martes, 11 de febrero de 2014

Cuestión de vallas

A los amigos del Grupo de Migración de Lavapiés
 


   Esta imagen terrible es el último episodio de una interminable novela con pasajes más famosos. Piensa en Berlín, en Israel, Corea... Quizá aún no te atrevas a reconocer que tu simpático país dispone de elementos similares para cribar a primera sangre el grano bueno. Eso es una valla, un muro o los puestos de control de pasaportes de un aeropuerto: cribas. Pasas si tienes cierta cantidad de dinero en efectivo o si tienes un pasaporte X (argelino con pasaporte de Argelia, no; argelino con pasaporte francés, sí) o si juegas excepcionalmente bien, sobre todo al fútbol. Si no, olvídate.
   Lo que los medios han llamado "asalto" a la valla de Ceuta ha resultado una gran desgracia, un horrible asesinato. No hace falta redundar en lo que habéis oído: cientos de africanos que malviven en los montes cercanos a la frontera intentan aprovechar la oportunidad que da ser un gran número para cruzar la valla. Son perseguidos por dos ejércitos: el español y el marroquí. Son peligrosos, porque si pasan y no los cogen seguirán malviviendo aquí. Con la salvedad de que quizá puedan mejorar algo la vida de sus familias. Y como son peligrosos les disparan. A veces de los dos lados, porque no pertenecen a ninguno. Y, claro, pasa esto:




   No es nada que no haya ocurrido antes, aunque quizás te haya extrañado esta vez escuchar que a la Guardia Civil la han pillado haciendo cosas que no debería o, más bien, de las que no deberíamos enterarnos. Se supone que si alguien entra ilegalmente en territorio español las autoridades deben hacerse cargo de él y, en tal caso, repatriarlo a su país de origen. Pero los funcionarios armados españoles se dedican día tras día a incumplir la ley. Los devuelven a Marruecos. Al monte del que vinieron. Esconden la ley al más débil para que no pueda servirse de una mínima ayuda. La única fuerza moral a la que puede recurrir un cuerpo de seguridad, trabajo indigno donde los haya, es cumplir la ley. Y ni siquiera de eso es capaz la Guardia Civil o la policía, como comprobamos frecuentemente.
   Otro episodio, menos violento fisicamente, se sumó a esta lista el domingo: Suiza aprobó, con un 50,3 % del voto de un 56,5% de participación (risas), limitar la entrada de inmigrantes. Suiza, un país con un 22% de residentes extranjeros que, por supuesto, en estas cosas no pueden votar. El resto de la UE, que no hace sino cribar a sus propios inmigrantes, no quieren que Suiza haga lo mismo con ellos. Un aplauso para semejante ejercicio de inmoralidad.
   Y un pensamiento sobre todo esto. Aquel que haya emigrado de cualquier forma: para conocer, estudiar o trabajar, o que conozca gente que lo haya hecho (o sea, todos), no puede sentirse ajeno a esta operación sumamente cínica. La Europa pretenciosa, llena a su vez de millones de emigrantes, y que envió, sobre todo a América, otros tantos millones en siglos pasados, solo quiere a los ricos, digo a los buenos.
   ¿Que por qué cínica? Cualquiera que haya cruzado alguna vez esa absurda invención humana que se llama frontera lo entenderá: lo que hay a ambos lados de una valla es exactamente lo mismo. Estas solo sirven para dividir el aire y segregar por dinero. Porque los sofisticados radares y los muros altísimos ya no defienden la tierra, sino el dinero. Se construyen para que nadie nos quite el dinero que circula de este lado, no se le ocurra a alguno compartirlo. Aunque hay quien se lo curra y puede hacer salir un montón de dinero para evadir impuestos, pero ese movimiento se da siempre en la otra dirección (muchas veces hacia Suiza, para cerrar el círculo paradójico).
   Cuando uno viaja se encuentra con paradojas inexplicables que se mantienen gracias a esas vallas y una de las capitales es la monetaria. Vivimos en un mundo sustentado en el principio tan sencillo de que lo que cada uno hace no vale lo mismo a un lado y otro del muro. Tampoco lo que compra ni lo que tiene. Si eres lo suficientemente frívolo pensarás en lo ventajoso que puede resultar gastar tu dinero en un país en el que las mismas cosas cuestan mucho menos que en el tuyo y te cabrearás cuando suceda al revés.
   Por mucho cariño que se tenga al lugar donde uno nació o vive, nada, absolutamente nada en nuestra vida debería estar condicionado por él. Yo, al menos, nunca me permitiré el lujo de pensar que el suelo de mi casa me pertenecerá para siempre, que nadie más que los míos tienen derecho a plantar patatas en mi municipio o a tocar música en las calles del barrio en el que me crié.
   Varias canciones de Jorge Drexler tratan de una identidad cultural que es a la vez heredada, transformada, aprendida y cambiante. No somos de ninguna parte, nada nos pertenece realmente: "el mismo suelo que piso seguirá; yo me habré ido". Son, por ejemplo, Frontera o De amor y casualidad, pero prefiero la Milonga del moro judío, que parte de un estribillo de Chicho Sánchez Ferlosio.
   Contra todo el que se tenga por estúpido patriota. 

