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miércoles, 13 de enero de 2016

Comer carne...

   La España de hace cincuenta años... Eso enseña la película Un millón en la basura. Lejos del revival amable de Cuéntame, conviene acercarse al pasado con los ojos de ahora, pero la mirada de entonces. Y el pasado no es precisamente una antología de bonitos recuerdos. El país que enseña Forqué en su película es bastante miserable. Pero no es culpa suya. Sin ninguna intención tremendista, plano a plano, uno va tomando conciencia casi sin querer: Madrid es una ciudad desarreglada de barriadas de albero y sin alcantarillado de cuando el único adorno posible eran las fotos de la boda o de la mili; de cuando el aguinaldo y el servicio; donde los pavos pasean como en un tebeo de Carpanta y los perros andan flacos, sueltos y con mal humor; donde se trabaja por un sueldo escasísimo que no cubre las letras ni los alquileres; donde todo se fía y se debe; donde, en definitiva, la supervivencia depende de la compasión, la lotería o el milagro. Y si hay un milagro será como este, mucho más prosaico que el de Frank Capra. Florituras, las justas.
   Nada que, en teoría, no supiera. Nada que no haya leído en Aldecoa o en Delibes, pero con la fuerza directa de la imagen, a la vez poderosa e indolente. Y sí, a veces puede utilizarse un poeta ciego o un aspirante sin abrigo como protagonista, pero qué hay más simbólico que un barrendero. Quién si no podía encontrarse un millón de pesetas en un cubo de basura. Cuando se lo muestra a su mujer comienza a imaginarse lo que podría hacer con él: los juguetes de los hijos, la casa, una nevera, una lavadora y... comer carne.

  No sé si en su momento alguien pudo reírse en el cine durante esa escena. Su tono es cómico, pero hoy yo no he podido reírme. Me pareció terrible, de una ingenuidad proverbial. Y ese barrendero, durante los dos días que mantiene el dinero en su poder, topa constantemente con escaparates ostentosos y ambientes de lujo que le recuerdan lo que casi nadie puede llegar a tener y unos pocos desprecian. Porque dinero hay. Y mucho. Pero nunca será para Pepe, al que solo le quedan Consuelo y su conciencia. ¡Lo que tiene ser bueno!
   Seguramente esta película valga mucho más ahora que cuando se rodó. Ya no es una digna y austera comedia dramática, es un pedazo de esa historia que tanto jode revivir, la que nunca se acabó de arreglar, pues continúan la ostentación y los desahucios, la especulación, la explotación laboral, la usura... Solo que con asfalto, alcantarillas, neveras, lavadores, coches, teléfonos y menos animales sueltos. El progreso...
   El relato de la pobreza virtuosa sustituyó al del pícaro, pues este ya se había enriquecido, convertido en especulador siglos después. La misma historia de Misericordia, Las ratas o Seguir de pobres. El paradigma: la triste honradez del pobre, que no puede vislumbrar más horizonte que la injusticia porque parece eterna. Cuánto tenemos de esto todavía.

viernes, 19 de junio de 2015

El plan previsto

1

   Hace ya cuatro años de momentos como este, en los que todo el mundo estaba en la calle y no porque quisiera pasear bajo el sol o tomar algo a la sombra. Acababa de hacerse evidente que el sistema político, social y económico se había agotado, pero el poder lo seguían teniendo los mismos. 
   Durante más de dos años se mantuvo esta situación. Las plazas se llenaban. Pero poco a poco el esfuerzo se fue concentrando en propósitos más concretos y cercanos, abarcables. Los triunfos parecen pírricos, pero costaron mucho y significaron más: algunos hospitales, centenares de desahucios, centros sociales, redes de colaboración, un proyecto urbanístico, detenciones...
   No estaba nada mal, aunque esto no hiciera temblar los cimientos de la estructura. Y una legislatura después resulta que cambian gobiernos locales y autonómicos. Muchos con buena intención y algo de decencia, lo cual sorprende en la política a la que estábamos acostumbrados. Algo encomiable, si bien las buenas intenciones no garantizan nada.
   Porque durante este tiempo el PP y el PSOE y otros, sí, pero también la banca, la patronal, la UE y sus lobbys, la élite dirigente de los estados, la ONU, la OCDE, el G7 u 8, el BM, el FMI, los grupos empresariales, la bolsa... continúan con el plan previsto. Y ese plan incluye una revisión de los cimientos de la estructura social, económica y política. Una revisión que conseguirá reforzarlos.
   Siento parecer agorero, pero en gran medida el escenario actual es peor que hace cuatro años. Y no se trata de que circule más o menos dinero o de que trabaje más gente, cosa que hasta algunos economistas ponen en duda. Está claro, por el contrario, de que se trabaja peor y por menos; que se está aún más a merced de los subsidios, la explotación, los abusos, la ilegalidad.

