jueves, 27 de octubre de 2016

Profes ridículos y políticos cínicos

1
 
   Este curso voy a tener el dudosísimo honor de organizar por primera vez las pruebas finales de ESO y Bachillerato. Es lo que le toca a cualquier jefe de estudios de instituto que se precie. Puede considerarse un marrón, sí, pero no es eso lo que más me preocupa. 
   Esta semana se convocó una huelga en educación secundada por organizaciones de estudiantes y federaciones de asociaciones familiares. Su objeto principal era precisamente combatir la implantación de las pruebas finales, conocidas como "reválidas" por parecerse tanto al método de examen anterior a la Ley de 1970. Algunos profesores se unieron en unas cuantas comunidades autónomas, en general con poco éxito. En Andalucía, la huelga de profesores fue boicoteada por los sindicatos conniventes con el gobierno regional. En Galicia, por supuesto, no hubo. ¿Para qué?
   La huelga fue ayer. En mi instituto tuvo un seguimiento del 93% (de estudiantes, claro), aunque la Consellería no dio cifras ni hizo ninguna alusión en su web. Sí aparecieron en la prensa, aunque a Román Rodríguez no creo que le gustara. En otros lugares el seguimiento fue similar y con manifestaciones importantes. Pero aún voy más allá.

2

   No me lo podía creer, me frotaba los ojos, pero cuando llegué a casa esta tarde el notición rebotaba por todas partes, de TVE a Antena 3, pasando por La Sexta y Telecinco... ¡Rajoy había hecho su primer gesto! ¡¡¡Había suspendido las reválidas!!! El corazón se me aceleró... hasta que me di cuenta de que el gobierno, el PSOE, Ciudadanos y todas las televisiones estaban ofreciendo información manipulada. Seré yo el único idiota del país, pero he leído el Real Decreto 310/2016 de 29 de julio, de hecho me pagan por ello, y en su Disposición final primera dice tal que así:
Disposición final primera. Calendario de implantación.
1. La evaluación final de Educación Secundaria Obligatoria se implantará en el curso escolar 2016-2017. La evaluación final de Educación Secundaria Obligatoria correspondiente a la convocatoria que se realice en el año 2017 no tendrá efectos académicos. En ese curso escolar sólo se realizará una única convocatoria.
2. La evaluación final de Bachillerato se implantará en el curso escolar 2016-2017. La evaluación final de Bachillerato correspondiente a las dos convocatorias que se realicen en el año 2017 únicamente se tendrá en cuenta para el acceso a la  Universidad, pero su superación no será necesaria para obtener el título de Bachiller.
   No había visto tal ejercicio de cinismo en mucho tiempo, una búsqueda tan ratera y oportunista de la noticia inexistente, de la publicidad institucional solapada. Qué vergüenza. Y ahí sigue publicado...

3

   Así que he ido sacando conclusiones:

   La primera y principal es que el PP se ha salido con la suya y, con ellos, quienes están detrás del modelo educativo de la LOMCE, que en España son principalmente las empresas interesadas en la educación privada y concertada. La ley está en vigor desde 2013, ya está implantada en todos los cursos y todas las enseñanzas y el único detalle que falta, la guinda, son las pruebas de evaluación final que tendrán lugar por primera vez en junio de 2017. Ya lo veréis. Por mucho que sirvan solo como prueba piloto. 
   En junio el daño principal ya estará hecho y la sociedad en general y la comunidad educativa en particular habrán asumido que no pasa nada, que no es para tanto. Y adelante. Y si no, al tiempo. 
   Segunda conclusión: los profesores hemos hecho el ridículo. No solo por no haber secundado esta huelga o habernos planteado otras movilizaciones más serias (solo en Madrid se plantó cara a los recortes y ya sabemos cómo se desmontó su huelga). Hemos hecho el ridículo porque hemos delegado flagrantemente en otros y dejado de preocuparnos por las razones de nuestro trabajo. 
   Llevo meses, incluso un par de años escuchando que la ley no significa nada que ya nos la cambiarán cuando lleguen "los otros", que para qué andar tocando nada. Confiando en el ángel de la democracia representativa. Pero los otros han llegado y son los mismos y no piensan cambiarla porque, creedme, esta ley es una de las más importantes para el partido y su entorno ideológico. Porque solo la LOGSE había supuesto un cambio ideológico semejante en educación, solo que en sentido contrario: hacia la adaptación, la integración... Todo lo que esta ley pervierte y destruye para fomentar... el emprendimiento. Madre mía. Ante eso hicimos huelga, no sé, como tres o cuatro días en tres años. Bien. Y ya.
   La mirada de los profes se ha quedado muy corta. Todo el mundo se preocupa por una guardia a última hora de la mañana, ¿pero quién por la desaparecida diversificación curricular, por la opción de matemáticas en 3º o por los dos tipos de prueba final en 4º?; ¿quién por la optatividad de Filosofía en 4º de ESO y 2º de Bachillerato o por la organización del PMAR y los módulos de FP Básica o por los requisitos de admisión del alumnado en esos programas?
   Cuando hablamos de estas cuestiones encuentro un número importante de compañeros que disiente de las medidas de la ley, pero ni siquiera tengo la seguridad de que seamos una mayoría. De todas formas, el gobierno se ahorró ese problema. Impuso su criterio y basta. Saben que mucha gente prefiere que le manden.

