martes, 10 de mayo de 2011

Casi, pero no

   "No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilusiones, de todas mis vocaciones perdidas. Un abogado inconcluso, un profesor sin cátedra, un periodista mudo, un bohemio mediocre, un impresor oscuro y, casi, un escritor fracasado" (1978)
   ¿Hay este "casi" una secreta consciencia del valor de una obra que nadie pudo leer entonces? He ido dosificando la lectura de los diarios de Julio Ramón Ribeyro, publicados con el título coincidente de La tentación del fracaso, durante los últimos seis meses, pero en algún momento tenía que llegar al final. No recuerdo dónde había leído que este era un libro excepcional, pero sí que me sedujo la idea de leerlo hace ya años. A pesar de que nunca había leído un diario personal y de que los subgéneros autobiográficos nunca me han atraído.
  La experiencia, sin embargo, es inmejorable. Se trata de la "historia" de las dificultades que conlleva vivir, lo que en su caso se identifica con las dificultades para escribir, de las cuales Ribeyro ha acabado representando un paradigma: un tipo desordenado, enclenque, enfermo crónico, funcionario tardío, sin blanca y sin glamour que nunca llegó a la primera división de la literatura a pesar de haber escrito páginas imprescindibles. En su transcurso, aparecen observaciones y reflexiones muy agudas sobre estos dos temas: la literatura, siempre entendida como una opción de vida, y la vida, siempre atendida desde un punto de vista moral, pero con un propósito que nunca llega a realizarse y, por tanto, contradice su propio sentido. 

   El mecanismo del libro es sencillísimo, pero reúne varias obras en su interior: el proceso de amores de un treintañero adolescente, la novela de formación de un escritor, un relato sobre las penurias económicas y la emigración, la crónica de una enfermedad y de un par de vicios y el testimonio imprescindible de un secundario de la época del boom latinoamericano. El diario, que abarca de forma intermitente anotaciones separadas por casi treinta años, va transformándose con el paso del tiempo, de tal forma que en su segunda mitad, a partir del año 65, lo anecdótico y lo reflexivo van entrelazándose hasta dar con una manera insustituible de decir, que se va perfeccionando de forma casi imperceptible hasta para el propio autor. En ese proceso su escritura cada vez asombra e impresiona más, pues su visión de la propia vida no es nada condescendiente ni vanidosa, acercándose, sin saberlo, a su propio ideal de literatura, pues afirma que "una experiencia personal de la realidad, aquello de intrasferible y de único, es lo que da valor a un libro" (pág.448.)
   Ese valor es algo que nunca pensé encontrar fuera de la ficción (aunque fuera la de la poesía) y menos en una historia verdaderamente íntima, pues la materia del diario no va más allá. Él mismo reconoce que apenas hay hechos externos de importancia, sino que todo el texto está en función de detalles nimios y revela la pura necesidad de explicar lo que siente.
   En este sentido, en el texto hay momentos duros y hasta crueles y un sentimiento impresionante de culpa ante La Obra que nunca llega, pero predomina una sencillez encantadora. Eso sí, las curiosidades filológicas habrá que buscarlas en otros, pues esta es una obra mayor y su lectura debe dedicarse a tareas más importantes.

   Os dejo con algunos fragmentos que no me puedo resistir a copiar y que espero que sirvan para demostrar que su genialidad no se queda en un título espléndido:

Guardamos todos un libro, tal vez, un gran libro, pero que en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponearlo.
El tiempo, las lecturas, lejos de traerme certezas me han sembrado de dudas.
Seres imperfectos viviendo en un futuro imperfecto, estamos condenados a encontrar solo migajas de felicidad.
Una novela no es como una flor que crece sino como un ciprés que se talla.
Si alguien quiere honrarme cuando desaparezca que me lea o me comente. Nada de flores o discursos delante de lo que no existe.

