martes, 15 de enero de 2013

Lo que la ficción implica

Las mates no defraudan
(Claude García, protagonista)

   En un claro paralelismo con el Quijote, los protagonistas de En la casa, de François Ozon, pagan su fervor por la ficción con algún golpe muy real. Si en la novela don Quijote y Sancho reciben mamporros a diestro y siniestro, de nobles y de villanos, por creerse una historia y actuar como si esta fuese real, los personajes de la película recibirán un trato semejante, aunque mucho más sutil, en un par de escenas cerca del final. ¿Por qué? La razón, cuatrocientos años mediante, es la misma: la ficción no es inocua, como el propio Cervantes sabía.
   En una película donde la mayor parte de la acción es, si se me permite, puramente verbal, ¿cómo se justifica un puñetazo? ¿De dónde sale tanta tensión que, incluso, podría llamarse "suspense"? ¿Por qué unos adultos se dejan llevar, ansiosos, por el discurso de la novela en construcción de un chico de dieciséis años, vamos, pura palabrería ingeniosa? ¿Puede alguien llegar a creerse quien no es o modular su vida desde una invención? El asunto, desde luego, es complejo y su desarrollo, muy diferente a la opción que eligió Cervantes. Pero la conclusión es la misma y muy clara: dentro de la ficción se disfruta muchísimo; creérsela puede resultar fatal.
   El pretexto narrativo de En la casa, basada en la obra El chico de la última fila, de Juan Mayorga, es muy sencillo: un alumno sorprende a su profesor con unas redacciones muy talentosas sobre la vida de un compañero de clase y su familia y consigue implicarlo en ese relato que va redactando por episodios y que por momentos es tan creíble como irreal o tan cierto como ficticio. Lo que al principio es simplemente para el profesor una mezcla de ejercicio literario e interés morboso deriva en un auténtico work in progress, un puro experimento en el que es el narrador, Claude, quien va modificando (aparentemente) la realidad y transformando sobre la marcha las actitudes y reacciones de sus personajes.
   Entonces, la anodina historia de una familia de clase media (comercial, ama de casa e hijo torpe pero deportista) va tomando distintos carices, dirigida por el profesor Germain, que es quien aconseja al narrador qué postura debe tomar ante sus personajes y su trama. Lo apasionante es que poco a poco es el propio personaje del narrador y, para el espectador, el propio Claude "real", el que participa en la historia y la altera a su gusto desde dentro de la casa. Sí, los espectadores, llegado este punto, ya se han vuelto tan morbosos como el profesor y sienten la intriga generada por los atrevimientos de Claude, cuyo propósito es generar en la casa la misma situación que él querría contar después.
   El narrador (he ahí pues la metáfora) resulta ser un adolescente caprichoso que, a pesar de su fragilidad y aparente indefensión, logra controlar a sus dos únicos lectores, el profesor Germain y su mujer, que nunca serán los mismos después. Pero el poder de la ficción llega a todos, transforma también al propio autor, en este caso el desdoblado personaje de Claude, que, siendo en principio el responsable de la historia, no conseguirá de ella lo que pretendía.
   Nadie es dueño de su propia historia. Cervantes, de hecho, tropezó dos veces con ese peligro de la ficción. Cuando era joven creyó en los ideales de una época que solo había conocido por la literatura y que nunca existió tal como se la contaron. Quiso comportarse según decía su literatura y no recibió más que desaires y agravios, hasta como autor. Después, cuando encontró la idea para el Quijote quiso poder vengarse: ahora sería otro el que se equivocaría y no llevaría más que palos por sus ideas descabelladas. Pero volvió a caer en la trampa: tan sugerente le pareció el resultado que se rindió para que sus propios personajes tuvieran una vida distinta a la programada. Finalmente, don Quijote cumple el guion y muere, pero la voz de Cervantes ya está dividida: por un lado es el Quijote cuerdo y sensato, pero por otro es el Sancho que le sigue proponiendo, mientras agoniza, otra ficción más, pues su vida será mucho más interesante si se creen pastores.
   En la escena final de la película, los protagonistas, profesor y alumno, contemplan desde un banco el edificio de enfrente. Cada ventana es una posible historia que alguien puede adivinar.  Y a pesar de haber sido defraudados por la historia en la que ambos participaron, es Claude, el alumno, el que hace de Sancho y provoca otra vez la aparición del peligroso gusanillo de la ficción. ¿Qué pasará en las casas que ven desde ese banco?
   Quizá la ficción siempre ha sido y solo será la posibilidad morbosa de vivir otras vidas, las de los otros, como en la película que lleva precisamente ese título. Por mucho que queramos complicar el asunto quienes la estudiamos. Pero, ojo, las ficciones, por muy descabelladas que parezcan tienen consecuencias más reales de lo que uno se imagina.