   Tercera conclusión: los propios medios de comunicación  no se preocupan en absoluto de la educación, hasta el punto de que un periodista ignore los textos ya aprobados o desconozca los aspectos más generales de la ley. Ni siquiera tratan con objetividad los temas más básicos y les encanta hacer reportajes en coles concertados o privados porque molan más. Manipulan y difunden información tergiversada que no hace más que confundir a las familias. ¿O creen que después de hoy la mayoría de padres y madres sabe si sus hijos van a hacer o no el examen, cuándo, dónde, para qué va a servir, qué nota puede sacar o quién se lo va a corregir? Aventuro otro episodio parecido a este cuando el/la nuevo/a ministro/a publique el diseño de las pruebas antes del 30 de noviembre. Va a ser divertido cuando los chavales sepan por fin de qué van a examinarse y cómo después de tres meses de curso. Y aún faltarán las instrucciones de cada comunidad autónoma...
   En ningún estado medianamente razonable, como le gusta decir a Rajoy, puede un estudiante empezar un curso sin saber los criterios de evaluación. Pues ahí estamos nosotros, con dos cojones, poniéndolos en diciembre. Y los profes, admitiendo semejante desvarío, no podemos ser sino cómplices. Aunque luego no pasará nada. Casi todo el mundo aprobará como siempre y santas pascuas.
   Claro que, en ningún estado razonable habría políticos de tres partidos distintos adjudicándose el mérito de una decisión tomada hace tres meses por el ministro y recogida ya en el decreto de primaria y en la propia LOMCE.

4

   Iré a clase una vez más, mañana mismo, abrumado por una situación tan vergonzosa; impotente, indignado y algo rabioso. Sé que para llegar aquí he hecho tanto como la mayoría de mis compañeros, que me he fijado en las tareas a corto plazo y me he olvidado de ver más allá. Qué complicado plantearse cualquier otra cosa, ¿verdad? Seguimos un ritual tan establecido... Timbre, puerta, patio, sala, pizarra, ordenador, libro...
   Al menos ayer los chavales faltaron a clase. A lo mejor llegan a plantearse medidas diferentes y llegan más lejos. Seguro que más que los profes y sus sindicatos. A poco. A alguien le escuché que se planteaban dejar todos los exámenes en blanco. Me encantaría. Sería precioso. Un 0 para todos. Hasta para nosotros.


domingo, 8 de mayo de 2016

Poesía peligrosa

Lo que le acontece a un hombre no es sino lo que había pronosticado su pasado.

   Me permito parafrasear el título de otro libro de Juan Tallón para reseñar brevemente Fin de poema (Alrevés, 2015; Sotelo Blanco, 2013). ¿Puede efectivamente la poesía resultar un artefacto peligroso? Los personajes de la novela de Tallón no son distintos a cualquier contemporáneo suyo. Pero todos se matan. Si se distinguen del resto es por ser poetas, por su relación especial con la literatura. Así que una deducción sencilla sería esta: sí, algo peligroso debe haber en ella.
   Solo que Tallón no pretende colocarla en el centro del relato. Al fin y al cabo, se narran las últimas horas de cuatro poetas y en ellas son más importantes los desengaños sentimentales, el cansancio, la soledad, el aburrimiento o la desidia. No, lo último que hace un poeta no es poetar, escribir o como se diga. Lo último que hace, como cualquiera, es beber, sudar, charlar, leer el periódico o una carta, pedir otra, llamar por teléfono, desesperarse, tomar pastillas...
   La idea, como la trama, es sencilla, pero tan bien resuelta como precisan ciertos ejercicios rutinarios pero sutiles. Simplemente, las horas discurren. No es necesario que ocurran cosas, solo que entendamos en ese pequeño intervalo cómo llega cada uno al borde del precipicio. De dónde viene. Al borde. Nada más. El resto es historia.
   Los cuatros poetas del libro (Pavese, Pizarnik, Sexton y Ferrater) desesperan porque, paradójicamente, ya no esperan nada. Así que para qué. Estas últimas horas, según pretende Tallón, son una muestra de vida anodina y, sin embargo, primordial, definitiva.  Todo en ellas es muy corriente, por supuesto, y prosaico, qué ironía: Pavese yendo solo a un hotel, Pizarnik en casa sin nadie con quien hablar, Sexton y Ferrater entrando y saliendo de los bares. Turín, Buenos Aires, Boston, Sant Cugat. Cada uno en un sitio que podría ser otro. La vida de los poetas, y su muerte, no son nada excepcional. Fracasan. Como todos. Por muy buenos poetas que fueran.
   Llegados a este punto no hay nada que escribir. Lo constata el propio Pavese con estas últimas palabras de su diario El oficio de vivir (fragmentos del 17 y 18 de agosto de 1950). Todas las palabras de ese año tienen el peso de una sentencia. Ya no es poesía, pues resultan abrumadoras, ciertas:
No tengo nada que desear en este mundo, salvo lo que quince años de fracasos excluyen ahora.
Éste es el balance del año no acabado, que no acabaré.
¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto? [...]
Siempre sucede lo más secretamente temido. [...]
Basta un poco de valor.
Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de vivir, y se debilita la idea de suicidio.
Parecía fácil, al pensarlo. Y sin embargo hay mujercitas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo.
Todo esto da asco.
No palabras. Un gesto. No escribiré más.

