miércoles, 6 de noviembre de 2019

Cuando llegué, Buñuel ya estaba allí

El Guernica no me gusta nada,
aunque ayudé a colgarlo.
Luis Buñuel

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   Hay libros de memorias fascinantes, que igualan el poder de sugestión de las mejores ficciones. No pertenecen al discurrir del arte literario ni transforman su historia. Constituyen sus márgenes, como tantos textos limítrofes, y completan su dimensión configurando la intersección entre la historia como experiencia individual y el relato, estructura universal de la vida en cuanto recuerdos.  Son la prueba de que construimos nuestra propia historia con la relevancia de acontecimientos minúsculos que, no obstante, no dejan de pertenecer al entramado azaroso de la historia de todos, esa que, con mayúscula, también nos obligamos a interpretar. Y ya sabemos con cuánta dificultad, pues requiere hacer categoría de la acumulación de experiencias insignificantes por sí mismas.
   Como narrativa, sus piezas son comunes a las del arte de novelar. De ahí la confusión y el exceso con el que se publican supuestas novelas sobre la vida de uno mismo bajo el amparo de la etiqueta "autoficción". Sabemos que la experiencia personal puede ser origen de relatos maravillosos. Pero también pésimos, literariamente hablando. Sucede que se recuerdan, claro, los primeros: el Mississippi de Twain o el París de Bryce Echenique, por poner dos ejemplos bien distantes.
   Como en estos casos, salirse de la autoficción implica, básicamente, usar la imaginación. Porque la novela adquiere un sentido más allá del relato de una vida "real". Llegar a la memoria, como subgénero, supone apenas un intento de reparar la pérdida de todo aquello que uno cree que ha conformado su vida, sus recuerdos, en fin, de ahí el nombre. Las memorias, pues, concebidas no como una elevación de lo particular a lo general ni como ejemplo de la Historia, difícilmente pueden alcanzar cierta importancia. Solo algunas lo hacen.  Para ello, no obstante, deben afrontar el relato desde la humildad, no dar más importancia a los hechos que los que tendría la vida de cualquiera. Si lo hicieran estaríamos hablando de autobiografías de héroes y notables, apenas útiles para los historiadores; muchas veces, pura propaganda.

2

   Puede que de alguna manera yo, que no era asiduo de estos textos, haya pretendido escapar de la moda de esa autoficción más reciente con la lectura de un par de libros de memorias estrictamente concebidas como tales. Tal vez todo provenga de la perplejidad que me produjo la denominación de la exitosa Ordesa, de Vilas, como "novela". Tanto en el propósito como en la confección del relato, proceso que el propio Vilas explicó en varias ocasiones en el propio libro, las presentaciones y las entrevistas, yo no veo nada más (y nada menos) que la respuesta a la necesidad de contarse a uno mismo su propia historia, interpretar su propio papel en los hechos particulares de una vida como tantas. Por mucho que los protagonistas sean, durante buena parte de las páginas, sus propios padres. La cualidad de la obra de Vilas, más allá de su estilo, es precisamente hacer sentir al lector que él también ha vivido experiencias semejantes. La emoción de algunas de ellas ya estaba, sin embargo, en los poemas de El hundimiento, de los que ya hablé aquí. Por eso incluyó algunos al final de aquel, aun a sabiendas de que el sentido de esos versos correspondía a otra dimensión.
   No hay nada que objetar a que un escritor decida contar sus memorias. De hecho uno de los libros que más me ha emocionado nunca es A criação do mundo (La creación del mundo), las memorias en seis volúmenes de Miguel Torga. Entonces comprobé que no es imprescindible la imaginación para lograr el relato prácticamente perfecto, pero sí que es dificilísmo, en cuanto a que requiere ajustarlo a una concepción totalmente distanciada de la vida de uno mismo, saberse ya otro cuando escribe. La excepcionalidad de la obra de Torga proviene, con toda probabilidad, de que su proceso de creación fue paralelo a su vida: cada volumen daba el portazo a una etapa pasada con el escepticismo de no concebir aún su correlato futuro. Su dureza, en este sentido, es abrumadora.
   Quiso la casualidad que el propio Vilas escribiera un artículo sobre el pudor en la literatura española cuya tesis aseguraba que poco a poco los escritores estaban liberándose de la necesidad de guardar su intimidad, abogando en la actualidad por desvelarla. Alababa algunas obras que habían servido para afianzar esa trayectoria: de Laforet a Aramburu y Del Molino pasando por Umbral, Millás y Landero. Por cierto, de Sergio del Molino no he leído La hora violeta, pero sí La memoria de los peces. Y, bueno, en fin.
   Incluye en ese listado a Delibes, pero, a pesar de considerar extraordinaria Señora de rojo sobre fondo gris,  le pone una pega: que al autor le dio vergüenza nombrarse a sí mismo y a su esposa, escondiéndose en la ficción. Un tiempo después de la publicación del artículo la versión teatral de José Sacristán llegaría de gira a mi provincia. Era una excusa perfecta, si es que a uno le hacen falta excusas para volver a Delibes y más siendo vallisoletano. La novelita es, en efecto, cruda y deliciosa. Sin embargo, no es Delibes alguien sospechoso de no querer utilizar la primera persona o al que, en su momento, le cohibiera utilizar sus experiencias personales. Ahí están sus días de caza, fútbol y bicicleta, por ejemplo, repartidos por unos cuantos libros. Así que a lo mejor hay que preguntarse si, como seguro que él mismo lo hizo, sería pertinente asumir que es una historia real o si ganaría algo el relato con otros nombres. De hecho, y por mucho que tenga en común con su vida, ¿es "exactamente" la historia de lo que les sucedió a él y su mujer? ¿Tiene sentido que lo sea?
   Como sugiere Vicente Luis Mora en su último ensayo, La huida de la imaginación, creo que la literatura actual está descartando con excesiva displicencia el poder que la palabra tiene de evocar y emocionar, su capacidad para crear una historia con su propio y precario material: el lenguaje mismo. Como lectores, saber que detrás de la enfermedad de la protagonista está la de Ángeles de Castro, mujer real de Delibes, no nos hace mejores intérpretes de la obra ni nos desvela un sentido oculto. Igual que no nos preguntamos si ocurrieron en realidad la tragedia de Antígona o las desgracias de Emma Bovary. Según Vilas, Señora le emocionó menos ahora que cuando se publicó porque la narrativa actual demanda "espacios autobiográficos" que no se disimulen y enmascaren, aunque el término de autoficción no le convenza. Precisamente porque no es ficción.  Parece, pues, que exhibirse a uno mismo es cool, trending, cae bien en el público y en el mercado, que no es lo mismo, ¿verdad? Por cierto, la adaptación de Sacristán es fantástica.



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   Así llegué la pasada primavera a Mi último suspiro, de Buñuel, y este verano a El mundo de ayer, de Zweig. Estas memorias se corresponden al apremio que el exitoso autor sintió al comprobar cómo su vida se deshacía al mismo tiempo que se transformaba la sociedad europea de entreguerras. Se esfumaban sus ideales y se atropellaban los valores con los que se había identificado y por los que había abogado ya desde el 14: concordia, pacifismo, multiculturalidad. Todos los propósitos por evitar el sacrificio de Europa habían fracasado. La obra tiene mucho de testimonio, pues intenta mostrar cómo cambian las personas concretas empujadas por los acontecimientos y la necesidad. Toda la miseria del ser humano está en esas páginas en que el autor vuelve a encontrarse con quien apreciaba en su juventud y ya es otro. Envilecimiento. Desencanto. El libro tiene también la virtud de asumir su propia prosperidad como un contrasentido ante la evolución de su país, en plena decadencia social, económica e identitaria. Curiosamente es más la historia de una frustración que de un éxito, pues da la impresión de que es consciente de la contingencia de su propia obra mientras no deja de angustiarse por los signos que, poco a poco, encaminaban Europa a una destrucción asegurada. Quien busque en este libro la experiencia de un escritor apenas encontrará alusiones dispersas a su proceso de creación. Lo que sí se encuentra, sobre todo en los dos últimos capítulos, es el derrumbe de toda una moral y la perplejidad ante el advenimiento del desastre anunciado, algo que no puede admitir ni comprender, ante el que huye con tremenda tristeza y escepticismo. Inolvidables su última visita a su madre o la espera de la debacle en Londres, por ejemplo.
   He completado su lectura con Adiós a Berlín, de Isherwood, que encaja las vivencias personales del extraño (y extranjero) en el marco de una historia que fatalmente desemboca en la ruina de una ciudad, símbolo de toda una época. Se descubren muchos puntos en común con el libro de Zweig, pues la locura colectiva en que se va convirtiendo el nazismo se evidencia en detalles cotidianos tanto en este Berlín como en aquella Viena. Sí, el fascismo se construye fuera de los grandes discursos, según dan a entender ambos. El proceso creativo de Isherwood, sin embargo, escapa de la intención de la memoria como tal: exagera, sintetiza e imagina. Cada una de las partes de sus libros es un relato que poco dice de él mismo, ni pretende, salvo las últimas páginas en forma de diario. Se trata, maś bien, de mantener la postura del espectador, un flâneur en situación delicada.
   Pero, permitidme la boutade buñuelesca, Mi último suspiro es mucho más interesante y bien distinto. Primero, por la técnica, ya que Buñuel supo apartarse de la redacción final del libro y confiársela a un verdadero escritor: Jean-Claude Carrière. Las memorias están construidas a partir de los apuntes del propio Buñuel y de las conversaciones que mantuvieron. Huyen tanto del formato de la entrevista como del relato novelesco y, por lo tanto, de la búsqueda de un sentido y coherencia que otro tipo de narración no puede esquivar. El material, supongo, debía de ser ingente, pero si algo demuestran el propio Buñuel y Carriérre es capacidad de síntesis, aunque esto signifique cierta sequedad: las anécdotas son justas, medidas y breves; no hay parafernalia ni entrada en situación. Nada es prolijo, nada sobra, las reflexiones son directas. Puro recuerdo y reconstrucción de un pasado al que no se le da demasiada importancia, que Buñuel va comentando casi con desgana, apenas con cierto entusiasmo al tratar algunos sueños, ideas, personas. 