martes, 21 de enero de 2014

El temporal y el árbol

   No es mal momento, entre la cola y el frente de dos temporales, para hacer diario o, como diría Silvio Rodríguez, un "resumen de noticias":

1

   Miro, veo, escucho y pienso "ya está, consiguieron lo que querían". Resulta que la macroeconomía no para de ir mejor de lo que se esperaba y recuerdo que estamos en 2014. Coño, no se equivocaron, hace tiempo que dijeron que para 2015 o así todos íbamos a seguir jodidos pero estables y que ya si eso se empezaría a notar una "recuperación". Qué jodida es la teoría cuando se confirma. Explota una burbuja, se recoloca el capital, ganan los astutos, un par de trileros van al trullo y a girar la rueda otra vez. Dijeron que con sueldos más bajos; que con peores condiciones; que con menos servicios... Pues todo esto ya pasó y ¿a que no ha sido para tanto? Muchos aún no se dan por enterados. Otros, saben que ya pasó otras veces. Pocos, que no puede ocurrir de otra manera mientras. 
  Dentro de muy poco explotarán viejas burbujas en Brasil y en otros sitios. Y así sucesivamente. El gran capital aprieta pero no ahoga, tira de la cuerda todo lo que puede. Pero no mata. Al menos aquí, que estamos del lado bueno del muro, digo del Mediterráneo.

2

   Leo. Raciono la lectura de Por el bien del imperio, de Josep Fontana. No conviene atracarse porque cada capítulo es un puñetazo y hay que recibirlos entero, de pie, consciente. Su relato de la historia de la segunda mitad del siglo XX es profundamente desagradable, pero muy clarificador, demasiado para este mundo light. No paro de descubrir maquinaciones perversas, planes de guerra estúpidos, cínicas ventas de armas, exterminios, torturas sistemáticas, tráficos interesados y víctimas inocentes, millones que nunca supieron qué pasaba, como nosotros no sabremos hasta que pasen décadas "salvo alguna cosa". Todo dirigido por una panda de arrogantes, no más de 500 tipos en el mundo que se perpetúan como una saga. Perfecto para los ingenuos que pensaban que la última tragedia del mundo había sido la II Guerra Mundial. Últimas raciones: los 80, Líbano y Afganistán. Terrorífico.

3

   Me sorprendo. Resulta que han nombrado la palabra "asamblea" en un informativo y no la han menospreciado. Es el milagro de Burgos. Mientras hace diez días todos daban la cobertura de siempre a las reivindicaciones del barrio de Gamonal (jóvenes encapuchados cometiendo "actos vandálicos") ahora se habla del movimiento vecinal y, aunque sin apoyarla, de su reivindicación de que los detenidos en las manifestaciones no sean denunciados y queden libres de cargos. Están estupefactos. A los ojos de cualquiera, y simplificándolo mucho, ha pasado lo imprevisto y ni siquiera el poderoso aparato de los medios y los partidos se atreve ahora a ponerse en contra de los únicos que en este asunto pueden parecer "los buenos". Además, resulta que saben lo que hacen. Por eso siguen reclamando que las detenciones y las acusaciones de la policía fueron arbitrarias e injustificadas. 
   Y ahora las cámaras tendrán que seguir allí. Fueron a buscar sangre fresca y les vendieron carne cruda. Se temen algo, por ejemplo, que la política ya haya cambiado, que se haga sin ellos. Mientras, los tertulianos se asustan de que algún desesperado rompa cristales y que se siga gritando que "no nos representan". Por mucho que hubieran creído que Luis XVI estaba equivocado, que era injusto, ellos son de los que nunca habrían acompañado a las pescaderas de los mercados de París a asaltar Versalles. Diferencia.