Portada de Julio César Pérez Martín. 

domingo, 3 de abril de 2016

Ver, oír y, sobre todo, callar

  No cabe duda de lo complicado que resulta recurrir a la idiosincrasia de un pueblo o una sociedad para explicar un fenómeno, sea histórico, social, económico, cultural... Hablar de ese carácter colectivo es peligroso porque supone una generalización siempre injusta y recuerda los tiempos en que se caracterizaba a las sociedades por su religión, su fe, su simpatía o su gracia. Porque esos tiempos ya han pasado ¿no?
   Precisamente un día escuché, en una de esas manifestaciones del pasado vía NO-DO, cómo se nombraba al "primitivo y generoso pueblo gallego". Sí, exacto, con esa voz y esa banda sonora. Con semejantes antecedentes hay que andarse con cuidado, desde luego.
   Aun así, tanto Nacho Carretero en su libro como yo aquí no encontramos más remedio que escarbar con tiento los prejuicios, aunque al propio presidente en funciones le traiga sin cuidado ("cada uno es como es"). Porque esto va de un libro de Nacho Carretero. Y Nacho Carretero es periodista. Y gallego. Da igual el orden.
   Se trata de un libro excelente, Fariña, que relata la historia del narcotráfico en Galicia desde los primeros años de la democracia hasta la actualidad. Los datos reunidos son impresionantes; la documentación, precisa. Se nota, evidentemente, que no ha sido un trabajo fácil ni rápido, que ha consultado hemerotecas y publicaciones de todo tipo, ha realizado entrevistas y ha conseguido, no sin cierta dificultad (y a esto volveré más adelante) testimonios espeluznantes y valiosos. Se nota, como él mismo dice, que llevaba tiempo deseando contar esta historia, pues piensa que es muy relevante en el pasado reciente de Galicia. Paradójicamente, no ha habido muchos que quisieran contarla. A saber por qué.
   El relato es, pues, completísimo. No hay personaje de la época que no aparezca ni se retrate, desde el Sito Miñanco detenido en el chalet de Madrid con un teléfono por satélite a Nené Barral presentándose a las elecciones de Ribadumia (y ganándolas) o Laureano Oubiña soltando brusquedades al juez. No hay polémica ni discusión que se evite, como la relación de los políticos y el poder con los narcos, en especial los cargos del PP, que casi siempre gobernaron las zonas de descarga y la Xunta. No hay hecho clave que no aparezca perfectamente explicado, como la mutación del contrabando de tabaco en tráfico de cocaína, la relación con los carteles colombianos, las operaciones judiciales y policiales...
   Pero la mayor virtud del libro va más allá de la recopilación de la información, ya de por sí meritoria. Algo que el periodismo que se lee por ahí últimamente tiene bastante olvidado y que es en el fondo la clave de la disciplina: hallar la manera de contar efectivamente lo ocurrido, de conseguir que el lector pueda considerar después de leerlo que ha entendido perfectamente lo que ha pasado. Porque este no es un libro para especialistas, sean historiadores, juristas o sociólogos. Es una crónica que pretende recordar a la gente que, por mucho que se siga mirando a otro lado, este es el país que más droga ha traficado de toda Europa y Galicia, su experimento más logrado.
   Desde luego, gracias a que los hechos están perfectamente analizados con rigor pero sin parafernalia, detallados sin exhaustividad, cualquier lector puede desentrañar una historia sorprendente (pero muy real). La secuencia cronológica, tan bien desarrollada por el autor, resulta sencilla: en Galicia, como en otros lugares fronterizos y costeros, floreció el contrabando, el negocio del especulador en tiempos de escasez, que, durante los primeros años de la democracia se convirtió en la ruta de paso más utilizada para introducir cocaína colombiana en Europa en cantidades increíbles. Entonces, algunos contrabandistas se convirtieron en verdaderos capos y sus clanes acumularon un dineral mientras la policía y la justicia se mostraban claramente ineficaces. A partir de mediados de los 90, sin embargo, se organiza la lucha antidroga, los narcos empiezan a caer y los clanes mutan de nuevo. Surgen nuevos grupos y algunos de los antiguos continúan. El negocio, a menor escala, aún existe.
   Algunos aspectos de la historia son  bastante conocidos, pero el autor destaca otros que, por conveniencia, se suelen pasar por alto: la cantidad de guardias civiles y policías implicados, la connivencia de los políticos, las maniobras oscuras desde y contra la justicia, las implicaciones empresariales...
   Pero, aun explicando esto, quedan algunas preguntas ineludibles y espinosas: ¿por qué entonces?; ¿por qué en las rías gallegas?
   La crónica no puede dedicarse a argumentar una opinión, pero los hechos que relata dejan asomar posibles respuestas, muchas de ellas realmente preocupantes. Varios factores conforman la primera, el "entonces". Por ejemplo, los cambios que la transición conllevó en el uso social de las drogas y en las reformas fiscales y legales tardías (el contrabando era, a principios de los 80, una falta administrativa, no un delito). En cualquier caso esto significa que la presión fiscal, legal y policial sobre el contrabando o el narcotráfico fue irrisoria durante los 80 y fue aumentando progresivamente hasta la actualidad. Aquella primera década fue de barra libre. Y a partir de ahí, todo.
   Pero, ¿y el "dónde"? Porque había muchas zonas costeras que podrían haber servido para descargar y traficar con droga. ¿Cómo prosperó una organización tan extensa y compleja en los pueblos de las Rías Baixas? ¿Cómo es que nadie quería darse cuenta de lo que pasaba? Esta es la reflexión que quiero destacar sobre las demás y la que el libro me ha suscitado.
   Tal vez quien no viva aquí o no conozca suficientemente Galicia se quede perplejo al conocer cómo los contrabandistas (y luego los narcos) eran aclamados al frente de clubes de fútbol, como el Celta de Vigo o el Cambados; que algunos de los mayores delincuentes tuvieron cargos políticos o que sus empresas siguen estando activas y acaparando mercado; o, simplemente, que la mayoría cumplió condenas por evasión fiscal y no por tráfico de drogas. Todo el mundo los conocía. Sabía dónde estaban y, en general, a qué se dedicaban. Sin embargo, nunca fueron un problema. Y no solo porque la justicia no actuara, sino porque todo aquello no estaba demasiado mal considerado. Aún más, hasta se justificaba.
   ¿Es que en Galicia se había formado una nueva moral que promovía la despenalización o la legalización de la droga? Nada más lejos. De hecho, algo así acabaría con el negocio. ¿Síndrome de Estocolmo? Tampoco. ¿Inconsciencia? Permitidme que lo dude.
   Es cierto que Galicia, desde la posguerra, siendo una de las regiones más deprimidas, se había acostumbrado a una economía de supervivencia. También pasó en otros lugares, pero en ninguno se extendieron tanto los negocios ilegales con el paso del tiempo. El elemento distintivo no son solamente la orografía o la demografía. De hecho, la economía sumergida sigue siendo aquí más alta que en el resto del estado. Y está creciendo. Otra vez. Y eso a pesar del envejecimiento de la población. En los 80 y los 90 ironizaban con ello hasta las canciones, con la enorme circulación de la droga o con el dinero negro:



   Parece haber, ante todo, una moral y una forma de actuar bastante perniciosas y asentadas durante décadas. La máxima es clara: "ver, oír y callar". Se critica al vecino pero no se habla a la cara, hay envidia, pero se disfraza y, en definitiva, nadie debe meterse en lo que otros hacen, pues cada uno, de puertas para adentro, no le debe explicaciones a nadie. Resulta, desde luego, un sentido muy pobre de lo colectivo, que nunca tiene en cuenta el interés común sino el particular. Y todo a pesar de que la vida de las aldeas, en el pasado, precisaba cierto entendimiento y colaboración. Pero ya fuera consecuencia del caciquismo o la necesidad, el caso es que perdura una actitud muy conservadora.
   Esto no explicaría por sí solo las contundentes mayorías del PP en las elecciones, sino, sobre todo, cómo han podido perpetuarse ciertas prácticas comerciales, laborales o sociales. Por supuesto, también explicaría la supervivencia de redes y organizaciones criminales sin levantar la más mínima sospecha ni rechazo social. Solo a partir de mediados de los 90, cuando el volumen del negocio era realmente imposible de ocultar y algunas consecuencias del narcotráfico empezaron a notarse en la propia sociedad gallega (ejemplos como el de la "generación perdida" de Vilanova son sangrantes), se inició una pequeña resistencia (Érguete). Sin embargo, y pese a lo clamoroso e insostenible de la situación, nunca representó el sentir general.
   En los pueblos de las rías se sabe perfectamente quién fue contrabandista. Y quién fue a las descargas. Y no se les afea. A pesar de que sus "trampas" los enriquecieron y colocaron a los suyos en una posición muy ventajosa frente al resto. A pesar de que los impuestos no pagados habrían hecho progresar mucho más a la zona que las dádivas del capo. A pesar de las secuelas de la droga que se vendió aquí. También se sabe quién ha traficado, quién ha levantado mansiones o montado una tienda, una gasolinera, un restaurante, un hotel.. aparentemente de la nada. Aquí abundan los negocios pequeños y muchos son estacionales, así que blanquear es bien sencillo. 
   Pero las personas implicadas no sienten ni sentirán vergüenza. Ahora que muchos ya volvieron de pasar temporadas en prisión siguen manteniendo sus negocios como si nada, asesorando a la siguiente generación o, incluso, dirigiendo discretamente la siguiente descarga. ¿Por qué? Sencillamente porque no hay nada que reprochar: unos pocos muertos por ajuste de cuentas, algunos tiroteos... en décadas. Nunca hicieron de la comarca un lugar más inseguro. Donde no llegaba el estado ahí estaban ellos. Y soltaban dinero a diestro y siniestro. ¿Quién se atrevería a denunciar? ¿Quién muerde la mano que le da de comer?
   Ya de los tiempos del contrabando proviene esta connivencia del pueblo con sus caciques, protectores y tiranos, paternalistas y caprichosos. De su respetabilidad dependía su estatus. Un buen ejemplo es el Mariscal de la novela de Manuel Rivas, Todo é silencio.
   Pero ya basta. Las consecuencias de este comportamiento han sido lo bastante graves como para obviarlas. Sin embargo, afortunadamente Galicia es mucho más que esta gran mancha. Hacía falta hablar de ella, y más ahora que nadie parece recordarla porque las noticias no le guardan demasiado espacio. Este es el principal mérito de Fariña. Nos avisa de cómo se produjo semejante barbaridad. Es mejor recordarlo, porque el olvido favorece repeticiones indeseables de la historia. Aun así, para superarla hace falta dar un paso más, muy complicado: mientras no exista una concepción diferente de lo público, una verdadera solidaridad, estamos aviados. Seguiremos levantando muros, escondiendo en garajes, disimulando en galpones, vendiendo y comprando frente a la lonja, criticando en las tabernas, aparentando delante de la iglesia, pero, eso sí, ofreciendo espléndidas raciones de comida. Galicia Calidade.