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  ¿Qué se descubre en este libro? ¿Por qué me parece una lectura fascinante? Me explico. Para muchos Luis Buñuel no es más que un director de cine algo excéntrico al que aprecian más los franceses, pero sin trascendencia. Poco culto se le ha rendido, cosa que a él le iba a dar exactamente igual, en comparación con otros compañeros de generación o artistas cualesquiera del s. XX. Sin embargo, Buñuel es el s. XX en sí mismo y no hay ningún español que pueda dar testimonio de ello de mejor manera. De ahí el valor de sus memorias, pero, también, la sorpresa y admiración de los lectores, boquiabiertos al poder reconstruir a partir de este libro una trayectoria única, vital y artística, reflejo de todas las tensiones, contrariedades y amarguras del arte y la historia de España, casi del mundo. Por sus páginas pasan las guerras y el exilio, la República, el surrealismo, París, el comunismo, Hollywood, dios, la nada, el cine, los festivales, la URSS, la literatura.
   Porque resulta que Buñuel estaba en París cuando llegaron Hemingway y Fitzgerald, que fue probablemente el mayor autor del grupo surrealista y llegó mucho más lejos que Breton y que vivió seis meses en Los Ángeles en 1930 a costa de la Metro Goldwin Mayer. Eso, a los 30 años, antes de que la República y la Guerra lo cambiaran todo; antes de que se exiliara y viviera en América el resto de su vida, unos años en Nueva York y treinta  y cinco en México; después de haber fabricado las dos películas más sorprendentes de toda la filmografía europea de su época; en el 50, con Los olvidados, cambiaría también, para siempre, el cine latinoamericano.
   Según uno va leyendo tiene la impresión de que se narran varias vidas y no una sola. Tal vez por conocer unas circunstancias tan complejas, una época de cambios radicales en la Historia esa que lleva mayúscula. El lector no deja de sorprenderse: daba igual lo que ocurriera, Buñuel estaba allí ya antes de que lo pensaras. Como muchos otros autores de su generación trabajó para la República, pero en cargos importantes y con gran responsabilidad durante la Guerra, cuando unas pocas páginas de estas memorias se convierten en una novela de espías en el París nublado de ambiente prebélico. En la embajada más importante de la República Española, en plena Guerra, era Buñuel quien estaba metido en cada operación, misión secreta o acto de propaganda. Y lo dice, el tío, como si nada.
   De la misma manera hace repaso de su filmografía, la mexicana, la estadounidense, la española, la francesa. Ningún director ha alcanzado semejante trascendencia en filmografías nacionales tan dispares; en varias lenguas; en color y en blanco y negro; con un cine comercial y artístico. Tal vez solo Picasso llegó a ser tan revolucionario en su arte (y tengo serias dudas de ello, aunque no lo domino en modo alguno). Pero seguramente solo él lo revolucionó contando con tan poco, con las limitaciones de los estrenos comerciales del México de los 50, sus actores y sus medios; o rodando con tres amigos el documental más famoso de la filmografía española: Las Hurdes: tierra sin pan, tal y como cuentan la novela gráfica y la película de animación Buñuel en el laberinto de las tortugas.
   Ligando a Lorca con Cukor, Man Ray, Octavio Paz, Sartre y, por supuesto, Dalí, Buñuel va desgranando la historia de sus películas, lo que aún aprecia en ellas, reconociendo errores. La impresión es fulminante: Buñuel estaba orgulloso de poder haber hecho cada una de esas películas, aunque algunas fueran malas, pues le costó mucho rodarlas. Destaca una mentalidad más de artesano que de artista: presume de que era capaz de hacerlas, de que cobraba poco y cumplía plazos. No siente más cariño por aquellas que recibieron premios. No está resentido por las que no pudieron ser.




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   Yo, al menos, tuve la suerte de descubrir su cine gracias a un puñado de fanáticos cinéfilos que se juntaban en un bar pequeñísimo. Os lo recuerdo: se trata de una obra tan dispar como sorprendente, siempre estimulante. Escenas de sus películas permanecen en mi memoria veinte años después. Algunas producen escalofríos; otras, inquietan o hasta hacen reír. Leer Mi último suspiro me ha devuelto parte de lo que supuso entonces descubrir que el cine, el arte, se puede hacer de otra manera. Veo ahora, a partir de los ojos de Buñuel, que hay grandeza en las obras más humildes; que la vanidad del autor es inútil; que la dignidad es estética; que la más poderosa imaginación enfoca al suelo o entra en un cuarto miserable. Hay autores más cercanos de lo que parecen indicar la distancia y el tiempo. Así que no leáis tanto a Zweig, sino a Buñuel. Y, sobre todo, ved o revisad sus películas.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Valle-Inclán y yo

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   Debía de ser 1998 o 1999. Sé que era invierno, eso sí. Y que había llovido. Hacía bastante frío la noche que a un grupo de colegas de Filología Hispánica se nos ocurrió montar una fiesta con el pretexto de representar unas escenas de Luces de Bohemia. O tal vez fue al revés. En todo caso, una idea peregrina basada en nuestro concepto de que la literatura no debía quedar solo en los libros.
   En aquella época nos lo tomábamos en serio, así que lo hicimos. Elegimos tres escenas. Repartimos los papeles entre amigos. Los instigadores nos guardamos los de Don Latino y Max. Ensayábamos en el camino de la facultad, con mi viejo ejemplar de Austral heredado de no recuerdo quién.
   La representación tuvo sus momentos, todo sea dicho, mejor el velorio (escena XIII) que la muerte (escena XII), aunque no importó en absoluto. La fiesta, desde luego, fue espectacular. Al fin y al cabo, a eso había ido la mayoría del público itinerante que movimos de la plaza al bar. A vestirse de época y pasarlo bien. Llamamos algo la atención, pero nadie nos recriminó que convirtiéramos una fachada del 1500 en el portal de Max Estrella. Era de admirar aquel entusiasmo adolescente.
   Cada vez que releo esas míticas escenas recuerdo qué palabras de Don Latino de Híspalis se me olvidaron. Lamento, eso sí, no poder subir aquí alguna foto, pero es que, aunque cueste recordarlo, casi nadie tenía entonces teléfono móvil y estos ni siquiera llevaban cámara. Las cámaras eran aparatos independientes que no solías llevar por ahí un sábado por la noche, así que si, improbablemente, alguien sacó alguna foto y lee esto..., quedaría mejor ilustrado.