(Trailer aquí; no permite insertar la imagen)


martes, 8 de enero de 2013

La fuga del tiempo, según Buzzati

   Si no existiera la mínima posibilidad de que unas palabras fueran capaces de expresar lo indecible no existiría la literatura. Perdería toda razón de ser. Porque se dedica precisamente a dar con aquellos pensamientos, que, a pesar de haberlos sentido, permanecen aparentemente intraducibles. Y, de repente, zas. De ningún otro sitio proviene la emoción que alguien puede sentir al leer estas dos páginas de El desierto de los tártaros:

   "Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo lo asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche -oh, si lo hubiera sabido, quizá no habría sentido ganas de dormir-, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
   Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
   ¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor y se reanuda sin pensar el camino.
   Así se continúa andando en medio de una espera confiada, los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
   Pero a cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también. 
   Cierran a cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños".

   ¿Dónde se perdió esta confianza? ¿Quién no ha oído el golpe frío de esa verja al cerrarse? Metafóricamente hablando, claro.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Rituales, tiempo y espiral

   Más allá de cualquier consideración religiosa, supersticiosa o astrológica hay alguna razón que hace de los días finales del año la época más ritualizada de nuestras vidas. Proliferan reuniones, celebraciones, mensajes. Hay, también, alguna obligación a la alegría, el perdón, el desahogo, la generosidad, el dispendio. Se convierten en trending. Y no nos engañemos. Que esto pase no es por Jesús, el Papa, los reyes, el solsticio o El Corte Inglés. Algo de eso hay, evidentemente, pero la tradición absorbe cualquier nuevo elemento que se presente, hasta las uvas de fuera de temporada. 
   Sea como sea, en ningún momento del año tanta gente se dedica exactamente a hacer el mismo tipo de cosas. Y celebran ¿el qué? Lo primero que se supone objeto de una celebración así es que uno está en ella, allí, con el resto. Y no es poco. En el fondo cualquier fiesta tiene un significado parecido, no es más que una especie de aviso o de llamada al infinito: "¡Eh, que estoy (o estamos) aquí todavía!".
   De todo el ritual que rodea los últimos días de diciembre se desprende la idea de que se cierra un círculo y lo que pasó no importa. Que el agobio de las preocupaciones debe suspenderse porque es pasado. Que aún se conserva lo esencialmente importante: la familia, los amigos, los compañeros, los conocidos, el vínculo con el pueblo o el barrio donde uno se crió. Que vendrá algo nuevo que no será seguramente demasiado distinto pero en lo que se puede confiar. Una cursilada, vamos. Ñoñerías. 
   Pero de alguna manera estas sensaciones no resultan tan falsas como pudieran parecer. Es cierto que se finge para quedar bien, para no romper con las formas o mantener relaciones o contentar a terceros o por puro interés. Sin embargo, el ritual exige un esfuerzo por sentirse verdaderamente así: un poco en paz con el pasado, un tanto condescendiente, simpático y biempensante por obligación. Porque, al fin y al cabo (del año, del ciclo), ha de demostrarse que algo valió y/o valdrá la pena.
   Cierto instinto animal de conservación debe andar detrás de este comportamiento. La repetición nos salva, como al resto de bichos a los que tanto nos parecemos. Si concibiéramos el tiempo (y la vida) como una simple línea recta todo se haría más difícil. No habría regresos ni vueltas. Solo una huida hacia adelante que a cada paso supondría renunciar a todo lo anterior.
   Volver, sin embargo, da una gran seguridad. Perdidos en un mundo gigantesco cuyo tiempo es inconmensurable, la vuelta (del frío o del calor, de la oscuridad o de la luz, de la nieve o la lluvia, de los pájaros; la vuelta a cierto lugar, a estar con alguien) es un asidero irrenunciable. La repetición del ritual nos proporciona un sitio, un punto en el ciclo, que, más que un círculo, resulta una espiral. Pasamos prácticamente por lo mismo, pero un año después. Somos prácticamente los mismos, pero algo ha cambiado. Y, según la perspectiva que se nos ofrece desde aquí, somos capaces de percibirlo. Siempre desde el siguiente giro.
   De otro modo, si el tiempo fuera el trazo de una flecha, el pasado carecería de importancia, no habría referencias ni razones. Así que los rituales repetidos resultan imprescindibles. Quizá sea una esclavitud necesaria para elaborar un mapa reconocible de la vida y, solo entonces, creer que se comprende algo. Aunque sea frágil, tanto como un globo con cristales dentro, que, lo sabemos, va a estallar más tarde o más temprano.
   Y cuando a alguien le ocurre suena así:


martes, 13 de noviembre de 2012

No contéis conmigo

Aviso: mañana no contéis conmigo. No iré al trabajo, no daré mis clases y, por supuesto, no quedaré como un estúpido poniendo películas al tuntún a un grupo pequeñísimo de niños a los que sus padres han obligado a ir y que apenas se enteraron de qué pasaba en la calle vacía. No caeré tan bajo por 80 euros. Cualquier día los quemo. Y santas pascuas.
Pero no me quedaré en casa preparando material, corrigiendo o descansando. Hasta dejaré sin funcionar los cursos del aula virtual. Prohibido estudiar.
Perderé un dinero que nunca llegué a ganar y no me quejaré como los fariseos que se hacen los ofendidos cuando cobran como mínimo 1600 euros. Qué lejos están de la realidad a pesar de estar tratando cada día con chavales. No me puedo imaginar entonces a aquellos grandes capitalistas en sus torres de marfil o en sus hoteles de lujo en el desierto.
No cobraré porque dedicaré el día a otras cosas, principalmente a una: a hacer más fácil la huelga de los demás. Adiós a la tele y a la radio y al súper y a la panadería y a la gasolinera y al estanco y a las tiendas... Los cajeros automáticos y los autobuses pueden esperarme en vano. Igual los camareros. Son muy amables pero ya los veré otro día. El vino no se acaba fácilmente.
Puede que parezca niñería o patochada, pero aún me anima saber que se puede parar y ralentizar la maquinaria perfecta de este reloj universal a punto de estallar.
Les jode. También lo sé, aunque tal vez no tanto como debería si entendieran la verdadera magnitud que supone un quinto, un cuarto o un tercio de los trabajadores que dejan de hacer aquello por lo que les pagan, que suspenden al menos una de las funciones de la farsa.
Será nostálgico pero aún me parece hermoso: dejar de hacer aquello por lo que te pagan. Ahí se queda sin hacer, sin colocar, sin conectar.
Sé también que un día es poco, que si fueran más el asunto cambiaría. No me conformo, pero al menos este día no contéis conmigo. Si os atrevéis, llamad a los tibios. Si no los reconocéis, Pepe Hierro os los señala:
LOS TIBIOS
Lo teníais todo: las almas
Sin dolor, la vida apacible.
Alrededor, los huracanes
Os sabían inconmovibles.
Como torres, os levantabais.
Como chopos de hondas raíces,
Como viejas sabidurías
Que iluminaban los confines.
Aves fuertes de altanería.
Aguiluchos de vuelo firme.
Os despegasteis de la tierra,
Volasteis por los cielos grises.
No llorasteis con los que lloran,
Ni cantasteis con los que cantan,
Ni reísteis con los que ríen.
Nos dejasteis, de cara al cielo,
Frente al signo de lo imposible. [...]