jueves, 28 de abril de 2011

Vilas, Terranova y la casualidad

   El mes pasado leí dos novelas que permiten trazar ciertos paralelismos interesantes para la evolución de la literatura actual en castellano. Sin embargo, ninguna era reciente: España, de Vilas (DVD, 2008), lleva casi tres años publicada y acaban de sacar una segunda edición visto que se ha agotado la primera (salvo el ejemplar que yo encontré en la FNAC de Sevilla); El caníbal, de Terranova (Baladí, 2010), es del 2002, pero ha sido publicada hace un año en España. Prometo que no puse ninguna intención especial en secuenciar esas lecturas, pero las casualidades que se provocan al leer son parte, seguro, del placer que se siente cuando se descubre cómo un libro te lleva a otro y este a su vez...
   Bien, el caso es que en ambas se cruzan ciertos elementos propios de la narrativa actual: la aparición de recortes, fotos, hiperenlaces, la brevedad de los capítulos... Pero me interesa más destacar sus dos puntos en común: la representación de la realidad y la ironía.
   En el caso del primero debe considerarse que ambas novelas llegan a una misma meta partiendo de presupuestos prácticamente contrarios. La mezcla de realidad y ficción de Vilas consiste en dar por perdida una apariencia de realidad convencional mezclando referencias temporales futuristas y alusiones al presente ("la España de los viajes en trenes de Alta Velocidad" es la de Juan Carlos II, por ejemplo) o desarrollando historias delirantes cuyos protagonistas son personajes reales, incluidos el propio Vilas y su editor.
   En El caníbal, la realidad está conformada por una serie de recortes de periódico reales (la mayoría noticias de sucesos) que son propuestos por un escritor veterano (Villegas) al Terranova personaje como la verdadera literatura que merece la pena leer, pasando a ser el escritor un mero editor de lo que ya forma parte de la realidad aunque cueste creerlo (cualquiera lo diría al leerlos, desde luego, y ahí está la gracia). Aquí, evidentemente, aparenta ser más real la ficción de los personajes que la narración de los periódicos.
   En ambos casos, pues, lo real pierde sentido porque deja de ser creíble, pero también la ficción compuesta de esta manera deja de parecer una simple invención. Evidentemente este juego adquiere cierto valor al burlarse a la vez de la no-ficción y de la ficción tradicional y desenvolverse entre distintos materiales, datos, referencias y alusiones con total libertad, lo que nos lleva a un componente fundamental: la ironía que ambas narraciones despliegan hacia esa realidad difícil de creer o demasiado basta como para querer que sea cierta. Llama la atención, además, que esa ironía aluda tanto al mundillo literario (metaficcionalizando la publicación de los dos libros que tienes entre las manos) como a la realidad cultural, social y hasta política de los dos países en los que fueron escritas. Sobre todo en el caso de España, hay un humor muy fino y mal intencionado que aún no había encontrado en la literatura española y que, desde luego, la hace original y divertidísima.
   Como muestra, dos párrafos:
"España es un país de un cierto nivel alto de prosperidad, a la vez que es un país mediocre. La literatura del Escritor no era consciente de eso. Se comportaba esa literatura como si el Escritor hubiera nacido en Estados Unidos, o en Inglaterra, o en Francia. Su literatura pertenecía a las sociedades en combustión, en ebullición, no a sociedades conspirativas, grises, acabadas, llenas de instituciones, pero no de vida, llenas de oficialidad, pero no de inteligencia crítica."
"Era verdad. Era mentira. La Argentina existe, pero en los diarios. En el lenguaje, en la idea, en el mito. El mito Argentino. ¿Dónde está? ¿Qué quedó de ese mito? El mito de la especulación, el mito del pecado original, el mito de la pampa, el mito del dorado, el cuento del tío, el chanta, el negrero, el que se quiere salvar, el reventado, la plata dulce, la patria viva, viva la patria, viva la pepa, la patria financiera, la patria capicúa, la tierra de los padres, Pedro de Mandoza, Mariano Moreno, San Martín, Sarmiento, Facundo, Martín Fierro, Don Segundo Sombra, los inmigrantes, Perón, mil veces Perón, un millón de veces Perón, el trabajo, el laburo, el yugo, yo no hice la plata trabajando, hacerse la América, hacerse la Europa, hacerse la paja. La muerte. Alfonsín. Menem. De la Rúa. La hiperinflación. La convertibilidad. La deuda. ¿Qué carajo me importa?"
   ¿No es casualidad?
Símbolo del progreso nacional