2

   Hay que reconocerlo. Aunque duela. Para salvar a los bancos hubo que hundir a las cajas de ahorros. Hecho. Se acabaron las entidades financieras sin ánimo de lucro, pues. Y ahora saca tu cuenta de esa macroentidad de nombre cambiante si tienes huevos (y si no tienes un préstamo, claro). Y ábrete un plan de pensiones porque la tuya será una mínima parte de lo que recibieron tus padres o tus abuelos. Es un negociazo: lo que tú cotizaste lo ahorra la administración y lo ganan los bancos.
   Para salvar la educación privada había que financiarla y, por supuesto, desprestigiar la pública. Hecho. La LOMCE mantiene el ansia por los conciertos educativos tan obsoletos como la propia transición. Además, promueve equipos directivos serviles, elimina órganos de representación de la comunidad educativa e introduce un cambio de radical de dirección: el propósito es formar a gente que gane dinero y no gente que piense. De ahí la sustitución de todo lo que huela a filosofía o crítica por "emprendimiento"; una salvajada etimológica, un golpe de mando.
   Para salvar la moral había que relanzar los valores religiosos. Hecho. Cabalga como siempre a sus anchas esa rémora llamada asignatura de Religión. Y cuenta para media. Y ahí está relanzada la imagen de las ONG católicas, Cáritas sobre todo, pues al estado le encantan las personas e instituciones caritativas, que asuman sus propias funciones sin cuestionar el orden establecido.
   Para salvar la identidad había que hundir (y esto sí es literal) a los inmigrantes. Hecho. Hay miles muertos; muchos otros detenidos, expulsados o torturados. Y sin rubor, pues ellos no son españoles como dios manda.
   Para salvar a las aseguradoras había que hundir la sanidad pública. Hecho. Muchos acaban por pagar consultas y operaciones que se eternizarían mientras el estado sigue concertando la sanidad de los funcionarios para tenerlos contentos.
   Para salvar el libre mercado había que asegurar bajos impuestos a las empresas y penalizar a los consumidores. Hecho. Sube el IVA, bajan los aranceles, se imponen tratados de libre comercio que acabarán con la forma de vida de millones de personas en Europa. La consagración de la economía, nuestra nueva diosa, y su primer mandamiento: las cosas valen lo que se pague por ellas.
   Para salvar la monarquía había que cambiar al rey. Hecho. Ahora es más alto, más joven, más educado y con idiomas. Quién no lo preferiría. Al menos así lo demuestran todos los minutos que TVE le está dedicando en esta semana en que cumple un año en el trono.

3

   En definitiva, queramos o no se han consolidado los principios que dominan la sociedad: la ambición, el individualismo, el ánimo de lucro, la inversión, la usura, el clasismo, la herencia, la sumisión, la obediencia, la arbitrariedad, el nacionalismo. Habrá nuevos políticos, pero en la misma jaula.
   Por el camino, como tenía que ser, han caído unos cuantos personajes. Unos pasarán algún año en la cárcel, otros simplemente comprobarán que dejaron de tener algunos amigos, que ya no les llaman... Daños colaterales.
   Sé que parece una visión pesimista. Pero tampoco es que estuviera mucho mejor antes. La justicia no cabe, la igualdad es incompatible. No es un futuro halagüeño. Ni lo era. Y a todo esto aún habría que añadirle todas las situaciones de verdadera calamidad por  el mundo que no me atrevo a catalogar. Por vergüenza.
   Puede que, al menos, unos cuantos hayan aprendido cómo reaccionar. Puede ser. Pero no lo hemos hecho los profesores, por ejemplo. Ni muchos otros. Una resistencia demasiado modesta. Cada tanto es inevitable que uno se sienta como este tipo.
   No dejemos de pensarlo, sin embargo. El discurso es viejo y sigue imponiéndose. Hasta ahora. El plan es el previsto, pero no es perfecto.


