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viernes, 19 de junio de 2015

El plan previsto

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   Hace ya cuatro años de momentos como este, en los que todo el mundo estaba en la calle y no porque quisiera pasear bajo el sol o tomar algo a la sombra. Acababa de hacerse evidente que el sistema político, social y económico se había agotado, pero el poder lo seguían teniendo los mismos. 
   Durante más de dos años se mantuvo esta situación. Las plazas se llenaban. Pero poco a poco el esfuerzo se fue concentrando en propósitos más concretos y cercanos, abarcables. Los triunfos parecen pírricos, pero costaron mucho y significaron más: algunos hospitales, centenares de desahucios, centros sociales, redes de colaboración, un proyecto urbanístico, detenciones...
   No estaba nada mal, aunque esto no hiciera temblar los cimientos de la estructura. Y una legislatura después resulta que cambian gobiernos locales y autonómicos. Muchos con buena intención y algo de decencia, lo cual sorprende en la política a la que estábamos acostumbrados. Algo encomiable, si bien las buenas intenciones no garantizan nada.
   Porque durante este tiempo el PP y el PSOE y otros, sí, pero también la banca, la patronal, la UE y sus lobbys, la élite dirigente de los estados, la ONU, la OCDE, el G7 u 8, el BM, el FMI, los grupos empresariales, la bolsa... continúan con el plan previsto. Y ese plan incluye una revisión de los cimientos de la estructura social, económica y política. Una revisión que conseguirá reforzarlos.
   Siento parecer agorero, pero en gran medida el escenario actual es peor que hace cuatro años. Y no se trata de que circule más o menos dinero o de que trabaje más gente, cosa que hasta algunos economistas ponen en duda. Está claro, por el contrario, de que se trabaja peor y por menos; que se está aún más a merced de los subsidios, la explotación, los abusos, la ilegalidad.

2

   Hay que reconocerlo. Aunque duela. Para salvar a los bancos hubo que hundir a las cajas de ahorros. Hecho. Se acabaron las entidades financieras sin ánimo de lucro, pues. Y ahora saca tu cuenta de esa macroentidad de nombre cambiante si tienes huevos (y si no tienes un préstamo, claro). Y ábrete un plan de pensiones porque la tuya será una mínima parte de lo que recibieron tus padres o tus abuelos. Es un negociazo: lo que tú cotizaste lo ahorra la administración y lo ganan los bancos.
   Para salvar la educación privada había que financiarla y, por supuesto, desprestigiar la pública. Hecho. La LOMCE mantiene el ansia por los conciertos educativos tan obsoletos como la propia transición. Además, promueve equipos directivos serviles, elimina órganos de representación de la comunidad educativa e introduce un cambio de radical de dirección: el propósito es formar a gente que gane dinero y no gente que piense. De ahí la sustitución de todo lo que huela a filosofía o crítica por "emprendimiento"; una salvajada etimológica, un golpe de mando.
   Para salvar la moral había que relanzar los valores religiosos. Hecho. Cabalga como siempre a sus anchas esa rémora llamada asignatura de Religión. Y cuenta para media. Y ahí está relanzada la imagen de las ONG católicas, Cáritas sobre todo, pues al estado le encantan las personas e instituciones caritativas, que asuman sus propias funciones sin cuestionar el orden establecido.
   Para salvar la identidad había que hundir (y esto sí es literal) a los inmigrantes. Hecho. Hay miles muertos; muchos otros detenidos, expulsados o torturados. Y sin rubor, pues ellos no son españoles como dios manda.
   Para salvar a las aseguradoras había que hundir la sanidad pública. Hecho. Muchos acaban por pagar consultas y operaciones que se eternizarían mientras el estado sigue concertando la sanidad de los funcionarios para tenerlos contentos.
   Para salvar el libre mercado había que asegurar bajos impuestos a las empresas y penalizar a los consumidores. Hecho. Sube el IVA, bajan los aranceles, se imponen tratados de libre comercio que acabarán con la forma de vida de millones de personas en Europa. La consagración de la economía, nuestra nueva diosa, y su primer mandamiento: las cosas valen lo que se pague por ellas.
   Para salvar la monarquía había que cambiar al rey. Hecho. Ahora es más alto, más joven, más educado y con idiomas. Quién no lo preferiría. Al menos así lo demuestran todos los minutos que TVE le está dedicando en esta semana en que cumple un año en el trono.

3

   En definitiva, queramos o no se han consolidado los principios que dominan la sociedad: la ambición, el individualismo, el ánimo de lucro, la inversión, la usura, el clasismo, la herencia, la sumisión, la obediencia, la arbitrariedad, el nacionalismo. Habrá nuevos políticos, pero en la misma jaula.
   Por el camino, como tenía que ser, han caído unos cuantos personajes. Unos pasarán algún año en la cárcel, otros simplemente comprobarán que dejaron de tener algunos amigos, que ya no les llaman... Daños colaterales.
   Sé que parece una visión pesimista. Pero tampoco es que estuviera mucho mejor antes. La justicia no cabe, la igualdad es incompatible. No es un futuro halagüeño. Ni lo era. Y a todo esto aún habría que añadirle todas las situaciones de verdadera calamidad por  el mundo que no me atrevo a catalogar. Por vergüenza.
   Puede que, al menos, unos cuantos hayan aprendido cómo reaccionar. Puede ser. Pero no lo hemos hecho los profesores, por ejemplo. Ni muchos otros. Una resistencia demasiado modesta. Cada tanto es inevitable que uno se sienta como este tipo.
   No dejemos de pensarlo, sin embargo. El discurso es viejo y sigue imponiéndose. Hasta ahora. El plan es el previsto, pero no es perfecto.


lunes, 28 de octubre de 2013

Todo lo que baja...