El escenario era este. G. Villar (CC BY-SA 3.0)


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   ¿Por qué Luces de Bohemia? Pues porque éramos auténticos fans de la obra (o fanes, como recomienda la RAE). Sí, a lo mejor hoy en día no se entiende, pero esta lectura obligatoria de COU nos convirtió en apasionados del fin de siglo y su parafernalia. Supongo que era un juego para desmodernizarnos, ya que lo moderno no nos iba demasiado. Renegábamos de Harry Potter como hoy lo haríamos de Juego de tronos. Nos anticuamos voluntariamente, combinando con insensatez aquel dandismo, los porrones, los festivales de cine y el rocanrol con pose tanguista. Un despropósito. Y llegamos a llamar a nuestro equipo de fútbol Epígonos del Parnaso, como la tropa de Dorio de Gádex. No pongáis esa cara. Al fin y al cabo éramos aprendices de literatos en un fin de siglo. Y jugamos una final y todo.
   Pero volvamos a Luces. Algo había en aquellos diálogos, entre el casticismo y la cátedra, que nos interpelaba directamente. A nosotros, unos micos que rozaban los dieciocho. La verdad sea dicha, nuestro fin de siglo no se parecía tanto a aquellas dos décadas sincretizadas por Valle con una lucidez irrepetible. Puede que la última, de la crisis para acá, contenga más similitudes que los noventa. Puede que, como obra maestra, siempre encuentre la manera de representar el mundo. Aunque este cambie y la realidad se fugue. Aunque hayan pasado casi casi cien años.
   Probablemente influyera en nuestro entusiasmo el descubrimiento de una forma nueva de escritura, inédita para unos estudiantes que descubrían lecturas un poco por obligación, otro por casualidad y otro por moda (moda a contracorriente, se entiende). La capacidad de Valle para fundir tragedia y humor negro, crítica, dignidad y mezquindad, pienso aún ahora, se mantiene intacta. Deslumbra e impresiona. Aunque la mayoría de los alumnos de Bachillerato ya no lo lean. Fuera como fuera, a nosotros nos volvió locos.

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   Y no fue porque el personaje se nos hiciera simpático. Valle-Inclán era un tipo raro. Tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza por eso. No pasaría ninguno de los filtros de la corrección moral y política actuales, al igual que resultó polémico en su época. Cultivaba la contradicción más que aspiraba a resolverla. Una actitud muy típicamente artística y bohemia, precisamente, que fue siendo desdeñada según el avance del siglo provocaba que los artistas se hicieran partidarios y dejaran de ser "almas libres". Valle, sin embargo, era muy moderno, en el sentido plenamente contemporáneo que asociaba esta palabra a la renovación y la vanguardia; de ahí su visión del arte y la literatura, sus lecturas, su búsqueda de un estilo para cada texto. Pero, de la misma manera, destacaba la ejemplaridad de los ancestros en contrapunto a la banalidad de su época y, como descendiente de hidalgos, añoraba su grandeza.
   De ahí sus posiciones ambiguas sobre la aristocracia, la tradición, la religión y la política. Por un lado, descuartiza el sistema económico, político y social por la miseria que genera y su falta de moralidad; por otro, ensalza los valores de las épocas pasadas y sospecha del progreso. Por un lado, ataca la ignorancia y la falta de cultura; por otro, aprecia las tradiciones seculares, la supervivencia de un folclore que parece retratar la esencia del pueblo. Por un lado, acusa a la iglesia y su jerarquía de la degeneración de la sociedad, de su reticencia al cambio; por otro, asume la religiosidad como una guía moral.
   Un descreído, un escéptico, en fin, que solo encuentra coherencia en un arte, que, por su propia búsqueda, se hace extraño, cambiante y sumamente original. Como tal, no pudo ser más que un escritor minoritario, que despistaba a toda la crítica y ha traído a muchos filólogos de cabeza. Es mucho más difícil categorizar su obra que disfrutarla, siempre que seas de los que disfruta los tragos amargos, fuertes, secos.

y 4

   Poco a  poco he ido leyendo gran parte de su obra, incluso algunos de los libros menos conocidos. En estos últimos veinte años he vuelto a él intermitentemente y he aprovechando cada oportunidad para ver representado cualquier montaje suyo, desde la Farsa y licencia de la reina castiza a Divinas palabras y Martes de carnaval, pasando por cuatro Luces distintas, pues esta sigue siendo una de las obras emblemáticas del teatro contemporáneo. He paseado por sus novelas, cuentos y poemas, hasta por algunos de sus artículos, aún sin afán de abarcarlo entero. Puedo decir, pues, que nuestra relación, sin ser sistemática, ha resultado muy fecunda. Para mantenerla me he servido también del contacto con la Asociación Amigos de Valle-Inclán de Vilanova de Arousa y su revista Cuadrante. De ella han surgido nuevos datos, textos, interpretaciones, lecturas. 
   Desde luego, creo entender su obra ahora mucho mejor que en aquel COU 95-96 en el que dramatizábamos Luces en clase y que aquel invierno en el que medio improvisamos semejante representación bohemia en la plaza de Federico Wattenberg. El proceso ha sido lento, paulatino, y no acabará aquí. Ciertas ideas sobre la estética de Valle-Inclán han tardado mucho en clarificarse, pero finalmente me han llevado a analizar más en serio sus palabras, las que, como lector, me siguen fascinando. ¿Para qué? Para entenderlas yo mismo; para que otros, ojalá, lleguen a ellas, incluso mis alumnos gallegos de secundaria (aunque esto es otra historia).
   En este artículo he querido rascar dos textos magistrales de Valle y resulta que, al chocar, de entre las Comedias bárbaras y los esperpentos saltan chispas. Ha salido publicado en el número 37 de la revista Cuadrante, pero, por si acaso, aquí está también. Se titula: Dos madres, un hidalgo y un poeta.
   Gracias por anticipado.








NOTA: Aquí están disponibles en acceso libre algunos de los números de la revista.

viernes, 13 de abril de 2018

El atrevimiento de la ignorancia

La verdad y la razón son patrimonio de todos.
Michel de Montaigne
1

   Hace unos meses, las citas de un ensayo que compartía en la red un antiguo colega llamaron mi atención. Redundaban en la pérdida de los valores de la educación y sobre su cambio de papel en el mundo dominado por la política neoliberal. Casi corrí a buscarlo. Intuía que el tiempo que le dedicara me serviría para tomar distancia o aliento y repensar algunas cuestiones a las que nunca damos el espacio suficiente, pues la enseñanza es una profesión que deja poco margen al reposo. Quien da clases en secundaria lo sabe.
  La lectura, finalmente, ha resultado más que provechosa, casi diría inspiradora, aunque el adjetivo me chirríe un poco. El ensayo se titula, algo provocativamente, Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda. Plantea precisamente las preguntas que aún no había llegado a formularme sobre ciertos temas, como la innovación, y confirma mis sospechas en cuanto a otros, como la legislación educativa o el papel de la pedagogía. Su intención no es otra que nosotros, los docentes, paremos esta maquinaria enloquecida en la que se ha convertido la enseñanza y recuperemos los principios que nos devuelvan la dignidad y nuestro verdadero papel. Casi nada.
   Lógicamente, esto supone atar dos cabos, dos puntos de partida opuestos: por un lado, la situación actual de la educación y los cambios legislativos que la dirigen; por otro, rescatar una visión radical de su función, recordar su esencia y sus principios. El camino entre ambos extremos es extenso y cruza multitud de temas, pero intentaré dar cuenta de las conclusiones más certeras y útiles para cualquier profesor de a pie como yo.
   En primer lugar, un análisis medianamente riguroso de los cambios legislativos nacionales y los marcos educativos supranacionales revela un panorama descorazonador que hace un momento se ha agravado al desestimar el recurso de inconstitucionalidad contra la LOMCE. Pero, claro, dirán los jueces, si es que esta ley no supone apenas una diferencia con lo que ocurría antes. La nueva ley (2013) es constitucional porque, lisa y llanamente, lo mismo ya lo había permitido el partido denunciante, el PSOE, en la LOE y, en parte también, en la LOGSE. Para quien esté poco acostumbrado a estas siglas, lo intentaré sintetizar. Todas las modificaciones de la ley educativa de los últimos veinticinco años (cuatro, una de ellas no llegó a entrar en vigor) se han centrado en un solo propósito: adaptar la educación en España a los planes neoliberales de la UNESCO y, sobre todo, la OCDE, entidades supranacionales financiadas por los estados que exportan una concepción mercantilista de la cultura y la educación, un auténtico lobby que lleva décadas presionando para cambiar la tradición de la educación pública europea y liberalizarla como actividad económica que genere beneficios a los estados, sobre todo los que "importan" alumnos a sus universidades. Así,
los fines que se asignan al sistema educativo se limitan a sus funciones económicas: formación de la mano de obra para optimizar la productividad entendiendo el desarrollo de la personalidad en términos de "capital humano" (pág. 83).
   Esa idea de que el "servicio" educativo, concebido como empresa, tiene la función de acreditar competencias alcanzadas por el estudiante para su introducción en el mundo laboral es claramente perniciosa y atenta, como veremos, contra el principio más sagrado de la educación pública. Varios escándalos actuales lo atestiguan. Los comentaré al final.
   Cualquiera que lea el preámbulo de la LOMCE, por ejemplo, deberá contener su desesperanza como pueda. La ley (lo declara manifiestamente, en esto no engañó a nadie) solo pretende desarrollar
un sistema capaz de encauzar a los estudiantes hacia las trayectorias más adecuadas a sus capacidades, de forma que puedan hacer realidad sus aspiraciones y se conviertan en rutas que faciliten la empleabilidad y estimulen el espíritu emprendedor a través de la posibilidad, para el alumnado y sus padres, madres o tutores legales, de elegir las mejores opciones de desarrollo personal y profesional (el subrayado es mío).
   Y ya. Lo mismo que puede hacer una ETT. O un curso del INEM. ¿Es esto lo que esperamos de un sistema educativo: formar empleados y falsos autónomos? ¿Se puede hacer un mayor elogio de la ignorancia? Pues a todo esto los profesores apenas nos opusimos, todo sea dicho. Unos días de huelga y ya si eso, aunque hubo algunas resistencias meritorias que contribuyeron a desactivar, entre otros, los propios sindicatos mayoritarios. Pero, claro, el caballo de Troya había entrado hace tiempo por la puerta del patio. ¿Quién iba a darse cuenta?