jueves, 30 de abril de 2015

Una falsa libertad

   Hace tiempo que la literatura se ha convertido en un arte menor. Su lugar a la cabeza de los cambios culturales y estéticos duró algo más de un siglo, pero esta no es su época. 
   Esto no significa que haya que rebelarse, manifestarse o reivindicar nada. No hay ninguna razón moral para suponer alguna preponderancia de la literatura, más allá de su utilidad para perfeccionar la lectura, que eso siempre puede resultar beneficioso. Será mejor emplear los esfuerzos en otras luchas más materiales y urgentes: la igualdad, los derechos. Dejemos de lado la farándula de las ferias y las conmemoraciones, puro marketing primaveral.
   No obstante, algunos no podemos evitar utilizar la literatura como ventana al mundo. Cajón, ventana, arena se titulaba un poemario que desde hace años solo existe en este disco duro. Por algo sería. Y probablemente sea alguna razón adolescente la que aún me empuja a verlo todo a partir de lo que leo.
   No es capricho. Si lo sigo haciendo es porque realmente suelo encontrar en la literatura las interpretaciones más interesantes sobre los sentimientos, las relaciones, la vida, la historia. Creo que la mejor literatura sintetiza decenas de ensayos y estudios. Una visión un tanto ingenua, tal vez, y anticuada. Pero que de vez en cuando toma forma, por ejemplo, en las entradas de este blog.
   Por supuesto, no quiero decir que esta sea ni la mejor ni la única manera de hacerlo. Ni que una estética, llamémosla realismo, por ejemplo, resulte más necesaria que otras. No estoy hablando de una manera sistemática e ideal de representar el mundo a través de las palabras, sino de la discutible pero inevitable voluntad de buscar en las palabras que alguien escribió hace más o menos tiempo los restos de su experiencia, su pensamiento. Traspuestos, eso sí, en personajes, en otros, en metáforas..., lo que a mi parecer es lo que los hace más valiosos.
   En este sentido, como lector, uno de mis autores favoritos es Joseph Roth. Hay toda una estética y una época en sus novelas. Son un escaparate del cinismo y la decadencia, un testimonio de cómo puede derrumbarse un mundo sin que nadie le preste atención. Son las primeras décadas del siglo XX, entre las dos guerras mundiales.
   Prácticamente cada una de sus novelas muestra a un personaje desencantado, perdido, apátrida, tomando conciencia de cómo funciona la sociedad. Y los mecanismos asustan, pues todo lo mueve la hipocresía, los enchufes, la estafa, el egoísmo y, por supuesto, el dinero, que condiciona cada vida narrada en ellas. En sus páginas se deshacen clases, estados y fronteras en medio del caos. Y de entre las ruinas, alguien que intenta sobrevivir con una mínima dignidad, tan precaria como el futuro.
   Algo así ocurre en La marcha Radetzky, El peso falso o en Hotel Savoy, pero también en Confesión de un asesino y La leyenda del santo bebedor. Izquierda y derecha (1929) no es una de las mejores, pero comparte algunas de sus virtudes. El protagonista es, en este caso, un tipo mezquino y antipático, caprichoso y chaquetero, que después de unos años felizmente despreocupados ve cómo se hunde el negocio bancario familiar. Su actitud, bastante reprobable, se ve recompensada porque la casualidad y Nikolai Brandeis lo salvan de acabar mendigando.
   Nunca hay que despreciar al azar como motor de una trama ni suponer que un personaje solo tiene una vida. El propio Brandeis concibe la suya propia como una sucesión de varios personajes. El que ayuda a Paul Bernheim, el protagonista, es, de momento, el penúltimo de esa lista. Al campesino, al soldado, al desertor... les sucedió un comerciante de mucho éxito que, sin embargo, cree que no tiene ningún mérito, que se da cuenta de que el capital es un juego con poco sentido. Así que partirá de nuevo hacia otra vida provisional.
   Justo antes del final de la historia, tras una descripción del anochecer en un Berlín que parece sacado de un cuadro de Grosz, Brandeis piensa:

Todas estas personas creían ser libres. Apenas conocían al hombre que llevaba a sus mesas el pan y la margarina, la excelente mantequilla o un sucedáneo. Caminaban muy erguidos y estaban aterrados ante la idea de ser despedidos; se manifestaban los domingos y escondían fotos pornográficas para que no las vieran sus esposas; educaban a sus hijos con mano dura y temblaban cuando veían peligrar un aumento salarial; discutían los artículos de fondo y se descubrían ante su jefe.
No conocían a Nikolai Brandeis, el organizador, el creador de una nueva clase media y el protector de la antigua, que hacía rebaja a sus nuevas organizaciones y se había hecho rico vendiendo sus productos a bajo precio. Brandeis vestía y alimentaba a la gente, les concedía préstamos con los que comprar lindas casitas en la periferia de las ciudades, les proporcionaba las macetas y los canarios cantando en sus jaulas y, sobre todo, la libertad: una libertad que duraba doce horas bien medidas.
   Duro, ¿verdad? El empresario que sabe que aprovecha la credulidad y la ignorancia del resto; los empleados que se contentan con las migajas de la especulación. Hace más de ochenta años, sí, pero ¿ha cambiado algo realmente? Cuidado con el cuento de la clase media, no sea que al final resulte un viejo invento; no sea que el low cost ya estuviera allí. Antes. Incluso, ¿alguien ha pensado si el low cost no fue siempre la única expresión popular del capitalismo? Cuidado, porque Brandeis no se fiaría ni de sí mismo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Todo lo que baja...

Transformoney Tree
   Noticia del año: la bolsa sube. Anda ya por nosecuantos puntos. Cojonudo. ¿Y? ¿Se supone que alguien debe alegrarse? Pongamos las cosas en su sitio.
   Que la bolsa suba significa que hay más gente dispuesta a pagar más por las acciones (participaciones) en ciertas empresas (porque, eso está claro, en la gran mayoría no invierte ni dios). 
   Pero ¿quiere esto decir que esta gente que cada vez pagaría más (nótese el condicional) por las acciones está interesada en el negocio/actividad de esa empresa? ¿Que su sueño es tener una parte de una gran compañía de telecomunicaciones o de supermercados, un pedacito de banco aunque fuera infinitesimal? 
   Basta ya de ingenuidades. Ojalá recordasen siempre que la mencionan en los informativos que la bolsa es, ontológicamente, una burbuja. Es decir, que lo que se compra en ella solo sirve para venderlo posteriormente. Y a un precio... mayor.
   Pero... ¿y si baja? Don't worry. El sistema hace tiempo que buscó remedio para esto. Al fin y al cabo las acciones no sirven para nada, apenas para apostar a que suben de precio y especular con ellas como si fueran apartamentos en la costa (aunque no ocupan espacio ni generan puestos de trabajo ni pagan un carro de impuestos). 
   Así que cambiemos de punto de vista: que la bolsa baje no es el problema; de hecho, debe bajar de vez en cuando para que el capital pueda regenerarse y volver a comprar... más barato. Llámenlo crisis, digo x.
   Fíjense en Bill Gates. Anda todo el mundo asombrado porque ha comprado un buen tarro de acciones de FCC e interpretando qué siroco le ha dado. Vamos, hombre, que no es nada más que un paseíto por las rebajas. Un tipo listo, como él, sabe que es muy probable que esas acciones suban y pueda volver a negociar con ellas y como, además, tiene capital de sobra invertido en otros lugares, tanto le da que luego no salga una belle operation.
   A quien se sorprenda con todos los estudios estadísticos que corroboran que la fortuna de los multimillonarios ha crecido bastante habría que recordarle que el capital, desde el principio, está muy concentrado. Que la manera en que se han manejado los negocios durante siglos estuvo pensada para que se mantuviera así (de ahí que se basara en obtener interés de los préstamos). Que este mismo capital controla cada negocio y empresa, pues dependen de su inversión. Que la ilusión de que un pequeño capital o renta familiar pueda revertir la situación es completamente falsa.
   Así que, basta. Que nadie tenga que recordarles que el valor del dinero (en forma o no de acciones) es una mera suposición, un enorme pacto ficcional hecho a medida de los únicos que pueden ganar mientras procuran distraer a quienes mantienen la ilusión de no perder. Mejor ni acercarse a la mesa de los trileros.