domingo, 10 de abril de 2011

Lágrimas de Portugal

Cabo Sao Vicente
Ó mar salgado, quanto do teu sal
Sao lágrimas de Portugal!
Quem quer passar além do Bojador
Tem que passar além da dor. (1)
    Mar português. Fernando Pessoa.

   No puedo evitar que entre las noticias de los últimos días una me haya afectado mucho más: la bancarrota de Portugal. No son tiempos para equiparar desastres, pues hay de sobra, pero el sentimiento apremia.
   Portugal es mi casa. Realmente mi patria, si es que existe, ocuparía una buena parte de su territorio. Sé que estoy volviendo a ella cuando paso su frontera, esa raya que apenas separa nada, y sigo sintiendo al hacerlo una emoción particular. A pesar de haberla cruzado más de cincuenta veces. Da igual que sea a través del Duero, el Tajo, el Miño o el Guadiana. Cuando la mayoría solo percibe un cambio en la tipografía de la señalización, las matrículas y el precio de los carburantes yo noto que vuelvo a mi tierra, tanto como cuando veo después de meses los álamos de las riberas del Duero y el Pisuerga.
   ¿Una explicación? Puedo dar razones más o menos comprensibles: allí aprendí a vivir por mi cuenta, me enamoré, y asumí una segunda lengua. Pero hay algo más. Conecto con su literatura, con cierta estética y forma de ser o de comer, con sus palabras... Quizá sea difícil de entender, no lo niego, pero en esto tuvo que haber alguna predestinación o una familiaridad genética perdida: desde que llegué me sentí así. Allí todo parecía más hermoso. Vaya a saber por qué.
   Siento, eso sí, que es un país que la mayoría no valora como debiera, sobre todo en España e incluso en Galicia, con quien la relación es tan estrecha. Una tierra que los extranjeros no han intentado comprender y que los españoles olvidan nada más cruzar esa raya imprecisa entre los montes. Recordarán todos vagamente lo buenos que estaban el pescado y el vino, la arena magnífica o las visitas monumentales, pero poco más.
   Sin embargo, y aparte de la mitomanía a lo Kafka que ahora se despliega con Pessoa, sin duda el mejor poeta de la historia, ¿qué sabemos de José Afonso, de la Revolución de los claveles, de los viajes oceánicos del s. XV, de Eça de Queiroz, de Salazar y su dictadura, de Gil Vicente, de los partidos que tienen representación en su parlamento, de Miguel Torga, de la pronunciación de sus palabras?
   Ahora recorre los diarios el temor de que los bancos españoles se vean afectados por la quiebra del estado portugués. De hecho, el préstamo usurero que va a desangrar a los portugueses servirá en gran parte para cubrir sus fallos. Preocupa que pierdan las mismas empresas españolas que han comprado un buen pedazo de las portuguesas para ampliar mercado. Pero no nos engañemos. Si Portugal ha quebrado ha sido con el empujoncito necesario de todos los demás y, sobre todo, de aquellos a los que beneficia que Portugal sea hoy un país bastante más desigual (y, por lo tanto, empobrecido) que hace veinte años.
   Portugal ya intuía hace tiempo que Europa no los consideraba dignos de su club. Nadie se interesaba por ellos y por eso buscaron el mar, el horizonte. Armaron ruido, pero no fue suficiente. Y eso que sufrieron una de las dictaduras más duras de las que surgieron con el fascismo de entreguerras (que por cierto detuvo y entregó a muchos españoles) y supieron acabar con ella mediante una revuelta de las capas bajas del ejército apoyada por ciudadanos hartos. Ya nadie comenta ese valor único en la historia, como toda la cultura desarrollada de espaldas al continente. 
   Sin embargo, como España, se fue empequeñeciendo y asumiendo los mazazos de los siglos. Desde luego, por culpa de la soberbia e incapacidad de sus dirigentes. Como España, creyó despertar varias veces, a principios y a finales del XX. Pero todo, una vez más, era mentira. Como en España.
   Nuestras fatalidades son hermanas.
A Deus as maos alçamos.
Mas Deus nao dá licença que partamos.
Há doenças piores que as doenças. (2)