Transformoney Tree
   Noticia del año: la bolsa sube. Anda ya por nosecuantos puntos. Cojonudo. ¿Y? ¿Se supone que alguien debe alegrarse? Pongamos las cosas en su sitio.
   Que la bolsa suba significa que hay más gente dispuesta a pagar más por las acciones (participaciones) en ciertas empresas (porque, eso está claro, en la gran mayoría no invierte ni dios). 
   Pero ¿quiere esto decir que esta gente que cada vez pagaría más (nótese el condicional) por las acciones está interesada en el negocio/actividad de esa empresa? ¿Que su sueño es tener una parte de una gran compañía de telecomunicaciones o de supermercados, un pedacito de banco aunque fuera infinitesimal? 
   Basta ya de ingenuidades. Ojalá recordasen siempre que la mencionan en los informativos que la bolsa es, ontológicamente, una burbuja. Es decir, que lo que se compra en ella solo sirve para venderlo posteriormente. Y a un precio... mayor.
   Pero... ¿y si baja? Don't worry. El sistema hace tiempo que buscó remedio para esto. Al fin y al cabo las acciones no sirven para nada, apenas para apostar a que suben de precio y especular con ellas como si fueran apartamentos en la costa (aunque no ocupan espacio ni generan puestos de trabajo ni pagan un carro de impuestos). 
   Así que cambiemos de punto de vista: que la bolsa baje no es el problema; de hecho, debe bajar de vez en cuando para que el capital pueda regenerarse y volver a comprar... más barato. Llámenlo crisis, digo x.
   Fíjense en Bill Gates. Anda todo el mundo asombrado porque ha comprado un buen tarro de acciones de FCC e interpretando qué siroco le ha dado. Vamos, hombre, que no es nada más que un paseíto por las rebajas. Un tipo listo, como él, sabe que es muy probable que esas acciones suban y pueda volver a negociar con ellas y como, además, tiene capital de sobra invertido en otros lugares, tanto le da que luego no salga una belle operation.
   A quien se sorprenda con todos los estudios estadísticos que corroboran que la fortuna de los multimillonarios ha crecido bastante habría que recordarle que el capital, desde el principio, está muy concentrado. Que la manera en que se han manejado los negocios durante siglos estuvo pensada para que se mantuviera así (de ahí que se basara en obtener interés de los préstamos). Que este mismo capital controla cada negocio y empresa, pues dependen de su inversión. Que la ilusión de que un pequeño capital o renta familiar pueda revertir la situación es completamente falsa.
   Así que, basta. Que nadie tenga que recordarles que el valor del dinero (en forma o no de acciones) es una mera suposición, un enorme pacto ficcional hecho a medida de los únicos que pueden ganar mientras procuran distraer a quienes mantienen la ilusión de no perder. Mejor ni acercarse a la mesa de los trileros.


¡Quema el dinero y baila! 3/3

domingo, 29 de septiembre de 2013

El dinosaurio

   No sé vosotros, pero desde hace tiempo veo al dinosaurio mantenerse en pie a pesar de todas sus enfermedades e incluso seguir el camino previsto, no tan a duras penas como me gustaría. Es verdad que en los últimos años se han hecho mucho más evidentes sus fallos e incongruencias, pero, bueno, aquí estamos, prácticamente igual.
   Resulta, ciertamente, que la crisis financiera le quitó parte del maquillaje al sistema económico y social en que vivimos y que las medidas políticas tomadas para remolcarlo han sido objeto constante de críticas y protestas hasta hoy mismo. Pero seamos sinceros, extendiendo la alegoría de la manifestación de ayer tarde, el enroque está siendo bastante eficaz. El poder apenas ha sentido un cosquilleo.
   Mientras los medios de comunicación van soltando noticias de despidos masivos y gobiernos corruptos que, en el fondo, todo el mundo sospechaba y algunos hasta justifican; mientras se suceden los infantiles desmanes y reproches en el parlamento y las encuestas que revelan siempre lo mismo; mientras Internet rebosa de quejas, insultos y chistes de Rajoy, Merkel, el BM, el FMI y su puta madre, de montajes cutres con frases bienintencionadas y peticiones contra el toro de la Vega y otras salvajadas; mientras estalla el escándalo permanente de los tejemanejes de los gobiernos mundiales y se hace evidente su clasista y anacrónica estructura; mientras tanto, aun con todo este vendaval, el dinosaurio da, casi en silencio, los pasos que lo llevarán a su supervivencia segura. Porque se siente inmortal y sabe que un día sentirá las piernas menos pesadas, que volverá a ser joven.
   Su avance no es firme, pero sí constante y mucho más inteligente de lo que pudiéramos pensar (aunque ya nos estemos dando cuenta). Al fin y al cabo, al dinosaurio lo mueve el dinero, es dinero y, como tal, nunca se destruye. Así que, como siempre, está buscando la manera de volver a casa, de cerrar su círculo, de reproducirse en las manos que siempre lo acogieron. Y empezamos a pensar que todas las "concesiones" que el capital había hecho a quienes no lo gobernaban fueron suficientemente calculadas para que no se produjesen los cambios que alteraran su esencia: la escala de la riqueza, la esclavitud del salario, la arbitrariedad absurda del precio. Incluso cuando parecía que él mismo, anciano gigante con pies de barro, se podía hundir.
   Aquí, por ejemplo, el capital sabía a qué pastos emigrar pasada la burbuja de la construcción y también que los gobiernos siempre le han facilitado las cosas. Una vez eliminada la necesidad de parecerse a la socialdemocracia había llegado el momento de explorar otros nichos de mercado: las pensiones, los servicios públicos, el suelo comunal. Por eso dicen que la economía va a mejorar, pues ya está casi todo listo para el siguiente asalto.
   ¿Sabemos cómo va a acabar? Lo que sí sabemos es cómo ha empezado: leyes para proteger las hipotecas, para favorecer los planes de pensiones y los seguros de salud, para especular con el turismo y explotar las tierras vecinales, para que los gobiernos unten las manos de los amigos y devuelvan los favores que debían mediante conciertos (de obras, de gestión de hospitales, de colegios, de basuras, de telecomunicaciones, de transporte...) Ya se sabe: quien tiene el dinero tiene (directa o indirectamente, que es mucho más cómodo) el poder; el que hace la ley... Y las van a aprobar todas, no os quepa duda.
   Está claro que a mucha gente nos disgustan estas políticas. Y nos quejamos: compartimos fotos y artículos, soltamos improperios en los bares y alguna que otra reunión familiar, acudimos a manifestaciones, colaboramos con centros sociales, formamos asambleas populares o incluso hacemos huelga. Nos hierve la sangre, pero pasa el tiempo y "joder, ¡qué dura es la piel del dinosaurio!", pensamos como si, en el fondo, no lo supiéramos.
   Parecía que no, pero todo estaba (y sigue estando) atado y bien atado. Vamos, que al volver a casa "el dinosaurio todavía estaba allí". 
   Sucede que el chiste, como el carnaval, no es revolucionario, lo revuelve todo para dejarlo tal cual estaba. Y dura poco. Eso sí, desahoga. A veces hasta resulta imprescindible. Lo mismo que la solidaridad en red o los gritos o las marchas o las manifestaciones. Pero eso no va a bastar. Tampoco unos cambios mínimos en ciertas elecciones, porque el problema no es el PP, apenas una rémora. El bicho es mucho más grande, tanto que nadie sabe con certeza si alguna vez lo podremos tumbar, ya que tan remota parece la posibilidad de que caiga solo.
   Hay quien piensa que sí, que toda esta maldita crisis conduce a ello. Ojalá. Perdonad, por el momento, esta falta de entusiasmo, pero a veces se hace duro avanzar "sin esperanza, con convencimiento" (Ángel González).
 
