domingo, 3 de abril de 2016

Ver, oír y, sobre todo, callar

  No cabe duda de lo complicado que resulta recurrir a la idiosincrasia de un pueblo o una sociedad para explicar un fenómeno, sea histórico, social, económico, cultural... Hablar de ese carácter colectivo es peligroso porque supone una generalización siempre injusta y recuerda los tiempos en que se caracterizaba a las sociedades por su religión, su fe, su simpatía o su gracia. Porque esos tiempos ya han pasado ¿no?
   Precisamente un día escuché, en una de esas manifestaciones del pasado vía NO-DO, cómo se nombraba al "primitivo y generoso pueblo gallego". Sí, exacto, con esa voz y esa banda sonora. Con semejantes antecedentes hay que andarse con cuidado, desde luego.
   Aun así, tanto Nacho Carretero en su libro como yo aquí no encontramos más remedio que escarbar con tiento los prejuicios, aunque al propio presidente en funciones le traiga sin cuidado ("cada uno es como es"). Porque esto va de un libro de Nacho Carretero. Y Nacho Carretero es periodista. Y gallego. Da igual el orden.
   Se trata de un libro excelente, Fariña, que relata la historia del narcotráfico en Galicia desde los primeros años de la democracia hasta la actualidad. Los datos reunidos son impresionantes; la documentación, precisa. Se nota, evidentemente, que no ha sido un trabajo fácil ni rápido, que ha consultado hemerotecas y publicaciones de todo tipo, ha realizado entrevistas y ha conseguido, no sin cierta dificultad (y a esto volveré más adelante) testimonios espeluznantes y valiosos. Se nota, como él mismo dice, que llevaba tiempo deseando contar esta historia, pues piensa que es muy relevante en el pasado reciente de Galicia. Paradójicamente, no ha habido muchos que quisieran contarla. A saber por qué.
   El relato es, pues, completísimo. No hay personaje de la época que no aparezca ni se retrate, desde el Sito Miñanco detenido en el chalet de Madrid con un teléfono por satélite a Nené Barral presentándose a las elecciones de Ribadumia (y ganándolas) o Laureano Oubiña soltando brusquedades al juez. No hay polémica ni discusión que se evite, como la relación de los políticos y el poder con los narcos, en especial los cargos del PP, que casi siempre gobernaron las zonas de descarga y la Xunta. No hay hecho clave que no aparezca perfectamente explicado, como la mutación del contrabando de tabaco en tráfico de cocaína, la relación con los carteles colombianos, las operaciones judiciales y policiales...
   Pero la mayor virtud del libro va más allá de la recopilación de la información, ya de por sí meritoria. Algo que el periodismo que se lee por ahí últimamente tiene bastante olvidado y que es en el fondo la clave de la disciplina: hallar la manera de contar efectivamente lo ocurrido, de conseguir que el lector pueda considerar después de leerlo que ha entendido perfectamente lo que ha pasado. Porque este no es un libro para especialistas, sean historiadores, juristas o sociólogos. Es una crónica que pretende recordar a la gente que, por mucho que se siga mirando a otro lado, este es el país que más droga ha traficado de toda Europa y Galicia, su experimento más logrado.
   Desde luego, gracias a que los hechos están perfectamente analizados con rigor pero sin parafernalia, detallados sin exhaustividad, cualquier lector puede desentrañar una historia sorprendente (pero muy real). La secuencia cronológica, tan bien desarrollada por el autor, resulta sencilla: en Galicia, como en otros lugares fronterizos y costeros, floreció el contrabando, el negocio del especulador en tiempos de escasez, que, durante los primeros años de la democracia se convirtió en la ruta de paso más utilizada para introducir cocaína colombiana en Europa en cantidades increíbles. Entonces, algunos contrabandistas se convirtieron en verdaderos capos y sus clanes acumularon un dineral mientras la policía y la justicia se mostraban claramente ineficaces. A partir de mediados de los 90, sin embargo, se organiza la lucha antidroga, los narcos empiezan a caer y los clanes mutan de nuevo. Surgen nuevos grupos y algunos de los antiguos continúan. El negocio, a menor escala, aún existe.
   Algunos aspectos de la historia son  bastante conocidos, pero el autor destaca otros que, por conveniencia, se suelen pasar por alto: la cantidad de guardias civiles y policías implicados, la connivencia de los políticos, las maniobras oscuras desde y contra la justicia, las implicaciones empresariales...
   Pero, aun explicando esto, quedan algunas preguntas ineludibles y espinosas: ¿por qué entonces?; ¿por qué en las rías gallegas?
   La crónica no puede dedicarse a argumentar una opinión, pero los hechos que relata dejan asomar posibles respuestas, muchas de ellas realmente preocupantes. Varios factores conforman la primera, el "entonces". Por ejemplo, los cambios que la transición conllevó en el uso social de las drogas y en las reformas fiscales y legales tardías (el contrabando era, a principios de los 80, una falta administrativa, no un delito). En cualquier caso esto significa que la presión fiscal, legal y policial sobre el contrabando o el narcotráfico fue irrisoria durante los 80 y fue aumentando progresivamente hasta la actualidad. Aquella primera década fue de barra libre. Y a partir de ahí, todo.
   Pero, ¿y el "dónde"? Porque había muchas zonas costeras que podrían haber servido para descargar y traficar con droga. ¿Cómo prosperó una organización tan extensa y compleja en los pueblos de las Rías Baixas? ¿Cómo es que nadie quería darse cuenta de lo que pasaba? Esta es la reflexión que quiero destacar sobre las demás y la que el libro me ha suscitado.
   Tal vez quien no viva aquí o no conozca suficientemente Galicia se quede perplejo al conocer cómo los contrabandistas (y luego los narcos) eran aclamados al frente de clubes de fútbol, como el Celta de Vigo o el Cambados; que algunos de los mayores delincuentes tuvieron cargos políticos o que sus empresas siguen estando activas y acaparando mercado; o, simplemente, que la mayoría cumplió condenas por evasión fiscal y no por tráfico de drogas. Todo el mundo los conocía. Sabía dónde estaban y, en general, a qué se dedicaban. Sin embargo, nunca fueron un problema. Y no solo porque la justicia no actuara, sino porque todo aquello no estaba demasiado mal considerado. Aún más, hasta se justificaba.
   ¿Es que en Galicia se había formado una nueva moral que promovía la despenalización o la legalización de la droga? Nada más lejos. De hecho, algo así acabaría con el negocio. ¿Síndrome de Estocolmo? Tampoco. ¿Inconsciencia? Permitidme que lo dude.
   Es cierto que Galicia, desde la posguerra, siendo una de las regiones más deprimidas, se había acostumbrado a una economía de supervivencia. También pasó en otros lugares, pero en ninguno se extendieron tanto los negocios ilegales con el paso del tiempo. El elemento distintivo no son solamente la orografía o la demografía. De hecho, la economía sumergida sigue siendo aquí más alta que en el resto del estado. Y está creciendo. Otra vez. Y eso a pesar del envejecimiento de la población. En los 80 y los 90 ironizaban con ello hasta las canciones, con la enorme circulación de la droga o con el dinero negro:



   Parece haber, ante todo, una moral y una forma de actuar bastante perniciosas y asentadas durante décadas. La máxima es clara: "ver, oír y callar". Se critica al vecino pero no se habla a la cara, hay envidia, pero se disfraza y, en definitiva, nadie debe meterse en lo que otros hacen, pues cada uno, de puertas para adentro, no le debe explicaciones a nadie. Resulta, desde luego, un sentido muy pobre de lo colectivo, que nunca tiene en cuenta el interés común sino el particular. Y todo a pesar de que la vida de las aldeas, en el pasado, precisaba cierto entendimiento y colaboración. Pero ya fuera consecuencia del caciquismo o la necesidad, el caso es que perdura una actitud muy conservadora.
   Esto no explicaría por sí solo las contundentes mayorías del PP en las elecciones, sino, sobre todo, cómo han podido perpetuarse ciertas prácticas comerciales, laborales o sociales. Por supuesto, también explicaría la supervivencia de redes y organizaciones criminales sin levantar la más mínima sospecha ni rechazo social. Solo a partir de mediados de los 90, cuando el volumen del negocio era realmente imposible de ocultar y algunas consecuencias del narcotráfico empezaron a notarse en la propia sociedad gallega (ejemplos como el de la "generación perdida" de Vilanova son sangrantes), se inició una pequeña resistencia (Érguete). Sin embargo, y pese a lo clamoroso e insostenible de la situación, nunca representó el sentir general.
   En los pueblos de las rías se sabe perfectamente quién fue contrabandista. Y quién fue a las descargas. Y no se les afea. A pesar de que sus "trampas" los enriquecieron y colocaron a los suyos en una posición muy ventajosa frente al resto. A pesar de que los impuestos no pagados habrían hecho progresar mucho más a la zona que las dádivas del capo. A pesar de las secuelas de la droga que se vendió aquí. También se sabe quién ha traficado, quién ha levantado mansiones o montado una tienda, una gasolinera, un restaurante, un hotel.. aparentemente de la nada. Aquí abundan los negocios pequeños y muchos son estacionales, así que blanquear es bien sencillo. 
   Pero las personas implicadas no sienten ni sentirán vergüenza. Ahora que muchos ya volvieron de pasar temporadas en prisión siguen manteniendo sus negocios como si nada, asesorando a la siguiente generación o, incluso, dirigiendo discretamente la siguiente descarga. ¿Por qué? Sencillamente porque no hay nada que reprochar: unos pocos muertos por ajuste de cuentas, algunos tiroteos... en décadas. Nunca hicieron de la comarca un lugar más inseguro. Donde no llegaba el estado ahí estaban ellos. Y soltaban dinero a diestro y siniestro. ¿Quién se atrevería a denunciar? ¿Quién muerde la mano que le da de comer?
   Ya de los tiempos del contrabando proviene esta connivencia del pueblo con sus caciques, protectores y tiranos, paternalistas y caprichosos. De su respetabilidad dependía su estatus. Un buen ejemplo es el Mariscal de la novela de Manuel Rivas, Todo é silencio.
   Pero ya basta. Las consecuencias de este comportamiento han sido lo bastante graves como para obviarlas. Sin embargo, afortunadamente Galicia es mucho más que esta gran mancha. Hacía falta hablar de ella, y más ahora que nadie parece recordarla porque las noticias no le guardan demasiado espacio. Este es el principal mérito de Fariña. Nos avisa de cómo se produjo semejante barbaridad. Es mejor recordarlo, porque el olvido favorece repeticiones indeseables de la historia. Aun así, para superarla hace falta dar un paso más, muy complicado: mientras no exista una concepción diferente de lo público, una verdadera solidaridad, estamos aviados. Seguiremos levantando muros, escondiendo en garajes, disimulando en galpones, vendiendo y comprando frente a la lonja, criticando en las tabernas, aparentando delante de la iglesia, pero, eso sí, ofreciendo espléndidas raciones de comida. Galicia Calidade.