¡Quema el dinero y baila! 3/3

jueves, 25 de abril de 2013

El jornalero en la plaza

   No hace falta redundar en datos. Nadie consigue trabajo, otros aún lo están perdiendo y, lo que es peor, es casi imposible que ni unos ni otros trabajen (al menos legalmente) en mucho tiempo. 
   El resultado es más que trágico y visible. Probablemente a España (o Hespaña o Expaña, como prefieran) le esperan más de 10 años con un paro superior al 20%. Incluso más. Pongamos hasta el 2025, cuando ninguno de los que hayan estado tanto tiempo en paro tenga posibilidad de acceder a una pensión digna cuando envejezca porque: a) no cotizará nunca lo suficiente; b) no pudo ahorrar para un plan de pensiones. Da vértigo.
   Así que solo quiero recordar, para aquellos que crean que las soluciones aún están en cambios menores, reformas varias, leyes nuevas o ministerios audaces, que el problema es otro.
   Que la actividad más importante de una vida humana tenga que ser un trabajo remunerado es un axioma falso, delirante, pero inseparable de nuestro sistema socio-económico. El solo concepto del trabajo pagado como mercancía aterra, sobre todo de tan asumido.
   Aun aceptando este disparate, el trabajo nunca será igual entre la clase asalariada y la propietaria, llámenlos proletariado y burguesía o como quieran. Sus diferencias se perpetúan en el tiempo pues solo la clase que dirige tiene propiamente capacidad de decisión y siempre legislará en su propio beneficio.
   Y, por último, el "sistema de libre empresa" (aka capitalismo) necesita que haya paro. Desde los tiempos más remotos los patrones o sus capataces debían elegir a quién contratar y si había muchos dispuestos a trabajar y pocos jornales, pagarían menos, ergo los beneficios aumentarían.
   Es verdad que durante unos años se intentó controlar el paro para que el gasto en ayudas sociales no perjudicase a su vez a los propietarios. Pero ya no pasará. Saben que es imposible reducirlo sin cambiar el negocio y a eso se van a negar siempre. Para ahorrar en el control del paro solo hay otra opción: suprimir los gastos que una vez, hace mucho tiempo, hicieron pensar a quienes trabajaban que no estaban completamente a merced del dedo que los señalaba en la plaza, al amanecer, para ir al campo. El dedo que, sin saber por qué, unas pocas veces los escogía.

   Se imponen, pues, poemas de urgencia:

El jornalero espera
en la plaza como tú
ante las pantallas del
ordenador o el teléfono
que el mismo dedo
arbitrario lo salve
momentáneamente
de la indecencia
para mayor gloria
de los dueños 
del tinglado.

martes, 30 de octubre de 2012

La caridad no es cara

Sabemos que no hay tierra
ni estrellas prometidas.
León Felipe  

   Amancio Ortega ha donado 20 millones de euros a Cáritas. Amancio Ortega, el prohombre nacional, el modelo a seguir por los jóvenes sin rumbo, el ejemplo a estudiar en las modernas escuelas de negocios donde se educan nuestros futuros gobernantes, ese Amancio Ortega, el tercer tipo más rico del mundo, el de los 40.000 millones, batiendo marcas.
   Ahí está su generosidad. No solo comparte su dinero sino también el ejercicio impecable de sus deberes morales. Y qué quieren que les diga: no me sorprende. 
¿Qué iba a hacer con ese dinero? ¿Invertirlo? ¿Gastarlo? ¿De verdad creen que se pueden gastar 20 millones con 76 años? ¿Y 40.000? ¿Para qué quiere alguien 40.000 millones?
   Ya, ya sé que en realidad ese dinero es virtual, que depende de lo que se pague por unas acciones, pero también es virtual el dinero que mucha gente debe a los bancos. O todo en general, si nos ponemos. Entonces, ya que pocas opciones habría de dar uso a un dinero como ese, ¿por qué no utilizarlo para irse ganando el cielo, no vaya a ser que pase algo? No sería la primera vez, ¿verdad?
   Hace tiempo era una práctica muy corriente. ¿Se acuerdan? Había bulas papales que se compraban para quedar eximido de cualquier culpa y así poder mandar el alma a San Pedro con la tranquilidad de que pasaría el control. Incluso, ya puestos, había quien las falsificaba, pues los estafados solo comprobarían el engaño al pasar al otro barrio (si es que lo había).
   Las donaciones, en aquella época, eran los méritos en vida de quienes, como cristianos (todos tenían la obligación de serlo) y por tener la dicha de pertenecer a una clase privilegiada, se compadecían de los miles o millones de menesterosos. La iglesia católica gestionaba estas donaciones, que, incluso a pesar de las corruptelas, servía para atender a una parte de los desclasados y crear novedosos instrumentos financieros como los montes de piedad, los primeros sin ánimo de lucro (aunque ya sabemos cómo acabaron al final las cajas de ahorro o Noos, que supuestamente tampoco lo tenían).
   En aquellos momentos el dinero donado, o las posesiones, no desgravaban sobre la tasa de ningún impuesto, pues se suponía que sus beneficios serían espirituales, lo mismo si se ayudaba a levantar una capilla, a mantener un convento o un hospital. El estado era oficialmente una comunidad cristiana, así que la caridad de sus miembros (nobles y burgueses) era la única política de ayuda social o asistencial existente. Si había pobres era porque dios así lo había querido, pero también porque daba la oportunidad a quienes se enriquecían de llevar a cabo sus buenas obras con ellos y así compensar su desgracia. No había injusticia en ello, era la voluntad de dios, por mucho que contradijera a las escrituras (Mc 10:25).