Ilustración de Pavel Kuczynski

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Las cartas sobre la mesa

   La manifestación que tuvo lugar ayer en el centro de Madrid y la represión policial que quiso dispersarla han vuelto a hacer evidentes cuáles son las circunstancias en que vivimos. Han vuelto, digo, porque ayer realmente no pasó nada nuevo ni averiguamos nada que no conciéramos, salvo el nivel de violencia que el poder está dispuesto a emplear. Visibles, digo, porque las imágenes han llegado a muchos más que las palabras que tanto leemos y escribimos. Para bien y para mal. Así que creo que es buen momento para poner en claro cuál es la situación. Así todos sabrán a qué atenerse y nadie podrá llamarse a engaño.
   Por si alguien lo dudaba, la policía se encargó de recordar que puede atizar aún más porrazos de los que daba e ir mucho más allá de la "fuerza mínima necesaria" del reglamento. Su actuación fue desmedida y escandalosa pero, y esto creo que es importante, sin ningún pudor. Ya admiten que no se identifican aunque sea ilegal, que utilizan infiltrados para provocar actos violentos que excusen las cargas y que pegan porque es jodido que te insulten. Es decir, que vale atizar por la espalda y en el suelo, identificar arbitrariamente, hacer la vida imposible a los periodistas, disparar (balas de goma, de momento) a discreción incluso en una estación de tren, acusar en falso y de delitos muy graves (sedición, traición, conspiración, desacato...) a gente que simplemente se reúne en la calle. Buena muestra de ello hay en los vídeos que se han subido a la red.
   Si lo hacen es porque se lo indican y/o se lo permiten sus jefes, que ahora se jactan, sin rubor ninguno, de que es así como se actúa contra quienes atacan el sistema, aunque su ataque sea de consignas y pancartas. Jefes que tienen una consigna muy clara: amedrentar a quienes pretendan saltarse tanta norma injusta ocupando solares vacíos o que nunca se venderán, reuniéndose en la calle para hacer política, molestando en los controles racistas. Están dejando claro que molestan porque temen que el movimiento social se amplíe, aunque (y esta parece también una consigna muy clara) ejercen una presión brutal sobre Madrid, apenas en las provincias.
   También se acabó el disimulo del gobierno y los cargos políticos, que presumen de actuar según el deber supremo que les marca un ser superior (a veces UE, FMI, BCE, BM y cuantas siglas se quieran). Así que no tienen más remedio que hacer lo que hacen aunque no sepan para qué o vislumbren que aun así no van a mejorar nada. Hasta reconocen lo injusto de sus leyes, las vigentes y las por venir, mientras repiten como un mantra Y si no te gusta, vota dentro de unos años a los otros para que hagan lo mismo. No hace falta argumentar cuánto se parece al Antiguo Régimen.
   Por supuesto, este despotismo implica que las reivindicaciones de cualquier manifestación, protesta o huelga nunca van a ser atendidas, pues cualquier modificación del sistema desde fuera del sistema es considerada un ataque a la democracia. Ni las dos últimas huelgas indefinidas (la minería en ámbito estatal y la educación en Madrid) han conseguido que los gobiernos correspondientes se retracten. Solo ellos, los altos dignatarios de los partidos, reunidos con los grandes empresarios, pueden hacerlo. Eso sí, bajo la premisa de no tocar la estructura de reparto y acumulación del capital.
   Hablando de manifestaciones, hay que reconocer que sigue teniendo un gran valor que grupos pequeños nacidos del 15M sean capaces de convocar a miles de personas sin medios ni carteles ni banderas ni ninguna parafernalia de la que hacen gala partidos y sindicatos subvencionados. Llevan muchos meses trabajando en la calle al margen de cualquier institución u organismo, comiéndose la cabeza y organizando la base de una sociedad que no existía. Aunque sepan que nunca será suficiente y sigan sufriendo desalojos, detenciones y la manipulación de los medios de comunicación. El desencanto los acecha constantemente, pero siguen.
Policías guardando un congreso que nunca fue asaltado. Más fotos aquí.
   Porque, de todas formas, uno de los grandes misterios del prominente estado llamado España es cómo es posible que con los niveles de paro y empobrecimiento actuales no se produzca un movimiento verdaderamente masivo, de millones, que pueda forzar un cambio. Es duro admitirlo, pero la última (o más bien la única) vez que ocurrió algo así fue en 1931. Los estamentos de poder lo tuvieron que solventar con una guerra, pero desde entonces... Desde entonces, nada. Se marchó contra la OTAN y llegó, contra la guerra de Irak y se hizo, contra la reconversión y...
   Tampoco es fácil de entender que la clase low cost (antes conocida como "media") aún no se haya dado cuenta de que el país está arruinado definitivamente y que la deuda de un estado o la pagan ellos o no la paga nadie (opción que aterroriza a los titiriteros del tinglado mundial). No hace falta ser economista para darse cuenta de que si el estado va a gastarse el año que viene 38000 millones de euros para pagar la deuda y sigue pidiendo prestado o rescatado la bola de nieve no va a hacer más que crecer. Que nadie piense que esto se acabará, pues los especuladores ya no pueden negociar con otra cosa que no sea la propia deuda. Siempre fue un círculo vicioso que nadie en el poder se atreve a romper. Van a hinchar el globo hasta que explote otra vez y así sucesivamente...
   Porque el capitalismo ha dejado de disfrazarse. O qué pensaban ¿que alguna vez intentó ser justo, equitativo...? ¡Paparruchas! Quien lo dude puede consultar alguno de los blogs sobre economía de la columna derecha.
   No quiero extenderme más. El desastre es más que evidente y tiene inmensas proporciones. Afecta a los derechos ciudadanos, los servicios públicos, el reparto de la riqueza, la libertad de expresión... Cada uno ha de saber, pues, dónde situarse. Puede decidir seguirle el juego a los propietarios del capital y sus representantes políticos. O no.
   En este sentido, el pliego de condiciones de las manifestaciones de ayer me parece lo suficientemente escueto y contundente: dimisión, convocatoria de elecciones constituyentes y auditoría de la deuda. A estas alturas no se puede pedir menos. Esa es la baza que merece jugarse.