Primera toma de conciencia: la operación Nécora.


sábado, 13 de febrero de 2016

Dudosa genialidad

   Con frecuencia ocurre que la tradición, la crítica o el simple boca a boca te acercan a ciertas obras (discos, libros, películas, lo que sea) supuestamente geniales. Normalmente resulta sencillo refrendar aquellas opiniones, confirmar que los buenos prejuicios tenían su razón de ser.
   Eso suele pasar. Pero a veces... A veces, no. Y es lo que siento ahora al terminar El idiota, de Dostoyevski. Tanto tiempo oyendo opiniones sobre las virtudes literarias de su autor y las expectativas remontando las nubes. Incluso un profesor que me había asegurado que era el mejor novelista de todos los tiempos. Así, claro, es más fácil defraudar. 
   Y no es que esperara nada especial de la novela: no conocía la historia, no me dirigí a ella por un interés particular (histórico o de otro tipo), apenas había leído algo del mismo autor (El jugador, sin un recuerdo especial, y un verano de hace unos 20 años)... Vamos, que no soy presa del desconcierto del fan traicionado, sino un sorprendido por la sobrevaloración de los demás.
   Creo que El idiota parte de un propósito extraño: crear un personaje (y no una trama) ajeno al mundo real. El príncipe Mishkin es un personaje inédito, único: ni intenso, ni dramático, ni romántico, ni racional, ni culto, ni solidario, ni apasionado, ni sentimental... Es el resultado raro de un experimento (creo que) fallido: el intento de colocar en la sociedad un personaje insulso, desconcentrado, incapaz, torpe, aburrido... Puede que la novela se haga más antipática por ello. Pero hay relatos interesantísimos sobre personajes odiosos o inmóviles o inútiles o enfermos. Bartleby, sin ir más lejos. 
   Desde mi punto de vista, algo falla. Porque no es difícil entender la "idiotez" literal del príncipe y están plenamente justificados sus fracasos en una sociedad cuyos modos y reacciones no comprende. Una vez terminada la lectura se recuerdan pasajes agradables y entretenidos por aquí y por allá: en la primera parte, sobre todo, tanto en la casa de los Epanchin como en la de Gania y, sobre todo, aquel arranque de pasión (el único) al final de ella, ese ofrecimiento de matrimonio suicida a Nastasia Filípovna; una pequeña parte de su conversación con Rogozhin en la segunda parte; el intento de suicidio de Ippolit en la tercera o el interés concentrado en los dos últimos capítulos, mucho más dramáticos.
   ¿Será que me ha vencido el estilo decimonónico? Si hasta disfruté con las novelas de Alarcón, las partes "documentales" de Moby Dick, la morosidad de Os Maias... ¿Será la traducción? Me temo que tampoco, pues hasta me impresionó la traducción infame de Resurrección, de Tolstoi, que aún anda por casa. ¿Seré yo? Supongo que es normal que a uno mismo le surjan dudas de su capacidad de vez en cuando, así que intentaré razonar aquí, en voz alta. 
   El idiota es una novela del montón. Ya está. Ya lo he dicho. Me parece un relato fallido, pues la ineptitud del protagonista no genera nada: no hay empatía, compasión, interés; ni siquiera ironía. Así que se pasa por las páginas como si no sirvieran de nada. Puede que el propósito de estas mismas páginas sea experimentar esa sensación. Pues hasta en eso creo que se equivocó el autor, pues su excesivo alargamiento de momentos insípidos deja más bien cansancio. Es el cansancio de las situaciones repetidas sin gracia y sin motivación. Se van produciendo pequeños atisbos de cambio, algunos hechos curiosos o medianamente interesantes que, sin embargo, se pierden en diálogos excesivos, nada elocuentes ni brillantes, pero tampoco por exceso de celo realista (de hecho casi no hay descripciones). Hay varios ejemplos: tres o cuatro veladas abarcan aproximadamente la mitad de la novela; los parlamentos de los personajes con frecuencia sobrepasan la media página para apenas decir nada. El desarrollo de los diálogos y las discusiones es, por tanto, pesadísimo.
   En Kafka las situaciones absurdas, aunque no lleven a ningún sitio, resultan intensas y angustiosas. De aquí no se saca nada: solo el figurón del protagonista y una trama de amor y perdición muy extraña, que resulta inmotivada desde el punto de vista narrativo porque se focaliza la acción en el príncipe Mishkin, cuando Nastasia desaparece casi por completo de la novela durante 400 páginas. Cuesta asimilar este desarrollo caprichoso. Incluso si se prefiere un final tan anodino como este. Seguro que Dostoyevski pensó que, haciéndolo así, estaba consiguiendo otra cosa. No sé si era un genio, pero aquí no lo parece.
   No lo he investigado, pero puede que todo esto tenga que ver con la redacción de la propia novela, los problemas económicos, la publicación por entregas... Tal vez de ahí la necesidad de llevar la idea inicial a mayores dimensiones de las que se debía. También ahí podría estar la causa de ciertas extrañezas producidas por la lectura. Llama la atención, por ejemplo, la incongruencia del narrador. Cuando la novela decimonónica había precisamente dedicado sus esfuerzos a dar coherencia y sentido a la voz del narrador, resulta que Dostoyevski no parece saber a qué está jugando. Unas veces relata con la seguridad del omnisciente, otras duda, otras parece un periodista recabando información de los testigos del "caso", otras habla en plural, otras comenta... El propio autor parece, por tanto, no estar muy seguro de lo que está haciendo: 