Primera toma de conciencia: la operación Nécora.


sábado, 13 de febrero de 2016

Dudosa genialidad

   Con frecuencia ocurre que la tradición, la crítica o el simple boca a boca te acercan a ciertas obras (discos, libros, películas, lo que sea) supuestamente geniales. Normalmente resulta sencillo refrendar aquellas opiniones, confirmar que los buenos prejuicios tenían su razón de ser.
   Eso suele pasar. Pero a veces... A veces, no. Y es lo que siento ahora al terminar El idiota, de Dostoyevski. Tanto tiempo oyendo opiniones sobre las virtudes literarias de su autor y las expectativas remontando las nubes. Incluso un profesor que me había asegurado que era el mejor novelista de todos los tiempos. Así, claro, es más fácil defraudar. 
   Y no es que esperara nada especial de la novela: no conocía la historia, no me dirigí a ella por un interés particular (histórico o de otro tipo), apenas había leído algo del mismo autor (El jugador, sin un recuerdo especial, y un verano de hace unos 20 años)... Vamos, que no soy presa del desconcierto del fan traicionado, sino un sorprendido por la sobrevaloración de los demás.
   Creo que El idiota parte de un propósito extraño: crear un personaje (y no una trama) ajeno al mundo real. El príncipe Mishkin es un personaje inédito, único: ni intenso, ni dramático, ni romántico, ni racional, ni culto, ni solidario, ni apasionado, ni sentimental... Es el resultado raro de un experimento (creo que) fallido: el intento de colocar en la sociedad un personaje insulso, desconcentrado, incapaz, torpe, aburrido... Puede que la novela se haga más antipática por ello. Pero hay relatos interesantísimos sobre personajes odiosos o inmóviles o inútiles o enfermos. Bartleby, sin ir más lejos. 
   Desde mi punto de vista, algo falla. Porque no es difícil entender la "idiotez" literal del príncipe y están plenamente justificados sus fracasos en una sociedad cuyos modos y reacciones no comprende. Una vez terminada la lectura se recuerdan pasajes agradables y entretenidos por aquí y por allá: en la primera parte, sobre todo, tanto en la casa de los Epanchin como en la de Gania y, sobre todo, aquel arranque de pasión (el único) al final de ella, ese ofrecimiento de matrimonio suicida a Nastasia Filípovna; una pequeña parte de su conversación con Rogozhin en la segunda parte; el intento de suicidio de Ippolit en la tercera o el interés concentrado en los dos últimos capítulos, mucho más dramáticos.
   ¿Será que me ha vencido el estilo decimonónico? Si hasta disfruté con las novelas de Alarcón, las partes "documentales" de Moby Dick, la morosidad de Os Maias... ¿Será la traducción? Me temo que tampoco, pues hasta me impresionó la traducción infame de Resurrección, de Tolstoi, que aún anda por casa. ¿Seré yo? Supongo que es normal que a uno mismo le surjan dudas de su capacidad de vez en cuando, así que intentaré razonar aquí, en voz alta. 
   El idiota es una novela del montón. Ya está. Ya lo he dicho. Me parece un relato fallido, pues la ineptitud del protagonista no genera nada: no hay empatía, compasión, interés; ni siquiera ironía. Así que se pasa por las páginas como si no sirvieran de nada. Puede que el propósito de estas mismas páginas sea experimentar esa sensación. Pues hasta en eso creo que se equivocó el autor, pues su excesivo alargamiento de momentos insípidos deja más bien cansancio. Es el cansancio de las situaciones repetidas sin gracia y sin motivación. Se van produciendo pequeños atisbos de cambio, algunos hechos curiosos o medianamente interesantes que, sin embargo, se pierden en diálogos excesivos, nada elocuentes ni brillantes, pero tampoco por exceso de celo realista (de hecho casi no hay descripciones). Hay varios ejemplos: tres o cuatro veladas abarcan aproximadamente la mitad de la novela; los parlamentos de los personajes con frecuencia sobrepasan la media página para apenas decir nada. El desarrollo de los diálogos y las discusiones es, por tanto, pesadísimo.
   En Kafka las situaciones absurdas, aunque no lleven a ningún sitio, resultan intensas y angustiosas. De aquí no se saca nada: solo el figurón del protagonista y una trama de amor y perdición muy extraña, que resulta inmotivada desde el punto de vista narrativo porque se focaliza la acción en el príncipe Mishkin, cuando Nastasia desaparece casi por completo de la novela durante 400 páginas. Cuesta asimilar este desarrollo caprichoso. Incluso si se prefiere un final tan anodino como este. Seguro que Dostoyevski pensó que, haciéndolo así, estaba consiguiendo otra cosa. No sé si era un genio, pero aquí no lo parece.
   No lo he investigado, pero puede que todo esto tenga que ver con la redacción de la propia novela, los problemas económicos, la publicación por entregas... Tal vez de ahí la necesidad de llevar la idea inicial a mayores dimensiones de las que se debía. También ahí podría estar la causa de ciertas extrañezas producidas por la lectura. Llama la atención, por ejemplo, la incongruencia del narrador. Cuando la novela decimonónica había precisamente dedicado sus esfuerzos a dar coherencia y sentido a la voz del narrador, resulta que Dostoyevski no parece saber a qué está jugando. Unas veces relata con la seguridad del omnisciente, otras duda, otras parece un periodista recabando información de los testigos del "caso", otras habla en plural, otras comenta... El propio autor parece, por tanto, no estar muy seguro de lo que está haciendo: 