   Quizá lo que sorprenda es que siga vigente en el mundo actual este concepto de caridad, cuando las leyes llevan al menos dos siglos intentando ocuparse de hacer valer el principio de igualdad entre los hombres y distribuir la riqueza, si bien no en términos igualitarios, al menos de manera justa o proporcional, de modo que ningún ciudadano pueda quedar desamparado.
   Ya, se me olvidaba que esta parte de los derechos humanos o principios constitucionales, etc. suele quedar en agua de borrajas. Pero en teoría los impuestos que paga cada uno deberían servir para atender a quienes no tienen dinero, casa, trabajo, etc. ¿Será que el sistema tributario es tan complicado como le pareció a Lola Flores? ¿O es que no recauda lo suficiente? ¿Es que está obsoleto y no consigue su objetivo de redistribuir los beneficios de unos pocos?
   Son, seguro, preguntas complejas, pero volvamos a lo principal. ¿No es totalmente escandaloso que aún haya quien considere necesaria la caridad o la limosna para sostener la sociedad? ¿Y si además quien así lo hace es el tercer hombre más rico del mundo a través de una fundación que tributa el 10% en el impuesto de sociedades? ¿Y si resulta que, además, desgrava entre 2 y 6 de esos 20 millones en su declaración del IRPF con tan magnánimo gesto?

   Algo no pinta bien cuando las instituciones no son capaces de acabar con la pobreza, tan necesaria en el sistema económico, todo sea dicho. Y, desde luego, algo anda mal en el mundo cuando una sola persona puede disponer de un capital semejante. Salta a la vista. Su conciencia, como la de muchos otros ricachones supuestamente creyentes, no debería estar tranquila, al menos según las palabras que supuestamente dijeron los supuestos enviados de un supuesto dios. Aunque quizá no les preocupe. Para mí que Amancio Ortega ya se ha condenado. Lo tiene muy jodido para escapar del infierno. Y lo sabe. Pena que no exista.

   Desengáñense: la caridad no es cara. Habrá que buscar otra forma de que pague.

San Martín, icono antiguo de caridad, el noble que comparte (Por Miguel Jiménez).

martes, 20 de marzo de 2012

¿Te suena?