El príncipe sabía que en casa de los Epanchin, en la ciudad, solo podía encontrar [...] al general, retenido por razones de servicio. Le pareció que este podía llevarlo consigo inmediatamente a Pávlovsk, y antes tenía deseos vivos de hacer cierta visita (pág. 298).
Si se nos pidiera una explicación [...] acerca de en qué medida la boda fijada satisfacía los verdaderos deseos del príncipe, en qué consistían precisamente estos deseos en aquel momento [...] confesamos que nos resultaría muy difícil (págs. 772-773).
Todo lo que después sucedió con motivo de esa boda, lo contaron luego las personas bien informadas como sigue y, según parece, de acuerdo con la realidad (pág. 796).
Sabe Dios cuánto tiempo estuvo allí sentado y en qué estuvo pensando. Tenía miedo de muchas cosas y sentía con gran pena y dolor que estaba horriblemente asustado (pág. 808).

    En fin, creo que cierta confusión sí genera. Y no es una confusión humorística o irónica, como en Cervantes o Sterne. Me da que, simplemente, es un error. Y si alguien cree poder convencerme de lo contrario, que lo intente, por favor, no se me vaya a pasar desapercibida otra genialidad.

El genio en su pedestal


miércoles, 13 de enero de 2016

Comer carne...

   La España de hace cincuenta años... Eso enseña la película Un millón en la basura. Lejos del revival amable de Cuéntame, conviene acercarse al pasado con los ojos de ahora, pero la mirada de entonces. Y el pasado no es precisamente una antología de bonitos recuerdos. El país que enseña Forqué en su película es bastante miserable. Pero no es culpa suya. Sin ninguna intención tremendista, plano a plano, uno va tomando conciencia casi sin querer: Madrid es una ciudad desarreglada de barriadas de albero y sin alcantarillado de cuando el único adorno posible eran las fotos de la boda o de la mili; de cuando el aguinaldo y el servicio; donde los pavos pasean como en un tebeo de Carpanta y los perros andan flacos, sueltos y con mal humor; donde se trabaja por un sueldo escasísimo que no cubre las letras ni los alquileres; donde todo se fía y se debe; donde, en definitiva, la supervivencia depende de la compasión, la lotería o el milagro. Y si hay un milagro será como este, mucho más prosaico que el de Frank Capra. Florituras, las justas.
   Nada que, en teoría, no supiera. Nada que no haya leído en Aldecoa o en Delibes, pero con la fuerza directa de la imagen, a la vez poderosa e indolente. Y sí, a veces puede utilizarse un poeta ciego o un aspirante sin abrigo como protagonista, pero qué hay más simbólico que un barrendero. Quién si no podía encontrarse un millón de pesetas en un cubo de basura. Cuando se lo muestra a su mujer comienza a imaginarse lo que podría hacer con él: los juguetes de los hijos, la casa, una nevera, una lavadora y... comer carne.

  No sé si en su momento alguien pudo reírse en el cine durante esa escena. Su tono es cómico, pero hoy yo no he podido reírme. Me pareció terrible, de una ingenuidad proverbial. Y ese barrendero, durante los dos días que mantiene el dinero en su poder, topa constantemente con escaparates ostentosos y ambientes de lujo que le recuerdan lo que casi nadie puede llegar a tener y unos pocos desprecian. Porque dinero hay. Y mucho. Pero nunca será para Pepe, al que solo le quedan Consuelo y su conciencia. ¡Lo que tiene ser bueno!
   Seguramente esta película valga mucho más ahora que cuando se rodó. Ya no es una digna y austera comedia dramática, es un pedazo de esa historia que tanto jode revivir, la que nunca se acabó de arreglar, pues continúan la ostentación y los desahucios, la especulación, la explotación laboral, la usura... Solo que con asfalto, alcantarillas, neveras, lavadores, coches, teléfonos y menos animales sueltos. El progreso...
   El relato de la pobreza virtuosa sustituyó al del pícaro, pues este ya se había enriquecido, convertido en especulador siglos después. La misma historia de Misericordia, Las ratas o Seguir de pobres. El paradigma: la triste honradez del pobre, que no puede vislumbrar más horizonte que la injusticia porque parece eterna. Cuánto tenemos de esto todavía.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Comedia negra