martes, 30 de octubre de 2012

La caridad no es cara

Sabemos que no hay tierra
ni estrellas prometidas.
León Felipe  

   Amancio Ortega ha donado 20 millones de euros a Cáritas. Amancio Ortega, el prohombre nacional, el modelo a seguir por los jóvenes sin rumbo, el ejemplo a estudiar en las modernas escuelas de negocios donde se educan nuestros futuros gobernantes, ese Amancio Ortega, el tercer tipo más rico del mundo, el de los 40.000 millones, batiendo marcas.
   Ahí está su generosidad. No solo comparte su dinero sino también el ejercicio impecable de sus deberes morales. Y qué quieren que les diga: no me sorprende. 
¿Qué iba a hacer con ese dinero? ¿Invertirlo? ¿Gastarlo? ¿De verdad creen que se pueden gastar 20 millones con 76 años? ¿Y 40.000? ¿Para qué quiere alguien 40.000 millones?
   Ya, ya sé que en realidad ese dinero es virtual, que depende de lo que se pague por unas acciones, pero también es virtual el dinero que mucha gente debe a los bancos. O todo en general, si nos ponemos. Entonces, ya que pocas opciones habría de dar uso a un dinero como ese, ¿por qué no utilizarlo para irse ganando el cielo, no vaya a ser que pase algo? No sería la primera vez, ¿verdad?
   Hace tiempo era una práctica muy corriente. ¿Se acuerdan? Había bulas papales que se compraban para quedar eximido de cualquier culpa y así poder mandar el alma a San Pedro con la tranquilidad de que pasaría el control. Incluso, ya puestos, había quien las falsificaba, pues los estafados solo comprobarían el engaño al pasar al otro barrio (si es que lo había).
   Las donaciones, en aquella época, eran los méritos en vida de quienes, como cristianos (todos tenían la obligación de serlo) y por tener la dicha de pertenecer a una clase privilegiada, se compadecían de los miles o millones de menesterosos. La iglesia católica gestionaba estas donaciones, que, incluso a pesar de las corruptelas, servía para atender a una parte de los desclasados y crear novedosos instrumentos financieros como los montes de piedad, los primeros sin ánimo de lucro (aunque ya sabemos cómo acabaron al final las cajas de ahorro o Noos, que supuestamente tampoco lo tenían).
   En aquellos momentos el dinero donado, o las posesiones, no desgravaban sobre la tasa de ningún impuesto, pues se suponía que sus beneficios serían espirituales, lo mismo si se ayudaba a levantar una capilla, a mantener un convento o un hospital. El estado era oficialmente una comunidad cristiana, así que la caridad de sus miembros (nobles y burgueses) era la única política de ayuda social o asistencial existente. Si había pobres era porque dios así lo había querido, pero también porque daba la oportunidad a quienes se enriquecían de llevar a cabo sus buenas obras con ellos y así compensar su desgracia. No había injusticia en ello, era la voluntad de dios, por mucho que contradijera a las escrituras (Mc 10:25).

   Quizá lo que sorprenda es que siga vigente en el mundo actual este concepto de caridad, cuando las leyes llevan al menos dos siglos intentando ocuparse de hacer valer el principio de igualdad entre los hombres y distribuir la riqueza, si bien no en términos igualitarios, al menos de manera justa o proporcional, de modo que ningún ciudadano pueda quedar desamparado.
   Ya, se me olvidaba que esta parte de los derechos humanos o principios constitucionales, etc. suele quedar en agua de borrajas. Pero en teoría los impuestos que paga cada uno deberían servir para atender a quienes no tienen dinero, casa, trabajo, etc. ¿Será que el sistema tributario es tan complicado como le pareció a Lola Flores? ¿O es que no recauda lo suficiente? ¿Es que está obsoleto y no consigue su objetivo de redistribuir los beneficios de unos pocos?
   Son, seguro, preguntas complejas, pero volvamos a lo principal. ¿No es totalmente escandaloso que aún haya quien considere necesaria la caridad o la limosna para sostener la sociedad? ¿Y si además quien así lo hace es el tercer hombre más rico del mundo a través de una fundación que tributa el 10% en el impuesto de sociedades? ¿Y si resulta que, además, desgrava entre 2 y 6 de esos 20 millones en su declaración del IRPF con tan magnánimo gesto?