lunes, 4 de abril de 2011

Resentidos

   Tomo prestado el que sin duda es uno de los mejores nombres que nunca ha tenido un grupo de rock para referirme a la última novela de Rafael Reig, Todo está perdonado, Premio Tusquets.
   Son resentidos quienes están enojados por algo y, de alguna manera, heridos en su dignidad. En este caso, la "resentida" es una chacha, Rosario Valverde, una criada de las que proliferaron durante la posguerra para servir a la "clase media", solo que en vez de limitarse a actuar como Gracita Morales, desarrolló una peligrosísima conciencia de clase, en parte por herencia familiar. Ella es el personaje que sostiene una trama que no es tan policiaca como parece en un primer momento y de la que ni siquiera Rosario es totalmente protagonista.
   En realidad esta trama consiste básicamente en la historia de una familia ejemplar de las que han dirigido el país desde hace seis o siete décadas, aunque su ejemplaridad se verá trastornada con el cambio de los tiempos, haciendo que algunos de sus miembros tomen caminos imprevistos, salgan rana o desarrollen tremendas insatisfacciones. Así, en un principio pocos días anterior al final, el patriarca de los Gamazo ve cómo llega el fin de su saga en un acto terrorista más bien azaroso y desesperado, fruto precisamente de "la lógica del resentimiento". Sus hijos, finalmente, no han ganado lo que se les prometió.
   Durante la narración se mezclan sin un orden previsto ni proporcional fragmentos de los dos tiempos que la novela recorre: el pasado de siete décadas de los Gamazo (pero sobre todo los años 60 y 70) y la investigación de ese atentado realizada por Carlos Clot durante la Eurocopa de 2008. Para unir estos fragmentos (pues los capítulos son generalmente escenas sueltas) los personajes se repiten, de tal forma que todos los que tienen importancia en la historia actual formaron parte del mismo pasado y, además, deben rendir cuentas con sus errores de entonces, lo que permite cerrar el círculo.
   De esta forma, la novela parece no tener una disposición concreta sino más bien aleatoria. Sin embargo, todos los hechos encajan en una historia que siempre permanece oculta pero es fácil de interpretar y construir para el lector; en la que el fondo de los personajes se revela a partir de momentos muy concretos de sus vidas que los marcan para siempre.
   Pero ¿de dónde ha salido el resentimiento que trastoca la historia íntima y la oficial?
   "Fuera, más allá de la inmensa clase media, sólo había aristocracia decadente y obreros resentidos, príncipes y mendigos, visones y harapos" (pág. 188).
   La cita representa la visión del vencedor, de los Gamazo, es decir, de aquellos que deben disimular cuánto se están beneficiando (ellos, sus clanes y su clase) de una situación injusta como lo fue el marco social, legal y político de la posguerra, para identificarse con una mayoría ideal que, en realidad, no era más que una aspiración de bienestar. Su pecado se diluye cuando se disfraza de mérito propio ante las esperanzas de los de abajo. Como ellos también aspiran a ese nivel de vida, la culpa acabará alcanzando a todos. Y la única forma admitida públicamente para la remisión de semejante falta es el perdón total, colectivo, universal, que propician ciertos acontecimientos reveladores y milagrosos: la transición, las victorias deportivas.
   Reig nos pone en la tesitura de interpretar la última etapa de la historia de España (transición y democracia en los libros de texto) como la época en que una enorme bula hizo borrón y cuenta nueva con los privilegios y las injusticias del pasado, como si el cambio de sistema político supusiera formatear la memoria de todos los implicados. Pero también coloca en ese panorama a alguien que va contra corriente y no acepta el tratado de paz simplista que se firmó entonces.
Del que ganó la guerra al que ganó la paz