   Plácido. Atraco a las tres. Familia. ¡Ay, Carmela! El bosque animado. La comunidad. El verdugo. Luces de Bohemia. El Quijote. La Celestina. Miau. Todo Lope... La lista es interminable. Sea lo que sea la idiosincrasia peninsular, tiene aire de comedia amarga, de tragedia risible. Y, además, lo ha dicho Vilas: 
"Ha ganado el caos cómico de los españoles inteligentes.
Es decir, no ha ganado nadie.
Es la coña del pueblo español: ahora no vais a ganar ninguno".
   Vamos,  que ayer hubo elecciones y el resultado es tan tragicómico que solo puede tomarse con humor y solo puede salir mal, como, por otra parte, lleva pasando siempre. Hespaña es un país más realista que los demás porque sabe cuál es la mentira fundacional del sistema, entiende que toda la vida va a funcionar igual y se ríe de sí mismo.
   Que para ello sirvan el partido x, y o h, o incluso el recientemente creado Partido Mortadelista Filemonero Español, tanto da. No podemos ser ingenuos. Primero recordad qué bien siguen funcionando los filtros de representatividad:
  • No votan los extranjeros residentes en el país, legales o ilegales, por lo menos cuatro millones.
  • Se obstruye la votación de los emigrados.
  • No cuenta el número de abstenciones y votos nulos, algo más de una cuarta parte del total.
  • Se vota, si se hace, después de semanas o incluso de meses de bombardeo absurdo de consignas mentirosas, opiniones dirigidas y debates sin fondo. Esto mella la moral de cualquiera, claro.
  • Una vez encaminada la votación por los medios de comunicación y las instituciones oficiales, se pone en marcha el propio sistema electoral: la circunscripción provincial limita las posibilidades de terceros, cuartos o quintos puestos.
  • El reparto de escaños se hace por medio de la ley d'Hont para favorecer al primero, aunque sea por un voto, así que la proporcionalidad se hace escabrosa. Otro par de millones de votos o tres que no sirven para conseguir diputados, que quedan fuera en el reparto o no llegan al 3%.
  • Por supuesto, tu representante final (si la candidatura que votaste ha pasado los filtros anteriores) no tendrá ninguna obligación para contigo ni te consultará nunca nada de nuevo hasta su cese. Hará lo que le dé la gana o lo que le digan, que normalmente será lo mismoy apenas coincidirá con alguna cosa que aseguró que haría antes de votar. Haberte presentado tú, ¿no te jode?
  • Y, por último, ahí está el senado, la cámara aparentemente inútil, solo diseñada para casos como este, en el que un partido que queda primero por unos miles de votos es capaz de bloquear cualquier iniciativa de los demás. Y si no, atentos a los próximos meses.
  Demencial, ¿eh? Ya, pero no sorprendente, pues todos lo sabíamos. Nada de lamentos falsamente ingenuos ahora, por favor. ¡Vivan la democracia representativa y la monarquía constitucional! ¡Vivan la paradoja del estado y la ironía resabiada de los parlamentos! (Perdón, me estoy yendo...)
   Evidentemente, todas estas cuestiones morales, políticas o filosóficas importan un bledo a los dueños de todo, que harán bajar la bolsa y subir los intereses del préstamo ante la terrible incertidumbre.  Qué miedo, ¿verdad? Ellos ya saben que todo va a seguir prácticamente igual mientras dejan que los voceros de lo banal llenen páginas y páginas de tontas elucubraciones. 
   Sin embargo, el pueblo lo sabía. De forma inconsciente, como intuyen los niños tantas cosas. Y propició la parodia. Una parodia triste, desde luego, protagonizada por ridículos personajes caricaturizados hasta la saciedad (la viñeta es el subgénero periodístico nacional). Ya que de momento no va a llegar algo mejor, por lo menos riámonos un rato. No disimulemos, hagamos evidente el paripé. Que salgan los guiñoles y comience el espectáculo. Mientras seguimos a nuestras cosas. Mientras no pasa nada en el país esperpéntico; en la tierra donde los burros roban la zanahoria que los tienta para no tirar más de la noria. Estoicismo con retranca. Y al tajo.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

El triunfo del olvido

   A pesar de la cantidad de películas hechas en España sobre la Guerra Civil o la dictadura no recuerdo ninguna que trate el triunfo posterior del olvido, el trauma del recuerdo cuando todo, supuestamente, ya ha pasado, cuando el ejército ha dejado ya de gobernar. Desde aquí suele pensarse el franquismo como si no tuviera relación con otras dictaduras, como si fuera un hecho singular, único. La excepción de la historia; un accidente. Y, por lo tanto, como si nadie pudiera comprenderlo fuera de estas fronteras o con otra educación sentimental.
   Puede que parezca mentira, pero un español no suele reconocer que una dictadura muy similar hizo de Portugal el estado fascista más duradero del mundo (1926-1974). Y no digamos al mencionar otras dictaduras militares más o menos cercanas (en lo cultural, lo sentimental y lo migratorio): Grecia, Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Perú... De vez en cuando conviene mirarse en el espejo del otro.
   Como decía, no recuerdo películas hechas aquí que se dediquen a analizar cómo sobrevivieron a la dictadura las víctimas y los verdugos, aunque sí alguna novela. No es un asunto cómodo. Supone asumir que algunos verdugos triunfaron y tuvieron éxito y que muchas víctimas nunca fueron tratadas con justicia. A nadie le gusta pensar eso, aunque la realidad se le parezca tanto.
   Sin embargo, en algunos de estos países que he nombrado, cuyas dictaduras fueron, por lo general, más breves, este asunto es mucho más común. Leí varias novelas argentinas que tratan de alguna manera la vida de los torturadores después de la dictadura, Esperanto, de Fresán, sin ir más lejos.
   Pero no encuentro mejor síntesis sobre la cuestión que la de la película recientemente ganadora del Colón de Oro en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, Magallanes. Sí, de vez en cuando también conviene buscar en los sitios pequeños, más allá del estreno, fuera de foco. Y, recordemos, la síntesis de un problema histórico y moral como este se encuentra en numerosas ocasiones en el origen de una obra de arte, más frecuentemente en el teatro, el griego por ejemplo.