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   El profesorado, de hecho, se ha quejado con frecuencia del empeoramiento de las condiciones de trabajo y de los cambios en la estructura de las programaciones didácticas y en la evaluación. Pero ¿hemos visto venir al toro? En ocasiones nuestra perspectiva es muy corta y está enredada en actividades inmediatas, en problemas cotidianos de convivencia y pormenores de evaluación, asistencia, tutoría... Esa es, creo yo, la causa de que no se estén percibiendo la gravedad y la amplitud de este cambio metodológico, pedagógico y, en fin, ideológico de la educación a la que nos dedicamos.
   No creo que la mayoría de mis compañeros esté de acuerdo con la introducción de la evaluación por competencias y de contenidos vacíos, que no aportan nada a las asignaturas y que hacen crecer el currículo hasta la extenuación y la ridiculez. Para que alguien se haga una idea, los docentes llevamos ocho o nueve años evaluando a final de curso con dos criterios completamente distintos: las competencias clave y los criterios de evaluación, aunque legalmente solo la segunda aparezca en el boletín y haga media (¡¿?!). Y el siguiente paso va a consistir en la evaluación detallada de cada criterio implantado en el currículo que forme parte de cada unidad didáctica, repitiendo este proceso por alumno, tema y trimestre sobre (en el caso de Lengua castellana y Literatura) más de 35 ítems por curso. Y no me quejo de que esto lleve mucho tiempo (cotizamos 37 horas y media como cualquier funcionario), sino porque:
  • Le va a quitar tiempo a tareas mucho más trascendentales y productivas (corrección, orientación, investigación, búsqueda de materiales, elaboración de recursos propios...)
  • Limita hasta un nivel kafkiano la libertad de cátedra.
  • Es un método estúpido.
  • No va a mejorar el nivel académico de los estudiantes (salvo, como siempre, en los entornos privilegiados, protegidos por los conciertos educativos).
  • Va a disfrazar ese bajo nivel académico propiciando mejores resultados globales y mayor porcentaje de promoción de curso y titulación gracias a la sobrevaloración de criterios de evaluación sin trascendencia alguna en el aprendizaje.
  • Limitará las críticas, el razonamiento y el interés por saber.
   Sin embargo, alguien ya pensó por nosotros que debemos hacerlo así porque es mejor y punto. Nos hemos convertido en buena parte en funcionarios atemorizados y resignados, presionados por la nueva consideración de las bajas laborales y atosigados por un montón de tareas administrativas de obligado cumplimiento cuya funcionalidad nunca se nos consultó. Por lo tanto, debemos parar, respirar y pensar: ¿qué sentido tiene todo esto?

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   Es así que, bajo estos auspicios, se han visto pervertidos los principios de la educación, sobre todo los de la educación pública. Los autores del ensayo, profesores de filosofía, lo saben bien. Los tres realizan una justa reivindicación del papel de la filosofía en la historia de la educación y en la creación de la educación pública, una de las mayores conquistas de la modernidad. Todos debemos reconocer cuánto debemos a los filósofos en este sentido, desde Sócrates a Kant. No hay mejor táctica que la radicalidad para volver al punto de partida y eso plantean Carlos, Olga y Enrique cuando recurren al espíritu de la Ilustración
   El tremendo esfuerzo de los filósofos ilustrados, menospreciado con frecuencia, no solo permitió establecer las bases de la igualdad jurídica de los ciudadanos, sino que propuso algo igual de revolucionario, si no más: entender que la libertad solo podría alcanzarse por medio de la educación. Y una vez garantizada la emancipación de quien fuera a la escuela, el siguiente paso sería hacer llegar esa escuela a todos y cada uno de los futuros ciudadanos, convertir su educación en un derecho, garantizar su universalidad. Por eso la educación básica debe ser siempre pública, obligatoria y autónoma. Por eso el profesorado debe ser funcionario, intocable por el poder, independiente como la judicatura, capaz de ejercer responsablemente su libertad de cátedra. Aunque parezcan tópicos, son estos principios los que permitieron que la ciencia llegara hasta aquí, más lejos que nunca.
   Escuela o barbarie contiene, en este sentido, un reproche importante a los agentes políticos de izquierda, que han asimilado desde mediados del siglo XX la idea de escuela a la de un aparato ideológico del estado y, por tanto, una institución puramente represiva. El papel de la escuela es, sin embargo, el contrario. Solo un pueblo ilustrado puede superar los mitos, las supersticiones, la ignorancia, en fin; solo una escuela pública puede garantizar la emancipación de los ciudadanos por medio del razonamiento y la ciencia (capítulo II).
   El alcance de este logro es incomparable, pero en las últimas décadas nos hemos alejado bastante del espíritu que lo propició. ¿Por qué? Nada más simple: el poder no se siente seguro con ciudadanos realmente libres, con acceso al bien más revolucionario, el conocimiento. Así, la tendencia de este tiempo en que nos ha tocado primero estudiar y después ejercer es la de despreciar la sabiduría y encumbrar la ignorancia. Por eso la OCDE concibe a los alumnos como futuros emprendedores o trabajadores que deben adaptarse a las circunstancias, no como ciudadanos libres que pueden aprender a razonar sobre el mundo.

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   La escuela, por supuesto, cambia con los años y se sirve de las nuevas tecnologías, faltaría más. Aquí no se trata de discutir si es mejor el tren a vapor que el AVE, la plumilla o el ordenador. Pero la legislación actual impone metodologías cuyo propósito no es aprender, acceder al conocimiento, algo que, de hecho, puede realizarse de múltiples formas, dependiendo de las circunstancias, de la naturaleza de las materias o de las virtudes del profesorado y del alumnado. Se proponen, por el contrario, técnicas que adaptan estas materias a los intereses de la sociedad (y las empresas) en una "perversión de lo que significa aprender" (pág. 197), porque
el aprendizaje no tiene sentido en sí mismo en esta dinámica de trabajo: lo tiene en función de lo que se adapte a un reto concreto con interés social: no es el conocimiento de una materia ni la reflexión crítica de sus contenidos (pág. 198, el subrayado es mío).
   En definitiva, no se entiende la propia curiosidad por saber como un fin en sí mismo, lo que, además de pernicioso y retrógrado, desviste al profesorado de su única autoridad posible: la del conocimiento, la de su especialidad, algo imprescindible de la etapa secundaria en adelante. Se entiende como "metodología definitiva" el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), un concepto que los autores asocian a teorías educativas de hace un siglo y que abunda en
los tópicos y dogmas del pragmatismo: la ludificación y la infantilización asociadas a una falsa libertad donde lo emocional prevalece sobre lo racional (pág. 209).
   Los profesores, según esta visión, tenemos un papel de meros motivadores dedicados al coaching, basándonos en teorías absurdas como la inteligencia emocional y el pensamiento positivo, necesarias, eso sí, para que las generaciones futuras se adapten perfectamente al entorno neoliberal de la empresa, donde el individuo está supeditado al beneficio y debe aprender a ser feliz sin reclamar sus derechos. Un papel muy moderno, a la vista está, pero irresponsable y éticamente insostenible.