lunes, 13 de agosto de 2012

Todo está bajo control

   No me canso de repetir que la crisis económica, pese a no haber sido provocada conscientemente por inteligencias sibilinas, está sirviendo a los dueños del capital para imponer unas condiciones a su medida y que favorezcan aún más sus beneficios. Básicamente, lo ocurrido estos últimos años supone que al inflar los precios de determinados bienes (como las casas, por ejemplo) y así generarse un unos enormes agujeros en las cuentas de los ambiciosos prestamistas, son los propietarios del capital restante los que han tomado las riendas.
   Por supuesto, los gobiernos de los estados han aceptado un pacto tácito: a cambio de seguir recibiendo el dinero suficiente para que la rueda siga girando y la máquina no se pare deben reconstruir el sistema económico, social y político del que son responsables para favorecer aún más sus intereses. Y si no, pues ya saben: ni un duro. Cada una de las "reformas" del sistema que se implantan tiene esa intención. No son tan eufemísticas como parecen: cuando hablan de reformar se refieren realmente a hacer cambios en el sistema existente, aunque nunca reconocerán ante los ciudadanos que esos cambios nunca les beneficiarán ni tendrán el valor de negarse a hacer lo que les mandan.
   Los capitalistas, es decir, los grandes propietarios, empresarios e inversores tienen la sartén por el mango. Nunca, en todo este tiempo, han perdido el control, solo que se vieron obligados a ofrecer en ciertos estados, como este, unas contraprestaciones que ahora, sintiéndose imprescindibles, sería estúpido conceder según su principio moral. Toda actividad susceptible de negocio, por ejemplo, debe formar parte de sus dominios. Incluso aquellas con las que no se atrevieron los antiguos y mojigatos capitalistas paternales. Llevan desde entonces tirando de la cuerda, apretando, pero sin ahogar. Sí, amigos, ellos también saben utilizar la moral conservadora y pacata de los refranes.
   Y no llegarán a ahogar a la mayoría. Es importante entender esto: la mayoría de la población seguirá perdiendo, pero no tanto como para quedar destrozada. La máquina puede frenar, pero no pararse, pues todo el sistema económico se hundiría de golpe. Así que el método es sencillo: hay que tirar poco a poco, milímetro a milímetro de la cuerda, sin que nadie perciba en realidad propósitos ni horizontes ni cambios radicales con su situación anterior.
   Evidentemente, también está previsto que algunos protesten, incluso que se quejen bastante, organicen movilizaciones sociales más o menos simbólicas, aparezcan lemas y hasta se pongan en huelga. Ha habido cientos de manifestaciones contra las políticas de los gobiernos, huelgas generales, en educación, sanidad y otros servicios públicos, quejas de colectivos sociales (familias de alumnos y personas dependientes, afectados por hipotecas y estafas...), actos de protesta de todo tipo, aquí y en muchos otros lugares. 
   ¿Y qué ha pasado? Casi nada. Un cambio mínimo en la conciencia de los participantes en muchas de estas movilizaciones. Un principio de unión y organización de pequeños grupos. Un puñado de acciones de éxito llevadas a cabo por muy pocos.
   Demasiado previsible. Ni siquiera una huelga indefinida que ha llegado a los ¡dos meses! sirvió para los trabajadores de la minería. Precisamente su manifestación del 11 de julio fue un triste ejemplo de qué es lo que el poder teme: mientras los sindicalistas protocalarios comenzaban su discurso protocolario la policía se llevó por delante a miles de personas porque algunos estaban tirando petardos y basura al ministerio de industria. Quisieron cortar de raíz cualquier protesta que se saliera del guion, pasando por encima de quien fuera. Lo consiguieron, pues a la hora pactada la zona de la manifestación había quedado desierta, dirigida la dispersión por aquellos sindicalistas que recomendaban "irse a casa".
   La dureza de la represión es directamente proporcional al miedo que inspiran los actos a los poderosos: lo único que no se pueden permitir es perder el control (y si no, ¿cómo se explica que bajando la estadística de delitos se convoquen más plazas de policía?). No soportan que las manifestaciones se salgan del recorrido. Que se paren los trenes. Que se ocupen las calles; las casas. Que se pongan en evidencia controles racistas. Que se colapse un aeropuerto; una autopista. Que se lleven las cosas sin pagar (y lo hagan público). Que un secretario judicial no pueda ejecutar un embargo.
   Para su alivio, de momento estos actos de desobediencia e indisciplina son escasos, la policía los reprime y los medios de comunicación los acallan. Si no fuera así podría llegar el más temido momento: que no supieran a dónde se puede llegar, qué baza jugarse; que alguien tuviera que escapar en helicóptero; que fueran intervenidas cuentas y posesiones.
   Pero para ganarles la mano e invertir el proceso hay que arriesgar, no esperar a tener la jugada perfecta que nunca llegará. Hay que echar un órdago al que casi nadie está dispuesto porque aún siente que en algún momento se puede acabar la mala racha. 
   Desengañémonos. Si el partido sige así, ya sabemos cuál será el final.

martes, 17 de abril de 2012

Los profesores que querría tener estarán en paro

A Silvia, Juan, Felipe... y todos los que 
merecen un puesto de trabajo 

 Pasado, presente... 