   La película tiene, además de esta cuestión, muchas más implicaciones. Es riquísima por su tratamiento de los prejuicios étnicos, de clase, históricos o machistas, pero me centraré en su exposición del dilema: olvido vs. memoria. El trauma narrado es muy hondo, terrible, difícil de asumir como real por muy verosímil que resulte. Pero, pasados los años, un par de décadas, ¿qué conviene? ¿Puede o debe olvidarse?
   Celina es, en esta película, la víctima, la torturada, la violada, la reprendida por los militares que, en todos los casos mencionados, podemos considerar como el bando vencedor. No busca venganza, ni siquiera justicia porque no se imagina siquiera esta oportunidad. Su situación es terrible, pero ha asumido su papel: y nada pretende; nada reclama; nada espera.
   Pero el azar, el puro azar, pone en la secuencia inicial en su camino a un antiguo soldado, Harvey Magallanes, el represor casi accidental y con conciencia, el único capaz de recordar su historia, de rescatar la memoria, de procurar justicia. Precisamente porque es culpable.
   Esta justicia sería, en todo caso, particular y obtenida de modo ilegal, pues (y esta es una lectura importante) la justicia parece inalcanzable como sociedad y menos aún por medios democráticos. La historia es conocida y el número de condenados, irrisorio. La venganza es una posibilidad más asequible.
   Queda claro: ni en Perú ni en prácticamente ningún lado (aquí tampoco) los represores han pagado sus crímenes. Aún más: ¿es posible juzgar cuando un porcentaje tan alto de la población encubrió, silenció o permitió los delitos por miedo, sugestión o beneficio? Complicado, ¿verdad? Después de la II Guerra Mundial ya se creyó imposible e, incluso, inconveniente. Y, pasado un tiempo, ¿quién quiere remover la mierda?
   Un pasado como este no puede tocarse sin mancharse. El propio Magallanes acabará hasta el cuello, como el hijo del Coronel, el principal torturador y violador de Celina. La trama nos pone ante este caso durísimo para que pensemos en todos aquellos que permanecerán siempre ocultos porque ni siquiera sus protagonistas pueden soportar tanto dolor.
   Así que Celina no buscaba venganza ni justicia. Magallanes, al ofrecérsela para calmar sus propios remordimientos, resucita su viejo e indecible sufrimiento. La rechaza. Incluso cuando los giros de la trama parecen favorecerlo. Solo se permite, ya casi al final, un grito, un pequeño monólogo ante el hijo del Coronel, el mayor Medina y el propio Magallanes. Es, lógicamente, por su importancia narrativa, la escena capital. Y entonces...
   ...cuando por fin se desahoga dice algo que nadie entiende.
   Celina grita, reprocha, insulta en su lengua materna, prehispánica. Ninguno de los presentes la entiende. Ningún espectador. No hay subtítulos. El silencio abruma cuando acaba. Nadie le puede responder. Se va.
   El olvido ha triunfado de tal manera que el entendimiento es imposible. Se ha olvidado a las víctimas, cómo no, pero también se muestra (y esto me parece muy destacable) cómo los verdugos han olvidado su propio papel. El Coronel, senil, apenas es capaz de reaccionar ante un nombre. Y hasta Magallanes se ha ocultado a sí mismo el gesto más aberrante de su pasado. Y parecía que podría redimirse...
   Y algo aún más aterrador: ¿es este un olvido conveniente para todos? Edipo no fue desgraciado hasta que descubió la naturaleza verdadera de sus hechos, hasta entonces encomiables. ¿No sería mejor no haber sabido? Llegados a este punto ¿hay perdón posible?



miércoles, 28 de octubre de 2015

La gran elegía

   Manuel Vilas es un poeta extraño, fuera de lo común. Ningún otro escribiría la palabra España tantas veces, hasta quemarla, o titularía así uno de sus libros. Debe de estar loco este Vilas. Qué osado hablar de ella. Con lo noventayochista que suena. Y cursi. Y en primera persona del plural, además. Nada más políticamente incorrecto que nombrar tanto a España, sobre todo cuando ella es insignificante, triste, pobre, mezquina. No es una patria, pero sí un pasado nostálgico y un presente cutre al que se quiere porque es familia.

Es un país de carniceros, de levantadores de cuchillas sin filo.
Lo fue, lo es y lo será.
Tal vez hasta el Mediterráneo acabe harto
de nuestras malas voluntades, de nuestra ordinariez histórica.
La maledicencia nos pone a mil.
Yo amé y amo este país, pero es maligno.
Hay algo en él que acaba destruyendo a la inteligencia.