El príncipe sabía que en casa de los Epanchin, en la ciudad, solo podía encontrar [...] al general, retenido por razones de servicio. Le pareció que este podía llevarlo consigo inmediatamente a Pávlovsk, y antes tenía deseos vivos de hacer cierta visita (pág. 298).
Si se nos pidiera una explicación [...] acerca de en qué medida la boda fijada satisfacía los verdaderos deseos del príncipe, en qué consistían precisamente estos deseos en aquel momento [...] confesamos que nos resultaría muy difícil (págs. 772-773).
Todo lo que después sucedió con motivo de esa boda, lo contaron luego las personas bien informadas como sigue y, según parece, de acuerdo con la realidad (pág. 796).
Sabe Dios cuánto tiempo estuvo allí sentado y en qué estuvo pensando. Tenía miedo de muchas cosas y sentía con gran pena y dolor que estaba horriblemente asustado (pág. 808).

    En fin, creo que cierta confusión sí genera. Y no es una confusión humorística o irónica, como en Cervantes o Sterne. Me da que, simplemente, es un error. Y si alguien cree poder convencerme de lo contrario, que lo intente, por favor, no se me vaya a pasar desapercibida otra genialidad.

El genio en su pedestal


miércoles, 13 de enero de 2016

Comer carne...

   La España de hace cincuenta años... Eso enseña la película Un millón en la basura. Lejos del revival amable de Cuéntame, conviene acercarse al pasado con los ojos de ahora, pero la mirada de entonces. Y el pasado no es precisamente una antología de bonitos recuerdos. El país que enseña Forqué en su película es bastante miserable. Pero no es culpa suya. Sin ninguna intención tremendista, plano a plano, uno va tomando conciencia casi sin querer: Madrid es una ciudad desarreglada de barriadas de albero y sin alcantarillado de cuando el único adorno posible eran las fotos de la boda o de la mili; de cuando el aguinaldo y el servicio; donde los pavos pasean como en un tebeo de Carpanta y los perros andan flacos, sueltos y con mal humor; donde se trabaja por un sueldo escasísimo que no cubre las letras ni los alquileres; donde todo se fía y se debe; donde, en definitiva, la supervivencia depende de la compasión, la lotería o el milagro. Y si hay un milagro será como este, mucho más prosaico que el de Frank Capra. Florituras, las justas.
   Nada que, en teoría, no supiera. Nada que no haya leído en Aldecoa o en Delibes, pero con la fuerza directa de la imagen, a la vez poderosa e indolente. Y sí, a veces puede utilizarse un poeta ciego o un aspirante sin abrigo como protagonista, pero qué hay más simbólico que un barrendero. Quién si no podía encontrarse un millón de pesetas en un cubo de basura. Cuando se lo muestra a su mujer comienza a imaginarse lo que podría hacer con él: los juguetes de los hijos, la casa, una nevera, una lavadora y... comer carne.

  No sé si en su momento alguien pudo reírse en el cine durante esa escena. Su tono es cómico, pero hoy yo no he podido reírme. Me pareció terrible, de una ingenuidad proverbial. Y ese barrendero, durante los dos días que mantiene el dinero en su poder, topa constantemente con escaparates ostentosos y ambientes de lujo que le recuerdan lo que casi nadie puede llegar a tener y unos pocos desprecian. Porque dinero hay. Y mucho. Pero nunca será para Pepe, al que solo le quedan Consuelo y su conciencia. ¡Lo que tiene ser bueno!
   Seguramente esta película valga mucho más ahora que cuando se rodó. Ya no es una digna y austera comedia dramática, es un pedazo de esa historia que tanto jode revivir, la que nunca se acabó de arreglar, pues continúan la ostentación y los desahucios, la especulación, la explotación laboral, la usura... Solo que con asfalto, alcantarillas, neveras, lavadores, coches, teléfonos y menos animales sueltos. El progreso...
   El relato de la pobreza virtuosa sustituyó al del pícaro, pues este ya se había enriquecido, convertido en especulador siglos después. La misma historia de Misericordia, Las ratas o Seguir de pobres. El paradigma: la triste honradez del pobre, que no puede vislumbrar más horizonte que la injusticia porque parece eterna. Cuánto tenemos de esto todavía.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Comedia negra