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   Para que este cambio nefasto tenga sentido el terreno se ha ido abonando durante los últimos años con una campaña de desprestigio de la escuela y, en particular, de la escuela pública. Con este propósito ha diseñado la OCDE las pruebas que dan lugar a la clasificación torticera y malintencionada de las evaluaciones del informe PISA, inútiles tanto para el diagnóstico de las dificultades como para la evaluación de los estudiantes. Sin embargo, invaden las noticias de unos medios de comunicación corresponsables en la pérdida de valor de la educación ilustrada y sus profesionales, sobre todo si son funcionarios. El ataque a la función pública está siendo, de hecho, demoledor en todos los ámbitos, fomentando la liberalización y la privatización de los bienes comunes a todos. No obstante, no hay mayor garantía de la solvencia e independencia de un profesional y, por supuesto, de un profesor o un maestro, que el hecho de que sea propietario de su puesto de trabajo, con toda la responsabilidad que ello implica y todas las mejoras que se puedan establecer en los métodos de acceso o en su desempeño laboral.
   Se tiende, sin embargo, a justificar y hasta elogiar los conciertos educativos, que contratan a dedo, seleccionan alumnado e imponen ideología con la connivencia de la supuesta "clase media", es decir, aquellos sectores sociales que hipócritamente no quieren mezclarse con los excluidos ni permitir que funcionarios con libertad e independencia pongan en cuestión su propia ideología. A esta contradicción alude Alberto Olmos en su artículo de esta semana. Recordemos: esta sociedad aún conserva el tremendo valor de que la educación de todos los niños se pague con el dinero de todos, seamos padres o no. No hay mayor gesto de fraternidad, a no ser que, en el declive del aprecio por lo que nos es común, lo desvirtuemos.
   De la misma manera que los conciertos, que en algunos lugares ya absorben a más de la mitad del alumnado, se justifican atrocidades como la idea de impartir materias en una lengua que no es la materna, como si la comprensión, el aprendizaje y los contenidos de una asignatura no se vieran afectados y, lógicamente, degradados. En los programas bilingües se ha impuesto, con una lógica absurda, la idea descabellada de que se puede aprender Geografía, Historia, Biología, Música, Matemáticas e incluso Filosofía en inglés en lugar de aprender inglés. ¿Por qué están teniendo éxito semejantes barbaridades? Pues porque sirven para segregar al alumnado según su procedencia socioeconómica dentro de un mismo centro. ¿Puede haber mayor inconsciencia e insolidaridad?
   Los autores de este ensayo no paran de recordarnos que no hay nada más revolucionario que una escuela pública obligatoria, financiada por todos e impartida por funcionarios elegidos por sus propios conocimientos, responsables con su función e independientes de la ideología que agentes externos quieran imponer. Tal vez una utopía de la que no estuvimos tan lejos.

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   Pero Escuela o barbarie encuentra muy buenos ejemplos de la deriva neoliberal y antiilustrada de la educación también en la universidad, que fue pionera en esta visión privatizadora y liberalizadora desde que en torno al cambio de siglo se gestaron las transformaciones que después fructificaron en el plan Bolonia. Aunque, por supuesto, también ha generado un movimiento de resistencia que, en su tiempo, fue también despreciado y ninguneado por los medios de comunicación mayoritarios y por los políticos progresistas, rendidos a la magia de la palabrería del mundo empresarial y las directrices del BM, la OMC, la OCDE, etc.
   La universidad, desde entonces, no solo ha perdido la autoridad del conocimiento, sino que se ha convertido en un mero mecanismo de acreditaciones con fines económicos y empresariales. Las titulaciones, en efecto, no dependen ya solo del rigor científico (puede impartirse hasta homeopatía) sino de la posibilidad de colocación que ofrecen a los estudiantes. La consecuencia en un sistema económico como el español, bien definido como capitalismo de amiguetes, es la vinculación necesaria entre títulos, instituciones privadas, empresas, prácticas, becas y empleo, fomentando el servilismo de los pobres estudiantes, obligados por la estructura del mercado de trabajo a obtener un título de especialización, los másteres dichosos que antes servían para acceder a la tesis doctoral en una trayectoria meramente científica o académica y que, por lo tanto, no absorbían intereses espurios. Obvia decir que uno de los másteres más populares es el de formación del profesorado, que sustituyó al CAP, en cualquier caso la etapa formativa más inútil de mi vida y de una buena parte de los docentes actuales. Hecha la ley, hecha la trampa.
  Los movimientos estudiantiles consiguieron, con todo en contra, que al menos las titulaciones de grado duraran cuatro años en lugar de tres, lo que habría encarecido muchísimo su formación. De todas formas, aun con la estructura del 4+1, la educación superior ha dado todo un vuelco. Cuando yo me licencié en el 2000 la matrícula de licenciatura (grado) costaba menos de la mitad, las universidades privadas eran anecdóticas y hasta los alumnos y profesores de la pública las menospreciábamos, los convenios con las empresas eran raros y unos pocos profesores, asociados. Actualmente las universidades, sin recursos públicos, no han parado de subir tasas y sí de ofertar plazas de oposición; contratan en precario, delegan funciones en instituciones académicas privadas, firman convenios con empresas interesadas en ahorrar costes de investigación y dirigen sus estudios y titulaciones según los vaivenes del mercado. Creo que no hace falta decir cómo en este periodo han prosperado las universidades privadas y se ha desatado la fiebre de los másteres.
   Y todo esto ¿habrá sido para mejorar su nivel académico y científico? Los escándalos que han saltado a las noticias en las últimas semanas evidencian que no, que el propósito no ha sido ni académico ni científico. El caso de Cristina Cifuentes es paradigmático por varios aspectos: primero, porque revela que la estructura de los estudios superiores actuales está encaminada a acreditar competencias en virtud de su empleabilidad; segundo, porque demuestra cómo las universidades, incluso las públicas, crean estudios ad hoc, de manera oportunista; tercero, porque visibiliza las relaciones de la universidad con el poder político, su sonrojante falta de autonomía, financiación e independencia; cuarto, porque exhibe el cinismo de esa casta que lleva mucho tiempo aprovechándose del dinero público en su beneficio; quinto, porque evidencia la segregación y la desigualdad de oportunidades entre estudiantes según su procedencia y relaciones sociales; y sexto y, por si fuera poco, aún más alarmante, porque supone una sublimación de la ignorancia, la mayor enemiga de la educación, un desprecio absoluto por el esfuerzo y la dedicación al estudio y la ciencia, que tanto progreso han procurado a la humanidad, cuya evolución en todos los campos es indiscutible. ¿Puede imaginarse un panorama más desolador?

y 7

   Así que no se trata ahora de revisar currículums sino de recuperar principios e ideas que deberían estar por encima de cualquier consideración economicista. Que la escuela está perdiendo frente a la barbarie debido a la estrategia de largo recorrido que el neoliberalismo se vio en situación de implantar en el último cuarto del siglo XX y, sobre todo, en el XXI, es la tesis de este espléndido ensayo, que ha recibido elogios inesperados, incluso de Juan Manuel de Prada en la revista nacional de mayor tirada. Ojalá alguien le haya hecho caso, pero no creo que a sus autores les preocupe tanto la repercusión de su propia obra sino la concienciación sobre los problemas a los que los docentes nos estamos enfrentando y su dimensión ideológica, que hemos obviado con demasiada facilidad.
   Pero ¿a qué barbarie nos enfrentamos? Cuando los autores del ensayo retoman los principios ilustrados y el propósito de la filosofía nos desvelan su contrario: verdad, justicia, belleza. Ahora que los ignorantes exhiben sin pudor su atrevimiento y se permiten dar lecciones desde su puesto de poder, recordemos: hemos llegado a ser lo que somos gracias al pensamiento, la razón, la curiosidad y la ciencia; hemos alcanzado cotas impensables de libertad sobre la religión, la superstición, la clase social o la ideología gracias a ellas. No perdamos el norte.

Blackboard, de Winslow Homer, 1877,

sábado, 11 de noviembre de 2017

El hombre que escribe

Siempre quise ser sólo el hombre que escribe.
Ricardo Piglia (Emilio Renzi)

1

   Son varias viejas preguntas: ¿por qué garabatea alguien la página o emborrona la pantalla?; ¿a quién se dirige?; ¿qué espera que haya al otro lado de un texto que, seamos sinceros, no existe seguridad alguna de que vaya a ser leído por nadie?
   Para comenzar, convengamos en que hay en la escritura un esfuerzo por buscar un sentido, por desdoblarse y experimentar la realidad desde el punto de vista que se descubre más allá de las palabras que, afanosamente, uno logra apilar. Escribiendo se construye o se averigua. Es, como ya se ha dicho, un mensaje al primer (y muchas veces único) lector que es uno mismo. Su fe de vida. Se escribe, creo, como supremo ejercicio de consciencia, como demostración final del artificio humano. Y algunas veces se complica tanto que entonces sí resulta verdaderamente artificioso.
   Todo ello gracias al lenguaje, claro, pero mediante una operación que la lengua oral apenas permite simular. Su instantaneidad elimina buena parte de sus posibilidades. El arte de la tertulia ha desaparecido y ya no hay conversaciones suficientemente pacientes como para tejer entre varios interlocutores un sentido. Además, los textos se escriben para volver a ellos, no se sabe bien cuándo ni cómo ni por qué, pero para volver. Con mucha frecuencia, a uno mismo; algunas veces, para unos pocos; raramente, hacia cientos o miles.
   La literatura vive de estas rarezas. Por más tiempo que algunos le dediquemos, no queda más remedio que admitir que su derrota está asegurada y sus triunfos solo pueden ser efímeros. Llevamos tiempo agarrándonos a su excepción y eso a unos pocos nos ha cambiado la vida.
   La escritura, a pesar de todo ello, nos retrata. En el sentido más profundo de la palabra. Incluso cuando, en principio, no se pensara en futuros lectores. O precisamente entonces. Los del vicio cervantino, el que consiste en leer hasta los papeles rotos de la calle, no nos conformamos ni con la literatura. Diarios, revistas, recortes, cartas, notas, apuntes... Hasta la propia historia (y también la literaria) ha sido levantada con escritos que no estaban destinados a leerse. Que debían perderse, arder o pudrirse. Y algún filólogo idiota los encontró, robó o pagó por ellos. Como todo, esto ya está explicado en el Quijote (cap. IX).
   En medio de este desatino, lo que se anota en los diarios es un ejemplo perfecto de cómo la escritura da cuenta de nosotros mismos. A veces, incluso, a partir de la vida de otro, como aparecieron aquí las palabras de Julio Ramón Ribeyro para titular el blog. Ya hablé entonces de las maravillas que encierra La tentación del fracaso. Este mes, sin embargo, lo he pasado con el último tomo de los diarios de Ricardo Piglia (Los diarios de Emilio Renzi III. Un día en la vida). La tentación de estrenar libros de las bibliotecas públicas...