   He tenido la suerte de conocer dos sistemas educativos de secundaria en un periodo de tiempo relativamente corto: acabé COU en 1996 y en 2005 empecé a dar clases como profesor sustituto. Puedo, por tanto, comparar ambos sistemas: el de la ley de 1970 y la LOE (teniendo en cuenta diversas modificaciones desde los 90); así como los recursos, el personal, las condiciones de los alumnos, los agrupamientos... Puedo asegurar, por propia experiencia y teniendo en cuenta todas las que he conocido hasta ahora, que la educación ha mejorado mucho desde entonces. A pesar de que, desde luego, aún está todo por hacer, como no puede ser de otra manera.
   Y eso que, si tenemos en cuenta el presupuesto dedicado a educación en España, en torno a un 4,5% del PIB, más de un 1% por debajo de Argentina, México, Estados Unidos, Francia, Senegal, Finlandia o Marruecos, una cantidad parecida a la que destinan Portugal o Serbia y un 3% menos que Islandia. La conclusión es clara: la educación le sale relativamente barata a la administración, una quinta parte más que a la mayoría de países similares. 
   Y, sin embargo, importa mucho crear la conciencia de que no es así y ocultar con la estadística del fracaso escolar (cuyo porcentaje estaba por fin empezando a bajar) los logros significativos y aún insuficientes de las últimas dos décadas: escolarización del 100% hasta los 16 años, reducción de alumnos por aula, atención a la diversidad (adaptaciones curriculares, diversificación...), medidas de refuerzo, implantación de bibliotecas escolares, utilización de recursos informáticos (webs, aulas virtuales, blogs, sistemas operativos, programas, internet, pizarras digitales...), formación del profesorado... Y todo por un módico precio.
   Es evidente, pues, que el sistema educativo ha cambiado bajo la intención de servir para el progreso de la sociedad. Y en parte lo ha conseguido. Con aciertos. Con errores. 

...y futuro
 
   Pero hay un problema: se avecina un nuevo cambio que no va a ser para mejor. Sus artífices, simplemente, lo reconocen, lo justifican e incluso un círculo de sabios prominentes vaticina que los cambios no empeorarán la educación. Contra toda lógica académica aseguran que el aumento del número de alumnos por grupo o del número de horas de clase impartidas no perjudica el proceso de enseñanza y aprendizaje. Claro que la enseñanza privada y concertada, una por definición y la otra por falta de exigencia de las administraciones, tienen trabajadores en peores condiciones y un porcentaje mucho menor de casos que necesitan atención más individualizada (dificultades de aprendizaje, emigrantes...)
   Pensemos un momento y preguntémonos. ¿Se atreverían a decir lo mismo de un médico? ¿De verdad se puede atender igual en el mismo espacio y tiempo a 25 personas que a 35? ¿Se puede recibir e informar correctamente a sus familias? ¿Pueden realizarse en las mismas 7 horas y media semanales las tareas correspondientes a un mayor número de clases? ¿Los profesores dan con la misma solvencia asignaturas que no son de su especialidad? ¿Se prepararán materiales y recursos educativos nuevos? ¿Se organizarán excursiones, visitas, conciertos, recitales, concursos o representaciones? ¿Se "socializarán" mejor los alumnos en aulas llenas, que ya tenían problemas de espacio para 30 personas? Una lista más detallada de las consecuencias de las políticas que el gobierno quiere implantar están en esta lista.
   No quiero idealizar la situación, pues en la enseñanza nunca se puede estar satisfecho. Una de las muchas peculiaridades de este trabajo es esta: siempre se puede mejorar; nunca sirve lo que ya está hecho; cada clase es diferente; cada grupo, distinto. 
   Pero sé que no tengo nada que reprochar a la gran mayoría de mis compañeros. Llevo viéndolos trabajar durante más de siete años y os aseguro que se esfuerzan: buscan libros, textos, vídeos; hablan con las familias de sus alumnos; intentan comprenderlos y ayudarles; los llevan a exposiciones y teatros; se preocupan por sus problemas; procuran ser justos, pero comprensivos; organizan concursos, conferencias, viajes, conciertos...; llegan a asumir tareas y papeles para los que nunca los formaron.
   Sé que no lo hacen todo bien. No siempre se movilizan. A veces fallan. Quién no.
   Sé que sus clases son mejores que las que yo recibí. Me gustaría que hubieran sido mis profesores porque habría aprendido mucho más con ellos. Es muy triste que muchos se vayan a quedar en paro. No se lo merecen. Es claramente injusto, habida cuenta que el número de alumnos en el sistema no bajará y serán atendidos en peores condiciones. Pero el resto intentará hacerlo lo mejor posible. Como siempre. Y luchará por ellos y sus alumnos. No lo dudo.

Viñeta de Sansón: http://blogs.elnortedecastilla.es/rafavega/

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El tiempo es caprichoso

   Y si no lo fuera ¿cómo se darían las casualidades, las coincidencias, los encuentros? Algo hay de incomprensible en su funcionamiento. De ahí que se llame a la suerte, la fortuna, el fatum, el destino o con cualquier otro nombre a lo que parece poco probable. De todas formas, si tengo que elegir uno, me quedo con el de azar, que no fue votada entre las palabras preferidas por los hablantes de castellano no por su sonoridad sino quizá por aquello de que se le tiene miedo. Y, sin embargo, a veces ayuda a descubrir relaciones antes impensables.
   Vayan como ejemplo unas páginas (96-101, en la edición de Galaxia) de la novela O porco de pé, de Vicente Risco, que está redactada justo antes del tan mencionado crack del 29 y que, además de hacerme pasar un buen rato, me recordó, como lo había hecho antes Las crisis del capitalismo, de Marx, que todo lo que está pasando en el sistema económico capitalista es una vieja canción que ya sonó en gramófono y disco de piedra antes de adjuntarse como mp3. Vamos, que todos los que se han mostrado tan sorprendidos por la evolución de la economía y sus resultados recientes no hacen otra cosa que fingir que no sabían perfectamente lo que estaba pasando.
   En fin, que el dinero sigue funcionando igual que hace tanto tiempo y que la historia, por sus caprichos, se repite tal y como aseguraba el propio Risco, que, sin embargo, no tenía razón en muchas otras cosas. Estos son los párrafos más interesantes de la digresión (la negrita es mía):

Xa os antigos adiviñaron no Diñeiro unha forza divina, pondo nas moedas símbolos relixiosos. Para fabricalo buscáronse os metais máis preciosos, coma para as imaxes dos deuses. [...] O Diñeiro viviu moito tempo aprisionado nas especies materiais de ouro, prata, bronce, níquel. Mais nos tempos modernos, o creto ceibou o Diñeiro desta escravitude na que, sendo xa tan poderoso, conservaba aínda un resto de impotencia. Mais agora o Diñeiro espiritualizouse, fíxose invisible, incalculable, case que inefable, coma os deuses das relixións espiritualistas, e chegou ó máximo do seu poder. Considerade as cousas con ánimo atento e veredes que o Diñeiro se acha adornado de tódolos atributos da divinidade. [...] O culto é diario e constante; celébrase en tódalas casas en tódolos instantes. Mais os templos son as Bolsas, e as festas son as exposicións, as Feiras e os Mercados. Neste culto todos son devotos e non hai tépedos. Hai místicos, que son os avarentos; hai fanáticos que son os ladróns; hai herexes, que son os socialistas. [...] O Diñeiro é un deus que ten máis adoradores que tódolos deuses xuntos. [...] Non esquezades que o fin do Diñeiro é medrar, medrar a cotío, medrar sempre, ata encher o mundo, ata realizar o gran símbolo de Midas.
   Menuda ironía, ¿verdad? Así nos luce el pelo.


viernes, 3 de junio de 2011

Un tipo decente

   Hago un hueco aquí para este poema que escribí hace unos tres años y que, por casualidades del destino, parece ir ganando actualidad en vez de perderla.