4

   Estudio. Preparo el tema sobre la literatura realista en la segunda mitad del s. XIX. Soy tonto y me conmuevo. Encuentro fotos, por ejemplo, de las barricadas de la Comuna de París. Son tan tristes y encantadoras las caras de aquellos desharrapados que probablemente acabaron muertos. Ahí están los adoquines, las zanjas, los cristales rotos... de hace 140 años. Hoy como ayer. Pero con pañuelos de papel y pantallas, muchas pantallas. Recuerdo a mis alumnos que los revolucionarios de entonces consideraban vital que los trabajadores aprendieran a leer para poder pensar libremente. El que diga que ellos no piensan no recuerda las bobadas que hacía cuando tenía 16 años. 

Barricade Voltaire Lenoir Commune Paris 1871

5

   Pongo música. ¿Para qué servirá la música en medio de tanto asco? Pero este es un disco de Lou Reed comprado en el Village de Nueva York con la romantica idea de que eso significaría algo. Una estupidez. Pero es precioso. Definitivamente, el virtuosismo no es el mejor arte. Me quedo con la sutileza torpe de los que aún no sabían lo que hacían, los que huyeron hacia adelante creyendo que lo que tenían entre manos era bueno sin adivinar por qué.

6

   Escribo. Compongo un par de estrofas idiotas e intento corregir unos versos apurados que salieron de una mañana de hospital. No se dejan. Escribo una entrada en el blog como si se la debiera a alguien que me mira como yo. Escribo en el salón, junto a la chimenea. Me siento culpable.

   Cuando pase el temporal prepararé la tierra para plantar un árbol.

   Bonito verso este.

martes, 31 de diciembre de 2013

El fantasma de la realidad

1  
   Si os preguntara cuál es el relato clásico más adaptado y difundido sobre las fiestas navideñas no creo que ninguno tuviera dudas: el Cuento de Navidad, de Dickens. Lo hemos visto en multitud de series y películas, en versión Disney, con los teleñecos, en dibujos animados... Hasta hay quien lo ha leído. Incluso se pudo escuchar el otro día, interpretada, por la radio:



   Lo normal es que de tanto repetirla una historia nos resulte banal. Y, por qué no decirlo, ñoña. ¿O no es la suma ñoñería esta conversión del malo malísimo al buenismo en una sola noche de visiones? Porque Scrooge es egoísta, tacaño, orgulloso, soberbio, cascarrabias... y, para colmo, rico. ¿Será entonces Cuento de Navidad una fábula sobre cómo humanizar el capitalismo? Desde luego que no, pero ahí lo dejo por si hay alguien con ganas de escribir tesis doctorales. No cabe duda, eso sí, de que Scrooge es la encarnación del capitalista malo, mientras que su difunto socio Marley, el responsable de todas las visiones, el que intercede por él como doña Inés por don Juan Tenorio, sería el bueno. Toda una parábola moralista: haz el bien y la gente será buena contigo; si eres malo, es porque alguien, en el pasado, se portó mal contigo; pero, tranquilo, que todo puede corregirse si te avisan a tiempo, como a don Juan.
   Y ¿de dónde proviene esa gran lección moral? Pues, agárrate, de un fantasma. Visto así, queda claro que,  para Dickens y otros muchos autores, la toma de conciencia moral de un individuo no es tanto un ejercicio filosófico ni una teología barata a lo don Juan sino una especie de arrebato caritativo y humanístico. El ejercicio de la caridad es generado, desde luego, por un sentimiento de culpa. Y es esa culpa la que empieza a sentir Scrooge tras las apariciones. Vamos, que antes era malo por no sentir compasión ni empatía por los desgraciados, pues siempre pensó que se merecían lo que tenían.
   Los fantasmas no muestran las injusticias de un mundo diseñado por la desigualdad social sino (de ahí el apoteósico final) cómo un buen comportamiento basado en la generosidad y la amabilidad puede acabar con la culpa y salvar moralmente al descarriado. Valiente tostón si no fuera porque, como relato, funciona admirablemente más allá de la sensiblería.