   Algo no pinta bien cuando las instituciones no son capaces de acabar con la pobreza, tan necesaria en el sistema económico, todo sea dicho. Y, desde luego, algo anda mal en el mundo cuando una sola persona puede disponer de un capital semejante. Salta a la vista. Su conciencia, como la de muchos otros ricachones supuestamente creyentes, no debería estar tranquila, al menos según las palabras que supuestamente dijeron los supuestos enviados de un supuesto dios. Aunque quizá no les preocupe. Para mí que Amancio Ortega ya se ha condenado. Lo tiene muy jodido para escapar del infierno. Y lo sabe. Pena que no exista.

   Desengáñense: la caridad no es cara. Habrá que buscar otra forma de que pague.

San Martín, icono antiguo de caridad, el noble que comparte (Por Miguel Jiménez).

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Las cartas sobre la mesa

   La manifestación que tuvo lugar ayer en el centro de Madrid y la represión policial que quiso dispersarla han vuelto a hacer evidentes cuáles son las circunstancias en que vivimos. Han vuelto, digo, porque ayer realmente no pasó nada nuevo ni averiguamos nada que no conciéramos, salvo el nivel de violencia que el poder está dispuesto a emplear. Visibles, digo, porque las imágenes han llegado a muchos más que las palabras que tanto leemos y escribimos. Para bien y para mal. Así que creo que es buen momento para poner en claro cuál es la situación. Así todos sabrán a qué atenerse y nadie podrá llamarse a engaño.
   Por si alguien lo dudaba, la policía se encargó de recordar que puede atizar aún más porrazos de los que daba e ir mucho más allá de la "fuerza mínima necesaria" del reglamento. Su actuación fue desmedida y escandalosa pero, y esto creo que es importante, sin ningún pudor. Ya admiten que no se identifican aunque sea ilegal, que utilizan infiltrados para provocar actos violentos que excusen las cargas y que pegan porque es jodido que te insulten. Es decir, que vale atizar por la espalda y en el suelo, identificar arbitrariamente, hacer la vida imposible a los periodistas, disparar (balas de goma, de momento) a discreción incluso en una estación de tren, acusar en falso y de delitos muy graves (sedición, traición, conspiración, desacato...) a gente que simplemente se reúne en la calle. Buena muestra de ello hay en los vídeos que se han subido a la red.
   Si lo hacen es porque se lo indican y/o se lo permiten sus jefes, que ahora se jactan, sin rubor ninguno, de que es así como se actúa contra quienes atacan el sistema, aunque su ataque sea de consignas y pancartas. Jefes que tienen una consigna muy clara: amedrentar a quienes pretendan saltarse tanta norma injusta ocupando solares vacíos o que nunca se venderán, reuniéndose en la calle para hacer política, molestando en los controles racistas. Están dejando claro que molestan porque temen que el movimiento social se amplíe, aunque (y esta parece también una consigna muy clara) ejercen una presión brutal sobre Madrid, apenas en las provincias.
   También se acabó el disimulo del gobierno y los cargos políticos, que presumen de actuar según el deber supremo que les marca un ser superior (a veces UE, FMI, BCE, BM y cuantas siglas se quieran). Así que no tienen más remedio que hacer lo que hacen aunque no sepan para qué o vislumbren que aun así no van a mejorar nada. Hasta reconocen lo injusto de sus leyes, las vigentes y las por venir, mientras repiten como un mantra Y si no te gusta, vota dentro de unos años a los otros para que hagan lo mismo. No hace falta argumentar cuánto se parece al Antiguo Régimen.