   De hecho, cada personaje es una interpretación de esa historia colectiva. Todos tienen una culpa que los persigue y una justificación, aunque los pecados de la sociedad estuvieran ya perdonados. Algunos, incluso, merecen una redención que abra las puertas a un futuro no ya mejor, sino simplemente digno. Ellos son la mejor creación de la novela, aunque pueden añadirse otros méritos que me obligarían a extenderme demasiado. Enumeraré los más destacados:
  • Una versión ficticia de la historia reciente de España que, sin alterar su significado global, ayuda desde la ironía a reflexionar sobre la situación actual y los caminos que han llevado a ella (la adhesión a la OTAN implicó una dependencia política de Estados Unidos y la adopción del inglés como lengua oficial, los problemas de abastecimiento de petróleo hizo que se construyeran inmensos canales, incluso atravesando Madrid...)
  • La mezcla de esta historia ficcional con la historia real y los referentes, personajes y escenarios concretos, sin abundar en detalles innecesarios, ya que son perfectamente reconocibles.
  • A este propósito corresponde la inclusión de textos reales, un contrapunto impagable tanto para los hechos como para su significado.
  • Y, como resultado de esta combinación, varios episodios delirantes, como la conversión general al catolicismo a partir de un mediático milagro de escalada y la celebración de la victoria en la Eurocopa.
   En la práctica lo que ha conseguido Reig es conjugar perfectamente lo satírico, lo simbólico y lo realista, lo individual y lo colectivo. Sin embargo, hay diferencias. Si la ironía del título reivindica la revisión del perdón colectivo posterior a la dictadura, tal vez las culpas individuales merezcan otro final.

domingo, 27 de marzo de 2011

Perversa administración

   Cambio el tono y la materia más frecuentes en el blog para tratar un tema particular que ha conseguido indignarme la última semana. El caso es que casi por casualidad he descubierto que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha fallado a favor de un sindicato y contra el Plan de Calidad y Mejora de los rendimientos escolares de la Consejería de Educación. Casi por casualidad, porque la noticia no aparece en ningún medio de comunicación de Andalucía, lo cual llama poderosamente la atención.
   Dicho plan consiste básicamente en convertir un complemento del sueldo de los docentes en un incentivo por objetivos evaluados en tres años: según se cumplan o no mayor porcentaje de objetivos se recibe más o menos dinero, aunque el total del incentivo en el mejor de los casos supone unos irrisorios veintitantos euros al mes. Los objetivos son indicadores estadísticos de mejora de la situación educativa de un centro: mayor porcentaje de titulados y menor de repetidores, menos incidentes disciplinarios... 
   La pretensión del plan era disimular los malos resultados del sistema educativo andaluz en el informe PISA de evaluación educativa y acercarse a los objetivos europeos de la directiva Lisboa 2010, que fracasó estrepitosamente. Su espíritu es claramente empresarial, ya que presupone que la calidad de la educación pública puede basarse en unas tasas y que la profesionalidad de los profesores debe estipularse según un índice numérico. En cuanto a lo puramente educativo, no propone nada que no esté ya recogido en la legislación. Las directivas, bajo instrucciones de las delegaciones provinciales, insistían mucho en que era un plan muy bueno para los profesores porque aumentábamos de sueldo sin hacer nada nuevo.
   Es la segunda vez que el TSJA declara ilegal el plan y por diferentes motivos: los profesores no pueden realizar el mismo trabajo en el mismo puesto pero cobrando diferente (mi caso actual); no se puede incentivar el cumplimiento de los mismos objetivos generales de la propia ley educativa, ya que son obligatorios; no lo aprueba el consejo escolar, etc.
   Sin embargo, la administración se niega a aceptar lo evidente y recurre a su vez al Supremo para ganar tiempo y modificar la legislación mientras sigue pagando religiosamente a los pocos compañeros que lo han suscrito (una cuarta parte de los institutos de secundaria). Se da, además, el caso de que las movilizaciones contra este plan hace tres años fueron las últimas que consiguieron dar cierta sensación de unidad del colectivo, sobre todo teniendo en cuenta que se manifestaron contra la administración y los dos sindicatos que pactaron el plan, UGT y CCOO.
   ¿A qué se deben esta rebeldía del gobierno y esta desinformación de los medios? ¿Es que simplemente los políticos son tremendamente cabezotas y no quieren reconocer nunca sus errores?
   Pudiera ser. Pero desde luego hay cierta perversidad en el ejercicio del poder cuando se prescinde de la opinión de los colectivos de trabajadores interesados, se recurre a los tribunales para disfrazar la dudosa legalidad de las medidas adoptadas, se gastan los escasos recursos económicos en pagos inútiles y, en resumen, se exhibe con despreocupación tanto cinismo, como el de los mismos UGT y CCOO cuando también han pactado una ordenación de las bolsas de interinos claramente discriminatoria.
   Está claro que, en la forma, discrepo con los métodos que emplea la consejería, pero que en el fondo aún estamos más alejados, pues creo que la solución para el sistema educativo no está en un aumento de sueldo ni en lustrosas estadísticas, sino en medidas menos enrevesadas y más útiles: reducción de la ratio (número de alumnos por clase), reconocimiento social de las instituciones educativas y del valor de la educación, menor temporalidad de los trabajadores y mayor interés de las familias.
   Afortunadamente no es la administración la que agradece o recompensa el trabajo realizado. En la educación los verdaderos expertos están delante de ti. Saben mucho de esto. Y agradecen.


