocurre suena así:


sábado, 24 de marzo de 2012

Los viajes en el tiempo del señor Galdós

   ¿Por qué me pasarán siempre este tipo de cosas? Uno se pone a leer tranquilamente un rato una tarde cualquiera y... zas, se topa con ciertas palabras que parecen escritas a la medida del momento. Por un instante da la sensación de que tuvo que intervenir alguna instancia metafísica, incorpórea o divina en semejante revelación. Pero no, ya sabemos que el mundo es prosaico por muchas vueltas que le demos a los versos y que el azar es cabezota pero solo eso: azar, bonito nombre.
   Así que ahí van las susodichas, encontradas en el capítulo I de La fontana de oro, de Galdós (obviamente, la negrita es mía):
   Durante los seis inolvidables años que mediaron entre 1814 y 1820, la villa de Madrid presenció muchos festejos oficiales con motivo de ciertos sucesos declarados faustos en la Gaceta de entonces. Se alzaban arcos de triunfo, se tendían colgaduras de damasco, salían a la calle las comunidades y cofradías con sus pendones al frente, y en todas las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado más, añadido a la lista de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel que la etiqueta le prescribía.
   Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20 al 23, en que ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no existía, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designación de puestos impresa en la Gaceta; y sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas, ni escudos, ponía en movimiento a la villa entera; hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado por una burla de la historia, y solía agruparse con sordo rumor junto a las puertas de Palacio, de la casa de Villa o de la iglesia de Doña María de Aragón, donde las Cortes estaban.
   Más allá de elucubraciones estériles sobre el intertexto, ¿no es impresionante que, tal y como quise hacer ver en la entrada anterior, sintamos décadas después la misma rabia o rebeldía?
   Ya se sabe que la historia, de alguna manera, anda repitiéndose, pero por alguna razón (tal vez cierta inclinación sentimental) me emocionan estas correspondencias con el pasado y con las ocurrencias de gente que se supone tan distante, habida cuenta de lo mucho que hemos cambiado desde entonces (o eso nos han dicho).
   Los hechos históricos o novelescos contados en este libro, se refieren a uno de los períodos de turbación política y social más graves e interesantes en la gran época de reorganización [...]. Mucho después de escrito este libro [...] me ha parecido de alguna oportunidad en los días que atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos sucesos aquí referidos y algo de lo que aquí pasa; relación nacida, sin duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable período de 1820-23.
   Esto dice Galdós en el prólogo de 1870, mientras se preparaba la llegada de la I República, refiriéndose al escaso periodo de vigencia de la Pepa (bicentenaria esta semana, ¿otra casualidad?). Y, salvando las distancias gracias a nuestra indomable inteligencia, ¿no será que volvemos a estar en las mismas?

¿Las dos caras de la moneda?

   Ejercicio: 
  1. Reescriba el segundo párrafo de la primera cita adaptando los nombres del rey, el periódico y algunos elementos ornamentales.
  2. Relea el resultado con suspicacia.
  3. Rodee las semejanzas entre ambas imágenes.
  4. Sonría /suspire.
  

sábado, 19 de febrero de 2011

La gran paradoja

   Si hay una paradoja que merezca ser tenida en cuenta por encima de las demás es la que configura nuestra propia vida.
   Recorrer el tiempo es la esencia de la vida, porque si no, no valdría para nada, no existiría como tal; pero ese mismo tiempo supone que, tarde o temprano, se acabará.
   Qué voy a contar que no sepáis. A partir de ahí nacen la inmensa mayoría de las preguntas filosóficas, religiosas, morales... que cualquiera pueda imaginar. Pero no quiero redundar en el vértigo que produce esta difícil posición. 
   Por eso a veces conviene tener en cuenta un punto de vista menos melancólico. Atendiendo a esta necesidad añado este poema de José Emilio Pacheco a la sección "Pequeños hurtos". Para quienes necesitan resarcirse de Manrique y su "cualquiera tiempo pasado / fue mejor".

The river flows (to the sea) 

jueves, 27 de enero de 2011

TIEMPO ROBADO AL TIEMPO

   Eso dice Julio Ramón Ribeyro que son las evocaciones, los recuerdos. Pero si se piensa en lo que ocurre al leer o escribir resultará un proceso similar. Escribiendo se vive por segunda vez o se vive otra vida. Incluso en el poema más supuestamente sincero todo está trastocado. Lo que no quiere decir que por eso no tenga ningún valor. Más bien al revés.
   Incrustar tiempo, una materia tan abstracta (¿o no?, que me perdonen los físicos) en un sitio virtual puede parecer una idea descabellada. Pero se me ha metido entre ceja y ceja. Qué le vamos a hacer. Puede salir perfectamente mal, pero al fin y al cabo estas letras son idénticas a las de los libros, grandes almacenes de tiempo. O sea que podría (no lo diré muy alto) funcionar.
   Pondré aquí ese tiempo que consiga destilar. Será mutante. En estos tiempos no podría ser de otra manera. A veces tomará forma de crítica, de comentario, de anuncio, de diatriba, de citas como este título.  O una simple nota.

El hombre que duerme (¿y piensa?) entre Antequera y Archidona

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