jueves, 25 de abril de 2013

El jornalero en la plaza

   No hace falta redundar en datos. Nadie consigue trabajo, otros aún lo están perdiendo y, lo que es peor, es casi imposible que ni unos ni otros trabajen (al menos legalmente) en mucho tiempo. 
   El resultado es más que trágico y visible. Probablemente a España (o Hespaña o Expaña, como prefieran) le esperan más de 10 años con un paro superior al 20%. Incluso más. Pongamos hasta el 2025, cuando ninguno de los que hayan estado tanto tiempo en paro tenga posibilidad de acceder a una pensión digna cuando envejezca porque: a) no cotizará nunca lo suficiente; b) no pudo ahorrar para un plan de pensiones. Da vértigo.
   Así que solo quiero recordar, para aquellos que crean que las soluciones aún están en cambios menores, reformas varias, leyes nuevas o ministerios audaces, que el problema es otro.
   Que la actividad más importante de una vida humana tenga que ser un trabajo remunerado es un axioma falso, delirante, pero inseparable de nuestro sistema socio-económico. El solo concepto del trabajo pagado como mercancía aterra, sobre todo de tan asumido.
   Aun aceptando este disparate, el trabajo nunca será igual entre la clase asalariada y la propietaria, llámenlos proletariado y burguesía o como quieran. Sus diferencias se perpetúan en el tiempo pues solo la clase que dirige tiene propiamente capacidad de decisión y siempre legislará en su propio beneficio.
   Y, por último, el "sistema de libre empresa" (aka capitalismo) necesita que haya paro. Desde los tiempos más remotos los patrones o sus capataces debían elegir a quién contratar y si había muchos dispuestos a trabajar y pocos jornales, pagarían menos, ergo los beneficios aumentarían.
   Es verdad que durante unos años se intentó controlar el paro para que el gasto en ayudas sociales no perjudicase a su vez a los propietarios. Pero ya no pasará. Saben que es imposible reducirlo sin cambiar el negocio y a eso se van a negar siempre. Para ahorrar en el control del paro solo hay otra opción: suprimir los gastos que una vez, hace mucho tiempo, hicieron pensar a quienes trabajaban que no estaban completamente a merced del dedo que los señalaba en la plaza, al amanecer, para ir al campo. El dedo que, sin saber por qué, unas pocas veces los escogía.

   Se imponen, pues, poemas de urgencia:

El jornalero espera
en la plaza como tú
ante las pantallas del
ordenador o el teléfono
que el mismo dedo
arbitrario lo salve
momentáneamente
de la indecencia
para mayor gloria
de los dueños 
del tinglado.

lunes, 1 de abril de 2013

Lo que quisiste ser

Estaban hundidos hasta el cuello en un pastel
del que jamás tendrían sino las migajas.
Georges Perec 
   Probablemente sea cierto, como afirma Leopoldo María Panero en El desencanto, que desplegamos en el otro los rasgos que detestamos de nosotros mismos. Es una vieja técnica de supervivencia, la del viejo refrán, que permite obviar las incongruencias, la falta de voluntad y los defectos propios, pues no se puede ser feliz con el remordimiento de haber traicionado lo que quisiste ser. Pero no siempre funciona. El olvido, en ocasiones, no puede con la conciencia del fracaso. 