UN TIPO DECENTE 

Seguramente usted pueda considerarse
si no un buen ciudadano, un ejemplo,
sí uno decente que cuida de sus hijos,
atiende a las personas que le solicitan ayuda,
se interesa por sus compañeros y amistades,
cumple eficientemente en el trabajo,
respeta las leyes, paga los recibos,
se interesa en cierta medida por los grandes problemas de
la humanidad,
se ofende ante la injusticia,
siente lástima por los desgraciados
y la responsabilidad, de tiempo en tiempo,
de decidir su voto según lo que estima
ser el bien común.

Hasta que un día se pregunte –quizá
primero inocentemente, después
con verdadera curiosidad-
por qué su bondad o su decencia
no se ven recompensadas.
Porque usted ve las noticias, lee
un periódico o escucha
la radio y comprueba
que el gobierno al que votó
no cumple el programa;
que cada vez tiene el deber de sentir más lástima
porque aumenta en progresión geométrica el número
                de desgraciados;
que las empresas con mayor margen de ganancias cada
                vez le pasan facturas más costosas;
que al hacer un bonito regalo a su familiar más querido
le está siguiendo el juego a grandes almacenes, grupos logísticos
                e importadores
que escamotean salud, tiempo y dinero a sus empleados;
que al acabar de colocar una teja del alero de su casa
un chaval boliviano resbaló y murió aplastado contra el suelo
porque el capataz le había insistido que no había tiempo de
                ponerse el arnés que eso tiene que terminarse antes
                del almuerzo o te corto los huevos;
que el tipo que pagaba a aquel chaval 500 euros menos que a sus
compañeros legalmente contratados
había soltado al alcalde de su pueblo otro sobre más voluminoso
para obtener la concesión de la obra de aquellas viviendas
pensadas para familias como la de usted,
perjudicada por el mercado
y la inmoralidad de aquellos
que no usan las casas que poseen.

Entonces reflexiona.
Analiza su propia responsabilidad en los procesos
que tienen como consecuencia tales calamidades
nunca debidamente sancionadas
y descubre
que la única manera honrada que conoce de sacarle algún
                 beneficio a su dinero
son productos financieros que respaldan la actuación de
                 empresas públicas y privadas
que especulan con la energía y los alimentos
y colonizan países llenos de desgraciados;
y que si renuncia a ese beneficio se verá obligado a prescindir
                 de ciertos lujos insignificantes;
y que si, por el contrario, gasta todo lo que tiene, o lo quema,
no podrá cuidar de quien ama;
y que si intenta ahorrar por su cuenta un poco más,
el descenso del gasto y del consumo provocarán
una menor actividad y quizá el cese de negocio
y quién sabe si un número importante de despidos
en los servicios e industrias para las que usted mismo trabaja.
Y su pareja.
Y sus amigos.
La gente del barrio.
Sus compañeros.

O sea, que usted que se creía, si no bueno,
alguien decente, educado, responsable y amoroso
está de mierda hasta el cuello.
Y piensa en lo triste
que es que las cosas funcionen así.
Se siente decepcionado, traicionado por toda
la parafernalia que alimenta sin descanso
este "áspero mundo" que conoce
desde que nació.
Finalmente siente asco, náuseas y tiene
ganas de llorar porque se da cuenta
de que mañana seguirá siendo decente, educado, responsable 
                y amoroso 
porque no le queda más remedio.

martes, 17 de mayo de 2011

Hasta aquí hemos llegado

"Los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará."
"Movimiento es el paso de la potencia al acto." 

Aristóteles
   Ayer me acercaba a la manifestación convocada en Sevilla por Democracia real ¡ya! con el temor de que los gobernantes y los medios masivos hubieran ganado de nuevo. En días anteriores apenas una nota en Público y una pequeña charla en el programa de radio Asuntos propios confirmaban que algo se estaba preparando. Más allá de eso, y teniendo en cuenta que vivo a más de 100 km. de cualquier capital, no había ninguna señal de que aquello podría resultar, solo un buen número de mensajes, enlaces y fotografías intercambiadas en diferentes herramientas de la web. 
   Un rato después, y sobre todo hoy, está claro que esta vez no han ganado. Y no es cuestión de números, sino de méritos: sin insignias, banderas, siglas, autobuses, publicidad ni cobertura mediática miles de desconocidos dieron por juntarse en la mayor protesta de los últimos años en una España que parecía dormida. La mejor prueba de lo que se ha conseguido es la incapacidad de reacción de aquellos que no se quisieron dar por enterados de lo que pasaba: las patéticas palabras de los políticos del PPSOE al ser preguntados esta mañana, los distintos medios de comunicación quejándose de que no sabían nada después de haber guardado en el cajón los comunicados anteriores, los medios de ultraderecha invocando viejos estribillos sobre los peligros de los manifestantes porque ¡se reúnen en asambleas!
   José Blanco, incluso, se ha permitido llamar "pasivos" a los que nos manifestamos porque no les vamos a votar. Y algunos ya habían hablado de un "movimiento apolítico". Nada más lejos. Lo que ocurre es que el pueblo reclama una política real, en la que las decisiones correspondan al colectivo, donde haya mecanismos de participación directa y los cargos políticos no puedan decidir contra su voluntad.
   No hay nada apolítico ahí, sino una crítica a la inutilidad y la perversión de la política tal y como está siendo dirigida ahora. No hay un movimiento apolítico porque no puede serlo. Cada voto, aunque sea nulo, cada abstención, cada acto público, incluso cada acto de consumo, son política. Cada palabra que se dice o se calla es pura política.