2

   Pero no es solo cosa de Dickens. Pensemos en El mandarín, de Eça de Queirós, donde una estatuilla hace inmensamente rico a de forma instantánea a un pobre hombre (pero maldiciéndolo como la pata de mono de Jacobs o la botella de Stevenson). Por no hablar del doctor Jekyll, Ahab o la esfinge de los hielos. O el señor viejo con barba que se le aparece a Luisito Cadalso en Miau, de Galdós, que resulta ser, de algún modo, el mismo dios.  En cualquiera de estos relatos algún mecanismo mágico o fantástico condiciona la narración.
   Y ¿por qué esa necesidad de recurrir a los fantasmas para que salven a los vivos? ¿Por qué, para qué salvarse o convertirse? ¿No habíamos estudiado que la segunda parte del s. XIX se caracteriza por el progreso científico y tecnológico, por el empirismo, positivismo, etc.? Y sin embargo es la época más esotérica de la literatura hasta la invasión de los extraterrestres en los 50. Y la más moralista al mismo tiempo (pensad en La Regenta, en Madame Bovary, en Crimen y castigo...). La mayor parte de los relatos analizan el comportamiento moral de los personajes y sus tribulaciones conforman la propia estructura del texto. Y, curiosamente, en muchos casos, en las novelas más que en ningún otro, su paradigma aún sigue vigente y ha sido desarrollado hasta la saciedad. ¿O no es evidente la similitud de Cuento de Navidad con el otro relato estrella de las fiestas navideñas: ¡Qué bello es vivir!? La misma intervención angélica o fantasmal salva a un protagonista condenado. La misma simbología. La misma apoteosis final que da a entender que todo puede funcionar, que ganan los buenos, que no se equivocó dios cuando "vio que todo era bueno".
   Pero ¿ese comportamiento moral no puede razonarse a partir de los acontecimientos, los hechos, la simple realidad que los rodea sin la necesidad de intervenciones divinas, fantasmales o satánicas? En el fondo va a resultar que los realistas eran unos románticos. Menuda paradoja. Iban a sesiones de espiritismo, escribían sobre fantasmas, visiones o alucinaciones. Y luego pretendían representar la realidad tal cual. Algunos, incluso, apelando a un método científico. Como para fiarse.

3

   Aunque quizá haya una razón para ello. Por muy mal que pueda sonar esto: tal vez las explicaciones racionales, técnicas o científicas no signifiquen nada o se queden cortas, como después propusieron los simbolistas. Si aún existe el discurso artístico debe ser porque hay significados que el lenguaje científico no puede transmitir. Nadie entendería, de forma racional, que Scrooge cambiara radicalmente de la noche al día. Pero su historia dice mucho.
   Puede, entonces, que los realistas no fueran tan románticos. Quizá se dieron cuenta de que simplificar la realidad era la única forma de representarla, de que, ni en la ciencia ni en el arte se puede llegar a comprenderlo todo. Por lo tanto en ciertas historias los fantasmas y otros trucos debían servir perfectamente.
   Y sí, tal vez fuimos los lectores los que nos equivocamos desde el principio porque no pensamos que en ese "imagen de la vida es la novela" del discurso de Galdós estaban, al mismo tiempo, la necesidad de acercarse a lo real y el reconocimiento de la imposibilidad de reproducirlo.
   Al final va a resultar que a veces necesitamos un fantasma para entender la historia. Un fantasma que acalle la lista interminable de porqués que, si uno pretende razonar, se volvería loco; que desmienta a la lógica; que provoque al azar (el de la lotería, por ejemplo); que mueva lo inerme; que cuestione lo imposible. Porque mira que somos poca cosa...

lunes, 28 de octubre de 2013

Todo lo que baja...