   Y aún hay más: este sentimiento de desencanto, que Jaime Chávarri desarrolla en su película sobre un caso familiar concreto, puede ser también colectivo e, incluso, generacional. 
   Todos hemos oído hablar de las épocas históricas que, desde el punto de vista sesgado que nos mostraron, son ejemplo de ello: el fin de los imperios, el siglo XVII o, sobre todo, el periodo finisecular, a caballo entre el ochocientos y el novecientos. Curiosamente, se suelen considerar esas mismas épocas terribles como ejemplos de esplendor estético y artístico, edades "de oro". Como si el agotamiento de un paradigma fuera asociado siempre con el genio que, más o menos inconscientemente, permite que otros lo acaben por superar. Ellos, los epígonos de una estética en crisis, a quien después todo el mundo admira, pero cuya vida nadie querría haber tenido: Cervantes o Kafka.
   Sin embargo, no esperaba encontrar nada parecido en Las cosas (1965), la primera novela de Georges Perec. Además, resulta una expresión del desencanto completamente diferente a cualquiera que haya conocido. Es el de una generación que, para colmo, vive los "gloriosos" años 60 en un país occidental desarrollado, algo envidiable desde nuestro limitado imaginario pop. Me sorprendió, sobre todo, el que la novela discurriera a contracorriente en al menos dos sentidos: el histórico (o sociológico, si prefieren, ya que analiza su propia época) y el estético. Su mérito consiste en que ambos propósitos confluyen perfectamente, impresionando a cualquier lector atento con la historia más banal del mundo.
   En el primero de estos sentidos, el texto narra la vida absolutamente corriente de una pareja, Jerôme y Sylvie, que va descubriendo, capítulo a capítulo, que no van a poder tener la vida que quisieron (la casa, el trabajo, el dinero, los amigos, las películas, el tabaco, los libros, la comida: las cosas, en definitiva). De hecho, es tan banal que ni siquiera cuenta alguna anécdota de las que se acostumbra sobre su vida amorosa y nunca llega a relatar unos hechos suficientemente concretos.
   Vivían en París, en una de las ciudades más atractivas del mundo, en un apartamento de 35 m., pero "les habría gustado ser ricos" y, además, "creían que habrían sabido serlo". He aquí el problema, que el mundo les había educado para eso: 
"Eran «hombres nuevos», jóvenes técnicos que todavía no habían echado todos sus dientes, tecnócratas a medio camino del éxito. [...] Eran, por consiguiente, de su época. Estaban perfectamente en su papel. No eran, decían ellos, completamente víctimas. Sabían mantener sus distancias. Eran despreocupados o, por lo menos, intentaban serlo. Tenían humor. Estaban muy lejos de ser estúpidos. [...] Se sentían enamorados de su libertad. Les parecía que el mundo entero estaba hecho a su medida; vivían al ritmo exacto de su sed, y su exuberancia era inextinguible; su entusiasmo no conocía ya límites. Habían podido caminar, correr, bailar, cantar toda la noche. [...] Les parecía que todo era perfecto, [...], la expresión evidente, inmediata, de una felicidad inagotable".
    Sin embargo, "sabían [...] que todo esto era falso, que su libertad no era más que un señuelo". Descubren, entonces, el mecanismo perverso, el mito capitalista, que, por cierto, puede que se esté desmoronando justo ahora una vez más:
"En nuestro tiempo y en nuestros ambientes, cada vez hay más gente que no es ni rica ni pobre: sueñan con la riqueza y podrían enriquecerse, y de aquí nacen sus desgracias".
"A veces lo económico los devoraba por completo". 
   Pero la novela no narra la vida de esta pareja de una forma convencional. El primer rasgo que destaca es que los personajes apenas son individuos. La inmensa mayoría de los verbos están en tercera persona del plural, pues lo que hicieron o hacían normalmente era cosa de los dos o, incluso, de todo su grupo de amigos, pues todos "eran cinéfilos" o "de L'Express", frecuentaban los mismos lugares, compartían aficiones y dilemas. El resultado de esta manera de narrar la historia está íntimamente ligado con lo anterior: el lector obtiene un completo retrato de la generación que se iba a comer el mundo.
   Iba, porque ya se encarga el primer capítulo de provocar la inquietud del lector con una descripción en la que los verbos son condicionales y no porque el narrador dude, sino porque expresa (lo sabremos inmediatamente) los deseos inalcanzables de los protagonistas, la casa con la que sueñan, la vida que querrían tener: "todo sería marrón, ocre, leonado, amarillo".
   Al final de la primera parte, Jerôme y Sylvie tocan fondo:
"Y de esta especie de búsqueda desenfrenada de la felicidad, de esta sensación maravillosa de haber sabido casi, por un instante, entreverla, adivinarla, de este viaje extraordinario, de esta inmensa conquista inmóvil, de estos horizontes descubiertos, de estos placeres presentidos, de todo lo que había, acaso, de posible bajo este sueño imperfecto, de este impulso, aunque torpe y frenado, y sin embargo ya cargado, acaso, hasta el límite de lo indecible de emociones nuevas, de exigencias nuevas, no quedaba nada".
   En esto se basa la trampa: debe estar terriblemente cerca, sentir que el paraíso se toca con las manos. Pero hay aún una segunda parte sorprendentemente breve y un epílogo, pues semejante dilema tiene, sí, una solución. Después de pasar unos meses en Túnez, de "huir" literalmente en un último intento de lograr su sueño, regresan a Francia cansados "de esa búsqueda indecisa que no les había llevado a ninguna parte, que no les había enseñado nada". 
   Llegarán al final en unas páginas que narrarán su destino en un perfecto futuro, pues vuelve a cambiar el tiempo verbal para llevarlos a un destino inevitable que, como el de sus amigos, estaba marcado; será típico y, desde luego, "no será verdaderamente la fortuna" sino sus "migajas". Perec logra un efecto devastador de la manera más simple posible.