   Aquí todo lo ha hecho la gente. Sola. Y da miedo (les da miedo) porque si la gente pretende hacer algo al margen de los cauces establecidos no se puede controlar (con los medios establecidos). Es decir, con las instituciones, los sermones, las recetas, los discursos, los partidos, los recibos que ahora mismo han demostrado ser útiles solo para los poderosos, los inmensamente ricos y las grandes empresas sin los que el mundo, o de eso creían habernos convencido, no funcionaría.
   Era un hecho demasiado evidente que durante los últimos años el sistema económico, político y social que nos gobierna se ha quitado el disfraz para mostrarse más directamente, en toda su injusticia. Debe haber pobres, muchos pobres, para que sobreviva y mantenga a sus responsables.
   Ellos contaban con tirar de la cuerda hasta que no diera más de sí, forzar sus beneficios apretando la tuerca un poco más. Muy bien, pues hasta aquí hemos llegado.

domingo, 10 de abril de 2011

Lágrimas de Portugal

Cabo Sao Vicente
Ó mar salgado, quanto do teu sal
Sao lágrimas de Portugal!
Quem quer passar além do Bojador
Tem que passar além da dor. (1)
    Mar português. Fernando Pessoa.

   No puedo evitar que entre las noticias de los últimos días una me haya afectado mucho más: la bancarrota de Portugal. No son tiempos para equiparar desastres, pues hay de sobra, pero el sentimiento apremia.
   Portugal es mi casa. Realmente mi patria, si es que existe, ocuparía una buena parte de su territorio. Sé que estoy volviendo a ella cuando paso su frontera, esa raya que apenas separa nada, y sigo sintiendo al hacerlo una emoción particular. A pesar de haberla cruzado más de cincuenta veces. Da igual que sea a través del Duero, el Tajo, el Miño o el Guadiana. Cuando la mayoría solo percibe un cambio en la tipografía de la señalización, las matrículas y el precio de los carburantes yo noto que vuelvo a mi tierra, tanto como cuando veo después de meses los álamos de las riberas del Duero y el Pisuerga.
   ¿Una explicación? Puedo dar razones más o menos comprensibles: allí aprendí a vivir por mi cuenta, me enamoré, y asumí una segunda lengua. Pero hay algo más. Conecto con su literatura, con cierta estética y forma de ser o de comer, con sus palabras... Quizá sea difícil de entender, no lo niego, pero en esto tuvo que haber alguna predestinación o una familiaridad genética perdida: desde que llegué me sentí así. Allí todo parecía más hermoso. Vaya a saber por qué.
   Siento, eso sí, que es un país que la mayoría no valora como debiera, sobre todo en España e incluso en Galicia, con quien la relación es tan estrecha. Una tierra que los extranjeros no han intentado comprender y que los españoles olvidan nada más cruzar esa raya imprecisa entre los montes. Recordarán todos vagamente lo buenos que estaban el pescado y el vino, la arena magnífica o las visitas monumentales, pero poco más.
   Sin embargo, y aparte de la mitomanía a lo Kafka que ahora se despliega con Pessoa, sin duda el mejor poeta de la historia, ¿qué sabemos de José Afonso, de la Revolución de los claveles, de los viajes oceánicos del s. XV, de Eça de Queiroz, de Salazar y su dictadura, de Gil Vicente, de los partidos que tienen representación en su parlamento, de Miguel Torga, de la pronunciación de sus palabras?
   Ahora recorre los diarios el temor de que los bancos españoles se vean afectados por la quiebra del estado portugués. De hecho, el préstamo usurero que va a desangrar a los portugueses servirá en gran parte para cubrir sus fallos. Preocupa que pierdan las mismas empresas españolas que han comprado un buen pedazo de las portuguesas para ampliar mercado. Pero no nos engañemos. Si Portugal ha quebrado ha sido con el empujoncito necesario de todos los demás y, sobre todo, de aquellos a los que beneficia que Portugal sea hoy un país bastante más desigual (y, por lo tanto, empobrecido) que hace veinte años.
   Portugal ya intuía hace tiempo que Europa no los consideraba dignos de su club. Nadie se interesaba por ellos y por eso buscaron el mar, el horizonte. Armaron ruido, pero no fue suficiente. Y eso que sufrieron una de las dictaduras más duras de las que surgieron con el fascismo de entreguerras (que por cierto detuvo y entregó a muchos españoles) y supieron acabar con ella mediante una revuelta de las capas bajas del ejército apoyada por ciudadanos hartos. Ya nadie comenta ese valor único en la historia, como toda la cultura desarrollada de espaldas al continente. 
   Sin embargo, como España, se fue empequeñeciendo y asumiendo los mazazos de los siglos. Desde luego, por culpa de la soberbia e incapacidad de sus dirigentes. Como España, creyó despertar varias veces, a principios y a finales del XX. Pero todo, una vez más, era mentira. Como en España.
   Nuestras fatalidades son hermanas.
A Deus as maos alçamos.
Mas Deus nao dá licença que partamos.
Há doenças piores que as doenças. (2)