Transformoney Tree
   Noticia del año: la bolsa sube. Anda ya por nosecuantos puntos. Cojonudo. ¿Y? ¿Se supone que alguien debe alegrarse? Pongamos las cosas en su sitio.
   Que la bolsa suba significa que hay más gente dispuesta a pagar más por las acciones (participaciones) en ciertas empresas (porque, eso está claro, en la gran mayoría no invierte ni dios). 
   Pero ¿quiere esto decir que esta gente que cada vez pagaría más (nótese el condicional) por las acciones está interesada en el negocio/actividad de esa empresa? ¿Que su sueño es tener una parte de una gran compañía de telecomunicaciones o de supermercados, un pedacito de banco aunque fuera infinitesimal? 
   Basta ya de ingenuidades. Ojalá recordasen siempre que la mencionan en los informativos que la bolsa es, ontológicamente, una burbuja. Es decir, que lo que se compra en ella solo sirve para venderlo posteriormente. Y a un precio... mayor.
   Pero... ¿y si baja? Don't worry. El sistema hace tiempo que buscó remedio para esto. Al fin y al cabo las acciones no sirven para nada, apenas para apostar a que suben de precio y especular con ellas como si fueran apartamentos en la costa (aunque no ocupan espacio ni generan puestos de trabajo ni pagan un carro de impuestos). 
   Así que cambiemos de punto de vista: que la bolsa baje no es el problema; de hecho, debe bajar de vez en cuando para que el capital pueda regenerarse y volver a comprar... más barato. Llámenlo crisis, digo x.
   Fíjense en Bill Gates. Anda todo el mundo asombrado porque ha comprado un buen tarro de acciones de FCC e interpretando qué siroco le ha dado. Vamos, hombre, que no es nada más que un paseíto por las rebajas. Un tipo listo, como él, sabe que es muy probable que esas acciones suban y pueda volver a negociar con ellas y como, además, tiene capital de sobra invertido en otros lugares, tanto le da que luego no salga una belle operation.
   A quien se sorprenda con todos los estudios estadísticos que corroboran que la fortuna de los multimillonarios ha crecido bastante habría que recordarle que el capital, desde el principio, está muy concentrado. Que la manera en que se han manejado los negocios durante siglos estuvo pensada para que se mantuviera así (de ahí que se basara en obtener interés de los préstamos). Que este mismo capital controla cada negocio y empresa, pues dependen de su inversión. Que la ilusión de que un pequeño capital o renta familiar pueda revertir la situación es completamente falsa.
   Así que, basta. Que nadie tenga que recordarles que el valor del dinero (en forma o no de acciones) es una mera suposición, un enorme pacto ficcional hecho a medida de los únicos que pueden ganar mientras procuran distraer a quienes mantienen la ilusión de no perder. Mejor ni acercarse a la mesa de los trileros.