   Y, a pesar de la distancia, ¿cómo no sentirse identificado ahora con tantas incongruencias y contradicciones? ¿No nos suenan familiares palabras como estas: "las generaciones anteriores [...] habían logrado tener, sin duda, una conciencia más precisa a la vez de ellas mismas y del mundo en que vivían; [...] la tensión era demasiado fuerte en aquel mundo que prometía tanto y no daba nada?".
   Anda rondando nuestras cabezas la sospecha de que esta es una nueva época de desencanto, en la que varias generaciones jóvenes están tomando conciencia de que su mundo no será el que vivieron sus padres,  sino otro peor en el que prácticamente nadie que conozcan podrá lograr lo que pretendía. Para ellos (y nosotros) "el futuro es un país extraño", en el que pesará "lo que pudo haber sido y no fue".
   Es lógico que los sueños, como tales, nunca se realicen y que no se llegue a ser exactamente lo que uno imaginó. La realidad es obstinada y la sociedad, enrocada, suele decepcionar. Pero entre la simple nostalgia y el desencanto hay diferencia: al nostálgico le pueden la vejez, el tiempo; al desencantado, el fracaso, pues admite, como canta Silvio Rodríguez, que se nos "ha arruinado la canción".


martes, 5 de febrero de 2013

No muerdas la mano que te da de comer

Aunque parézcales a ustedes bobo
las ovejas votaron por el lobo.
(Atribuido a Guillermo Aguirre y Fierro)

   Hace un par de semanas que los medios de los grupos de comunicación más importantes de España empezaron a publicar filtraciones que delatan las prácticas ilegales del Partido Popular. Los dos, curiosamente: El Mundo y El País, que tan diferentes se habían esforzado por parecer. Incluso ha habido una secuela (de menor calibre, eso sí) en La Gaceta, que no quería ser menos. Es raro. Además, seguro que no parará aquí. 
   Y es más raro aún que todos los dedos apunten hacia el mismo sitio, señalen a Rajoy y sus fieles acólitos. ¿Y el resto? ¿Por qué ahora? ¿Qué ha hecho Rajoy que no hubiera hecho ya antes? 
   Para los chicos de La Gaceta está muy claro: no ha hecho una política de derechas y gente de su propio partido está descontenta. Para otros, Bárcenas se está vengando de que aquellos a los que cebó durante años no le hayan hecho un apaño judicial. Puede también que el PP se esté haciendo un 11-M, como dice Isaac Rosa; que haya otros esperando salir a la palestra saltando sobre el presidente de paja con o sin elecciones de por medio; o hasta que la conspiración alcance, no sé.., pongamos a la CIA, la TIA o yo qué sé.
   Toda una intriga palaciega, que, la verdad, no debería preocuparnos demasiado. Porque, llevamos mucho tiempo gritándolo, da igual quién esté en el puesto, pues solo hará lo que le digan los dueños de todo. Entonces, paremos un poco. ¿Cuál es el verdadero problema?
  Sí, vale, esta gente pasó toda la vida cobrando de más: hicieron viajecitos, fumaron puros caros, compraron coches y casas, montaron fiestas... El chascarrillo es fácil, desde luego. Que si mira qué ladrones son, cuánto se llevaban, chorizos, eso sí que era una extra... En este sentido Mariano el pusilánime es un personaje arruinado. Todo se sabrá antes o después, más bien después, cuando pueda pasar desapercibido o, dicho en el escandaloso lenguaje del derecho, cuando haya prescrito. Pero, ¿quién ponía el dinero? ¿de dónde salía? y, sobre todo ¿para qué servía?
   La situación es bochornosa. A los indicios claros de que la relación entre las grandes empresas y los políticos era demasiado amistosa se ha añadido por fin la prueba que faltaba: incluso pagaban sueldos que escamoteaban de sus propios impuestos. 
   Hasta ahora bastaba con saber que al retirarse, y pasados los dos años de rigor, cualquier político mediocre, a ser posible exministro, tenía asegurado un cargo con sueldazo en una empresa. Ya era evidente, de alguna manera, que ese puesto era un pago por los servicios prestados como gobernante a sus intereses privados, como lo es el de Felipe González, Aznar y tantos otros. También lo eran los préstamos de los bancos a los partidos, pues podían condonarse y olvidar los intereses, pero no el trato que se firmaba debajo de la mesa. 
   Sin embargo, era más complicado demostrar (aunque a veces parece tan flagrante) que en realidad todo esto no era más que un soborno sistemático. El capital, para seguir su carrera, necesita a veces saber que las reglas del juego van a coincidir misteriosamente con las que le vienen bien. Ellos, los preclaros gobernantes, que podían engañar a la gente diciendo que esa era la mejor manera de jugar, eran la clave. Así podían dirigir el país sin pasar por los apuros de estar todo el día en la tele, que eso cansa. Pues, dicho y hecho: han conseguido las leyes que querían; los han indultado, perdonado, rescatado...
   No hace falta más que verle la cara a Rajoy para comprobar que él no manda. Lo sospechábamos, pero no puede estar más claro. Se esfuerzan en negar que cobraron para no dimitir, pues podría suponerles una inhabilitación o una multa, la caída ante sus amigos, cierta vergüenza. Pero no se esfuerzan en absoluto en ocultar que los grandes capitalistas controlan los partidos políticos. Es sabido.
   Nada van a hacer para evitarlo. Ni un perro osa morder la mano de quien le da de comer. Ellos, tampoco. Hazte a la idea. Mientras estén ahí, sea quien sea, poco va a cambiar. Tal vez las fotos.