Yo lo amo, sí, amo este país llamado España.
Lo amo bien, intento darle besos, intento salir adelante.
No me quedó otro remedio.
Hasta los alcohólicos tienen hijos que aman a sus padres. ("España, un poeta inglés te odió")

   Pero, a pesar de mentar tanto a la pobre España y su democracia derruida y su pasado tristón, la poesía de Vilas desdeña la Historia. Sus motivos son otros. El amor, el pasado y la muerte, todos sus intermedios, nada original. Aunque sí lo son su tono, de un Whitman medio clásico medio castizo, y la poco habitual tendencia a autoparodiarse, como en Gran Vilas, su penúltimo libro:




   Su último poemario, El hundimiento, es, por el contrario, una gran colección de elegías, un libro doloroso que conviene dosificar y, no obstante, un homenaje a todas las vidas y todos los fracasos, lo cual -no nos engañemos- viene a ser lo mismo. Puede parecer un homenaje esnob y cultureta porque aparecen Lou Reed y Elvis, Keith Moon y John Entwistle, Bob Marley y Kevin Ayers, pero Vilas tiene la habilidad de hacer humanos los mitos. Lo mismo a ellos que a Buñuel, Cernuda o Scott Fitzgerald. Hay muchos nombres en sus versos, un catálogo inmenso de pasiones juveniles tipo fan. Pero la cita intrascendente se convierte en imagen conmovedora, a veces incluso de una forma demasiado directa, exagerada, como es su escritura siempre: 

 Tu elegante y envidiable fracaso,
 tu ascensión a las nubes cristalinas
 del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido hacia la destrucción,
 pero no la destrucción común a muchos hombres,
 (porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos
 -tú lo sabías- se hunden igual).
 No la destrucción común -digo- a miles de hombres
 y miles de mujeres,
 sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe,
 su ceremonia inmemorial,
 la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente,
 mandorla calcinada del dolor insoportable.

 Duerme, duerme en paz,
 hijo del viento último de la tarde áspera,
 de los grandes veranos de Long Island
 y de sus crepúsculos agudos. ("Francis Scott Fitzgerald")

   Parte de la rareza de Vilas está en la exhibición de este tono inocente, de imágenes que parecen la traducción de canciones en inglés y que, sin embargo, enternecen de forma sincera, tal vez como les ocurre a las propias canciones.
   Hay otras fantásticas elegías en el volumen anterior, Gran Vilas, unas irónicas (a los personajes de la transición, por ejemplo) y otras solemnes (al poeta Miguel Ángel Velasco, a su propio perro en "Solos ante el peligro", la vuelta de tuerca perfecta a la elegía con visita de fantasma). Pero ese libro tenía otro tono, más desenfadado y ligeramente paródico. Resumiendo: un tanto de elegía y otro tanto de sátira, pero el doble de oda.
   El estilo de Vilas es grandilocuente, desmesurado en la métrica, que tiende a la letanía y al versículo (y, por lo tanto, al hipnotismo), y exagerado en la expresión. Exaltado. Hiperbólico. En ninguna escuela de escritores recomendarían escribir así. Recuerdo desde el primer verso suyo que leí haberme sentido sorprendido por la emoción de un lenguaje que en cualquier otro lugar me habría parecido facilón o burdo. Y creo que las elegías de El hundimiento son un ejemplo espléndido. 
   Al padre ("1980"), a la madre ("974310439"), a los amores perdidos, pasados o inconsistentes ("El animal moribundo", "Think It Over", "Forever in blue jeans"), a una prostituta ("Tres sargentos"), a un borracho de Zaragoza ("El hundimiento"), a una mujer despechada y despedida ("Orange"), al alcohol y a los ya mencionados Fitzgerald, Cernuda, The Who o Lou Reed, por supuesto.
No estuve en la muerte de Dante.
No estuve en la muerte de Cervantes.
No estuve en la muerte de Mozart.
No estuve en la muerte de Rimbaud.
No estuve en la muerte de Van Gogh.
No estuve en la muerte de Kafka.
Eh, pero he estado en la muerte de Lou Reed. ("Príncipe de Aquitania")
***
Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.
[...] No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno [...]
Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo ahora si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra. ("974310439")
   La muerte, en todo el libro, prevalece. Hasta a veces se hace deseable, heroica en el caso de los alcóholicos o los suicidas, y siempre inevitable:

La gente se acaba.
Un hombre se acaba.
Tal vez ese sea el mayor espectáculo del Universo:
Un hombre que se hunde, porque la destrucción
de la vida inteligente contiene la solución final
de nuestros baratos enigmas. ("Bajo el volcán")

   Mucho dijo Poe sobre el poder purificador de la tristeza. Y mira cómo acabó. Pero en los poemas de Vilas hay algo que prevalece más allá del desconsuelo, de la pérdida, del hundimiento de tantos personajes nombrados aquí y allá. A Vilas le pueden dos cosas: el amor y la vida, que también son lo mismo. Algún tipo de redención debe de haber ahí:

EL ÚLTIMO ELVIS

No fear, no envy, no meanness
LIAM CLANCY


Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraban tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quién hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquello
que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.