¡Quema el dinero y baila! 3/3

domingo, 29 de septiembre de 2013

El dinosaurio

   No sé vosotros, pero desde hace tiempo veo al dinosaurio mantenerse en pie a pesar de todas sus enfermedades e incluso seguir el camino previsto, no tan a duras penas como me gustaría. Es verdad que en los últimos años se han hecho mucho más evidentes sus fallos e incongruencias, pero, bueno, aquí estamos, prácticamente igual.
   Resulta, ciertamente, que la crisis financiera le quitó parte del maquillaje al sistema económico y social en que vivimos y que las medidas políticas tomadas para remolcarlo han sido objeto constante de críticas y protestas hasta hoy mismo. Pero seamos sinceros, extendiendo la alegoría de la manifestación de ayer tarde, el enroque está siendo bastante eficaz. El poder apenas ha sentido un cosquilleo.
   Mientras los medios de comunicación van soltando noticias de despidos masivos y gobiernos corruptos que, en el fondo, todo el mundo sospechaba y algunos hasta justifican; mientras se suceden los infantiles desmanes y reproches en el parlamento y las encuestas que revelan siempre lo mismo; mientras Internet rebosa de quejas, insultos y chistes de Rajoy, Merkel, el BM, el FMI y su puta madre, de montajes cutres con frases bienintencionadas y peticiones contra el toro de la Vega y otras salvajadas; mientras estalla el escándalo permanente de los tejemanejes de los gobiernos mundiales y se hace evidente su clasista y anacrónica estructura; mientras tanto, aun con todo este vendaval, el dinosaurio da, casi en silencio, los pasos que lo llevarán a su supervivencia segura. Porque se siente inmortal y sabe que un día sentirá las piernas menos pesadas, que volverá a ser joven.
   Su avance no es firme, pero sí constante y mucho más inteligente de lo que pudiéramos pensar (aunque ya nos estemos dando cuenta). Al fin y al cabo, al dinosaurio lo mueve el dinero, es dinero y, como tal, nunca se destruye. Así que, como siempre, está buscando la manera de volver a casa, de cerrar su círculo, de reproducirse en las manos que siempre lo acogieron. Y empezamos a pensar que todas las "concesiones" que el capital había hecho a quienes no lo gobernaban fueron suficientemente calculadas para que no se produjesen los cambios que alteraran su esencia: la escala de la riqueza, la esclavitud del salario, la arbitrariedad absurda del precio. Incluso cuando parecía que él mismo, anciano gigante con pies de barro, se podía hundir.
   Aquí, por ejemplo, el capital sabía a qué pastos emigrar pasada la burbuja de la construcción y también que los gobiernos siempre le han facilitado las cosas. Una vez eliminada la necesidad de parecerse a la socialdemocracia había llegado el momento de explorar otros nichos de mercado: las pensiones, los servicios públicos, el suelo comunal. Por eso dicen que la economía va a mejorar, pues ya está casi todo listo para el siguiente asalto.
   ¿Sabemos cómo va a acabar? Lo que sí sabemos es cómo ha empezado: leyes para proteger las hipotecas, para favorecer los planes de pensiones y los seguros de salud, para especular con el turismo y explotar las tierras vecinales, para que los gobiernos unten las manos de los amigos y devuelvan los favores que debían mediante conciertos (de obras, de gestión de hospitales, de colegios, de basuras, de telecomunicaciones, de transporte...) Ya se sabe: quien tiene el dinero tiene (directa o indirectamente, que es mucho más cómodo) el poder; el que hace la ley... Y las van a aprobar todas, no os quepa duda.
   Está claro que a mucha gente nos disgustan estas políticas. Y nos quejamos: compartimos fotos y artículos, soltamos improperios en los bares y alguna que otra reunión familiar, acudimos a manifestaciones, colaboramos con centros sociales, formamos asambleas populares o incluso hacemos huelga. Nos hierve la sangre, pero pasa el tiempo y "joder, ¡qué dura es la piel del dinosaurio!", pensamos como si, en el fondo, no lo supiéramos.
   Parecía que no, pero todo estaba (y sigue estando) atado y bien atado. Vamos, que al volver a casa "el dinosaurio todavía estaba allí". 
   Sucede que el chiste, como el carnaval, no es revolucionario, lo revuelve todo para dejarlo tal cual estaba. Y dura poco. Eso sí, desahoga. A veces hasta resulta imprescindible. Lo mismo que la solidaridad en red o los gritos o las marchas o las manifestaciones. Pero eso no va a bastar. Tampoco unos cambios mínimos en ciertas elecciones, porque el problema no es el PP, apenas una rémora. El bicho es mucho más grande, tanto que nadie sabe con certeza si alguna vez lo podremos tumbar, ya que tan remota parece la posibilidad de que caiga solo.
   Hay quien piensa que sí, que toda esta maldita crisis conduce a ello. Ojalá. Perdonad, por el momento, esta falta de entusiasmo, pero a veces se hace duro avanzar "sin esperanza, con convencimiento" (Ángel González).
 
Ilustración de Pavel Kuczynski

jueves, 1 de agosto de 2013

Fábulas del dinero

"Pero si somos ricos, Mary... Nos bastará 
con enterrar el dinero y quemar los papeles."

1

   En la narrativa de la segunda mitad del siglo XIX hay un tema que fascina a los autores y se impone como reflejo de los nuevos tiempos, los del imperialismo y las finanzas: las grandes fortunas, su creación y su destrucción; o, dicho de otra manera, el poder del dinero para cambiar las vidas, para encumbrar o destruir a cualquiera. La época en la que nacieron los que aún hoy son los grandes bancos es la misma de las novelas y relatos de Dickens, Galdós, Twain, Zola, Eça de Queiroz o Machado de Assis. ¿Casualidad? Imposible.
   ¿Cómo no dar cuenta en su literatura del cambio inmenso que las posibilidades del capital habían producido a su alrededor? Pensemos: nunca antes una acción de bolsa, un pedazo de oro, un billete de lotería o una apuesta habían sido capaces de cambiar tan radicalmente la vida de una persona. Bienvenidos al primer momento de la historia en que basta con tener dinero para ser mejor. Adiós al Antiguo Régimen de la sangre noble. La nobleza, desde entonces, es cuestión de ceros. Un progreso, como mínimo, cuestionable, pero asumido como el único medianamente imparcial desde el criterio capitalista: si alguien ha ganado dinero, es porque lo ha merecido. Esa es la idea primitiva, ya de por sí discutible, pero ¿y si el dinero no es producto de la virtud? ¿Todas las formas de ganarlo son honestas? La pobreza ¿también es "merecida"?
   Ya traté algunas de estas ideas al analizar Grandes esperanzas, pero los ejemplos son abundantes. Quizá, en tiempos para los que las falacias del dinero son cada vez más evidentes y la corrupción un chorro de noticias nunca analizadas en el fondo, sea conveniente echar un vistazo a los textos de aquellos sorprendidos por la magnitud de ese poder nuevo. Tal vez el dinero lleve tiempo comportándose de la misma manera bajo distintos disfraces y sea más fácil descubrir la trampa mirando al pasado. Así que echemos un vistazo. 