martes, 15 de enero de 2013

Lo que la ficción implica

Las mates no defraudan
(Claude García, protagonista)

   En un claro paralelismo con el Quijote, los protagonistas de En la casa, de François Ozon, pagan su fervor por la ficción con algún golpe muy real. Si en la novela don Quijote y Sancho reciben mamporros a diestro y siniestro, de nobles y de villanos, por creerse una historia y actuar como si esta fuese real, los personajes de la película recibirán un trato semejante, aunque mucho más sutil, en un par de escenas cerca del final. ¿Por qué? La razón, cuatrocientos años mediante, es la misma: la ficción no es inocua, como el propio Cervantes sabía.
   En una película donde la mayor parte de la acción es, si se me permite, puramente verbal, ¿cómo se justifica un puñetazo? ¿De dónde sale tanta tensión que, incluso, podría llamarse "suspense"? ¿Por qué unos adultos se dejan llevar, ansiosos, por el discurso de la novela en construcción de un chico de dieciséis años, vamos, pura palabrería ingeniosa? ¿Puede alguien llegar a creerse quien no es o modular su vida desde una invención? El asunto, desde luego, es complejo y su desarrollo, muy diferente a la opción que eligió Cervantes. Pero la conclusión es la misma y muy clara: dentro de la ficción se disfruta muchísimo; creérsela puede resultar fatal.
   El pretexto narrativo de En la casa, basada en la obra El chico de la última fila, de Juan Mayorga, es muy sencillo: un alumno sorprende a su profesor con unas redacciones muy talentosas sobre la vida de un compañero de clase y su familia y consigue implicarlo en ese relato que va redactando por episodios y que por momentos es tan creíble como irreal o tan cierto como ficticio. Lo que al principio es simplemente para el profesor una mezcla de ejercicio literario e interés morboso deriva en un auténtico work in progress, un puro experimento en el que es el narrador, Claude, quien va modificando (aparentemente) la realidad y transformando sobre la marcha las actitudes y reacciones de sus personajes.
   Entonces, la anodina historia de una familia de clase media (comercial, ama de casa e hijo torpe pero deportista) va tomando distintos carices, dirigida por el profesor Germain, que es quien aconseja al narrador qué postura debe tomar ante sus personajes y su trama. Lo apasionante es que poco a poco es el propio personaje del narrador y, para el espectador, el propio Claude "real", el que participa en la historia y la altera a su gusto desde dentro de la casa. Sí, los espectadores, llegado este punto, ya se han vuelto tan morbosos como el profesor y sienten la intriga generada por los atrevimientos de Claude, cuyo propósito es generar en la casa la misma situación que él querría contar después.
   El narrador (he ahí pues la metáfora) resulta ser un adolescente caprichoso que, a pesar de su fragilidad y aparente indefensión, logra controlar a sus dos únicos lectores, el profesor Germain y su mujer, que nunca serán los mismos después. Pero el poder de la ficción llega a todos, transforma también al propio autor, en este caso el desdoblado personaje de Claude, que, siendo en principio el responsable de la historia, no conseguirá de ella lo que pretendía.
   Nadie es dueño de su propia historia. Cervantes, de hecho, tropezó dos veces con ese peligro de la ficción. Cuando era joven creyó en los ideales de una época que solo había conocido por la literatura y que nunca existió tal como se la contaron. Quiso comportarse según decía su literatura y no recibió más que desaires y agravios, hasta como autor. Después, cuando encontró la idea para el Quijote quiso poder vengarse: ahora sería otro el que se equivocaría y no llevaría más que palos por sus ideas descabelladas. Pero volvió a caer en la trampa: tan sugerente le pareció el resultado que se rindió para que sus propios personajes tuvieran una vida distinta a la programada. Finalmente, don Quijote cumple el guion y muere, pero la voz de Cervantes ya está dividida: por un lado es el Quijote cuerdo y sensato, pero por otro es el Sancho que le sigue proponiendo, mientras agoniza, otra ficción más, pues su vida será mucho más interesante si se creen pastores.
   En la escena final de la película, los protagonistas, profesor y alumno, contemplan desde un banco el edificio de enfrente. Cada ventana es una posible historia que alguien puede adivinar.  Y a pesar de haber sido defraudados por la historia en la que ambos participaron, es Claude, el alumno, el que hace de Sancho y provoca otra vez la aparición del peligroso gusanillo de la ficción. ¿Qué pasará en las casas que ven desde ese banco?
   Quizá la ficción siempre ha sido y solo será la posibilidad morbosa de vivir otras vidas, las de los otros, como en la película que lleva precisamente ese título. Por mucho que queramos complicar el asunto quienes la estudiamos. Pero, ojo, las ficciones, por muy descabelladas que parezcan tienen consecuencias más reales de lo que uno se imagina.