   Plácido. Atraco a las tres. Familia. ¡Ay, Carmela! El bosque animado. La comunidad. El verdugo. Luces de Bohemia. El Quijote. La Celestina. Miau. Todo Lope... La lista es interminable. Sea lo que sea la idiosincrasia peninsular, tiene aire de comedia amarga, de tragedia risible. Y, además, lo ha dicho Vilas: 
"Ha ganado el caos cómico de los españoles inteligentes.
Es decir, no ha ganado nadie.
Es la coña del pueblo español: ahora no vais a ganar ninguno".
   Vamos,  que ayer hubo elecciones y el resultado es tan tragicómico que solo puede tomarse con humor y solo puede salir mal, como, por otra parte, lleva pasando siempre. Hespaña es un país más realista que los demás porque sabe cuál es la mentira fundacional del sistema, entiende que toda la vida va a funcionar igual y se ríe de sí mismo.
   Que para ello sirvan el partido x, y o h, o incluso el recientemente creado Partido Mortadelista Filemonero Español, tanto da. No podemos ser ingenuos. Primero recordad qué bien siguen funcionando los filtros de representatividad:
  • No votan los extranjeros residentes en el país, legales o ilegales, por lo menos cuatro millones.
  • Se obstruye la votación de los emigrados.
  • No cuenta el número de abstenciones y votos nulos, algo más de una cuarta parte del total.
  • Se vota, si se hace, después de semanas o incluso de meses de bombardeo absurdo de consignas mentirosas, opiniones dirigidas y debates sin fondo. Esto mella la moral de cualquiera, claro.
  • Una vez encaminada la votación por los medios de comunicación y las instituciones oficiales, se pone en marcha el propio sistema electoral: la circunscripción provincial limita las posibilidades de terceros, cuartos o quintos puestos.
  • El reparto de escaños se hace por medio de la ley d'Hont para favorecer al primero, aunque sea por un voto, así que la proporcionalidad se hace escabrosa. Otro par de millones de votos o tres que no sirven para conseguir diputados, que quedan fuera en el reparto o no llegan al 3%.
  • Por supuesto, tu representante final (si la candidatura que votaste ha pasado los filtros anteriores) no tendrá ninguna obligación para contigo ni te consultará nunca nada de nuevo hasta su cese. Hará lo que le dé la gana o lo que le digan, que normalmente será lo mismoy apenas coincidirá con alguna cosa que aseguró que haría antes de votar. Haberte presentado tú, ¿no te jode?
  • Y, por último, ahí está el senado, la cámara aparentemente inútil, solo diseñada para casos como este, en el que un partido que queda primero por unos miles de votos es capaz de bloquear cualquier iniciativa de los demás. Y si no, atentos a los próximos meses.
  Demencial, ¿eh? Ya, pero no sorprendente, pues todos lo sabíamos. Nada de lamentos falsamente ingenuos ahora, por favor. ¡Vivan la democracia representativa y la monarquía constitucional! ¡Vivan la paradoja del estado y la ironía resabiada de los parlamentos! (Perdón, me estoy yendo...)
   Evidentemente, todas estas cuestiones morales, políticas o filosóficas importan un bledo a los dueños de todo, que harán bajar la bolsa y subir los intereses del préstamo ante la terrible incertidumbre.  Qué miedo, ¿verdad? Ellos ya saben que todo va a seguir prácticamente igual mientras dejan que los voceros de lo banal llenen páginas y páginas de tontas elucubraciones. 
   Sin embargo, el pueblo lo sabía. De forma inconsciente, como intuyen los niños tantas cosas. Y propició la parodia. Una parodia triste, desde luego, protagonizada por ridículos personajes caricaturizados hasta la saciedad (la viñeta es el subgénero periodístico nacional). Ya que de momento no va a llegar algo mejor, por lo menos riámonos un rato. No disimulemos, hagamos evidente el paripé. Que salgan los guiñoles y comience el espectáculo. Mientras seguimos a nuestras cosas. Mientras no pasa nada en el país esperpéntico; en la tierra donde los burros roban la zanahoria que los tienta para no tirar más de la noria. Estoicismo con retranca. Y al tajo.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