2

   Reconozco que me había distanciado de Piglia. Él, que me parecía una referencia imprescindible, me había defraudado en ciertas ocasiones. Supongo que la causa era mi falta de interés en lo que escribió a partir del 2000 o sus juicios desdeñosos sobre los nuevos autores argentinos (a los que yo estaba dedicando un proyecto de tesis), sin pasar por alto la sentencia del juicio (en 2005) sobre el premio Planeta Argentina 1997, en la que se demostró que la editorial incorporó su novela directamente a las finalistas y presionó para que saliera ganadora, polémica que fue de gran alcance en Argentina, pero de la que aquí apenas se supo. Verdadero atrevimiento el de Gustavo Nielsen contra lo que el canon dispone siempre en el mundo editorial.
   Pero antes de este distanciamiento había disfrutado mucho con sus libros. Fue mi profesor quien me dijo que leyera Respiración artificial. Aún estaba licenciándome, y me impresionó. Tanto, que me acuerdo de la postura, la habitación, la luz, la casa en el momento en que lo terminé. Y que, como raras veces, releí algún capítulo inmediatamente. 
   Poco a poco, por dedicación filológica a lo argentino y por puro gusto, pasé a sus ensayos, Crítica y ficción y Formas breves (no recuerdo en qué orden, pero ambos espléndidos) y fui tirando de biblioteca: Prisión perpetua, La ciudad ausente, Plata quemada y Nombre falso, este ya unos años después, creo que reeditado, que me devolvió las sensaciones de aquella primera y casi única novela. Recuerdo una conversación con Eduardo Becerra en la que me contó cómo ese libro trascendental, tal vez el más importante de la literatura argentina de los últimos cuarenta años y que en España permanecía inédito a finales de los 80, se publicó tras un oscuro fichaje en el que Anagrama hizo el papel del Real Madrid y Lengua de trapo el del modesto que se queda con la miel en los labios. Finalmente, El último lector sí me gustó, pero no tanto como los ensayos anteriores. Blanco nocturno, por el contrario, la he olvidado, y eso que no han pasado tantos años. Puede que, como lector, uno necesite apartarse de los autores durante un tiempo para ser justo. Espero serlo, porque llevaba como cinco o seis años bastante lejos de él.

3

   Piglia había llegado tarde a España, al mercado editorial español quiero decir, porque parecía muy argentino y demasiado teórico. Se publicaba sin pudor a Puig, a Soriano, a Tomás Eloy Martínez, incluso a Néstor Sánchez y a Juan Carlos Martini o Mempo Giardinelli y se le premiaba con el Nadal a Saer. En Bruguera, en Seix Barral, en Alfaguara, en Planeta... Los restos del boom; la inercia de Cortázar, Borges y Bioy. Pero él parecía demasiado difícil. Como con Borges, se confirmó lo contrario, y Anagrama ha sacado buen partido de ello. Y la verdad es que desde entonces su nombre ha pasado por encima del de aquellos con toda tranquilidad y mayor o menor justicia (poética). Y ahora llegan, prácticamente un testamento, estos diarios, publicados casi como preparación de las necrológicas, cuando ya se sabía que la enfermedad, el ELA, estaba acabando con el escritor.
   Yo mismo sospechaba que estos diarios formaban parte de una pura estrategia editorial para agotar el crédito del muerto, prolongar más allá de la vida los contratos y recompensar a la familia. Se ha hecho muchas veces y ahí está el ejemplo reciente de Bolaño. Estaba desconfiado. Y, de hecho, algo de eso me parece que hay en el relato insertado en la segunda parte de este volumen, "Un día en la vida". Pero no en los diarios, que Piglia pensó en ordenar y publicar en bastantes ocasiones, como él mismo va confesando en distintos momentos. La jubilación le permitió disponer del tempo suficiente; la enfermedad le impidió hacerlo como hubiese querido. La tercera parte del volumen, "Días sin fecha", contiene precisamente las anotaciones referentes a sus últimos años (2010-2016), desde la jubilación de Princeston hasta que su escritura, su razón de vivir, se hace literalmente imposible. Parte de sus últimas y conmovedoras anotaciones son estas:

Martes
Morir es difícil, algo me sucede, no es una enfermedad, es un estado progresivo que altera mis movimientos. Esto no anda. Empezó en septiembre del año pasado, no podía abrochar los botones de una camisa blanca.

Lunes
Vendo mi biblioteca, necesito espacio. Conservo solo quinientos libros, la biblioteca ideal, con esa cantidad se puede trabajar.
He empezado a declinar inesperadamente. No hay que quejarse.

Sábado 5
Mi vida depende ahora de la mano derecha, la izquierda empezó a fallar en septiembre después de que terminé el programa de televisión sobre Borges. Me sucedió en ese momento, pero no a causa de eso. Los médicos no saben a qué se debe. El primer síntoma fue que no podía hacer movimientos finos, los dedos ya no me obedecían.

Lunes
La mano derecha está pesada e indócil pero puedo escribir. Cuando ya no pueda… (p. 293)
   A partir de entonces, tal vez 2015, un forzoso silencio hasta enero de este año. Está disponible el programa que grabó sobre Borges para la televisión pública argentina y al que alude más arriba. Amedrenta pensar en alguien que es capaz de hablar como en este vídeo e inmediatamente se da cuenta de que su cuerpo acaba de fallar:



y 4

   Piglia se pasó sesenta años escribiendo. Echando un vistazo al listado de títulos resulta evidente que solo publicó una pequeña parte. Pero es que tenía una verdadera obsesión con la escritura. Escribió y reescribió de manera incansable durante toda su vida. Y esto debe leerse de forma completamente literal. Respiración artificial es, de hecho, la demostración de que la escritura misma es capaz de sostener una trama. Como había dicho Borges que había hecho Cervantes. 
   Por eso resulta fascinante la deslavazada y fragmentaria imagen que estos diarios dan del proceso de creación y publicación de esta obra. Y cómo su escritura encuentra el sentido en el correlato cotidiano y alucinante del momento histórico en el que la obra maestra se va fraguando. Cuatro largos años de dictadura hasta dar por terminada la primera novela en un ambiente asfixiante, sin perspectiva ni salida:

1976
Viernes 26
Lo peor es la siniestra sensación de normalidad, los ómnibus circulan, la gente va al cine, se sienta en los bares, sale de las oficinas,va a los restaurantes, se ríe, hace chistes, todo parece seguir igual pero se oyen sirenas y pasan a toda velocidad autos sin patente con civiles armados (p.23).

Martes 28 de septiembre
Sigue el descenso a los infiernos. Noticias siniestras sobre allanamientos y desapariciones (p.29).

1979

Sábado 24 de marzo
Aniversario catastrófico. Los militares llevan tres años en el poder y han destruido todo lo mejor de este país (p. 92).
   Efectivamente, la primera parte del libro comprende los diarios de 1976 a 1982, es decir, la continuación de sus anotaciones, que ya ocupan los dos tomos anteriores publicados por Anagrama. Justo desde los días previos al golpe militar hasta el final de la dictadura y su horrible estrambote en las Malvinas. La novela salió publicada a finales de 1980, por lo que realmente estas notas abarcan todo su período de redacción:
1977

Lunes 14
Novela. Avanzo a ciegas pero sé lo que busco y sé cuál es la novela que me gustaría escribir. Maggi es contratado -o le encargan- para escribir la biografía de alguien. (p.43)

Miércoles 23
Trabajo tres horas hoy y avanzo lentamente en el segundo capítulo. Cada frase me lleva una eternidad… (p. 49)

1978

18 de mayo
Hay que saber esperar. Dejar que llegue el modo de resolver esa historia que empezó bien y se detuvo (p. 78).
1980

Sábado 2
¿Será entonces posible? Escribir una novela en dos meses. A partir de resolver el capítulo I, escribí a una velocidad increíble, doscientas páginas en menos de cuarenta días (p. 109).