   Por supuesto, este despotismo implica que las reivindicaciones de cualquier manifestación, protesta o huelga nunca van a ser atendidas, pues cualquier modificación del sistema desde fuera del sistema es considerada un ataque a la democracia. Ni las dos últimas huelgas indefinidas (la minería en ámbito estatal y la educación en Madrid) han conseguido que los gobiernos correspondientes se retracten. Solo ellos, los altos dignatarios de los partidos, reunidos con los grandes empresarios, pueden hacerlo. Eso sí, bajo la premisa de no tocar la estructura de reparto y acumulación del capital.
   Hablando de manifestaciones, hay que reconocer que sigue teniendo un gran valor que grupos pequeños nacidos del 15M sean capaces de convocar a miles de personas sin medios ni carteles ni banderas ni ninguna parafernalia de la que hacen gala partidos y sindicatos subvencionados. Llevan muchos meses trabajando en la calle al margen de cualquier institución u organismo, comiéndose la cabeza y organizando la base de una sociedad que no existía. Aunque sepan que nunca será suficiente y sigan sufriendo desalojos, detenciones y la manipulación de los medios de comunicación. El desencanto los acecha constantemente, pero siguen.
Policías guardando un congreso que nunca fue asaltado. Más fotos aquí.
   Porque, de todas formas, uno de los grandes misterios del prominente estado llamado España es cómo es posible que con los niveles de paro y empobrecimiento actuales no se produzca un movimiento verdaderamente masivo, de millones, que pueda forzar un cambio. Es duro admitirlo, pero la última (o más bien la única) vez que ocurrió algo así fue en 1931. Los estamentos de poder lo tuvieron que solventar con una guerra, pero desde entonces... Desde entonces, nada. Se marchó contra la OTAN y llegó, contra la guerra de Irak y se hizo, contra la reconversión y...
   Tampoco es fácil de entender que la clase low cost (antes conocida como "media") aún no se haya dado cuenta de que el país está arruinado definitivamente y que la deuda de un estado o la pagan ellos o no la paga nadie (opción que aterroriza a los titiriteros del tinglado mundial). No hace falta ser economista para darse cuenta de que si el estado va a gastarse el año que viene 38000 millones de euros para pagar la deuda y sigue pidiendo prestado o rescatado la bola de nieve no va a hacer más que crecer. Que nadie piense que esto se acabará, pues los especuladores ya no pueden negociar con otra cosa que no sea la propia deuda. Siempre fue un círculo vicioso que nadie en el poder se atreve a romper. Van a hinchar el globo hasta que explote otra vez y así sucesivamente...
   Porque el capitalismo ha dejado de disfrazarse. O qué pensaban ¿que alguna vez intentó ser justo, equitativo...? ¡Paparruchas! Quien lo dude puede consultar alguno de los blogs sobre economía de la columna derecha.
   No quiero extenderme más. El desastre es más que evidente y tiene inmensas proporciones. Afecta a los derechos ciudadanos, los servicios públicos, el reparto de la riqueza, la libertad de expresión... Cada uno ha de saber, pues, dónde situarse. Puede decidir seguirle el juego a los propietarios del capital y sus representantes políticos. O no.
   En este sentido, el pliego de condiciones de las manifestaciones de ayer me parece lo suficientemente escueto y contundente: dimisión, convocatoria de elecciones constituyentes y auditoría de la deuda. A estas alturas no se puede pedir menos. Esa es la baza que merece jugarse.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Jugársela o...