lunes, 7 de marzo de 2011

Dinero, moral y dignidad

    La riqueza es, según el DRAE, "abundancia de bienes y cosas preciosas". Por lo tanto, implica no solo una cantidad mayor de la necesaria sino mucho más que eso. ¿Quién es rico entonces? Aquel al que le sobra, claro. Aquí llega el primer problema, porque esa riqueza en los estados europeos es relativa, ya que no existe una carestía general de bienes. O sea, que todo depende de con quién te compares. ¿Por cuántas veces hay que multiplicar el salario medio para considerarse rico? ¿Es más rico el que tenga cosas más caras, aunque aún las deba? ¿Nos comparamos a nivel mundial, nacional, regional, local, vecinal...? Lo mejor sería salir por la tangente, como en el anuncio de IKEA: "no, mire, si a mí me da igual, yo con esto me conformo".
   Convengamos en cualquier caso que la riqueza, sea la que sea, dentro del sistema económico capitalista se mide en dinero. Conste que lo hago por cuestiones prácticas, por simplificar. Supongamos también que nos hemos enterado de algunos datos sueltos, cuya imprecisión modifica poco el fondo del asunto. Por ejemplo, que los directivos de las mayores empresas españolas se incrementan el sueldo un 20% y los de Telefónica cobran un total de 28 millones de euros. Que un ejecutivo de estas empresas cobra de media un millón de euros al año. ¿Tendría derecho a indignarme con esas personas?
   Con la mitad del sueldo del consejo de Telefónica (un grupito de personas que caben holgadas en un autobús, conducido por un tal César Alierta, culpable de delitos económicos de envergadura y a pesar de ello admirado vaya donde vaya) se pagarían en España 1400 sueldos superiores al salario mínimo. La mitad, no más. Ahora, se podría ir más allá. ¿Qué persona con un mínimo de vergüenza no se consideraría eminentemente rica y con abundancia de bienes cobrando cien mil euros? Esto querría decir, en cálculos muy bastos, que cada ejecutivo podría emplear de otra manera nueve décimas partes de lo que cobra y seguiría siendo rico. O podría renunciar a esa parte desmesurada de su sueldo.
   La inmensa mayoría de los medios de comunicación han sido demasiado discretos con la imposición de una forma de actuar de los altos empresarios y del sistema capitalista en general. Así, ha impedido a los ciudadanos apreciar la magnitud de las incoherencias de sus dirigentes económicos. De hecho, gran parte de las consecuencias de la crisis económica se debe a una estrategia de varias décadas que exige mantener los beneficios (aunque para eso tengan que despedir empleados o bajarles el sueldo). De ahí que sigan ganando y sus empresas sean líderes. Esas personas duermen tranquilamente mientras resulta que, siendo unos doscientos o quinientos, podrían contratar directamente con el sobrante de su sueldo a todos los nuevos parados de un mes o avalar como un simple gesto a miles de pequeños empresarios sin miedo a perder absolutamente nada. Nada necesario, quiero decir, solo un pequeño porcentaje de su abundancia.
   La riqueza es inmoral según el catecismo de la Iglesia Católica (con la que seguro dicen comulgar muchos de estos empresarios), pero también es despreciada en otras muchas religiones porque supone socialmente un aprovechamiento injusto del rico, que rompe la baraja a costa de los demás. A las religiones, al menos en principio, siempre les han importado mucho esos "demás" que son la mayoría.
   Me gustaría conocer ejemplos que contradigan a la experiencia: grandes empresarios que de repente se resignen a vivir con sueldos normales de cuatro cifras al mes, que digan que es injusto cobrar tanto o que decidan no invertirlo en finanzas sino utilizarlo en beneficio del resto. Pero parece que hay un catecismo más rígido que el de las iglesias, pues nadie debe dar la impresión de que se pueda hacer otra cosa.
   Creo que es hora de que llevemos las cosas a su terreno. Si quieren hablar de dinero, hablaremos de dinero. Del suyo y del nuestro. Porque no somos tontos y sabemos hacer cuentas. ¿Entenderán que con su riqueza están violentando a los demás? ¿Que gente tan inteligente y capaz como ellos se siente ofendida porque cobran un salario diez, veinte o sesenta veces mayor? ¿Que no hay forma de convencer de la proporcionalidad de este sistema de distribución de la riqueza?
   El dinero nos está haciendo cada vez más desiguales, la pinza que han creado está ahogando a millones de personas y perjudicando a una abrumadora mayoría. Sin embargo, hasta ahora nadie les ha tocado siquiera un pelo, no les han dado una simple colleja, no han sufrido agresiones. Una vez comprobado que son objetivamente malos ¿de verdad merecen tanto respeto?


miércoles, 16 de febrero de 2011

No future...

   Cantaba Johnny Rotten ya en 1977. Entonces el Reino Unido estaba hecho un desastre  porque aún coleaba la profunda crisis de los 70, que tenía su origen, entre otras cosas, en el aumento del precio del petróleo. Ya se sabe cuál fue la solución a esa crisis: Estados Unidos y Reino Unido desarrollaron un modelo capitalista basado en los intereses del sector financiero y el consumo, no en la producción. Es lo que se conoce como tardocapitalismo, capitalismo tardío o sociedad postindustrial. Bueno, no es que inventaran un modelo nuevo, sino que el capital, tan dúctil como siempre, se dirigió hacia los sectores que producían mayor ganancia. 
   Esta tendencia se ha mantenido durante las tres últimas décadas, pero siempre siguiendo una de las reglas inviolables del capitalismo:
   "La producción capitalista lleva inherente, como algo sustancial, la producción (de plusvalías) sin tener en cuenta los límites del mercado". 
   Es una afirmación de Karl Marx en El capital, por supuesto perfectamente vigente, que explica cualquier crash, boom o burbuja creada dentro del sistema. De hecho, Marx afirma que en el capitalismo las crisis son parte de la evolución natural de la economía, pues cada cierto tiempo el mercado se satura y hay sobreproducción, impago de créditos... Nunca se para la máquina porque no se puede admitir que exista un límite de creación de capital. No importan las consecuencias.
   
   Pues bien, El País publicó el otro día esta viñeta de El Roto:

   Desde luego, las consecuencias económicas de esta última crisis son graves, pero ¿no son mucho peores las sociales? Parece que no es preocupante para la inmensa mayoría de los políticos y economistas que empeoren los empleos, los sueldos, la educación o la atención sanitaria, en definitiva, que la vida de millones de personas se vaya al garete, que sufran o les duela o se sientan inútiles, fracasados.
   De las crisis siempre se sale, es cierto, pero también que alguien debe joderse para sostener el edificio. Lo saben. Si no quieren hacer caso a la advertencia del viejo Marx es porque : 
   "Se produce demasiado con fines de lucro o se destina una parte demasiado grande del producto, no para ser consumida, sino para producir más dinero, para ser acumulado; no para cubrir las necesidades privadas de su poseedor, sino para suministrarle la riqueza abstracta de la sociedad: dinero y mayor poder sobre el trabajo ajeno, más capital".
   Y esa forma de enriquecimiento es el principio que rige todo nuestro sistema económico, parcheado y endulzado cuando los beneficios lo permiten, violento y crudo cuando periódicamente se satura el mercado. Es así desde mediados del s. XIX (que se sepa).
   A veces alguien se cabrea, tira cosas, rompe escaparates, quema coches o grita barbaridades a la Reina de Inglaterra. No nos engañemos, quien hace eso seguramente no tenga nada que perder. Pero eso ellos también lo saben. Así que para que no haya peligro intentarán que crean que sí pueden perder algo. Cuidado, el punk no va a volver.
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