   Piensa en un lugar en el que los políticos corruptos obedecen a los intereses de quienes les han promovido en su puesto o quienes se lo garantizarán después con la promesa de no ser juzgados o, en el peor de los casos, eludir sentencias condenatorias; en el que la pobreza se extiende rápidamente y las vacas empiezan a pasar hambre aunque solo sea por solidaridad; en el que el trabajo es, en lugar de un derecho, una obligación económica, un motivo de explotación y un imposible práctico; en el que los patronos (aka empresarios, aka emprendedores) coaccionan a sus trabajadores; en el que la justicia es arbitraria y paradójica, tanto que llegará a sobreseer su propio caso; en el que se premia al adulador y se margina al crítico, se esconde la verdad y se levantan impresionantes trampantojos que disimulen los destrozos en la fachada y la estructura del edificio en el que aún malvives; en el que la mayor tarea de un enorme dispositivo de instituciones, empresas, grupos, partidos y sindicatos es que no tomes conciencia de la situación real; en el que la información es mayoritariamente propaganda; en el que (last but not least) todos estos comportamientos no conllevan ningún tipo de reproche, condena, castigo. Más bien al revés. Incluso aunque haya muchos papeles escritos que dicen que esto no debería ser así. Será que a alguien se le derramó el café encima de ellos y ahora justo no se pueden consultar.
   ¿Te suena?
   Espera, no te oigo bien.
   O sea que sí, que mucho. Ah, que se te parece mucho a lo que pasa aquí.
   ¿Seguro? Piénsalo, que luego te podemos acusar de demagogia. Al fin y al cabo esto es un país civilizado.
   ¿Cómo que es aún peor? ¿Que viene de lejos? ¿Que crees haberlo leído en algún sitio? 
   Bueno, hay muchos...
   ¿Que se te parece a la historia de un libro viejo que leíste en COU? ¿Luces de qué?
   Ah, Luces de bohemia. Sí, el escenario de aquella historia no podía ser más decadente: un país empobrecido, cutre, plagado de injusticias.
   O sea, que según dices si cogiéramos cualquiera de sus escenas podríamos buscarle un paralelo con la situación actual. Pero hace casi cien años.
    Ya, el ministro corrupto, los enchufes en los cargos de la administración, la insolidaridad, la violencia policial, la persecución política, detenciones ilegales...
   Sí, es muy triste. ¿Y este mismo fin de semana? ¿En Madrid? 
   Había oído que llevaban tiempo haciéndolo.
   Vamos, como en aquella escena...
   Sí, es muy emocionante... y terrible.
   Sí, fue una de las que añadió Valle-Inclán en la segunda versión.
   ¿Que por qué? No sé, se daría cuenta de algo...  


El calabozo. Sótano mal alumbrado por una candileja. En la sombra se mueve el bulto de un hombre. Blusa, tapabocas y alpargatas. Pasea hablando solo. Repentinamente se abre la puerta. MAX ESTRELLA, empujado y trompicando, rueda al fondo del calabozo. Se cierra de golpe la puerta.

MAX: ¡Canallasl. ¡Asalariados! ¡Cobardes!
VOZ FUERA: ¡Aún vas a llevar mancuerna!
MAX: ¡Esbirro!

Sale de la tiniebla el bulto del hombre morador del calabozo. Bajo la luz se le ve esposado, con la cara llena de sangre.

EL PRESO: ¡Buenas noches!
MAX: ¿No estoy solo?
EL PRESO: Así parece.
MAX: ¿Quién eres, compañero?
EL PRESO: Un paria.
MAX: ¿Catalán?
EL PRESO: De todas partes.
MAX: ¡Paria!... Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto. Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora.
EL PRESO: Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo.
MAX: ¿Eres anarquista?
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes.
MAX: Pertenecemos a la misma Iglesia.
EL PRESO: Usted lleva chalina.
MAX: ¡El dogal de la más horrible servidumbre! Me lo arrancaré, para que hablemos.
EL PRESO: Usted no es proletario.
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño.
EL PRESO: Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos.
MAX: Yo soy un poeta ciego.
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!... En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.
MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.
EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!
MAX: ¡Barcelona es cara a mi corazón!
EL PRESO: ¡Yo también la recuerdo!
MAX: Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos... Eso consuela.
EL PRESO: No cuenta usted los obreros que caen...
MAX: Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva.
EL PRESO: Mi nombre es Mateo.
MAX: Yo te bautizo Saulo. Soy poeta y tengo el derecho al alfabeto. Escucha para cuando seas libre, Saulo. Una buena cacería puede encarecer la piel de patrono catalán por encima del marfil de Calcuta.
EL PRESO: En ello laboramos.
MAX: Y en último consuelo, aun cabe pensar que exterminando al proletario también se extermina al patrón.
EL PRESO: Acabando con la ciudad, acabaremos con el judaísmo barcelonés.
MAX: No me opongo. Barcelona semita sea destruida, como Cartago y Jerusalén. ¡Alea jacta est! Dame la mano.
EL PRESO: Estoy esposado.
MAX: ¿Eres joven? No puedo verte.
EL PRESO: Soy joven. Treinta años.
MAX: ¿De qué te acusan?
EL PRESO: Es cuento largo. Soy tachado de rebelde... No quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón, cumplí condena, recorrí el mundo buscando trabajo, y ahora voy por tránsitos, reclamado de no sé qué jueces. Conozco la suerte que me espera: Cuatro tiros por intento de fuga. Bueno. Si no es más que eso...
MAX: ¿Pues qué temes?
EL PRESO: Que se diviertan dándome tormento.
MAX: ¡Bárbaros!
EL PRESO: Hay que conocerlos.
MAX: Canallas. ¡Y ésos son los que protestan de la leyenda negra!
EL PRESO: Por siete pesetas, al cruzar un lugar solitario, me sacarán la vida los que tienen a su cargo la defensa del pueblo. ¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas!
MAX: Los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime.
EL PRESO: ¡Todos!
MAX: ¡Todos! ¿Mateo, dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?
EL PRESO: Señor poeta que tanto adivina, ¿no ha visto usted una mano levantada?