sábado, 19 de marzo de 2011

Arriba, abajo, izquierda y derecha

   Nada que ver con el supersticioso signo de la cruz. El miércoles estuve en Málaga en la presentación de la nueva novela de Rafael Reig, que ha ganado el Premio Tusquets y acaba de publicarse. El acto fue muy sencillo y casi familiar. Resulta que al comentar algunos aspectos de la trama de la novela (ese mundo de acciones y personajes levantado apenas con palabras) destacaba un significado político. Él mismo lo reconoce y relata aquí.
   Aún me quedan tres cuartas partes por leer, así que no voy a hacer ahora un análisis de ese ni de otros posibles significados. Solo quiero constatar varias inquietudes compartidas durante (y después) de la charla, que, desde luego, fue bastante fructífera y duró más de hora y media.
   La primera es bastante evidente: el arte, la literatura en este caso, tiene intrínsecamente un significado político, incluso por defecto. Son palabras públicas y, por tanto, nunca puede esquivarla completamente, aunque alguna vez lo pretenda. El autor escoge cada palabra, acción o emoción, y sería ingenuo pensar que su elección es fortuita.
   La segunda está relacionada con la historia reciente de España. Es evidente que la evolución de nuestra política desilusiona a un buen número de ciudadanos que, además, rebuscando en los anales, se están dando cuenta de que la nuestra es una democracia construida a base de renunciar a muchos principios; de que el relato (o cuento) de la transición democrática y el fin de la dictadura, que hace poco parecía tan bonito, tiene mucho de chapuza, de cambios de criterio y de conformismo.
   La tercera es que el estado de las cosas en el que nos movemos requiere verdaderos cambios y que quien los propone desde una perspectiva de izquierda, es decir, de igualdad y justicia, se topa con un entramado preparado para obviarla. Ese entramado empieza, por supuesto, por los medios de comunicación, que, como los artistas, también son intrínsecamente políticos, ya que escogen temas, hechos y perspectivas a la hora de informar. Desde luego en la mayoría nunca aparece cuestionado, por ejemplo, el reparto actual de riqueza (que es poder).
   El panorama, visto así, desilusiona a cualquiera, pero Reig recordó, al hilo de una viñeta de El Roto, que si bien los medios y el establishment político pretenden anular la diferencia entre izquierda y derecha, no van a poder ocultar la que se está ampliando entre arriba y abajo. Seguimos divididos en clases y condicionados por el dinero: los de abajo se mueren antes, viven peor, trabajan más, disfrutan menos y sufren para sostener el edificio. Los de abajo, como la famosa novela de Mariano Azuela sobre la Revolución Mexicana.
   Esta es la viñeta. Impagable. Dura y seca como un buen bofetón en el que se lanza un guante.