jueves, 27 de agosto de 2015

Refugiados vs. inmigrantes

   Da vergüenza el cinismo de los grandes medios de comunicación, que ni en cuestiones morales básicas (o de derechos humanos, como se suelen llamar) contemplan unos principios.
   Hoy, ayer, esta semana y tal vez la que viene o incluso durante un mes hay unos nuevos héroes en Europa: los "refugiados" sirios. A la mayoría nadie les ha dado asilo legal, pero ya son refugiados. Tuvieron premio. ¿Por qué? Esa pobre gente ha escapado de su propio país en guerra, de una lucha de poder difícil de reducir a los parámetros habituales, pues ya no sabe uno quién es más terrorista o sanguinario: el gobierno dictatorial, quienes se opusieron a él o los que después fueron conquistando medio país aprovechando la coyuntura, el ejército del Estado Islámico. No estamos hechos a entender de guerras a tres bandos (o más). Los medios de comunicación lo entienden aún peor.
   Es terrible ver cómo una revuelta contra un gobierno injusto acaba transformándose en excusa para que insospechados ejércitos intenten asaltar el poder o, en su defecto, sacar provecho de la situación provisional de caos para enriquecerse, financiarse e imponer su propia ley. Véanse Egipto, Libia, Siria...
   No estoy suficientemente informado como para tratar estos despropósitos. Por eso me quiero centrar en las noticias recientes sobre sus víctimas. Su situación es tan alarmante que al menos merecen esa palabra de consuelo: refugiado. No como otros de quienes ni siquiera debemos compadecernos.
   Supongo que no soy el único que ha notado un replanteamiento del punto de vista en las noticias sobre los sirios que escapan de su país en las últimas semanas. En este caso se ha impuesto el tratamiento de "refugiados", mientras que antes eran tan inmigrantes como los demás, es decir, igual de despreciables. No es una cuestión léxica. De alguna manera alguien ha decidido que esa gente tiene derecho a huir de su propia guerra, pues sería injusto que fueran asesinados como otros vecinos suyos por los malos malísimos del cuento: los islamistas perversos que hacen bueno al dictador que hace meses era un tirano. Hay ejemplos del uso de la palabra en El mundo, ABC y la inmensa mayoría de medios de comunicación, si bien El país intenta ser más preciso y habla de "refugiados e inmigrantes" en el cuerpo de la noticia.
   Aún hay más; la portada de hoy de El mundo convierte a los sirios en desterrados en busca de redención, víctimas de un sacrificio sin artífice. Aquí la tenéis: 

Atención a la metáfora y la composición en plan Sagrada Familia

   En cualquier caso, todas las palabras e imágenes que recibiremos como público en las próximas semanas redundarán en la miseria y la desgracia de las víctimas, en sus penurias, sus esfuerzos, su odisea, su coraje... En algún momento, también, se hablará de lo hospitalaria que es la UE, Alemania incluida, de que el problema humanitario, etc. Pero nadie tratará de arreglar nada, de averiguar causas y razones, de buscar soluciones a un país donde ya solo quedan las ruinas de las ruinas. Triste, ¿verdad? Prensa amarilla, en el fondo. Puro dramatismo. Cero análisis. Caridad, sí; de solidaridad, nada. La solidaridad implicaría sentirse iguales a ellos, concebir sus derechos como tuyos. Es mucho pedir.
   Además, todo esto va a suceder mientras sigan apareciendo en los titulares y en la redacción de los mismos medios escritos o audiovisuales los "inmigrantes", esos otros que se van de su país por capricho. Pues no, no todos los que emigran tienen derecho a hacerlo. Tendrán que recordar cada día que hay emigrantes buenos y malos, regulares e irregulares, ricos y pobres, víctimas de la guerra o ambiciosos portadores del ébola con alma demoníaca.
   ¿Quién juzga esa diferencia? ¿Quién se siente con la soberbia suficiente como para decidir si es justo que alguien escape de la guerra o del hambre, de la pobreza o de la represión? ¿De verdad los medios de comunicación y las instituciones de Europa deben decidir sobre eso? ¿Nosotros lo hacemos? ¿Lo hicimos (juzgar o emigrar, para el caso es lo mismo)? 
   Este mundo de la ribera norte del Mediterráneo lleva siglos adjudicándose una superioridad moral inaceptable. Y lo peor es que sigue funcionando así, sin rubor ninguno.
   Mientras los sirios se hacinan en las fronteras del este hasta llamar a la puerta del señor Schengen o atraviesan penosamente Turquía, otros, mucho peores personas, se quedan sin tarjeta ni recetas para ir al médico incluso cuando viven y pagan su IVA aquí, se pegan contra una valla de siete metros, desembarcan en pateras o se ahogan en tierra de nadie, mejor dicho, en el mar de todos, que es lo mismo.
   Mira tú, hasta en la miseria y la desgracia hay clases, como ya mostraban las novelas realistas del s. XIX. Si te tocó ser más oscuro o pasar por determinada frontera o llevar determinado pasaporte alguien decidirá por ti si es aceptable que estés escapando de tu propio país, ya sea Senegal, Libia, Mauritania, Nigeria, Siria, Marruecos o Mali. Si tienes suerte, alguien será caritativo contigo. Pero, en cualquier caso, lo que no debes esperar de los maniáticos de las fronteras es justicia. A tal nivel de cinismo han llegado estas sociedades con dinero.
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