"Nadie es tan esclavo como quien se cree libre sin serlo", 
 J. W. Göethe

   "Que se lixe a troika, queremos as nossas vidas" (a la mierda la troika, queremos nuestras vidas) fue el lema de las movilizaciones de ayer en Portugal. Claro que es mucho más políticamente incorrecto de lo que se podría esperar en este país tan aborregado. ¿Por qué? Probablemente porque los portugueses acaban de comprender a quién se enfrentan; ya han apuntado al enemigo, como pasó en Grecia. 

Basta de roubar o povo!
     Por el contrario en España aún no se tiene claro. No hay más que comparar aquel con el lema de la manifestación de Madrid: "¡Vamos! Quieren arruinar el país. ¡Hay que impedirlo!". Más allá de la odiosa sintaxis de este segundo, la diferente intención de los convocantes y de la mayoría de los participantes en cada una resulta patente: mientras el portugués se dirige a quienes controlan efectivamente su economía y, en consecuencia, gobiernan injusta e ilegítimamente, el de los sindicatos timoratos de España parece sacado de un libro de autoayuda. Lo mismo se puede decir de la única reivindicación: que el gobierno convoque un referéndum ¡para que se voten las leyes que ellos mismos han aprobado ya con su mayoría en el congreso! ¿De verdad puede haber un mayor disparate? Además de que el referéndum en cuestión nunca se daría, ¿no es una forma pacata de legitimar a la aristocracia política?
   El resultado de la manifestación, aunque sin carga policial, se acercó mucho al de la que apoyó la huelga de la minería el 11 de julio: envío de autobuses más o menos subvencionados, gritos y discursos protocolarios, mercadotecnia sindical y puntualidad británica a la hora de disolverse, de tal forma que quienes se unieron a la protesta en el llamado "bloque antideuda" (asambleas de barrio, sindicatos no subvencionados y otros colectivos) asistieron, otra vez perplejos, a un verdadero paripé de protesta, como refleja Enrique Flores en sus anotaciones.
   La verdad es que hace un año no parecía tan difícil de asumir una explicación coherente de la situación que provocara una verdadera movilización masiva y, al menos, pusiera en dificultades al gobierno, la UE y su maraña de instituciones y la clase alta. Podía suponerse que a estas alturas estaba claro que los partidos políticos mayoritarios estarían completamente deslegitimados, al igual que los sindicatos que no defendieron a los trabajadores; que la gente comprendería que no había que seguirles el juego a los poderosos, que el sistema capitalista había fracasado estrepitosamente y que, para solucionarlo, había que darle a todo una vuelta como de calcetín.
   Pero, sin embargo, no está pasando nada, como recordé en una entrada anterior: el gobierno cada vez toma medidas más injustas a favor de los dueños del capital y la inexistente clase media es más low cost que nunca y aún suspira "virgencita, virgencita...". El único acto de rebeldía ha sido comprar menos porque... no se puede, mientras el ensayo de sociedad que quería tender a la igualdad, la justicia, etc., se va deshaciendo como la capa de hielo del océano ártico.
   No quiero decir que nadie esté haciendo nada, solo que son pocos, muy pocos quienes verdaderamente están dando guerra a los dirigentes del desastre: hay unos miles de personas en un país de 45 millones que han propuesto movilizaciones mucho más reivindicativas y exigentes (las acampadas, manifestaciones no autorizadas, la próxima iniciativa de "Rodea el Congreso"...), han denunciado controles policiales, impedido desahucios...
   Lo suyo les cuesta, pues ha habido cientos de detenciones y miles de identificaciones y multas desde la primavera pasada, las últimas el sábado y precisamente bajo la consigna de eliminar cualquier referencia a la movilización del 25S, que es la que verdaderamente preocupa a los poderosos y su policía (incluso han identificado a los participantes en la asamblea que la organiza como posibles conspiradores sediciosos). Se la están jugando y, sin embargo, nadie parece entenderlo, tal es la falta de solidaridad.
   Y, de forma muy valiente, unos profesores madrileños se han atrevido a convocar una huelga indefinida sin el apoyo de la corte sindical (UGT, CCOO, STEM, ANPE, etc.) porque saben que con sus métodos no se consigue nada. Hoy no van a empezar el curso en secundaria. Y si estos profesores fueran suficientes, el caos y la presión serían tales que la Comunidad de Madrid tendría obligatoriamente que reconsiderar la situación y retroceder en sus propósitos.
   Este es el ejemplo. O nos la jugamos de alguna manera o puede darse todo por perdido. Lo siento si duele, pero veo mucha más gente resignada que rebelde y muy poca conciencia de la gravedad de lo que está sucediendo. 
   Ojalá las próximas movilizaciones funcionen, reúnan a tantos como para que el resto se replantee su actitud y sirvan de ayuda a otras por venir. Ojalá la huelga que empieza hoy, aunque ignorada por los medios, empiece a cambiar mentalidades asustadas. Ojalá no se recuerden estos años por la desaparición de la solidaridad y la capa de hielo del Ártico. Ojalá, porque no tengo nada claro que escribir esto sea hacer verdaderamente lo que es necesario.
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