2

   El hombre que corrompió a una ciudad es un volumen de relatos de Mark Twain que contiene dos fábulas muy interesantes sobre la nueva relación establecida entre los individuos, la sociedad y el dinero. La primera, de la que recoge el título la edición de Austral, cuestiona la apariencia de moralidad tras la que se ocultan muchas de las actitudes más hipócritas y mezquinas.
   Hadleyburg, en este relato, es una plácida ciudad norteamericana famosa por la honradez y honestidad de sus habitantes. Una fama totalmente vacua, pues a la hora de la verdad un forastero en apuros solo recibió la ayuda de Goodson, un hombre ya fallecido y más generoso que el resto de ciudadanos ejemplares. El forastero, que sabe que la fama de honrados de estos no es merecida, se toma una calculada venganza: destruir el buen nombre de Hadleyburg.
   El método será sencillo: basta con poner una supuesta cantidad de dinero en discusión para que su sola presencia sea la cizaña que desvele la falta de integridad de todos y cada uno de sus habitantes. Para ello, deja una talega supuestamente llena de oro en casa de un trabajador del banco con ciertas instrucciones escritas: que se custodie el dinero y se publique un anuncio para que se presente el benefactor al que aquel desconocido quiere recompensar por la ayuda recibida en el pasado.
   Inmediatamente los ciudadanos reconocen que el único digno de la recompensa sería Goodson, pero, como está muerto, todos se apresuran a intentar acreditar su mérito. El pastor Burguess es quien debe resolver, acabado el plazo, quién debe llevarse la bolsa, pero se descubre que dieciocho de los diecinueve notables ciudadanos de Hadleyburg han dado la misma respuesta al reto planteado por el forastero, es decir, han mentido, conspirado y tergiversado para poder ganar un dinero que la mayoría ni siquiera necesita. El décimo noveno, sin embargo, no tiene mejor suerte, pues su mentira también lo perseguirá.
   He ahí la simpleza de la venganza del forastero y la moraleja de la fábula: basta con poner algo de dinero en disputa y las personas se envenenarán, se corromperán y la hipocresía, la falsedad y la mezquindad surgirán por doquier, incluso en quien más escrúpulos tenía. Es sintomático que dos buenas partes del texto se dediquen, por un lado, a las dudas sobre la moralidad o no de lo que deben hacer del matrimonio Richards y, por otro, al espectáculo ridículo que se produce en el acto en el que el pastor Burguess lee la respuesta de cada uno de los ciudadanos a la pregunta del forastero y la carta de este, en el que el público, según descubre cómo han mentido los ciudadanos notables de su villa (los únicos que habrían podido ayudarle, pues, se deduce, todo ese público es pobre), va tomando conciencia del escándalo y se burla de los que hasta entonces creía prohombres a carcajada limpia.

3

   El segundo, titulado "El billete del millón", es una sátira sobre la capacidad que tienen los símbolos de la riqueza para alterar la percepción que la sociedad tiene de las personas y su comportamiento. Así, narra cómo un náufrago llega a Londres sin un centavo y es objeto de una propuesta descabellada: si sería capaz de sobrevivir un mes con el billete de más valor nunca emitido (un millón de libras esterlinas) sin canjearlo en el banco (pues al término del plazo deberá devolverlo) ni cambiarlo, pues nadie le podrá dar la vuelta al comprar un traje o saldar la cuenta de un restaurante o una pensión. El protagonista asume el reto con escasas esperanzas de éxito y por obligación, ya que no tiene otra salida que intentar seguir el juego a los dos capitaistas aburridos que, en vez de preocuparse por el alimento y el techo de un mendigo, andan locos con su británica apuesta.
   Sin embargo, ni el protagonista ni el lector presumen hasta qué punto la mera exhibición de dicho billete va a suponer que todos lo adulen, a pesar incluso de su traje de pordiosero y su acento extraño. A partir de entonces, y sin gastar realmente nada, le dan de comer, lo alojan, lo sirven, lo visten, lo invitan..., demostrando cuál es la actitud de la sociedad hacia el que se supone que es rico. Una vez que está seguro de que va a sobrevivir durante el tiempo de la apuesta intentará rizar el rizo en su vida ficticia de un mes: ¿y si fuera capaz de ganar dinero "real" a partir de las suposiciones de los demás? Quizá si es suficientemente astuto...