Se abre la puerta del calabozo, y EL LLAVERO, con jactancia de rufo, ordena al preso maniatado que le acompañe.

EL LLAVERO: Tú, catalán, ¡disponte!
EL PRESO: Estoy dispuesto.
EL LLAVERO: Pues andando. Gachó, vas a salir en viaje de recreo.

El esposado, con resignada entereza, se acerca al ciego y le toca el hombro con la barba. Se despide hablando a media voz.

EL PRESO: Llegó la mía... Creo que no volveremos a vernos...
MAX: ¡Es horrible!
EL PRESO: Van a matarme... ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?
MAX: Lo que le manden.
EL PRESO: ¿Está usted llorando?
MAX: De impotencia y de rabia. Abracémonos, hermano.

Se abrazan. EL CARCELERO y el esposado salen. Vuelve a cerrarse la puerta. MAX ESTRELLA tantea buscando la pared, y se sienta con las piernas cruzadas, en una actitud religiosa, de meditación asiática. Exprime un gran dolor tacíturno el bulto del poeta ciego. Llega de fuera tumulto de voces y galopar de caballos.
La obra completa, aquí.

sábado, 19 de marzo de 2011

Arriba, abajo, izquierda y derecha

   Nada que ver con el supersticioso signo de la cruz. El miércoles estuve en Málaga en la presentación de la nueva novela de Rafael Reig, que ha ganado el Premio Tusquets y acaba de publicarse. El acto fue muy sencillo y casi familiar. Resulta que al comentar algunos aspectos de la trama de la novela (ese mundo de acciones y personajes levantado apenas con palabras) destacaba un significado político. Él mismo lo reconoce y relata aquí.
   Aún me quedan tres cuartas partes por leer, así que no voy a hacer ahora un análisis de ese ni de otros posibles significados. Solo quiero constatar varias inquietudes compartidas durante (y después) de la charla, que, desde luego, fue bastante fructífera y duró más de hora y media.
   La primera es bastante evidente: el arte, la literatura en este caso, tiene intrínsecamente un significado político, incluso por defecto. Son palabras públicas y, por tanto, nunca puede esquivarla completamente, aunque alguna vez lo pretenda. El autor escoge cada palabra, acción o emoción, y sería ingenuo pensar que su elección es fortuita.
   La segunda está relacionada con la historia reciente de España. Es evidente que la evolución de nuestra política desilusiona a un buen número de ciudadanos que, además, rebuscando en los anales, se están dando cuenta de que la nuestra es una democracia construida a base de renunciar a muchos principios; de que el relato (o cuento) de la transición democrática y el fin de la dictadura, que hace poco parecía tan bonito, tiene mucho de chapuza, de cambios de criterio y de conformismo.
   La tercera es que el estado de las cosas en el que nos movemos requiere verdaderos cambios y que quien los propone desde una perspectiva de izquierda, es decir, de igualdad y justicia, se topa con un entramado preparado para obviarla. Ese entramado empieza, por supuesto, por los medios de comunicación, que, como los artistas, también son intrínsecamente políticos, ya que escogen temas, hechos y perspectivas a la hora de informar. Desde luego en la mayoría nunca aparece cuestionado, por ejemplo, el reparto actual de riqueza (que es poder).
   El panorama, visto así, desilusiona a cualquiera, pero Reig recordó, al hilo de una viñeta de El Roto, que si bien los medios y el establishment político pretenden anular la diferencia entre izquierda y derecha, no van a poder ocultar la que se está ampliando entre arriba y abajo. Seguimos divididos en clases y condicionados por el dinero: los de abajo se mueren antes, viven peor, trabajan más, disfrutan menos y sufren para sostener el edificio. Los de abajo, como la famosa novela de Mariano Azuela sobre la Revolución Mexicana.
   Esta es la viñeta. Impagable. Dura y seca como un buen bofetón en el que se lanza un guante.


    A ver quién se agacha para recogerlo.
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