(Trailer aquí; no permite insertar la imagen)


martes, 8 de enero de 2013

La fuga del tiempo, según Buzzati

   Si no existiera la mínima posibilidad de que unas palabras fueran capaces de expresar lo indecible no existiría la literatura. Perdería toda razón de ser. Porque se dedica precisamente a dar con aquellos pensamientos, que, a pesar de haberlos sentido, permanecen aparentemente intraducibles. Y, de repente, zas. De ningún otro sitio proviene la emoción que alguien puede sentir al leer estas dos páginas de El desierto de los tártaros:

   "Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo lo asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche -oh, si lo hubiera sabido, quizá no habría sentido ganas de dormir-, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
   Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
   ¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor y se reanuda sin pensar el camino.
   Así se continúa andando en medio de una espera confiada, los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
   Pero a cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también. 
   Cierran a cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños".

   ¿Dónde se perdió esta confianza? ¿Quién no ha oído el golpe frío de esa verja al cerrarse? Metafóricamente hablando, claro.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Rituales, tiempo y espiral

   Más allá de cualquier consideración religiosa, supersticiosa o astrológica hay alguna razón que hace de los días finales del año la época más ritualizada de nuestras vidas. Proliferan reuniones, celebraciones, mensajes. Hay, también, alguna obligación a la alegría, el perdón, el desahogo, la generosidad, el dispendio. Se convierten en trending. Y no nos engañemos. Que esto pase no es por Jesús, el Papa, los reyes, el solsticio o El Corte Inglés. Algo de eso hay, evidentemente, pero la tradición absorbe cualquier nuevo elemento que se presente, hasta las uvas de fuera de temporada. 
   Sea como sea, en ningún momento del año tanta gente se dedica exactamente a hacer el mismo tipo de cosas. Y celebran ¿el qué? Lo primero que se supone objeto de una celebración así es que uno está en ella, allí, con el resto. Y no es poco. En el fondo cualquier fiesta tiene un significado parecido, no es más que una especie de aviso o de llamada al infinito: "¡Eh, que estoy (o estamos) aquí todavía!".
   De todo el ritual que rodea los últimos días de diciembre se desprende la idea de que se cierra un círculo y lo que pasó no importa. Que el agobio de las preocupaciones debe suspenderse porque es pasado. Que aún se conserva lo esencialmente importante: la familia, los amigos, los compañeros, los conocidos, el vínculo con el pueblo o el barrio donde uno se crió. Que vendrá algo nuevo que no será seguramente demasiado distinto pero en lo que se puede confiar. Una cursilada, vamos. Ñoñerías. 
   Pero de alguna manera estas sensaciones no resultan tan falsas como pudieran parecer. Es cierto que se finge para quedar bien, para no romper con las formas o mantener relaciones o contentar a terceros o por puro interés. Sin embargo, el ritual exige un esfuerzo por sentirse verdaderamente así: un poco en paz con el pasado, un tanto condescendiente, simpático y biempensante por obligación. Porque, al fin y al cabo (del año, del ciclo), ha de demostrarse que algo valió y/o valdrá la pena.
   Cierto instinto animal de conservación debe andar detrás de este comportamiento. La repetición nos salva, como al resto de bichos a los que tanto nos parecemos. Si concibiéramos el tiempo (y la vida) como una simple línea recta todo se haría más difícil. No habría regresos ni vueltas. Solo una huida hacia adelante que a cada paso supondría renunciar a todo lo anterior.
   Volver, sin embargo, da una gran seguridad. Perdidos en un mundo gigantesco cuyo tiempo es inconmensurable, la vuelta (del frío o del calor, de la oscuridad o de la luz, de la nieve o la lluvia, de los pájaros; la vuelta a cierto lugar, a estar con alguien) es un asidero irrenunciable. La repetición del ritual nos proporciona un sitio, un punto en el ciclo, que, más que un círculo, resulta una espiral. Pasamos prácticamente por lo mismo, pero un año después. Somos prácticamente los mismos, pero algo ha cambiado. Y, según la perspectiva que se nos ofrece desde aquí, somos capaces de percibirlo. Siempre desde el siguiente giro.
   De otro modo, si el tiempo fuera el trazo de una flecha, el pasado carecería de importancia, no habría referencias ni razones. Así que los rituales repetidos resultan imprescindibles. Quizá sea una esclavitud necesaria para elaborar un mapa reconocible de la vida y, solo entonces, creer que se comprende algo. Aunque sea frágil, tanto como un globo con cristales dentro, que, lo sabemos, va a estallar más tarde o más temprano.
   Y cuando a alguien le ocurre suena así:


martes, 13 de noviembre de 2012

No contéis conmigo

Aviso: mañana no contéis conmigo. No iré al trabajo, no daré mis clases y, por supuesto, no quedaré como un estúpido poniendo películas al tuntún a un grupo pequeñísimo de niños a los que sus padres han obligado a ir y que apenas se enteraron de qué pasaba en la calle vacía. No caeré tan bajo por 80 euros. Cualquier día los quemo. Y santas pascuas.
Pero no me quedaré en casa preparando material, corrigiendo o descansando. Hasta dejaré sin funcionar los cursos del aula virtual. Prohibido estudiar.
Perderé un dinero que nunca llegué a ganar y no me quejaré como los fariseos que se hacen los ofendidos cuando cobran como mínimo 1600 euros. Qué lejos están de la realidad a pesar de estar tratando cada día con chavales. No me puedo imaginar entonces a aquellos grandes capitalistas en sus torres de marfil o en sus hoteles de lujo en el desierto.
No cobraré porque dedicaré el día a otras cosas, principalmente a una: a hacer más fácil la huelga de los demás. Adiós a la tele y a la radio y al súper y a la panadería y a la gasolinera y al estanco y a las tiendas... Los cajeros automáticos y los autobuses pueden esperarme en vano. Igual los camareros. Son muy amables pero ya los veré otro día. El vino no se acaba fácilmente.
Puede que parezca niñería o patochada, pero aún me anima saber que se puede parar y ralentizar la maquinaria perfecta de este reloj universal a punto de estallar.
Les jode. También lo sé, aunque tal vez no tanto como debería si entendieran la verdadera magnitud que supone un quinto, un cuarto o un tercio de los trabajadores que dejan de hacer aquello por lo que les pagan, que suspenden al menos una de las funciones de la farsa.
Será nostálgico pero aún me parece hermoso: dejar de hacer aquello por lo que te pagan. Ahí se queda sin hacer, sin colocar, sin conectar.
Sé también que un día es poco, que si fueran más el asunto cambiaría. No me conformo, pero al menos este día no contéis conmigo. Si os atrevéis, llamad a los tibios. Si no los reconocéis, Pepe Hierro os los señala:
LOS TIBIOS
Lo teníais todo: las almas
Sin dolor, la vida apacible.
Alrededor, los huracanes
Os sabían inconmovibles.
Como torres, os levantabais.
Como chopos de hondas raíces,
Como viejas sabidurías
Que iluminaban los confines.
Aves fuertes de altanería.
Aguiluchos de vuelo firme.
Os despegasteis de la tierra,
Volasteis por los cielos grises.
No llorasteis con los que lloran,
Ni cantasteis con los que cantan,
Ni reísteis con los que ríen.
Nos dejasteis, de cara al cielo,
Frente al signo de lo imposible. [...]
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