4

   Ambos relatos presentan una sociedad en la que ya no es el hábito el que hace al monje, sino su billete. Desde entonces, importa tanto ser rico como parecerlo o, más bien, tener la expectativa de serlo en un futuro. Por eso ningún personaje se corta a la hora de hacer favores y préstamos a alguien que posee semejante símbolo de fortuna, sea o no real, o de buscar el ardid para conseguir una cantidad determinada sin preocuparle su legitimidad. 
   El dinero, una ficción en sí misma, genera así, por su sola influencia, una brutal transformación de la conducta y revela su condición de absurdo, pues quien en realidad no lo posee puede vivir a sus expensas. Los personajes de estas narraciones del último cuarto del s. XIX se ven absolutamente condicionados por el dinero, ya que su posesión es la única posibilidad de un cambio de vida que, en realidad y por mucha liturgia religioso-capitalista a la que se recurra, nunca depende del mérito o de la virtud sino, como ellos y el autor saben, de la oportunidad, la suerte y la falta de escrúpulos.
   El sistema económico intenta, por su propia supervivencia, disimular estos absurdos del dinero como símbolo del capital, presentando como normalidad inexcusable y asumida cuestiones tan delirantes como el cambio de moneda, la fluctuación de los valores en bolsa, las obligaciones de deuda, el margen comercial... Suerte que somos conscientes de ello, ¿no?
   De todas formas, que las alegorías de Twain se parezcan tanto a la realidad de nuestras sociedades, condicionadas en cada trato, contrato o favor por el dinero y su posesión, compra, préstamo, venta o acumulación, no es para sentirse orgullosos, ¿verdad?



jueves, 25 de abril de 2013

El jornalero en la plaza

   No hace falta redundar en datos. Nadie consigue trabajo, otros aún lo están perdiendo y, lo que es peor, es casi imposible que ni unos ni otros trabajen (al menos legalmente) en mucho tiempo. 
   El resultado es más que trágico y visible. Probablemente a España (o Hespaña o Expaña, como prefieran) le esperan más de 10 años con un paro superior al 20%. Incluso más. Pongamos hasta el 2025, cuando ninguno de los que hayan estado tanto tiempo en paro tenga posibilidad de acceder a una pensión digna cuando envejezca porque: a) no cotizará nunca lo suficiente; b) no pudo ahorrar para un plan de pensiones. Da vértigo.
   Así que solo quiero recordar, para aquellos que crean que las soluciones aún están en cambios menores, reformas varias, leyes nuevas o ministerios audaces, que el problema es otro.
   Que la actividad más importante de una vida humana tenga que ser un trabajo remunerado es un axioma falso, delirante, pero inseparable de nuestro sistema socio-económico. El solo concepto del trabajo pagado como mercancía aterra, sobre todo de tan asumido.
   Aun aceptando este disparate, el trabajo nunca será igual entre la clase asalariada y la propietaria, llámenlos proletariado y burguesía o como quieran. Sus diferencias se perpetúan en el tiempo pues solo la clase que dirige tiene propiamente capacidad de decisión y siempre legislará en su propio beneficio.
   Y, por último, el "sistema de libre empresa" (aka capitalismo) necesita que haya paro. Desde los tiempos más remotos los patrones o sus capataces debían elegir a quién contratar y si había muchos dispuestos a trabajar y pocos jornales, pagarían menos, ergo los beneficios aumentarían.
   Es verdad que durante unos años se intentó controlar el paro para que el gasto en ayudas sociales no perjudicase a su vez a los propietarios. Pero ya no pasará. Saben que es imposible reducirlo sin cambiar el negocio y a eso se van a negar siempre. Para ahorrar en el control del paro solo hay otra opción: suprimir los gastos que una vez, hace mucho tiempo, hicieron pensar a quienes trabajaban que no estaban completamente a merced del dedo que los señalaba en la plaza, al amanecer, para ir al campo. El dedo que, sin saber por qué, unas pocas veces los escogía.

   Se imponen, pues, poemas de urgencia:

El jornalero espera
en la plaza como tú
ante las pantallas del
ordenador o el teléfono
que el mismo dedo
arbitrario lo salve
momentáneamente
de la indecencia
para mayor gloria
de los dueños 
del tinglado.
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