    A ver quién se agacha para recogerlo.

domingo, 13 de marzo de 2011

Dime qué esperas y te diré en quién te has convertido

   Como también ocurre con O mandarim, de Eça de Queiroz, la vida de Pip, el protagonista de Grandes esperanzas, está condicionada por el dinero, mostrando así cómo hace ciento cincuenta lejanos años tantas cosas (la educación, el transporte, las relaciones y un largo etcétera) dependían absolutamente de él. Por supuesto, hoy en día sería impensable una sociedad así, ¿no? 
   Probablemente en esta novela Dickens calculó proyectar algunas verdades universales que nunca aparecen ni por asomo en boca del narrador o de los personajes, sino que constituyen la esencia de la historia:
  • El dinero o la riqueza transforman la vida de una persona, sobre todo sus relaciones sociales y sus ocupaciones.
  • Solo el azar tiene una importancia semejante, que puede ser incluso mayor en lo que se refiere a las decisiones morales, las emociones o los sentimientos.
  • La medida de lo que se considera bueno o aceptable depende de las "expectativas" que se tengan (recuerdo que en inglés se titula Great expectations). Indefectiblemente es un concepto que cambia con el tiempo.
   En cuanto al primer punto, la vida entera de Pip da un vuelco desde que un abogado le informa que un benefactor desconocido le ha destinado su fortuna. Además, la novela está plagada de referencias a las cantidades que se reciben, se prestan o se dan como gratificación, algo que debemos suponer que tenía una gran importancia para el lector en la sociedad inglesa de mediados del s. XIX, pues así podría valorar realmente la posición social de los personajes y la viabilidad de sus proyectos. Seguramente en la actualidad estas referencias no se considerarían esenciales o, incluso, elegantes según qué cánones.
   En cuanto al segundo, uno de los mayores aciertos de Dickens es convertir una pequeña aventura de la infancia, que además está basada en un encuentro fortuito, en la base de gran parte de los sucesos posteriores de la vida de Pip. Y aún lo es más, desde mi punto de vista, porque aparentemente no es así, sino que para el lector es durante mucho tiempo una anécdota cuya función es caracterizar al personaje. Con ella empieza, precisamente, la narración, lo que hace que el simbolismo de este episodio sea mucho mayor.
   En cuanto al tercero, el título y las referencias del propio Pip a sus "esperanzas" o "expectativas" constituyen una manera de orientar la lectura hacia una resolución que en una novela como esta no puede dejar de matizar ese horizonte ni ser previsible.
   También resulta muy interesante, y muy característico del Realismo, que el hecho central de la novela (capítulo 39), además de aportar un par de descubrimientos folletinescos, sostenga un un dilema moral sobre la legitimidad de la riqueza según sea su procedencia y que incluye un importante cambio en los valores del protagonista, que tendrá que tomar decisiones importantes, que desde ciertos puntos de vista pueden perjudicarle, cuando estaba acostumbrado a dejar hacer y dejar pasar.


   Una reflexión final, más allá de cuestiones de estilo: ¿serían válidos en la narrativa actual ciertos rasgos del Realismo decimonónico que he vuelto a disfrutar con complicidad después de un tiempo: la referencia concreta (al dinero, a las calles, los nombres, los detalles), el dilema moral como eje de la evolución del personaje y clave de la novela, el intento de proponer ejemplos a partir de una historia ficticia o de que esta trascienda su dimensión individual?
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