Jueves 5
La novela se va a llamar Respiración artificial. Encuentro en un poema de Eliot que me sé casi de memoria, desde los tiempos en La Plata, el epígrafe para la novela. “Tuvimos la experiencia pero no su sentido...”, etc.
¿De qué otro modo podría sobrevivir alguien en estos tiempos sombríos?

Viernes 6 de junio
Firmé, entonces, el contrato con Pomaire hoy. Después pasé a ver a Luis Gusmán. Compré zapatos. Iré a ver el film de Wenders El miedo del arquero ante el penal, basado en la novela de Peter Handke (p. 113).

   Pero, al mismo tiempo, las notas del diario relatan la creación de la revista Punto de vista (todo un emblema de resistencia cultural), el temor a los secuestros y las desapariciones, las clases privadas y casi clandestinas a grupos de estudiantes en pisos repartidos por la ciudad, las dificultades económicas, la imposibilidad del exilio, las desavenencias con otros escritores, los encargos de revistas y editoriales, las continuas mudanzas, los pensamientos suicidas, el bloqueo creativo, las ideas sobre la "crítica del escritor" contra la académica, las visitas veraniegas a la casa familiar, donde precisamente logra encarrilar por fin la novela de la que todos acabarían hablando.
   En fin, un pequeño tesoro para cualquiera, pero especialmente para alguien como yo, que ha gastado un buen pedazo de su tiempo en conocer la literatura argentina de aquella época. Tal vez sea, por esto mismo, una cuestión personal, pero su lectura me ha conmovido terriblemente. Y, de nuevo, cuando no lo esperaba, recordándome el valor del simple gesto de escribir. Aunque probablemente no lleve a ninguna parte, como se recoge en estas palabras de 1977:

Martes 25
¿No es increíble (pienso de pronto) que durante veinte años haya encontrado, a pesar de todo, el impulso para escribir estos cuadernos? Estas anotaciones cerradas que señalan el presente me han sido, sin embargo, fieles años y años. Atraviesan mi vida como ninguna otra cosa, mala escritura (en sentido moral) que no sirve para nada, que no vale nada, que algún día habrá que tirar. ¿O decidiré pasarlos a limpio y a correr los riesgos de encontrar mi estupidez? (p. 39)

   El riesgo, desde luego, es grande. Tanto si lo que escribe lo lee uno mismo como si lo da a leer.

sábado, 30 de septiembre de 2017

La literatura, la vanidad y la patria

He aprendido que lo que llaman patria, incluso lo que llamamos con cariño nuestra patria chica, está metido en conserva, guardado en carpetas entre miles de expedientes y representado por funcionarios que se encargan de quitarle a uno cualquier sentimiento patriótico hasta que no queda ni rastro de él.
B. Traven 

    Creo que acomodamos las lecturas a nuestro presente y, solo ahí, adquieren algún sentido. Nada más escurridizo que nuestro propio tiempo y, por tanto, pocos significados más cuestionables que el de la literatura y otras invenciones. Así, la oportunidad de la propia literatura es tan inescrutable como los caminos del señor.
   Sobre esta dificultad de entender su mismo concepto, de fijar su sentido y razón de ser, divaga Bartleby y compañía, un "viejo" libro de Vila-Matas publicado en el 2000, cuando yo aún andaba en la universidad, y que hasta hoy no me ha dado por leer.  El azar de las bibliotecas también es inescrutable.
   Desde luego, he disfrutado enormemente con los fingidos y verdaderos chascarrillos de literatos de todos los tiempos que Vila-Matas reúne en una antología de renuncias a escribir. Su voluntad parece, sin embargo, aproximar el libro a la enciclopedia de las razones por las cuales escribir, lo que sería exactamente lo contrario al propósito enunciado por su narrador, trasposición jorobada e irónica del autor, un verdadero friqui de la escritura.
   Se advierte, ciertamente, un fondo irónico en todo este catálogo de hombres y mujeres que dejaron de escribir, ya que todos ellos dedicaron a la literatura grandes esfuerzos, como el propio narrador, que solo publicó veinticinco años antes y pretende volver a la escritura con estas anotaciones sobre los diversos bartlebys (sic) de la historia literaria. Menuda paradoja. Lo infructuoso de cualquier empeño, sea artístico o no, la vanidad de las empresas humanas, impregnan todo el libro. Pero a la vez lo envuelve la belleza de todos los intentos que se saben fracasados de antemano. Supongo que, en el fondo, siempre ha sido así.
   Lo admirable de la obra de Vila-Matas es cómo se muestra comprensivo en la renuncia, voluntarioso en el fracaso y atento al destello original. Puro amor a la escritura en todas sus vertientes. Consciencia de que es tan inevitable como inútil seguir aumentando el caudal de palabras, a pesar de que algunos llegaran a pensar que ya era suficiente. Y lo dejaran.
   El catálogo de bartlebys empieza con Robert Walser, termina con la muerte de Tolstói y pasa por multitud de grandes nombres de la literatura (Rimbaud, Rulfo, Kafka, Salinger...) y otros más desconocidos entre los que es fácil infiltrar algún topo ficticio. La selección es tan arbitraria como el propio narrador. El viejo juego posmoderno, ya se sabe.  

*      *      *

   Aunque lo parezca, B. Traven no es un topo. Él es el penúltimo de la lista y su historia inverosímil leída un día como hoy, en el que se vive un revival de la caza de brujas, del primer año triunfal, del 23F y de Sopa de Ganso, me devuelve la sensación de que más insignificante que la literatura, por fracasada que esté, es la patria. 
   Ha llegado a plantearse por culpa de Wittgenstein que ningún discurso es capaz de expresar nada y ni siquiera se acerca mínimamente la superación de las fronteras. Los humanos somos bastante cabezotas. Banderas absurdas vuelven a poblar las calles y no puedo dejar de sentir vergüenza. Un país lleno de policías y banderas no puede generar otro sentimiento. Existe un escepticismo sano y valiente que debería habernos hecho suficientemente sabios como para reconocer la inconsistencia de las leyes y los estados. El escepticismo de Groucho o de Valle-Inclán, por ejemplo.
   Tal vez baste con un par de verdades para, partiendo de unos mínimos, seguir una conducta cabal: primera, que nuestro mundo es provisional y su supuesto orden, tan inestable como nosotros mismos; segunda, que solo tiene sentido actuar pensando que somos los otros, pues de ahí nace la única libertad apreciable.
   Basta ya de informativos tendenciosos y de discursos estúpidos. Solo existe la patria de cada uno, inabarcable, cambiante y arbitraria, tan ligada a un barrio o un terruño como a unas voces, unos recuerdos y cierto sabor. Ojalá la ironía posmoderna la colocara por fin en su merecido lugar en el museo, tan accesorio. Ojalá hubiera comprado en México aquel libro de Traven.


jueves, 20 de julio de 2017

Generaciones más o menos perdidas

¡Si pudiera uno echar la culpa 
de todo al capitalismo!
John Dos Passos

1

   Antonio Orejudo parece un tipo bastante juguetón. Como escritor, quiero decir, que no lo conozco en persona. Aprovecha sus relatos para hacer referencias a personajes y situaciones reales, confundir un poco a los lectores y, en medio de ese toque divertido, poder darte con el mazo cuando estás mirando a otro lado. Ya ocurría, desde luego, en Fabulosas narraciones por historias, donde se mezclaba el mundo de los artistas de los años veinte con turbias e hilarantes historias de amor y rivalidad, Juan Ramón Jiménez y Ortega incluidos.
   En su última novela, Los cinco y yo, ese juego llega hasta el propio nombre y personalidad del narrador, Toni, los de algún compañero de colegio o de facultad (Eduardo Becerra y Rafael Reig) y la carrera de la escritora de literatura juvenil Enid Blyton. No le faltan razones ni al título ni a la atención prestada a esos libros para adolescentes. Realmente las historias de Los cinco fueron un éxito monumental, bestseller juvenil desde los sesenta. Un éxito, además, que, como asegura el narrador, fue "el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores nunca experimentaron antes" (p. 23), una marca generacional como podría considerarse La bola de cristal para los críos de los ochenta. Hasta yo, que soy más de esta y de El barco de vapor, leía los ejemplares viejos de mi padre y mi tía y recuerdo perfectamente el estante de la biblioteca municipal con toda la colección completa, algo raída y manoseada. Los leía sobre todo en el pueblo y en verano, un ambiente que encajaba muy bien con aquellas aventuras de secretos, misterios y tesoros escondidos donde nunca pasaba nada grave. Un ambiente ideal, salvo porque el río Cega difícilmente reemplazaba a la costa británica.