El triunfo del olvido

   A pesar de la cantidad de películas hechas en España sobre la Guerra Civil o la dictadura no recuerdo ninguna que trate el triunfo posterior del olvido, el trauma del recuerdo cuando todo, supuestamente, ya ha pasado, cuando el ejército ha dejado ya de gobernar. Desde aquí suele pensarse el franquismo como si no tuviera relación con otras dictaduras, como si fuera un hecho singular, único. La excepción de la historia; un accidente. Y, por lo tanto, como si nadie pudiera comprenderlo fuera de estas fronteras o con otra educación sentimental.
   Puede que parezca mentira, pero un español no suele reconocer que una dictadura muy similar hizo de Portugal el estado fascista más duradero del mundo (1926-1974). Y no digamos al mencionar otras dictaduras militares más o menos cercanas (en lo cultural, lo sentimental y lo migratorio): Grecia, Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Perú... De vez en cuando conviene mirarse en el espejo del otro.
   Como decía, no recuerdo películas hechas aquí que se dediquen a analizar cómo sobrevivieron a la dictadura las víctimas y los verdugos, aunque sí alguna novela. No es un asunto cómodo. Supone asumir que algunos verdugos triunfaron y tuvieron éxito y que muchas víctimas nunca fueron tratadas con justicia. A nadie le gusta pensar eso, aunque la realidad se le parezca tanto.
   Sin embargo, en algunos de estos países que he nombrado, cuyas dictaduras fueron, por lo general, más breves, este asunto es mucho más común. Leí varias novelas argentinas que tratan de alguna manera la vida de los torturadores después de la dictadura, Esperanto, de Fresán, sin ir más lejos.
   Pero no encuentro mejor síntesis sobre la cuestión que la de la película recientemente ganadora del Colón de Oro en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, Magallanes. Sí, de vez en cuando también conviene buscar en los sitios pequeños, más allá del estreno, fuera de foco. Y, recordemos, la síntesis de un problema histórico y moral como este se encuentra en numerosas ocasiones en el origen de una obra de arte, más frecuentemente en el teatro, el griego por ejemplo.

   La película tiene, además de esta cuestión, muchas más implicaciones. Es riquísima por su tratamiento de los prejuicios étnicos, de clase, históricos o machistas, pero me centraré en su exposición del dilema: olvido vs. memoria. El trauma narrado es muy hondo, terrible, difícil de asumir como real por muy verosímil que resulte. Pero, pasados los años, un par de décadas, ¿qué conviene? ¿Puede o debe olvidarse?
   Celina es, en esta película, la víctima, la torturada, la violada, la reprendida por los militares que, en todos los casos mencionados, podemos considerar como el bando vencedor. No busca venganza, ni siquiera justicia porque no se imagina siquiera esta oportunidad. Su situación es terrible, pero ha asumido su papel: y nada pretende; nada reclama; nada espera.
   Pero el azar, el puro azar, pone en la secuencia inicial en su camino a un antiguo soldado, Harvey Magallanes, el represor casi accidental y con conciencia, el único capaz de recordar su historia, de rescatar la memoria, de procurar justicia. Precisamente porque es culpable.
   Esta justicia sería, en todo caso, particular y obtenida de modo ilegal, pues (y esta es una lectura importante) la justicia parece inalcanzable como sociedad y menos aún por medios democráticos. La historia es conocida y el número de condenados, irrisorio. La venganza es una posibilidad más asequible.
   Queda claro: ni en Perú ni en prácticamente ningún lado (aquí tampoco) los represores han pagado sus crímenes. Aún más: ¿es posible juzgar cuando un porcentaje tan alto de la población encubrió, silenció o permitió los delitos por miedo, sugestión o beneficio? Complicado, ¿verdad? Después de la II Guerra Mundial ya se creyó imposible e, incluso, inconveniente. Y, pasado un tiempo, ¿quién quiere remover la mierda?
   Un pasado como este no puede tocarse sin mancharse. El propio Magallanes acabará hasta el cuello, como el hijo del Coronel, el principal torturador y violador de Celina. La trama nos pone ante este caso durísimo para que pensemos en todos aquellos que permanecerán siempre ocultos porque ni siquiera sus protagonistas pueden soportar tanto dolor.
   Así que Celina no buscaba venganza ni justicia. Magallanes, al ofrecérsela para calmar sus propios remordimientos, resucita su viejo e indecible sufrimiento. La rechaza. Incluso cuando los giros de la trama parecen favorecerlo. Solo se permite, ya casi al final, un grito, un pequeño monólogo ante el hijo del Coronel, el mayor Medina y el propio Magallanes. Es, lógicamente, por su importancia narrativa, la escena capital. Y entonces...
   ...cuando por fin se desahoga dice algo que nadie entiende.
   Celina grita, reprocha, insulta en su lengua materna, prehispánica. Ninguno de los presentes la entiende. Ningún espectador. No hay subtítulos. El silencio abruma cuando acaba. Nadie le puede responder. Se va.
   El olvido ha triunfado de tal manera que el entendimiento es imposible. Se ha olvidado a las víctimas, cómo no, pero también se muestra (y esto me parece muy destacable) cómo los verdugos han olvidado su propio papel. El Coronel, senil, apenas es capaz de reaccionar ante un nombre. Y hasta Magallanes se ha ocultado a sí mismo el gesto más aberrante de su pasado. Y parecía que podría redimirse...
   Y algo aún más aterrador: ¿es este un olvido conveniente para todos? Edipo no fue desgraciado hasta que descubió la naturaleza verdadera de sus hechos, hasta entonces encomiables. ¿No sería mejor no haber sabido? Llegados a este punto ¿hay perdón posible?



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...