2

   Los cinco son trascendentales en el relato porque despiertan la vocación del narrador, lo absorben en la lectura y lo condenan a estudiar filología ya en los ochenta (no sin antes pasar por la mecanografía, qué recuerdos...):
Saber escribir a máquina con los diez dedos a la velocidad del pensamiento sin la distracción del teclado me resultó muy útil cuando empecé a dedicarme a la literatura, la vía que nos quedaba a quienes  no teníamos dinero ni energía para levantar un cortometraje en Súper 8 ni talento para tocar un instrumento musical (p. 111).
   Ese Toni que quiere ser escritor de manera algo precaria se alía con Reig (el compañero de facultad "real" de Orejudo) para perpetrar todo tipo de artefactos literarios, incluida una revista a la que llaman Cinco. Vaya por dios. Ahí vuelcan los sueños y veleidades literarias de toda esa generación, que llega tarde a todas partes, sueños que, sin embargo, no se cumplen. De tal forma que, en una reunión de antiguos compañeros:
Había en el aire una sensación de frustración. Incluso los más afortunados nos sentíamos defraudados por nuestra propia vida, por la diferencia entre lo que un día habíamos esperado de nosotros mismos y lo que finalmente habíamos resultado ser (p. 100).
   Porque no es que les haya ido especialmente mal, sobre todo a Toni desde que aprendió algunos trucos sobre inversiones en bolsa (risas). Pero algo falla. Toni se convierte en un profesor sin ilusión ninguna y otros pasan a la empresa privada, con trabajos moralmente sospechosos y ninguna posibilidad de salirse del tiesto. En varios momentos de la narración, el propio Toni reconoce su falta de voluntad (o de pericia) con afirmaciones repetidas como esta: "pensé escribir algo incendiario sobre esto, pero al final no lo vi claro y lo dejé" (p. 98).
   En medio de esa mediocridad destaca, sin embargo, el repentino éxito de Reig, el que consigue por fin el mayor prestigio literario, petarlo justo después de una cura milagrosa de su principio de Alzheimer, tal vez el momento más divertido de toda la novela. También es absolutamente delirante el congreso de especialistas de Los cinco y su correspondiente Fundación sin ánimo de lucro, así como el paródico Fiveday, al que Toni también acude. Y de congresos delirantes sabe bastante César Aira, con el que Orejudo no deja de coincidir en algunos aspectos.

3

   Con el libro de Reig, mencionado desde el principio del relato pero glosado extensamente en su segunda mitad, Orejudo recurre a un pequeño bucle cervantino: los personajes de Blyton saltan al libro exitoso de Reig, titulado After Five, y, de ahí, a la narración de Toni, que nos resume su contenido alegremente en este relato que es el último libro que acaba de escribir y que está haciendo especialmente para nosotros. Toma ya.
   Pero, aparte de jugar con esa historia "real" de la vida del autor y sus compañeros o de recordarnos aquellas tardes de lectura veraniega en plan vintage, la facultad, el barrio o la EGB ¿tiene algún sentido el relato?
   Es cierto que al acabar la novela uno tiene la sensación de que se ha divertido mucho, incluso de que se ha reído de verdad, lo que, hablando de un libro, ya es mucho decir. Pero, también, la de que en el fondo es una historia triste. ¿Por qué?
   Consecuencias de la ironía, tal vez. La ironía con que uno mismo se ve en el espejo, la única salida para esquivar la humillación y frenar al borde del desencanto. Inteligentemente, Orejudo nos ofrece no solo una imagen risible y exagerada de sí mismo y de sus compañeros, sino que, al parafrasear el supuesto libro de Reig, incorpora las historias desgraciadas y algo ridículas de sus héroes de la infancia: Dick, Julián, Jorge, Ana y el perro Tim pasan por frustraciones aún peores, desde combatir en las Malvinas a engancharse a la heroína o comprobar que su boyante empresa sostenible es una farmacéutica que no respeta ni sus propias normas.

4

   El propio Orejudo habló en las entrevistas en las que presentó este libro de que la suya es, en cierto modo, una generación insignificante, pues no se ha atrevido a discutir a sus mayores, ha sido cobarde y complaciente, y cuando todo ha saltado por los aires la han pillado fuera de juego. Puede que algo parecido rondara la mente de Gertrude Stein cuando llamó precisamente "generación perdida" a ese grupo bastante heterogéneo de escritores estadounidenses que pasó por su casa de París para convencerla de que eran genios incipientes mientras saltaban de tertulia en tertulia y de fiesta en fiesta.
   Eso de estar perdido puede que se refiera simplemente a una sensación de decadencia, una falta de esperanza o ambas a la vez. Algo que no es difícil imaginar en unos años veinte, los de Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos, etc., mucho más cerca de los "salvajes" o "violentos" del título de la película de Cagney que de los felices o locos que tantas veces se han citado. Valga de ejemplo para esta visión tan amable y ligera la película Midnight in Paris, de Woody Allen. Comparadla con la de Walsh, Cagney y Bogart. Mientras, las obras publicadas, tanto en Europa (Roth, Walser, Pessoa, Joyce) como en América redundan en la idea de una época bastante incierta, violenta y hasta cruel.
   De hecho, la casualidad y el trabajo me han llevado últimamente tanto a El gran Gatsby, de Fitzgerald, como a Manhattan Transfer, de Dos Passos, y a Especulación, de Thomas Wolfe, y la verdad es que de ellas no se puede extraer ninguna visión positiva sobre aquellos años. Las dos primeras, publicadas en 1925, anticipan el desastre del 29 desde dos puntos opuestos: la alta sociedad de Long Island y los obreros y gente corriente de Manhattan (estibadores, camareros, periodistas, actrices, abogaduchos, repartidores...)
   Ambas novelas, tan diferentes en su estilo y estructura, coinciden en su significado: la prosperidad es tramposa, pues solo gana el oportunista y quien contraviene la ley y la moral; y la felicidad, inalcanzable.
   Especulación, publicada en 1934, ratifica, a posteriori, cómo funciona la ambición incluso en un lugar apartado y sin importancia. El protagonista vuelve allí después de veinticinco años y sin el aura del triunfo que su puesto de profesor nunca infundirá a los habitantes de su pueblo natal. Allí todo el mundo parece haberse vuelto loco, invirtiendo cifras asombrosas de dólares en levantar calles y edificios con las supuestas ganancias de la venta de una finca aún no cobrada que, a su vez, el comprador ya había vendido por un 50% más. Ya sabemos cómo acabó aquello:
Corría ya el mes de julio de 1929, el año fatal que trajo la ruina a millones de personas en todo el país. Pero aún entonces estaban ebrios de triunfos imaginarios, lanzando gritos y empujones entre el tumulto polvoriento de la batalla, sufriendo la derrota justo donde creían que el triunfo sería aún más grandioso, al punto que el panorama desolador y yermo de su ruina no aparecería con claridad ante ellos hasta varios años más tarde.

y 5

    John, el protagonista, se irá de ese pueblo que ahora está irreconocible y que terminará desfigurado por la burbuja que absorbe todo (menos el cementerio). Manhattan Transfer termina con la partida de un barco, Jimmy Herf en la orilla de Nueva Jersey con tres centavos en el bolsillo y haciendo autostop. Nick Carraway vuelve al Medio Oeste tras el entierro de Gatsby huyendo de la mezquindad, impresionado por la envidia y la corrupción.
   La ilusión de los habitantes de Boom Town o de Manhattan,  las aspiraciones de unos jóvenes escritores en la España de la transición e incluso las ambiciones de unos adolescentes privilegiados de la Inglaterra de posguerra se fueron al garete. Y si ni siquiera los personajes de ficción cumplen sus sueños, ¿qué futuro podemos esperar? ¿Escapar, disimular, consentir, huir, vagar?
   Miramos a los demás a través de nuestro propio espejo y este nos devuelve imágenes que no nos gustan: la nuestra, la de nuestros contemporáneos. ¿Será entonces que cada generación tiene ese mismo sentimiento de impotencia? ¿Y qué pasa con la nuestra?
   Dice Orejudo que es inútil mirar al pasado con nostalgia. Tiene razón. No debemos ser indulgentes con nuestros propios errores. No debemos mitificar nuestro pasado, ni siquiera a aquellos personajes que nos maravillaron. Si no, corremos el riesgo de acabar sin hacer nada, de quedar sin respuesta ante futuras y pasadas debacles. Hay que mirarse en el espejo. Por mucho que duela. Que no nos quede la sensación de que, como las de los Cinco, las nuestras hayan sido unas vidas perdidas. A pesar de aquellos veranos felices.


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